Eso de que del amor al odio no hay sino un paso no es sólo para los temas del corazón, sino también para la política. La historia de Colombia está llena de amores y desamores de poder, como los de Alfonso López y Luis Carlos Galán con el partido liberal, o la pugna entre pastranistas y alvaristas en el partido conservador.
Esas diferencias surgían de la manera de apreciar los problemas del país, de la simple lucha por el poder político o incluso del gusto o el disgusto personal. Sin embargo, lo que no se había visto nunca, es que el presidente le colgara a sus amigos el INRI del paramilitarismo en la frente, les dijera “pa’ fuera, pa’ la calle” y luego tratara de meterlos, por los laditos, otra vez a su familia.
Porque eso, ni más ni menos, es lo que pretende la llamada “Gran coalición ciudadana” propuesta esta semana por el presidente para “salvar el país”. Hagamos memoria… Uribe mandó a sus lanceros y escuderos a borrar del mapa político a muchos de sus amigos y ellos, muy obedientes, hicieron el respectivo corte de franela en varias tandas.
Primero, con nombres propios, se descalificó públicamente a Habib Merheg, Jorge Luis Caballero, Jorge Castro, Dieb Maloof, y Luis Eduardo Vives. Luego, se expulsó a Eleonora Pineda y Rocío Arias. Posteriormente, el propio presidente mandó a investigar a Convergencia ciudadana. Y por último, se botó a Julio Alfonso López de la lista conservadora.
Los marginados tuvieron que acomodarse en diferentes partidos para enfrentar las elecciones y a todos les fue bien. Algunos, como Rocío Arias o Eleonora Pineda, se ahogaron, pero no por falta de apoyo a su nombre sino porque sus listas no alcanzaron el umbral. Mejor dicho, votos sí mostraron. Apoyo popular sí tuvieron y de eso se dio cuenta el presidente. Entonces entendió que estaba echando por la borda un apoyo electoral grande y que tenía que inventarse alguna cosa para recuperarlo.
¿Pero cómo decirle a alguien que es indeseable y luego decirle que por favor haga equipo con uno? ¿Y cómo presentarlo ante la opinión? Uribe pretende hacerlo con dos argumentos. El primero es el del mesianismo: “Yo soy el elegido por Dios, así que vengan a mí”. Y el segundo es el del estado de necesidad: “el país nos necesita a todos, incluso a ustedes, a quienes ayer consideré villanos”.
¿Le resultará la cosa a Uribe? En Colombia encuesta mata propuesta y por eso los señalados pueden, como el hijo pródigo, terminar incluso pidiendo perdón. Sin embargo, si bien el segundo argumento es válido, el primero no. Es decir, es cierto que el país lo cambiamos entre todos, pero no que Uribe sea indispensable. De hecho, es esa connotación mesiánica lo que hará que no sea capaz y que, en no mucho tiempo, el péndulo se le devuelva tan duro al presidente.
Mientras tanto, entiendo que ni Carlos Holguín, ni Mario Uribe digan algo. Pero ¿y Germán Vargas y Juan Manuel Santos? ¿Para ellos realmente no está pasando nada? ¿Será que esta actitud es la que tenemos que esperar durante los próximos cuatro años?