Mucha gente piensa que la política del presidente Uribe es de centro derecha. Pero a esa conclusión llegan analizando el manejo del orden público y dejando de lado otros temas importantes en la definición de una gestión de gobierno como el consumo de droga, el aborto y la eutanasia. Esos son tópicos que en el mundo entero definen la filosofía de un gobernante o de un partido. En Colombia, no obstante, los políticos y los medios de comunicación sólo tocan esas cuestiones cuando están coyunturalmente sobre el tapete. De resto, la discusión se centra en cosas como la reelección o en los chismes de coctel.
Es cierto que el gobierno tiene una posición conservadora frente temas distintos al orden público. Ha habido discusiones en el congreso en la que el ejecutivo se ha hecho sentir así. Una de ellas fue el debate sobre las uniones de personas del mismo sexo que se hundió. Sin embargo, esta no ha sido la regla general. Uribe ha querido dejar su huella de manera diferente. No con planteamientos sobre los diversos aspectos de la vida del Estado y de los ciudadanos, lo que equivale a gobernar día a día, sino liderando una avalancha ideológica para modificar varias nociones esenciales de la naturaleza humana que se adoptaron con la constitución de 1991.
Lo anterior puede verse como una verdadera revolución en la que hay dos puntos para resaltar. El primero es que la política del gobierno no tiene nada de centro. Si de centro se hablara, habría que recordar el cuatrenio de Andrés Pastrana. Lo de ahora es diametralmente diferente. Esta es una política de pura derecha y nada más. El segundo punto es que esta es una revolución hacia el pasado. En ella no hay progreso pues reevalúa cosas que están hoy en día sobre la mesa porqué ahí las puso el desarrollo de la humanidad. El derecho constitucional, el derecho del Estado, es esencialmente evolutivo. Avanza de la mano del hombre y por lo tanto tiene elementos cuya modificación equivale a echar para atrás en la historia. Colombia cuenta con varios de esos elementos y son un verdadero patrimonio constitucional que, en las condiciones actuales, está siendo amenazado.
No se puede pensar que una gestión de gobierno conservadora se contradice con el modelo de Estado moderno en el que la soberanía reside en la constitución. Por el contrario, ese modelo es una condición para que la libertad, las garantías y la legitimidad permanezcan vigentes cuando un gobierno como el de Uribe ha sido elegido. Por esto mismo es que no hay necesidad de reevaluar el Estado para que la gestión política de hoy tenga éxito. España y Alemania son el mejor ejemplo. Ambos países son Estados sociales de derecho cimentados sobre el respeto de los derechos fundamentales en los que el ejercicio del poder se somete a la ley. Esto aún cuando su vida constitucional ha estado marcada por fuertes gobiernos de derecha que no han tenido que romper el modelo de Estado para tener éxito.
El gobierno del presidente Uribe fue legítimamente elegido para ser lo que es y para hacer lo que hace en materia de orden público. Y lo ha hecho bien. Sin embargo, cuando la gente votó por Uribe no lo hizo esperando un cambio en el sistema de principios y valores constitucionales que hoy rige el país. Nadie que conozca el tema, que tenga visión de Estado, que entienda que Colombia no se puede alejar del concierto mundial en materia de respeto a la libertad, puede entender que a punta de reformas constitucionales estemos en el umbral de una situación históricamente superada. Cuando Gardel habló de volver, no negó que lo hiciera con la frente marchita. Y es porque uno nunca puede volver al futuro. Volver, siempre, significa echar para atrás.