30 diciembre 2006

2007


La mayoría de columnistas y analistas se han lanzado, como en años anteriores por esta misma época, a determinar qué fue para ellos lo bueno, lo malo y lo feo del año que termina. Pero realmente los lectores, que también vivieron acá durante estos 365 días, pueden tener su propia impresión. Por eso he preferido yo, antes que hablar de lo que pasó, hablar de lo que va a pasar. Y de ahí que me lance a determinar algunas materias en las cuales, sin duda, ocurrirán ciertas cosas que no son difíciles de adivinar:

El Congreso seguirá sufriendo las consecuencias del descrédito de algunos de sus miembros untados de paramilitarismo. Lamentablemente seguirá siendo evidente que pasamos de la narcodemocracia de los 80 y 90 a la paracocracia del Siglo XXI. Los buenos congresistas llevarán el INRI de los malos. Y cada vez será menos lo de mostrar y más lo de esconder. Pobre Congreso el del nuevo año. A temblar todos los que allí llegaron a punta de meterle miedo a los electores y, como siempre en estos casos, a pagar justos por pecadores.

Los partidos seguirán desacreditados. Al Polo le tocará cumplir un mejor papel en las elecciones locales que el que cumplió hace cuatro años para así poder consolidarse. Lucho, Navarro y Carlos Gaviria tendrán que fajarse. El problema es que ninguno de los tres puede aspirar a nada, claro, si quieren aspirar a la presidencia. El conservatismo tendrá que determinar de una vez por todas quién será su jefe y sobre todo si va a repetir el espectáculo de llegar a elecciones presidenciales sin candidato propio. El Partido liberal seguirá dando la batalla y se sorprenderá cuando los periodistas empiecen a averiguar cuáles eran las relaciones entre Gómez Méndez y Giorgio Sale. El uribismo se transformará en algo muy raro. Muy raro. Muy raro.

A Uribe le va a tocar hacer un gobierno nacional si quiere atornillarse a su silla, pues en apenas cuatro meses se le desbarató el curubito con un par de alfiles llamados a indagatoria. Hará el Acuerdo humanitario y comenzará un proceso de paz. Esto oxigenará  la política y pondrá al país a pensar en algo distinto del uribismo paramilitar.

El proceso con los paras seguirá de tumbo en tumbo y sobre él siempre estará la espada de Damocles de la extradición. Al final los jefes paras saldrán beneficiados y los no jefes, saldrán perjudicados. Al primer apretón los parlamentarios untados soltarán la lengua y el espectáculo de acusaciones entre unos y otros será como para alquilar balcón.

La Corte Suprema de Justicia: Es probable que siga sufriendo injustamente uno que otro ataque, pero hará justicia y no le temblará la mano. Si arrancó un proceso de depuración de la política de la manera en que lo hizo, es difícil pensar que se eche para atrás. Seguirá llamando parlamentarios a rendir cuentas y de pronto le da por meterse con los ministros. Ahí se verá una lucha de poder en la que, sin duda, se verá quién es quién.

Y en lo personal, el 2007 será un año para hacer un alto en el camino y una evaluación. Es probable que en los dos últimos años haya habido muchos errores de percepción y hasta mucha estupidez. Pero se luchó y se pasó bueno. Como dicen en Cali por estos días, hay sangre en la arena y no es del torero. Llega un año nuevo, y con él, un nuevo día. Un feliz dos mil siete para todos desde una ciudad cualquiera del viejo continente.

23 diciembre 2006

Rodear a Uribe


Aún recuerdo el chorro de epítetos y amenazas que inundaban mi correo electrónico cuando apenas hace meses escribía que no vivíamos en una democracia sino en una paracocracia. Cuando, como lo hacían otros, firmaba artículos en los que hablaba fuerte contra Uribe y le reclamaba que su equipo político navegara en las aguas turbias del paramilitarismo. Como a muchos colegas periodistas , lectores furibundos me insultaban, me maldecían e incluso me agredían físicamente en lugares públicos.

Hoy que cambiaron las cosas, cuando el Estado paramilitar tiembla de miedo ante los jueces, hoy que los congresistas miran para el otro lado cuando se esculca en sus caudales electorales, cuando quienes hicieron del miedo una política para hacer proselitismo pagan escondedero a peso, son otras voces las que se oyen y leen.

El problema es que, aunque esas otras voces dicen cosas distintas, aunque ya es otro el cantar, todas expresan lo mismo que las anteriores: odio, rencor y hasta sed de venganza. Y por eso desde aquí las rechazo con la misma vehemencia que con la que repelía los ataques previos. ¿La razón? Tampoco son fruto de la reflexión, carecen de análisis y están viciadas por la pasión.

La realidad nos da la razón a quienes entonces hablábamos como lo hacíamos. Hasta hace poco, incluso, se decía que la imagen del presidente iba en una caída en picada. Hoy nos dicen que la barrena se detuvo. Y yo creo que es verdad porque los colombianos, tan afines a los caudillos, en el caso de Uribe separaramos al mandatario de su gobierno. Consideramos que una cosa es el hombre, y otra distinta, lo que institucionalmente hace. Para unos Uribe no gobierna bien, pero madruga y eso basta. Así no pueda, trata. Y si algo le sale mal no es por haber tomado decisiones erradas sino porque su labor es muy difícil y no todo puede salir siempre bien.

Esto, sin embargo, no es malo. En una crisis tan terrible como la que vive el país, de hecho, es positivo. Al fin y al cabo, con todo el estamento derrumbándose por haberse untado de paramilitarismo hasta la médula, que el presidente siga fuerte en su imagen le da algo de solidez a las instituciones. No es que no estemos preparados para afrontar una crisis en la cual el presidente falte. Pero siempre es mejor que las crisis no toquen al timonel, a fin de que pueda maniobrar y corregir el rumbo.

Vale la pena decirlo más claro: mientras el escándalo no toque al presidente Uribe, hay que rodearlo en lo institucional. Eso sí, disintiendo cuando toque en lo político, apoyando a la Corte en sus actuaciones y decisiones, defendiéndola de los ataques malintencionados, llamando a que se siga con las investigaciones, haciendo fuerza para que nadie termine siendo intocable.

No se puede apostar a que se derrumbe la institucionalidad para que cambie el gobierno. Van apenas cuatro meses y es mucho lo que falta. Además, Pacho Santos es el vicepresidente y no está preparado para ser presidente. Por eso hay que celebrar que, a pesar de que sus peones, caballos y alfiles van cayendo uno a uno, Uribe sigue al frente. Claro, otro sería el cantar si la predicción de Alvarito Araujo se cumpliera. ¿Se acuerdan? Esa de que primero irían por él, luego por la Conchi y luego por Uribe. Eso fue antes de su indagatoria. Claro, Dios quiera que todo pare ahí.

16 diciembre 2006

Holocausto moral


Quienes de una u otra manera ejercemos el periodismo en Colombia parecemos armados de fábrica para ver en lo que no entendemos, algo ilegal. Si al final nos equivocamos, pensamos que si bien no había algo ilegal, sí algo sospechoso. Y si otra vez los hechos nos quitan la razón, entonces, para impedir que el ego ruede por los suelos, nos tranzamos con que eso que creímos ilegal y sospechoso y no lo era, termine siendo indelicado.

Es lo que ha pasado con los cuestionamientos a la Corte Suprema de Justicia por el hecho de que italiano Giorgio Sale haya ido, supuestamente a intrigar, por casos en los que tenía algún interés. Primero nos imaginamos que de parte de los Magistrados seguramente había algo ilegal. Al darnos cuenta que nos equivocamos, lo volvimos sospechoso. Y al final, cuando las normas y los hechos nos quitaron la razón, nos quedamos en que pudo haber algo indelicado.

La verdad monda y lironda, sin embargo,  es que las líneas jurisprudenciales  nos quitaban la razón desde el comienzo. Lo que pasa es que los periodistas, cuando no sabemos derecho (lo cual es tremendamente común), lo confundimos con la moral. Y como la moral es la relación ética y particular con uno mismo, terminamos creyendo que lo que está bien o mal para nosotros, es eso: derecho. Y nos equivocamos. Por otro lado, con mediana responsabilidad periodística, el asunto se habría entendido mejor. Basta conocer el principio legal de la competencia para entender que no todos los magistrados miran todos los casos. Es importante honrar la exactitud.

Por otro lado, la política, esa maravillosa concubina de todos los colombianos, no se escapa de ningún rincón. Y lamentablemente es un arte de descrédito personal. Por eso, ¿Qué mejor para minar la credibilidad de una Corte Suprema que está castigando el amancebamiento entre políticos y paras que enlodarla? Muy raro que se le den navajazos morales a la Corte ahora que precisamente le está metiendo la mano a un Congreso que, por momentos, se juró intocable. No estoy diciendo que los periodistas o los medios estén en esas. Pero creo que muchos enemigos de la Corte sí están en esas a través de los medios.

La Corte Suprema de justicia está haciendo lo que le corresponde y lo está haciendo bien. Ponderadamente y con estudio. No tienen los magistrados la culpa de que muchos políticos hayan decidido jugar a la casita con los paras y hayan concebido y parido el Estado paramilitar que hoy tenemos. Pero sí tienen los magistrados la responsabilidad de castigar ese hecho y el país necesita que la cumplan a cabalidad.

Los periodistas, por otro lado, tenemos que averiguar e informar, pero con responsabilidad. Porque ahora que el para-congreso está teniendo que rendir cuentas y la Corte Suprema la obligación de salvar al país, los periodistas tenemos que ponernos del lado que toca. Y ese lado es el de la verdad que es el de la Corte. Hay que impedir que así como hace 20 años tuvo lugar el holocausto del Palacio de Justicia en el que eliminaron a los magistrados físicamente, ahora se dé otro holocausto judicial en el que otra vez se elimine a los magistrados, pero ahora desde el punto de vista moral.

09 diciembre 2006

Drama y derecho


Se habla mucho de inocentes y culpables, de jueces y acusados, de indagatorias y de cárcel. Es como si cada colombiano fuera un penalista. Pero nadie habla del hombre. Del que se enfrenta al juez, independientemente de su acción y de su culpabilidad. Y yo quiero hablar de lo que está pasando, pero desde ese punto de vista.


Se habla mucho de inocentes y culpables, de jueces y acusados, de indagatorias y de cárcel. Es como si cada colombiano fuera un penalista. Pero nadie habla del hombre. Del que se enfrenta al juez, independientemente de su acción y de su culpabilidad. Y yo quiero hablar de lo que está pasando, pero desde ese punto de vista.

Álvaro Araujo me cae bien. Tan sólo una vez tuve la oportunidad de hablar con él algunos minutos. Ojalá eso de que se repartió la votación del Cesar apoyado en el ejército de Jorge 40 no sea cierto. Aunque no me ha gustado su defensa pública y creo que ha cometido errores graves antes los medios que han perjudicado a su hermana canciller, ojalá la verdad esté de su lado.

A Mauricio Pimiento lo he saludado algunas veces y me cae bien. Otra vez, ojalá eso de que acordó con los paras y con Araujo repartirse electoralmente las tierras del vallenato a punta de miedo sea, como dicen por allá, un embuste. No sé más de él. Por eso no puedo decir más.

Me gusta la manera en que Jorge Noguera da la cara y más la manera en que da la pelea. Como gallo fino en gallera samaria. Es frentero y no oculta que le duele lo que le ha pasado. Rebate en la prensa una a una las pruebas de cargo. Pasa al ataque cuando cree que le toca. Es desafiante y, por lo visto, sabe muchas cosas que harán temblar la arena política.

No puedo dar más nombres porque los demás son casos menos sonados y que conozco menos. Pero sí puedo decir que me aterra el drama humano del proceso penal, aún más si se tienen todos los ojos del país encima y se hacen apuestas, fuerza de asiento y hasta encuestas sobre las decisiones de jueces y magistrados. Es como si el linchamiento moral fuera connatural a la justicia. Algo que no debe ser, pero que es.

Lamentablemente el escrutinio público es así. Vil y despiadado. Y más en un país en que el peor de los males es la envidia. Siempre nos dicen que los colombianos tenemos un alto índice de felicidad y yo creo que es verdad, porque nos alegramos mucho del mal ajeno. De hecho, en un examen de conciencia caeríamos en cuenta de que tenemos la tendencia a dolernos porque le vaya mal a alguien que nos agrada y a alegrarnos de que le vaya igual a alguien que no.

Quienes sean inocentes tienen de su lado la fuerza que les da la injusticia. Es un motor que nunca se detiene. Se hace más duro el calvario pero siempre más soportable porque se sueña siempre con un final feliz que cojea, pero que llega.

Basta decir que el hombre es el hombre y el proceso es el proceso. Y por eso, quienes sean culpables deberán pagar por sus faltas y prolongarán su drama personal que, eventualmente y con la ayuda del tiempo, superarán.

Menos mal al frente de todo esto están la Corte y el derecho. Sí, el derecho. Porque procura siempre que todo esté en su lugar; porque así esté de por medio el drama terrible del proceso penal, manda e impera. Porque trata de que al final y, por encima de esas consideraciones puramente humanas, surja la verdad y haya justicia.

02 diciembre 2006

El efecto dominó


Los líos judiciales tienen, por lo general, un efecto dominó. Cuando los delitos han sido cometidos por varias personas, con el primer responsable que cae empiezan a rodar los otros. Ese fue el caso del proceso ocho mil. Con Medina en la cárcel, lo demás se dio solo. Uno a uno fueron cayendo los responsables. Pero bueno, eso es historia patria aunque sirve para ilustrar lo que está por suceder con el nuevo escándalo de la parapolítica.

Con los primeros congresistas presos están cayendo más. Cuando de un sopetón llaman a indagatoria a seis, es porque hay mucha tela qué cortar. Por eso no es tan difícil adivinar que a los parlamentarios les irá mal. Si a estas alturas la Corte Suprema involucra a alguien no es para inhibirse así no más. Por lo menos averiguará más a profundidad antes de salir con una decisión que haga tránsito a cosa juzgada.

Es cierto que la Corte podría no privar de la libertad a los implicados mientras investiga y aún así dejarlos vinculados al proceso penal. Pero hay tres factores que permiten prever que sí los encarcelará. El primero es que si ya lo hizo con unos por lo mismo, resultaría extraño que no lo hiciera con otros. Frente a los mismos hechos, o todos en la cama, o todos en el suelo. ¿No?

El segundo factor para prever carcelazo es que los magistrados saben que cada acción suya es un mensaje para un país ávido de justicia. De hecho, la sociedad empieza a ver a la Corte como una verdadera salvadora de la patria. Porque lo es. Y el tercer factor es que en la comisión de acusaciones de la Cámara decidieron investigar a los magistrados en una maniobra más política que judicial. Se trata de un error de cálculo muy grande. Esa sí que es una pelea mal casada.

El efecto dominó tendrá consecuencias regionales. Porque hasta ahora sólo se está destapando la para-olla de algunos departamentos de la costa. Faltan otros y varios. Y ante el descalabro del proyecto en esa zona,  las culpas y las acusaciones irán y vendrán. Comenzarán entonces a desfilar por las pasarelas de las fiscalías y los juzgados muchos de los grandes cacaos de esos otros departamentos costeños que aún no han sido tocados por la Corte.

Por otro lado, muchos en el norte del país deben estarse preguntando: “Ajá… ¿y por qué todos costeños? ¿Acaso no fueron los cachacos de Antioquia los que se inventaron esta vaina?” Y entonces volverá a aparecer  el efecto dominó. Los que cantarán Tutaina Tuturumaina en la cárcel también cantarán otras cosas. Luego le ayudarán a los técnicos de la Fiscalía a desencriptar la información del computador de Don Berna. Y entonces le sacarán a Antioquia los trapos sucios al sol y veremos una fila de gente prestante haciendo fila en la Corte Suprema de Justicia.

Por último: Álvaro Uribe tiene, ante todo, la gran responsabilidad de apoyar las investigaciones sin que se le desbarate políticamente el país. Y para eso va a tener que armar un nuevo gabinete que represente ya no a los ocho millones de uribistas sino a los 42 millones de colombianos. Porque ya no le corresponde solamente salir airoso frente a la guerrilla. Ahora le corresponde también no dejar morir un país en el que la clase política decidió suicidarse. Claro que para eso tendrá que rodearse mejor. Porque con semejantes amigos ¿para qué enemigos?

25 noviembre 2006

¿Y después qué?


El aparato “para” se desmorona y es un simple problema de tiempo antes de que todo termine. ¿Y cuándo va a terminar? Cuando el último político “para” rinda cuentas. Las razones son tres. La primera es que la Corte no se metió en esto para quedarse a mitad de camino. Va a seguir porque su labor es necesaria. De hecho, no se veía hace rato un órgano con la capacidad y el valor de destapar la olla como lo están haciendo los magistrados de la Sala Penal.

Sólo ahora que la Corte está mandando la parada en las investigaciones, los Organismos de control del Estado han prendido motores en la materia. Primero la Procuraduría, que está empezando a investigar la paramilitarización de la función pública y luego la Contraloría, que decidió ponerle el ojo a la contratación estatal regional para ver hasta dónde la plata del Estado ha ido a parar a las arcas de los bloques combatientes. ¿Se imaginan lo que se va a encontrar?

La segunda razón para que la Corte no pare en su búsqueda de la verdad  es que el Presidente parece estar dispuesto a que nada se quede engavetado. Ha llamado la atención para que hasta el último político enredado ponga la cara. Esto es saludable pues, aunque la Corte demostró que no necesita ningún paraguas ni apoyo para hacer lo que está haciendo, que el Ejecutivo se decida a darle un espaldarazo a la investigación es sano para la democracia.

Y la tercera razón para adivinar que la investigación no se quedará a mitad de camino es que los jefes paras, los que bajaron del monte, me refiero, anunciaron que no están dispuestos a dejarse “hacer la cirugía” así como así, paraditos y solitos, sino que quieren que quienes los armaron, impulsaron y se lucraron políticamente de sus acciones, los acompañen en las consecuencias que se deriven de la creación del monstruo que encarnan. Y esto sí es definitivo. Porque su comunicado, más que una noticia de prensa, fue una notificación formal para la clase política paramilitar de que a los jefes de lo bloques se les acabó la paciencia y contarán todo.

Surge así otra pregunta muy importante. ¿Qué tan grande será el hueco que quedará en la política nacional? Muy grande. Porque con las cosas como van la dirigencia de muchos departamentos tendrá que ponerse a dar explicaciones ante los tribunales y tendrá que dejar de lado la política. La actividad proselitista empezará a tener que limpiarse de la influencia paramilitar y tendrá que dar respuestas reales a las necesidades de sus regiones. En ese momento, que no está lejos, habrá una gran oportunidad para que nuevos grupos políticos llenen los espacios vacíos.

El problema es que con la polarización del país esos espacios pueden verse colmados por una política que no entienda que lo que se necesita es una visión de la sociedad que no sea excluyente. En otras palabras, un verdadero centro que tenga análisis en su función pero que no sea personalista. Que entienda que en la vida el gris es a veces un color válido. Y qué mejor oportunidad para empezar esa labor que las próximas elecciones de gobernaciones y alcaldías.

Hay que llenar los espacios que queden con política real y no pasional. Con sueños, pero también con soluciones. Con gente que entienda que el poder no es una religión. Porque más temprano que tarde la parapolítica será parte del pasado. ¿Y después qué? Después tiene que haber un centro. Uno que incluya y no desprecie. Que sea moderado. Sí. Un centro real. Un Nuevo Centro.

18 noviembre 2006

El que no la deba, no la tema


Los psicólogos conductistas estarían felices de ver cómo su teoría del comportamiento se verifica en Colombia. Para ellos, si a un niño (…o niña) no se le pone un límite, el mensaje que recibe es el de que puede abusar de su libertad. Claro, entonces termina aprendiendo que esos límites existen cuando se estrella con ellos: cuando el ojo ya está afuera y no hay Santa Lucía que valga. Como le pasó a esa parte de la sociedad colombiana a la que se le metió en la cabeza que ser paramilitar era una verraquera. Esa cuyos líderes ahora se preguntan si pasarán la navidad en la cárcel.

En ciertas regiones del país ser paramilitar se convirtió en símbolo de estatus. Y nadie puso límites. Muchos señores de sociedad se entusiasmaron con el camuflado, con los brazaletes bien bordaditos y con los ejércitos privados. Y nadie nunca dijo nada. Se entusiasmaron también con los votos que da el miedo colectivo en un país ávido de orden.  Surgió así el monstruo “para” que ahora empieza a ser decapitado. Al fin y al cabo, si el poder ya no lo daba el dinero fácil de la coca, ahora lo daba la libertad de matar a nombre del principio de autodefensa personal. Y pues es que todo el mundo tiene derecho a defenderse. ¿No?

Nunca creyeron que en esta Colombia paramilitarizada hasta el tuétano, la Corte Suprema le pondría el cascabel al gato. Y bastó que se expidieran tres órdenes de captura para que todos empezaran a temblar. El mensaje llegó clarito: el paramilitarismo no es un juego y la Corte no dudará en limpiar el país. Y eso que las investigaciones del computador de Jorge 40 y del de Don Berna no han comenzado a dar resultados.

Ante la situación hay que aprender del pasado y actuar en consecuencia. Lo primero a entender es que este no es un proceso impulsado por fiscales políticos. Acá el tema es verdaderamente judicial. Los fiscales de hoy no pretenden hacer proselitismo con órdenes de captura para luego aspirar a la presidencia de la República. Tampoco hay revanchismo sectario. Acá es la ley penal la que se está imponiendo y el proceso judicial el que está guiando las actuaciones.

Lo segundo a tener en cuenta es que la responsabilidad penal es individual y el riesgo de una supuesta desinstitucionalización no puede ser una excusa para que no se cumpla la ley penal. El Estado está preparado como estructura para las consecuencias del encausamento de sus funcionarios. El ejecutivo, el legislativo y el judicial, como ramas del poder público, no se verán afectadas si sus miembros van a la cárcel. Al fin y al cabo para eso está la Constitución. Sí, esa que tanto molesta a algunos de los que están durmiendo menos bien por estos días.

Y lo tercero es que la sociedad que creyó en el esperpento paramilitar debe entender que se estrelló contra un límite contundente de actuaciones judiciales que no tienen vuelta atrás. Debe entender que esto no es una cacería medieval de brujas criollas sino el destape definitivo de realidad que hace rato huele a alcantarilla.

Es lógico que muchos estén asustados. Nada tan complejo como librar una lucha penal en la Corte. Pero que el que no la deba no la tema porque en ese tribunal hay pulcritud. Eso sí, que el que la deba, la tema. Porque parece que ni el fiscal ni la Corte Suprema están dispuestas a dejar pasar un  momento histórico que los dejará en la historia patria como los verdaderos salvadores del país.

12 noviembre 2006

El efecto dominó

Los líos judiciales tienen, por lo general, un efecto dominó. Cuando los delitos han sido cometidos por varias personas, con el primer responsable que cae empiezan a rodar los otros. Ese fue el caso del proceso ocho mil. Con Medina en la cárcel, lo demás se dio solo. Uno a uno fueron cayendo los responsables. Pero bueno, eso es historia patria aunque sirve para ilustrar lo que está por suceder con el nuevo escándalo de la parapolítica.

Con los primeros congresistas presos están cayendo más. Cuando de un sopetón llaman a indagatoria a seis, es porque hay mucha tela qué cortar. Por eso no es tan difícil adivinar que a los parlamentarios les irá mal. Si a estas alturas la Corte Suprema involucra a alguien no es para inhibirse así no más. Por lo menos averiguará más a profundidad antes de salir con una decisión que haga tránsito a cosa juzgada.

Es cierto que la Corte podría no privar de la libertad a los implicados mientras investiga y aún así dejarlos vinculados al proceso penal. Pero hay tres factores que permiten prever que sí los encarcelará. El primero es que si ya lo hizo con unos por lo mismo, resultaría extraño que no lo hiciera con otros. Frente a los mismos hechos, o todos en la cama, o todos en el suelo. ¿No?

El segundo factor para prever carcelazo es que los magistrados saben que cada acción suya es un mensaje para un país ávido de justicia. De hecho, la sociedad empieza a ver a la Corte como una verdadera salvadora de la patria. Porque lo es. Y el tercer factor es que en la comisión de acusaciones de la Cámara decidieron investigar a los magistrados en una maniobra más política que judicial. Se trata de un error de cálculo muy grande. Esa sí que es una pelea mal casada.

El efecto dominó tendrá consecuencias regionales. Porque hasta ahora sólo se está destapando la para-olla de algunos departamentos de la costa. Faltan otros y varios. Y ante el descalabro del proyecto en esa zona,  las culpas y las acusaciones irán y vendrán. Comenzarán entonces a desfilar por las pasarelas de las fiscalías y los juzgados muchos de los grandes cacaos de esos otros departamentos costeños que aún no han sido tocados por la Corte.

Por otro lado, muchos en el norte del país deben estarse preguntando: “Ajá… ¿y por qué todos costeños? ¿Acaso no fueron los cachacos de Antioquia los que se inventaron esta vaina?” Y entonces volverá a aparecer  el efecto dominó. Los que cantarán Tutaina Tuturumaina en la cárcel también cantarán otras cosas. Luego le ayudarán a los técnicos de la Fiscalía a desencriptar la información del computador de Don Berna. Y entonces le sacarán a Antioquia los trapos sucios al sol y veremos una fila de gente prestante haciendo fila en la Corte Suprema de Justicia.

Por último: Álvaro Uribe tiene, ante todo, la gran responsabilidad de apoyar las investigaciones sin que se le desbarate políticamente el país. Y para eso va a tener que armar un nuevo gabinete que represente ya no a los ocho millones de uribistas sino a los 42 millones de colombianos. Porque ya no le corresponde solamente salir airoso frente a la guerrilla. Ahora le corresponde también no dejar morir un país en el que la clase política decidió suicidarse. Claro que para eso tendrá que rodearse mejor. Porque con semejantes amigos ¿para qué enemigos?

11 noviembre 2006

En buenas manos

Con las órdenes de captura de varios congresistas comenzó el tan sonado nuevo proceso ocho mil, que en realidad es un proceso Cuarenta, no por el número de expediente sino por el Alias de Don Jorge, el dueño del computador. La corte Suprema de Justicia dio su primer mordisco y mando poner presos a varios congresistas por nexos con los paras. Ojo: esto no quiere decir que sean culpables, pero sí que hay indicios graves de que lo sean. Y ojo otra vez, porque acá no se trata de decisiones de fiscales haciendo política sectaria a punta de órdenes de captura, como se vio hace años en el país, sino de magistrados estudiosos y serios que están tratando hacer justicia.

Las fuentes de las pruebas que están inundando esos proceso penales son varias. La primera es el computador de Jorge Cuarenta, que es el que tiene hoy a los congresistas procesados  pagando escondederos a peso. Sin duda de él saldrán más datos que seguirán dándole a la Corte una tarea adicional a la de la casación. Basta esperar para saber quién más recibe al niño Dios en la Modelo.

La segunda fuente es el computador de Don Berna, del cual se sabe poco. Sin embargo, hay quienes opinan que su disco duro será para Antioquia lo que el de Cuarenta para la costa. Es decir, todo un ventilador que hasta ahora está empezando a girar. Y en tercer lugar, está la propia ley de Justicia y paz que exige una confesión a cada paramilitar que quiera obtener beneficios. Esas confesiones no se quedan ahí sino que llevan a que se abran otras investigaciones que, tarde o temprano, terminarán salpicando a más y más congresistas.

La Sala Penal de la Corte Suprema tiene un gran reto pero a la vez una oportunidad. El reto consiste en que no haya impunidad. La oportunidad es para demostrar que, en el proceso penal como en todos los demás, la Constitución es una norma a ser aplicada de preferencia. Esto porque en Colombia, muchas veces, se ha confundido la justicia con la cárcel y la picota pública con el derecho a la información. Y eso viola la Constitución.

Los Magistrados tienen ahora el reto de mostrarle al país cómo se surte un proceso, cuáles son sus garantías, de enseñar que la detención preventiva no es una pena sino una medida cautelar, que la política no hará que la justicia salga corriendo por la ventana y, sobre todo, que el derecho se dice en los tribunales y no en los medios. Porque no puede volver a existir encuestas sobre si un procesado es culpable o inocente, sobre si se le debe condenar o exonerar o sobre el número de años de cárcel que debería pagar. Esto es ilegal porque se reemplaza al juez y se genera un linchamiento moral injusto.

Que se investigue, que se juzgue y que se castigue. Y sí, que se eliminen de una vez y ojalá para siempre los espectáculos de justicia que, si bien dan pan y circo, al final sólo dejan un gran desgaste del aparato judicial y a los derrotados tirados en una esquina lamiéndose las heridas y tratando de justificar el resto de la vida lo injustificable. Afortunadamente en esta oportunidad es la Corte Suprema de Justicia la que tiene las riendas de los procesos penales. Dicho de otro modo, la justicia está en buenas manos. Y cuando esto ocurre, es posible decir que se está un poco más cerca de la paz.

04 noviembre 2006

Totazo con la realidad


Pareciera que el debate sobre si en Colombia hay o no un conflicto armado ha quedado superado en virtud de los hechos. Hay incluso quienes dicen que nunca debió existir. Pero como en ese planteamiento, tomado por José Obdulio Gaviria de los halcones gringos para meterle carne al discurso uribista, se basó buena parte de la estrategia de seguridad nacional del gobierno, pues había que tenerlo en cuenta. Mucho más cuando se supone que fue unos de los puntos que a Uribe le permitieron salir reelecto.

Durante el primer gobierno de Uribe los seguidores de la naciente religión se regocijaban con el tema de la seguridad democrática. Hasta en algunas universidades se pensó en lanzar cátedras sobre la materia, emulando los posgrados que, en centros de enseñanza foráneos, otorgan títulos en Seguridad Nacional. Surgieron expertos, doctrinantes y gurús.  Todo con base en el mismo planteamiento: que en el siglo XXI no puede haber violencia política, sino que cualquier expresión que pretenda subvertir el orden constitucional establecido, es terrorista.

Semejante doctrina, tan útil a la hora de justificar posiciones fuertes y muchas veces carentes de contenido, al final resulta siendo contraproducente. Primero, porque, como siempre en la vida, la realidad termina imponiéndose. Y segundo, porque no deja campo para maniobrar políticamente. Y poder y política van de la mano, así muchas veces intervengan elementos de violencia armada.

Nos desayunamos con la noticia de que nuestra guerra es real y no es contra un enemigo invisible. Sin embargo, como nos habían dicho que lo que pasaba es que el mal se quería imponer sobre el bien, pues a la postre nos embistió la realidad. Y por lo que parece, no estamos preparados para enfrentarla ni en el discurso, ni en la política.

En el discurso, porque el lenguaje de la seguridad nacional es descalificador y se parte de la base de que el contrincante no es un interlocutor válido. Ese contrincante, emtonces, va a querer siempre ganarse la interlocución a las malas y con más violencia. Por otro lado, el discurso de la doctrina de seguridad se volvió agresivo, sin necesidad. Y eso tiene un inconveniente: que aunque los epítetos y las incitaciones verbales pueden generar aplausos, también generan un reto que un enemigo difícilmente elude. Para la muestra, los botones de los últimos días.

Digo que tampoco estamos preparados en la política. Hemos cerrado las puertas y la guerra, como se concibe terrorista, no tiene por dónde cogerse para intercambiar planteamientos. Obvio, para intercambiar prisioneros. No pareciera entenderse que la humanidad ya pasó por esto y que, por lo tanto, ya aprendió de esto. Y que precisamente por eso generó herramientas  de derecho internacional  que, con nuestra doctrina de seguridad, resultan inaceptables.

Se supone a que a Uribe lo eligieron para que siguiera con lo que venía haciendo. Y sí, cierto, si algo está funcionando bien, no hay que cambiarlo. ¿Pero qué está funcionando bien en materia de guerra? El arte del gobernante está en reinventarse y cambiar lo que no funciona. En manejar las situaciones que surgen. Y acá surgió algo que no habíamos visto: la realidad. Esperemos que el presidente le meta política al asunto. Esa que en otras oportunidades y frente a otros adversarios, tanto le ha servido a él y al país.

28 octubre 2006

¿Plan Colombia o Plan Venezuela?


Se supone que con la segunda fase del  Plan Colombia podrá derrotar a la guerrilla y acabar con el narcotráfico. Pero nova a ser así por una simple razón: con Venezuela armándose hasta los dientes y mandando la parada política en Latinoamérica, la prioridad de los Estados Unidos no será más la seguridad nacional de Colombia, sino la seguridad regional. Bush, simplemente, no puede permitir que se le arme un incendio en su patio de atrás.

La definición de la política americana para la región tiene varios componentes. El primero es el político, que poco a poco, sigue su rumbo hacia la izquierda. Chávez va a volver a ganar y Lula también. En Ecuador el manto de duda ya le cayó encima a las elecciones. Correa todavía puede ganar y si pierde, no habrá manera de que acepte la derrota. Kirchner anda bien parado en Argentina y Bachelet en Chile. Y Evo Morales, que era el que se veía más débil, aguantó.

Acá surge el segundo componente. Bajo esta realidad, Colombia deja de ser importante para Estados Unidos por su conflicto interno y empieza a serlo desde el punto de vista geográfico. Bien se sabe, la situación geográfica es lo primero a la hora de analizar cualquier eventual estrategia militar. Y nuestro país es el trampolín por excelencia hacia Venezuela.

El tercer componente es que Chávez anda de compras. Aviones rusos, misiles chinos, tecnología militar de punta, barcos españoles, en fin, se ha hecho a toda clase de juguetes de guerra. Tiene el discurso y además tiene la chequera. Y algo más: la frontera.

Cualquier ejercicio militar “rutinario” en la frontera colombo-venezolana, del lado de allá, debería generar una reacción, también “de rutina”, del lado de acá. Pero esto no sucede por dos simples razones: la primera, por la falta de hombres. Y la segunda, por la falta de plata. Los soldados colombianos que son muchos y son machos, están ocupados disparándole a las FARC. Y no hay recursos, pues están destinados para la continuación del plan patriota.

Nadie puede entonces sorprenderse con anuncios como el del impuesto al patrimonio o la visita del número tres del Departamento de Estado Nicholas Burns para hablar de guerra. Claro, se dirá que mucho de lo que venga, aviones y munición, será para reforzar la Seguridad Democrática. Pero creo que más bien que será para reforzar la frontera, aún más ahora que nuestro ministro de defensa tiene tanta tela cortada con las autoridades del hermano país.

La estrategia americana en Colombia, entonces, cambiará. Y seguramente será rápido porque los Estados Unidos no tienen mucha plata disponible ni a Bush le queda mucho capital político para gastar en nuestro país, ahora que de Irak le llegan sus soldados en bolsas negras derechito al cementerio de Arlington. Además enfrenta las elecciones de Congreso con su partido tratando de hacer magia para que le vaya bien.

Los halcones de Washington le quitarán los ojos de encima al Putumayo y al Caquetá y los pondrán en la Guajira y el en llano. Puede ser el primer paso para convertir el Plan Colombia en el Plan Venezuela. Habrá que ver qué pasa.

21 octubre 2006

Fueron las FARC


Son muchas las hipótesis que se pueden plantear sobre la autoría del bombazo en el Cantón Norte. Sin embargo, así no hayan sido las FARC, fueron las FARC. Mejor dicho, con los informes de inteligencia que le pasaron al presidente, pues no hay duda. Sin embargo, cuando no se es gobierno, y especialmente cuando se es analista, hay que hacer una lectura integral de la política. Y en este caso, esa lectura puede arrojar otras hipótesis.

Lo primero para mirar es la situación política antes del bombazo. Gobierno y guerrilla venían moderando el lenguaje y haciéndose pequeñas concesiones. Parecía que los acercamientos estaban dando frutos e incluso y se pensó que el intercambio humanitario realmente estaba cerca. Se había llegado a acuerdos importantes y hasta se hablaba ya de un eventual proceso de paz.

A ese punto se había llegado después de cuatro años de bala y aguante. Las FARC venían sintiendo el Plan Patriota aunque esta iniciativa militar no estaba dando los resultados esperados. Por eso los acercamientos convenían a ambas partes y, por lo mismo, se pude decir que a ninguna de ellas le interesaba que lo logrado hasta el momento se fuera por la borda.

Resulta extraño que las FARC, conociendo a Uribe, no hayan pensado que poniéndole una bomba al Cantón Norte ese proceso de acercamiento se dañaría. Raro que una guerrilla que no se ha dejado vencer en tanto tiempo no haya imaginado que el presidente saldría a reivindicar la Seguridad democrática a toda costa y echaría por la borda todo lo cedido.

De otro lado, hay que partir de la base de que las FARC son un enemigo que, a la hora de secuestrar y atacar, lo hace sin compasión. Ejemplos sobran y por eso debe uno, si es medianamente cauteloso, preguntarse por qué si semejante guerrilla tan salvaje logró la tarea de meter un carro bomba al corazón de la inteligencia militar, la carga explosiva no fue mayor.

La pregunta necesariamente surge así: ¿Por qué la guerrilla más antigua y desalmada del mundo corre todos los riesgos y penetra el lugar más seguro del país para hacer un atentado que no es contundente? Al fin y al cabo la bomba explotó donde se concentra la crema y nata de todo lo que militarmente representa su enemigo. ¿Por qué entonces la compasión?

Lo anterior basta para tener que aceptar que resulta, por lo menos extraño, el comportamiento de las FARC. Claro que, repito, fueron las FARC. Pero por puro ejercicio pensemos que pudo haber sido algún paramilitar perseguido con orden de extradición. O los narcos por la misma razón. O alguien a quien le parezca aberrante el acuerdo humanitario. O alguien que quiera mandar el mensaje de que es mejor que no se esculque mucho en el computador de Jorge 40.

Ojalá las informaciones del presidente no tengan el origen de las de los falsos positivos de hace meses. Porque si no fueron las FARC, quiere decir que hay otro enemigo, capaz de burlar la seguridad del Cantón Norte y de cambiar el rumbo del país con dinamita como lo hizo AlQueda en España en vísperas electorales. Otro enemigo terrible, que mueve el tablero de la guerra y de la paz de una manera contundente, en la que al final, otra vez, son los secuestrados los que terminan pagando los platos rotos.

14 octubre 2006

Se te fueron las luces


Hace unos años el vallenato Jorge Oñate sacó una canción que hace referencia a una mujer a la cual sus errores le resultan caros. “Se te fueron las luces”, le dice el maestro a la destinataria de su canto, a la que al final, por ponerse de ambigua, le va mal. Algo así como lo que le pasó a Juan Manuel Santos a quien, por lo menos la semana pasada, también le fue mal. Porque por ponerse de defensor de ataques que no existían, terminó enredado en el Congreso y dando la impresión errada de ser un hombre realmente desconsiderado.

Juan Manuel Galán y Cecilia López lo citaron para que aclarara qué se sabía en el ministerio de defensa sobre la participación de militares en el montaje de falsos atentados dinamiteros en los días previos a la posesión de Uribe. Es el ejercicio legítimo del control político. Santos fue, dio la cara pero hizo cosas que no ha debido hacer. La primera es que, tal vez pensando que le como ministro le corresponde defender al ejército a toda costa, trató de desviar el debate. Sacarle el cuerpo. Le fue como los toreros que torean sin torear, y que al final, terminan pinchando y descabellando para que no les metan el toro vivo a los corrales.

Lo segundo que hizo Santos y que no le salió bien fue poner a los citantes del debate como autores de un montaje del Partido Liberal para enlodar a las fuerzas armadas. Una cosa es tratar de esquivar los dardos de los opositores con manoletinas verbales, pero otra muy distinta es poner a los senadores como autores de una tima que busca dañar a la institución armada en épocas de guerra.

Y lo tercero, lo peor, diría yo, así no haya habido mayor escándalo, fue la velada mención del ministro a lo que podría estar pensando Luis Carlos Galán del comportamiento de su hijo Juan Manuel, uno de los senadores citantes. Echar mano de ese recurso no es propio de un ministro de Estado y menos de un hombre de bien como Santos. La política es un tinglado en donde los golpes son, por esencia, fuertes. Pero escoger el dardo que se lanza es, además de un arte, muy importante. Esto, pues en palabras del ministro de turismo de Panamá, Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”.

En la política, es cierto, los amores y los odios se heredan. Es algo a lo que quienes descendemos de familias dedicadas a la vida pública nos acostumbramos. Incluso es algo de lo que algunos nos enorgullecemos. Eso a pesar de que aquí  la gente golpea con lo que no debe. Ejemplos sobran: en materia de guerra con burros bomba, motosierras y cilindros de gas. Y en materia política, con órdenes de captura, procesos judiciales y  deshonra. Ojo ministro, ese es un catálogo suficientemente fuerte y atroz como para sumarle revolver el dolor de un hijo que vio caer asesinado a su padre por las balas del narcotráfico.

A Juan Manuel, el senador, mi respeto y mi saludo cariñoso por la ponderación y la medida de su comportamiento. Ejemplar y hasta envidiable. Y a Juan Manuel, el ministro, ojalá no le haya pasado lo que a la mujer a la que Jorge Oñate le canta “te creciste como el río Guatapurí”. Porque la verdad es que se le fueron las luces y debería pedir disculpas. Es algo que nada quita y mucho aporta. Al fin y al cabo, así se encarne a unas fuerzas armadas que día a día nos defienden, realmente, lo cortés no quita lo valiente.

07 octubre 2006

Hacer las paces


En épocas de campaña electoral fui el primero en escribir que, con Uribe en Palacio, todo seguiría igual. Fui especialmente drástico a la hora de analizar lo que sería el futuro del proceso de paz con las FARC. Pero me quivoqué, o por lo menos eso muestran los hechos. Porque no han pasado ni siqueira dos meses desde que el presidente se posesionó, y ya tenemos el acuerdo humanitario a la vuelta de la esquina.

Es cierto que mucho falta por definir y que las cosas, en estos temas, se enredan en los detalles. Basta ver las trabas que se han generado por cuenta de la ambigüedad de las declaraciones del ministro de defensa. Pero también hay que aceptar que el intercambio parace haberse puesto sobre rieles como un tren que ya no para. Ojalá sea así. Porque es algo que el país, y sobre todo quienes están padeciendo el drama del secuestro en carne propia, se merecen.

Después hay que hacer las paces. Es la única manera en que, sin vencedores ni vencidos, se puede empezar a pensar en cerrar las heridas. Uribe puede lograrlo si no se deja picar la lengua por nosotros los periodistas (nuestro trabajo es picarle la lengua a la gente) y si no se sale de la ropa frente a los hechos. Hasta ahora lo ha hecho muy bien, dejando por escrito las posisiones del gobierno, y remitiéndosnos a los textos. Pero el futuro depende de que se camine al mismo ritmo y con el mismo libreto en adelante.

Hacer las paces es duro. Pero nunca más que la guerra. Los sacrificios serán grandes, pues implican la generación de condiciones de igualdad que, necesariamente, pasan por la pérdida de varios privilegios que, a fuerza de costumbre, están arraigados en nuestra cultura.  Cuando Colombia deje de ser un monumento a la desigualdad, cuando la inequidad deje de estar institucionalizada a través de la estratificación social, podremos empezar a hablar de una paz real.
Luego de conversar y ponernos de acuerdo, tendrá que haber un nuevo pacto sobre las reglas básicas de convivencia. Es decir, una constituyente que permita barajar y volver a repartir. 

Muchos se oponen, pero Uribe ya entendió que no hay otro camino. Porque si no hemos podido meter en cintura por la fuerza a tanta gente y hemos decidido hacerlo negociando, pues no hay más remedio. Además, es la oportunidad de reformar temas que quedaron tan mal en la Constitución de 1991, como el ordenamiento territorial y la inclusión de la Fiscalía en la rama judicial, entre varios otros.

Uribe debe hacer la paz por todos nosotros. Además, así empieza a contar con recursos para ir atendiendo otro asuntico que tiene pendiente y que es el de la frontera con Venezuela. Ahora que Chávez se la pasa de compras por los mercados de armas de Rusia y el Oriente, y ahora que se le metió al rancho a Bush, los americanos van a querer que Colombia no se quede sin tropas disponibles por si toca mostrar los dientes. Pero ese es otro tema, del cual, hablaremos otro día. Por ahora, creo que la cosa es clara: vale la pena hacer las paces.

23 septiembre 2006

Positivos negativos


No terminábamos de salir del asombro por la participación de miembros del ejército en los atentados dinamiteros previos a la posesión presidencial, cuando nos desayunamos con la noticia de que un contrabando de videos terminó siendo otro “positivo” de la Fuerza pública. Qué horror. Lo que se creía era excepcional se está volviendo, como por arte de magia, el pan nuestro de cada día.

La guerrilla, los paras, el narcotráfico, la delincuencia común, son todos problemas sobre cuyo combate la fuerza pública muestra, a diario, resultados positivos. Lamentablemente, pasada la euforia e impuestas las medallas, de algún lugar está saliendo una verdad totalmente desagradable: son triunfos falsos; manipulados. 

En la práctica, los positivos son viejos amigos de los organismos de seguridad. Se trata de operaciones exitosas fruto de los esfuerzos propios de las instituciones. Claro, el éxito depende, en muchos casos, de la ayuda de la delincuencia. Y esto es normal pues la delación, de hecho, es el alimento principal de la investigación. Lo grave es que, en Colombia, se ha pasado del éxito de verdad, al éxito de mentira.

Una cosa es que la Fuerza pública interactúe con la delincuencia para asestar golpes cuando se ha cometido o se va a cometer un delito. Pero otra cosa distinta es que las instituciones suplanten a los violentos y generen ellas mismas los hechos ilegales, para meter goles y ganar aplausos. Estos falsos positivos traen varias consecuencias realmente desfavorables.

La primera consecuencia es que, como pasa con cualquier mentiroso, la confianza colapsa. Después de la mentira puede estar la casta mujer del César en misa, pero él creerá que está en un motel. Mejor dicho: ¿Quién va a creer que, en realidad, el próximo camión bomba encontrado y desactivado sea de la guerrilla y no de una brigada que quiera sacar pecho?

Y más. En el caso de la Fuerza pública la mentira envía un mensaje equivocado a amigos y enemigos: el de que no hay capacidad real de ganar. Es como si se anunciara que, ante la imposibilidad de lograr aciertos, hay que inventárselos.

Y todavía más. El falso positivo opaca el esfuerzo de quienes en realidad se juegan a diario la vida para defendernos. Es un irrespeto para ellos. Si ahora resulta que los guerrilleros muertos y caídos en combates son en realidad campesinos a los que algunos soldados vistieron de camuflado antes de asesinarlos con un tiro de gracia ¿en dónde queda el honor de quienes de verdad se dan plomo y ponen el pecho por nosotros?

Casi ocho millones de colombianos le apostaron a que, si las cosas se siguen haciendo como se están haciendo, vamos a terminar viviendo en paz. Y todos nos metemos mensualmente la mano al bolsillo para pagar por esa apuesta. Por eso el gobierno, que tanto esfuerzo ha hecho y tanta credibilidad tiene, debe jalarle duro las orejas a las Fuerzas. Debe hacerle entender a todos que los falsos positivos no son triunfos. Que son derrotas. Y sobre todo, que en la guerra como en la vida, lo que por agua viene, por agua se va.

16 septiembre 2006

Abra Cadabra


Aunque muchas no lo reconozcan, todas las agencias de seguridad del mundo han echado mano en algún momento de la parapsicología. Incluso, algunas de las más respetadas tienen todo un departamento para el estudio de fenómenos poco explicables. En la investigación criminal se utiliza en varios países. Y claro, en Colombia, en dónde  se vende cuanta pócima rara para “amarrar al ser amado” y “hacer regresar al padre del hijo en 48 horas”, pues no podíamos quedarnos atrás.

Lo importante es determinar cómo se utiliza esta “ciencia”. Porque existe una diferencia grande entre usarla para las investigaciones y usarla en procesos en los que se toman decisiones. Cuando estos dos puntos se mezclan y la investigación paranormal lleva a la decisión supuestamente objetiva, esa objetividad colapsa. Y entonces, Dios mío vénganos en tu reino, porque se deja el futuro de las personas y de las instituciones en manos de cualquier encantador.

Existen ciertas investigaciones en las que el error, que es la regla general en la parapsicología, puede tener lugar sin mayores consecuencias. Esto puede pasar, por ejemplo, en la búsqueda de personas u objetos perdidos. Se dice que el avión caído en el que murió el ministro Juan Luis Londoño apareció así. Vaya uno a saber, pero si en un caso de estos la adivinación falla, pues simplemente no se encuentra lo que se busca y habrá que seguir buscando. ¿Cuántos adivinos no deben haber jurado saber en dónde está Ingrid Betancur?

Pero hay otros casos en los que la cosa puede ser más compleja y la baraja no es realmente la mejor consejera. Por ejemplo, cuando se acusa a alguien en virtud de conclusiones a las que se ha llegado por estos fenómenos. ¿Cómo desmentir una creencia mística si precisamente quien la tiene se puede dar el lujo de mantenerla por no existir prueba que la contraríe?

Es el caso de las supuestas desavenencias y enredos en la Fiscalía. Ahí pasan dos cosas. La primera es que, quien crea a ojo cerrado en el parapsicólogo que supuestamente las encontró, no dejará de hacerlo. Es más, es posible que lo consulte con regularidad y para otros asuntos. Y la segunda cosa que sucede es que, si por alguna casualidad el adivino cierta, termina volviéndose indispensable, lo cual es grave en todas las instituciones.

Las envidias y rencillas entre funcionarios del Estado no pueden salir a la luz pública por cuenta de una bola de cristal. Tampoco los casos investigados pueden terminar en manos de los jueces por cuenta de la clarividencia.

Afortunadamente el fiscal y el vicefiscal son una dupla de garantía en objetividad y buen criterio. Entienden que la parapsicología puede ser una herramienta en la investigación, pero saben que no se trata de un oficio que pueda oficialmente hacer parte del engranaje de la Fiscalía. Menos mal. Porque ¿se imaginan ustedes lo que habría sido esto hace unos años cuando para regalarle a algún enemigo político una orden de captura el Fiscal General sólo necesitaba fabricar un par de indicios graves?

09 septiembre 2006

Bombazos de mala suerte


Muy desafortunado eso de que algunos militares hayan estado involucrados en la ola de terrorismo previa a la posesión presidencial. Claro, que se trate de miembros de la Fuerza Pública es un horror. Que haya habido muertos, también. Pero que sea precisamente en este momento en el que semejante barbaridad sale a la luz pública, es un verdadero baldado de agua fría para los militares, para el ejecutivo y para el país.

Para el ejército la cosa no podía llegar en peor momento. La institución se venía apenas recuperando de varios escándalos. Basta recordar el de los soldados torturados en sus entrenamientos, quemados y abusados sexualmente, dizque para formarlos mejor. Tampoco está lejos el recuerdo de la masacre de Jamundí, en la que quince militares andan verdaderamente enredados acusados de ser autores materiales e intelectuales y que la justicia está mirando con lupa.

Como si fuera poco, en el plano puramente militar, el Plan Patriota no ha sido lo que se esperaba. Es verdad que el esfuerzo ha sido grande pero no así sus resultados. Muchos dentro de las Fuerzas, conscientes de esta situación, han tratado de hacer las cosas bien. Han puesto la cara y han procurado corregir los errores. Juan Manuel Santos le ha dado un aire nuevo a toda la fuerza como ministro de defensa. Por eso que nos desayunemos ahora con que en los bombazos estuvieron involucrados varios de sus miembros, es para los militares un gancho al hígado.

El gobierno nacional también acusa el golpe. Se ha hecho un esfuerzo grande por depurar la fuerza, por profesionalizarla, por inyectarle modernidad. El presupuesto nacional ha sido ilimitado para atender sus necesidades. La naturaleza misma de su función requiere plata inmediata. Además, políticamente, la seguridad democrática es el soporte del gobierno. Entonces, que a esta hora del paseo sean militares los de los bombazos presidenciales, cae mal, mal, mal en Palacio.

Y hay más. La noticia llega en un momento en el que los procesos de paz parecen estar andando. Con los paras son muchos los obstáculos que se han vencido. Hoy están a buen recaudo de las autoridades y comienzan a aparecer los cadáveres de sus primeras víctimas. Hay una percepción de justicia y reparación, que antes era un sueño. Esto, a pesar del bochornoso recibimiento de pan y circo que el comandante zonal de policía le dio a Jorge 40 hace algunos días y por la cual la Procuraduría puso el grito en el cielo.

En el caso de la guerrilla, el proceso comienza a avanzar. La prioridad está puesta en el Acuerdo Humanitario, que parece estar más cerca que antes. Por eso, la implicación de Fuerza pública en los atentados, por lo menos, enreda un poco las cosas en este punto. Y un enredo en este tema toma tiempo en arreglarse. Y sí, desafortunadamente tiempo es lo que no tienen los secuestrados que esperan en la selva desde hace años.

Por todo lo anterior las noticias de militares participando en los atentados de agosto, son bombazos de mala suerte para el país. Afortunadamente los implicados son la excepción en la Fuerza. Eso sí, mucho daño le hacen a quienes en ella se juegan día a día la vida, por asegurar la tranquilidad de los colombianos. Ojalá se impongan penas y correctivos verdaderamente aleccionadores.

26 agosto 2006

De Castaño a oscuro


Quienes pensaron que el proceso de paz con los paras estaba de un cacho deben ahora rascándose la cabeza. Si bien hace ocho días el presidente le dio un buen timonazo al encarcelar a los jefes de las AUC para que le pusieran seriedad al asunto y para generar credibilidad, la declaración de testigos del asesinato de Carlos Castaño por parte de su hermano parece estar enredándolo todo.

Sobre la muerte de Castaño fue más lo que se rumoró que lo que realmente se conoció o comprobó. El mismo Mancuso alcanzó a plantear la posibilidad de que se trataba de una cortina de humo para tapar su posible viaje a Estados Unidos a negociar y desaparecer del mundo paramilitar. Luego se le dio por muerto porque sí. Incluso sus amigas Eleonora y Rocío lo lloraron en televisión nacional. Pero el asunto nunca se miró desde la óptica judicial que, hoy en día, es la que lo tiene enredado.

Para la justicia el rumor y la política no pueden ser criterios de determinación por ser subjetivos. La ciencia penal es objetiva. De manera que o hay prueba de la muerte de Castaño o Castaño no está muerto sino desaparecido. Como dicen los abogados litigantes, lo que no existe en el proceso no existe en la vida. La obligación del fiscal es investigar y encontrar la verdad y la línea de investigación apunta a que fue Vicente Castaño quien ideó el crimen. Por eso tiene buscarlo sin preguntar y ponerlo a declarar.

Claro, acá es donde entra la complicación. Para Castaño no es tan fácil salir a decir ahora que cual acribilló a su hermano. Y menos que lo hizo por temor de que él le entregara a los Estados Unidos las rutas del narcotráfico, como se supone que pasó. Sin embargo, le va a tocar poner la cara y contar qué tuvo que ver con eso o, en su defecto, seguir huyendo con el consiguiente perjuicio para el proceso de paz.

Es acá dónde se verá para qué sirve la ley de justicia y paz, que en realidad es una ley de carácter político y no judicial. Esta norma puede ser vista a la vez como obstáculo y facilitadota del proceso de paz. Lo primero porque no faltará quién invoque el reino de la ley y el argumento de la impunidad para cortarle el cuello al proceso. Y lo segundo porque si los jefes paras, y en este caso Castaño, quieren encontrar una salida, les tocará acogerse a su texto y declarar.

Monoleche, quien se supone fue el gatillero en este homicidio, se entregó a la justicia hace unas horas y esa puede ser la clave para empezar a esclarecer el asunto. Porque la teoría de que Don Berna y Mancuso prepararon el asesinato de Castaño y luego obligaron a su hermano Vicente a ejecutarlo so pena de que le pasaría lo mismo, me parece ingenua. Las amenazas entre tigres no terminan sin mordiscos mutuos. Por eso no creo que haya sido así.

El proceso de paz está enredado y es posible que se enrede más. ¿Cómo destrabarlo? La respuesta está en la política. Porque en el arte de poder las decisiones siempre llegan a una instancia en la que la conveniencia general le gana a la norma. Por eso es que de los pactos de paz surgen las constituciones. Y en nuestro caso, esa puede terminar siendo la salida para que la paz finalmente se consolide. Porque de otro modo, las cosas en el proceso pueden seguir pasando de Castaño a oscuro.

18 agosto 2006

Gol de Uribe


La decisión presidencial de ponerle la mano a los jefes paras cogió por sorpresa a muchos. Cuando el país venía acostumbrado a que Mancuso y compañía se pasearan libres por el país teniendo órdenes de captura y hasta peticiones de extradición, que el gobierno haya decidido que deben estar en la cárcel es un verdadero acierto. Este cabezazo de Uribe tiene implicaciones en la sociedad, en la manera en que se percibe al país desde el exterior y hasta en el futuro del proceso de paz con la guerrilla.

Lo primero que hay que aclarar es que el presidente pudo tomar la decisión de que los jefes paras se fueran presos porque mediaban órdenes de captura contra ellos. No es que un presidente pueda elegir a quien encarcelar y a quien no. Lo que pasa es que, en este caso y por una ley especial, el presidente había podido suspender esas órdenes y lo que hizo simplemente fue volver a dejarlas en vigor.

Aclarado lo anterior, hay que analizar las consecuencias frente a la sociedad. Muchos colombianos veían que con los paras había más corazón grande que mano fuerte. Pero ahora la percepción cambia y se genera la de que acá no hay preferencias a la hora de aplicar la ley. Es un buen mensaje y por lo tanto con esto en gobierno sale ganando.

Las implicaciones también son positivas frente a la llamada “Comunidad internacional”, que en realidad equivale a los países europeos. Para ellos Uribe da un giro en su tratamiento a los paras. Ya no los deja por ahí rondando, haciendo y deshaciendo, sino que los mete en cintura. Se le da más claridad al proceso de paz y sobre todo, más seriedad.

Para el resto de la “comunidad internacional”, es decir, para los Estados Unidos, también se trata de un paso adelante. Ellos quieren a los paras en las cortes gringas y por eso prefieren verlos en cárceles colombianas que en sus fincas de Córdoba y Urabá. Tenerlos presos es el primer paso para que se los manden.

Y finalmente deben verse las implicaciones del carcelazo en el próximo proceso de paz con la guerrilla. La subversión ya sabe que si se compromete con Uribe a que pagará cárcel, terminarán pagando cárcel. Es decir, cualquiera sea el resultado del tire y afloje en la negociación con las Farc, lo que se acuerde, terminará siendo realidad.

Sí: gol de Uribe. Golazo. Pero queda en el aire el tema de la extradición que es el más difícil de abordar y el que mayores dolores de cabeza puede dar en el proceso con los paras y la guerrilla. Lo importante es que la extradición no se convierta en el as mágico en la manga del gobierno ni en la espada de Damocles sobre el cuello de los grupos ilegales que estén negociando.

¿Cómo manejar este tema? Vinculando al gobierno americano a la negociación como parte activa de ella. Que ponga y exponga, que tire y afloje, pero que se juegue en la mesa. Porque de otra manera y con la bendita seguridad jurídica tan débil de este país, o se le mete el diente al asunto con seriedad y con su doliente americano o seguiremos matándonos y tratando de acordar cosas cuyo cumplimiento, al final, realmente no depende de nosotros.