30 julio 2005

Uribe, invencible

quienes les guste la política les va a tocar aceptar definitivamente que hay que quitarse el sombrero ante el presidente Álvaro Uribe. Pero no tanto por los resultados de su gestión que, al fin y al cabo no ha sido nada del otro mundo. Tampoco por su desempeño en plano internacional. Afuera, nos guste o no, la imagen del gobierno no la mejor. Sino por un razón muy sencilla: el presidente es un gran político.

Los resultados de la encuesta contratada por lo medios de comunicación y recientemente divulgados, lo demuestran. Una favorabilidad del 79,9%, posibilidades de barrer en la primera vuelta con un 70,2% y unos opositores que, sumados todos, ni siquiera alcanzan la mitad de ese porcentaje. Y como si fuera poco, se ve una aceptación del 58% a la reelección.

Lo anterior muestra que para los encuestados parece no contar la realidad. Es como si el liderazgo basado en la propaganda hubiera seducido a todos. La gente no juzga al presidente por sus resultados sino por su esfuerzo. Y por eso no se tiene en cuenta la realidad sino el sueño de un país mejor. Porque de haberse tenido en cuenta la realidad, le guste a uno o no Uribe, esté uno o no de acuerdo con él, el resultado de la encuesta tendría que haber sido muy distinto. Para eso basta mirar las cosas como son.

Para empezar, la seguridad democrática, que es la niña bonita del gobierno, cada día está menos vigente. De un tiempo para acá la guerrilla acata en un lado y otro, mostrando que eso de que está derrotada no es tan claro. El Plan Patriota parece extenderse en el tiempo sin resultados concretos mientras se sigue desconociendo, desde Palacio, que en Colombia hay un conflicto armado.

Por otro lado, la paramilitarización del país no resiste un análisis. Paras aquí y allá. Congresistas que se declaran abiertamente partidarios de ellos, exviceministros que se desmovilizan, finqueros que sacan pecho por contar con grupos armados en sus potreros. El paramilitarismo parece haber creado una nueva clase social basada en la capacidad de defenderse a sangre y fuego. Quien mire de cera verá que en realidad, nuestra democracia se ha convirtiendo, lentamente, en una paracocracia. Sin embargo, cuando de mirar la gestión del presidente se tata, todos aplauden.

Sin embargo el gobierno hizo dos planteamientos recientemente que muestran que entiende que la popularidad de papel puede no ser suficiente. El primero fue asumir el acuerdo humanitario como una forma de liberación de los secuestrados. Uribe siempre dijo que esto era una locura y ahora no le parece tanto. Y el segundo fue haberle ofrecido a Andrés Pastrana la embajada de Wahington. Un cabezazo a lo Maradona que aniquila parte de la oposición, si Andrés le dice que sí. Por eso, presidente, otra vez, Chapeau.

23 julio 2005

Fase de calentamiento

La selección de fútbol de Colombia se sentía campeona del torneo Copa Oro que se juega en Estados Unido pero el jueves Panamá le metió tres goles y la eliminó. Leí los editoriales y recordé entonces la frase de que en cada colombiano hay un director técnico de fútbol. Luego caí en cuenta de que la única actividad en el país en dónde este fenómeno se repite y en mayores proporciones, es la política.

La política se está poniendo buena con la proximidad de las elecciones. Hemos entrado, si se quiere, en la fase de calentamiento. Quienes aspiran a que los elijan en algún cargo, se están acomodando. Como buenos directores de fútbol han empezado a calcular, a montar su esquema propio, a crear tácticas y estrategias, en fin, a prepararse.

El candidato con mayores posibilidades es Uribe: tiene el poder, la televisión, el presupuesto, la maquinaria y la popularidad. Sin embargo, también es el que más fácilmente puede quedarse por fuera: está frente a una Corte Constitucional que, ante cualquier posibilidad de hacerlo, tumbará la reelección para salvar la institucionalidad.

Aunque no parezca, Uribe hoy está más solo que nunca. Apenas los funcionarios menores de Palacio (alguien me dijo el otro día que en Colombia sólo hay viceministros) están con él, así como algunos congresistas. De resto, quienes lo rodean le están apostando todo a que la reelección se caiga porque sienten que pueden eventualmente convertirse en los elegidos para la recta final.

En este grupo están personas como Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras, entre otros, que se muestran muy uribistas, pero que en realidad aspiran a lanzarse al agua ungidos por el presidente. El problema es que Colombia es un país políticamente muy raro. Aquí las enemistades se heredan pero la popularidad no se endosa. Y menos la de Uribe que poco tiene que ver con su gestión y más con la persona y el sentimiento.

En la otra orilla están quienes se han opuesto al presidente y tienen los dedos cruzados para que se caiga la reelección y así no tener que enfrentarse a él. Serpa, luego de hipotecar su pensamiento social demócrata, anda buscando ser nuevamente el adalid de la rosa roja. Eso sí, no ha pagado la hipoteca y la cuenta le puede salir bien cara. Luego están los demás precandidatos liberales buscando salir victoriosos en la Consulta liberal. Y después está Antonio Navarro con el “Maillot jaune” del Polo organizando la resistencia.

En esta fase de calentamiento todo es cálculo para los precandidatos. No hay nada de fondo todavía. Pero ellos saben que la etapa del contenido, cuando llegue, será la definitiva porque traerá los temas grandes: el de la guerra y la paz, el del narcotráfico, el de la economía, el del empleo y el de la pobreza. Y cuando eso pase, también lo saben, la cosa será a otro precio y todo el mundo tendrá que estar preparado. No vaya a ser que llegue alguien, parecido a Panamá y les meta a todos tres goles.

16 julio 2005

Tiempo de refelxión

Durante los últimos tres años el país se acostumbró a que, con cada viaje presidencial a Europa, las críticas fueran y vinieran por cuenta de la actitud del gobierno frente al conflicto interno. Cada paseo de Uribe por el Viejo continente era siempre todo un víacrucis. Las ONG enfilaban sus baterías, los gobiernos aunque diplomáticos permanecían llenos de reservas y hasta la gente en la calle se manifestaba.

¿Cómo olvidar el Parlamento europeo vacío frente al presidente? ¿Cómo no recordar las salidas en falso de Uribe haciendo referencias a Hitler para justificarse? ¿Cómo dejar atrás la imagen del presidente pretendiendo entrar en un debate callejero con una contradictora suya en un andén cualquiera de Europa? Son imágenes dolorosas que están ahí.

Esta vez, sin embargo, parece que todo ha cambiado y que en su gira el presidente ha encontrado menos voces en contra. ¿La razón? Una sola: los repugnables atentados terroristas contra Londres. Y es lógico. No sólo el mundo se ha levantado a una sola voz en contra de semejante barbarie, sino que entre más se siente y se vive su dolor, las posiciones fuertes como la de Uribe, se comprenden y se reciben mejor.

A nadie le puede caber duda de que hay que hacerle frente al terrorismo con firmeza y decisión. Todos rechazamos los bombazos indiscriminados. Sin embargo, hay algo que no se puede perder de vista y es que la firmeza de ese repudio y ese rechazo no son suficientes para derrotar a un enemigo que puede golpear a su antojo donde quiera y para el cual la guerra es atemporal. Por eso precisamente es que los países europeos que no han sido tocados por la barbarie están aterrorizados.

Frente a este planteamiento caben algunas reflexiones. Una es que es posible que la respuesta dada hasta ahora por los países que han sufrido los ataques no sea la correcta y que en lugar de parar la amenaza, su actitud la esté incrementado. Para citar algunos ejemplos de los que ya se oye hablar, es posible que la invasión de Afganistán haya generado un fanatismo que hoy esté alimentando al terrorismo.

Mantener prisioneros encarcelados en la cárcel de Guantánamo privándolos, por lo menos hasta hace poco, del debido proceso judicial, puede estar despertando un gran odio por occidente. Mucho más si los señalamientos que se les hacen tienen un sesgo religioso. Las dudas sobre la legitimidad de la invasión a Irak y las torturas contra los presos en ese país pueden no haber ayudado tampoco. Y mucho menos la ecuación que se pretende hacer muchas veces entre Islam y terrorismo.

Cabe preguntarse entonces si habrá otra manera de enfrentar el tema. Y la respuesta no es nada simple porque la cosa parece no tener por dónde cogerse. ¿Tal vez alentando una cruzada islámica contra el terrorismo? ¿Aceptando que puede haber un problema de arrogancia en ciertas actitudes? ¿Cabe pensar en una diplomacia contra el terrorismo? No sé. Son algunas reflexiones nada más. Pero son válidas frente a la realidad de que la cosa se ha salido de las manos. A pesar de que nuestras posiciones fuertes encuentren menos resistencia en este ambiente tan caldeado, puede ser tiempo de pensar que las cosas en el mundo y en el país, pueden tener otra solución.

09 julio 2005

Grandes decisiones

La semana termina con dos hechos muy significativos. El primero es el retiro del ministro de defensa y el segundo es la presentación, por parte del presidente Uribe, de la terna para Fiscal general de la nación. Ambos son hechos de los que dependerán, en buena medida, el futuro del país y la imagen del presidente.

Sobre el adiós del ministro puede decirse que, aunque él dice que se trata de una decisión tomada desde el principio del año, la verdad es que la cosa no está tan clara. Si así fuera habría que preguntarse por qué esperó seis meses para ejecutarla exponiéndose, de paso, a la censura del Congreso. Cabe recordar que, aunque no terminó censurado, sí salió con un ala rota.

Al ministro se le veía mal. Más que cansado, lo cual es lógico con el ritmo endemoniado del gobierno, se notaba golpeado. Tal vez es que una cosa es presidir una empresa o una junta directiva y otra es montar el potro más bravo del gobierno. Su ministerio no fue malo, pero al final, la sensación que queda es que ese potro se la estaba pudiendo y que él decidió bajarse antes de darse un porrazo.

Camilo Ospina es su reemplazo. La importancia de esta decisión es que él tiene ahora la responsabilidad de apuntalar la política de seguridad. De lo bien o mal que lo haga dependerá la imagen final del presidente. Porque este gobierno le apostó todo su prestigio a la seguridad y el enemigo sigue por ahí haciendo daño. Y como si fuera poco, la reelección quedó malherida con el navajazo del procurador, lo que augura que no habrá segunda parte. Así que el reto del nuevo ministro es grande. Para él, buen viento y buena mar.

Sobre la Fiscalía hay que decir que Luis Camilo Osorio tuvo la titánica labor de depurarla y descontaminarla. Y no le tembló la mano a pesar de los rayos y las centellas que le llovieron. Además, entendió que esa institución tenía un poder desmedido y, contra viento y marea, lo redujo. Osorio le quitó a la Fiscalía su condición de herramienta inquisitiva a servicio del régimen de turno. El país le debe semejante beneficio, así como la implantación del sistema oral de justicia penal que está dando muy buenos resultados.

El sucesor de Osorio tiene que estar a la altura de la nueva institución. Y por eso hay que celebrar el cabezazo del presidente de incluir en la terna al abogado Jorge Pretelt. Este monteriano se ha movido en los terrenos de la academia como profesor doctorado en la Universidad española Alfonso X el Sabio. También en los del poder público como magistrado del Consejo Nacional electoral y conjuez del Consejo Superior de la Judicatura. No es un político; es un jurista. No saldrá de la Fiscalía aspirando a la presidencia. Y sobre todo, no trabaja como penalista, lo que garantiza que no tiene socios que litigarán ante él.

Esta fue una semana de grandes decisiones. Ahora, habrá que ver qué pasa.

02 julio 2005

Hechos y palabras

Dice un amigo mío que las palabras son las palabras y los hechos son los hechos. La frase, simple y sabia, tanto como aquella de Pambelé de que es mejor ser rico que pobre, tiene plena vigencia frente a dos temas importantes de la política esta semana. El primero es la reciente discusión sobre la actitud que ha tomado el Ecuador ante al problema fronterizo con nuestro país y el segundo es la concepción que tiene el gobierno colombiano de la guerra.

En el primer tema hay que decir que las relaciones internacionales entre Estados están marcadas por formas y maneras. Esto lo llaman los entendidos, diplomacia. La diplomacia es, al fin y al cabo y siguiendo la frase de mi amigo, simple palabrería bonita. Y las palabras son las palabras, que en este caso pueden ir y venir, pero los hechos son los hechos que siempre están en frente: los ecuatorianos sienten que los colombianos cruzan la frontera para delinquir y que la visa es una solución. No es raro entonces que en unos meses el requisito de la visa sea una realidad.

Sin embargo, y aquí es donde se equivoca el gobierno ecuatoriano, la visa para los colombianos no va a solucionar el problema. Ningún delincuente va a utilizar los canales regulares para llegar al vecino país. Si el inconveniente fuera de inmigración, como lo era con Costa Rica o España, vaya y venga. Pero no. Por eso el argumento ecuatoriano de que con la visa habrá más control termina siendo chimbo. Por el contrario, y en esto tiene razón nuestra canciller, se van a entorpecer mucho las relaciones comerciales.

En el segundo tema, en el de la concepción que tiene el gobierno nacional de la guerra, la cosa frente al Ecuador funciona así. Los ecuatorianos dicen que se mantienen neutrales frente al conflicto armado y los colombianos contestamos que ningún país puede ser neutral frente al terrorismo. Aquí, evidentemente, el problema es de percepción. Para el Ecuador hay una confrontación bélica entre dos partes, mientras que para Colombia hay una amenaza terrorista.

Las palabras son las palabras. Diciendo que el conflicto no existe el gobierno presenta la guerra como un simple tema de policía que tiene su raíz en el ánimo de lucro ilegal y en la voluntad de crear pánico y zozobra. Pensar así puede ser bueno para el ánimo nacional e incluso para la economía. Pero los hechos son los hechos. Esta guerra nuestra tiene un componente social muy profundo. Entendiendo la cosa en su justa proporción, se podría decir que se trata de una particular lucha de clases desde la ilegalidad armada.

Desconocer las realidades no siempre es malo. Muchas veces en la vida pensar que lo que es no es, puede llevar a sobrellevar mejor una pena, a ver más lindo el panorama, a pasar mejor un trago amargo. Pero en la política la cosa es diferente y más cuando lo que está de por medio es la defensa de la Nación. Rendirle culto a las palabras es tan peligroso que puede llevar a cerrar los ojos frente a la realidad y por lo tanto a equivocaciones muy costosas. Es que al final las palabras, nos guste o no, siempre se estrellan contra los hechos.