27 mayo 2006

¿Por quién votar?


A los uribistas, con excepción de los que andan con el presidente por puro oportunismo, les gusta todo lo del Primer Mandatario. El sombrero, el tono de voz, los regaños, la reelección y seguramente ya andan pensando en el periodo 2010 – 2014. Por eso es posible que la máxima votación del presidente quede establecida el domingo. Y que si hay segunda vuelta, la cosa se le ponga realmente color de hormiga.

Claro que el domingo el único candidato debería ser Uribe. Los demás aspirantes han debido dejarlo solo en la elección a fin de no avalar con su presencia y concurso el fraude del 2002. Otro gallo cantaría. Pero a la leche derramada no hay que llorarla ni hacerle duelo y entonces, con la realidad en frente, gane Uribe o pierda, la presidencia que termina quedará legitimada en las urnas.

Ante esto viene la pregunta de por quién votar. Y pienso que yo no votaría por Uribe por dos razones. La primera es la coherencia, esa que como el sol, está bien escasa en el país por estos días. Coherencia es el compromiso personal con uno mismo. Y la segunda es que votar por el presidente es aceptar que un gobernante puede cambiar las reglas del juego para favorecerse y que eso es algo digno y aceptable.

En efecto, el voto por Uribe no sólo legitima el fraude de hace cuatro años sino que también avala la reelección. Es cierto que, desde el punto de vista jurídico, la cosa pasó, pero desde el político y desde el de la decencia, ponerle conejo a la democracia nunca puede ser aceptable. Por es, por Uribe no. ¿Y entonces? ¿Por quién votar?

En Gaviria y Serpa hay algo importante y es la valentía en el disenso. En Colombia, para muchos, disentir políticamente en este momento de la historia es echarse la soga al cuello y por eso prefieren la comodidad del silencio y la alabanza falsa. Sin embargo, estos candidatos disienten duro y con argumentos. Por eso me gustan.

Lo de Mockus es diferente en cuanto al discurso pero sigue teniendo puntos flojos como el de que lo que justifica la extradición es la ineficiencia de nuestro sistema penal. Creo que se trata de un pragmatismo al que le falta teoría del Estado. Sin embargo, sería un gran presidente Antanas.

Yo votaré por Carlos Gaviria. Encuentro en él coherencia, academia, visión y respeto a la constitución. Son factores que se echan de menos desde hace rato en el país, especialmente a nivel del gobierno. Es un hombre serio que va al ritmo de la vida actual.

Gaviria entiende a la juventud y sobre todo, busca un Estado basado en la libertad y no en el poder. Para él las razones de Estado, eso que Uribe llama “los supremos intereses de la Patria” y con lo cual busca justificar todo, no existen. Para Gaviria nada justifica el detrimento de la dignidad de la persona. Ese es el planteamiento por el cual votaré.

Claro que tengo otro argumento para votar por él y que en mí pesa mucho: en algún momento oscuro me dio una luz. Desde entonces es mi amigo. Y yo, simplemente, trato de ser buen amigo.

20 mayo 2006

Injusticia con la justicia


La división del poder público, que tiene como fundamento el equilibrio, eso que desde Polibio y Cicerón se llamó “los pesos y contrapesos”, tiene una filosofía política importantísima: evitar el desbordamiento de poder. La idea es que el poder se controle a si mismo y que quien lo detente no abuse de él. Sin embargo, esto que suena bonito, requiere de varios elementos para funcionar. Elementos que en Colombia poco se dan.

El primero de ellos es el de la igualdad en las ramas en cuanto a importancia y prestancia. Esto se echa de menos por nuestras tierras. Al ejecutivo se le considera más importante que al legislativo. De hecho, el ejecutivo, la mayoría de las veces, pone al legislativo de rodillas. Lo compra, lo tranza. Al mejor estilo de Yidis y Teodolindo. Basta mirar en las que andamos por cuenta de ellos dos.

La importancia y la prestancia de poder judicial, en Colombia, son relativas. En el plano formal se trata de una rama respetadísima. Muy prestante. A los jueces se les hacen venias y deferencias por su condición de tales. La propia actividad de impartir justicia les impone una majestad particular que está presente siempre en el trato. Pero a la hora del té les dan un tratamiento de segunda.

El ejecutivo y el legislativo siempre se pasan por la faja al poder judicial. Incluso a las altas Cortes cuando fallan en contra de sus intereses. No ven en la sentencia adversa una verdad, el resultado de un proceso, sino un obstáculo para alcanzar sus fines. Ejemplos sobran. Sobre todo cuando de estados de excepción se trata. El respeto es siempre formal. El respeto se les dice a los jueces, pero no se les tiene. A la hora de cumplir la decisión, se hace el quite; se interpreta. Mejor dicho, se irrespeta.

Lo anterior es aún mayor en el plano económico. Ejecutivo y legislativo se comportan como si el aparato judicial no fuera el que más dinero necesita para funcionar bien. Con la falta de comprensión de esta realidad los afectados son, por una parte, los ciudadanos que tienen derecho a la justicia pronta y eficaz. ¿Pronta? ¿Cuánto dura un proceso de responsabilidad extracontractual del Estado? ¿Eficaz? ¿Por eso el amor de los políticos criollos por la extradición?

También se perjudica a los propios funcionarios de la rama judicial. Mientras que en el ejecutivo y el legislativo el dinero se ve, en el judicial no. Los sueldos son bajos y la exigencia total. Al presidente y a los congresistas se les concede el derecho al error. A los jueces nunca. A un senador jamás le falta un computador. Un juez tiene, muchas veces, que esperar meses para que le asignen uno viejo. La gente al llegar a la presidencia o al congreso siente respeto. Al llegar al un juzgado siente miedo. Esto es, por decir lo menos, bastante injusto.

Es probable que el paro de la Rama judicial, que ya lleva varios días, no sea la manera ideal de protesta. Sin embargo, las reclamaciones de los funcionarios sí son válidas. El gobierno debe entender que el equilibrio real en las ramas del poder es importante para que el Estado funcione bien. Y que cuando se trata de la justicia, esa importancia es aún mayor. Sin una rama judicial bien remunerada no puede haber justicia. Y sin justicia, simplemente, no puede haber paz.

13 mayo 2006

El man de la cámara


Cada semana recibo correos electrónicos con críticas y halagos por lo que escribo. La semana anterior, sin embargo, al escribir sobre el chip que Uribe propuso para localizar compatriotas en Estados Unidos, no recibí ninguno a ese propósito. Todos se referían a una nota que incluí en el artículo sobre los abucheos de los estudiantes de la Universidad de los Andes al presidente cuando los visitó hace unos días.

El episodio que creí grave en los Andes, lo fue aún más en la Javeriana. Allí el presidente no se limitó a hacerle el quite a las preguntas como lo hizo antes. Esta vez se fue lanza en ristre contra los profesores y los alumnos que osaron cuestionarlo.

A los estudiantes los tildó de comunistas disfrazados y otra vez, sin decirlo claramente, los tachó de subversivos. Al grupo de docentes de ciencias políticas, del cual alguna vez honrosamente hice parte, también lo atacó. Para Uribe, profesor que se atreva a cuestionarlo, no merece ser profesor.

Todo lo dicho es de alguna manera normal en el tiempo que corre. Pero una cosa me sorprendió: ante la denuncia de que alguien de su comitiva se dedica a filmar clandestinamente a quienes protestan contra Uribe, el debate, gratamente, se trasladó a mi buzón de correo electrónico. Fui tachado de “vendepatria”, “guerrillerito intelectual”  y “antigobiernista militante” por quienes al parecer no le ven problema alguno a lo que otros estudiantes llaman “el man de la cámara”. Otros, gracias, me dieron la razón.

Afortunadamente hay estudiantes a quienes el hecho preocupa. ¿Para qué filman clandestinamente a quienes protestan contra Uribe? ¿Por qué ‘el man de la cámara’ sigue filmando cuando, como en los Andes y la Javeriana, se le descubre y se le pide que no lo haga más? ¿Por qué al ‘man de la cámara’ lo protege la escolta presidencial? ¿Tiene derecho “el man de la cámara’ a hacer lo que hace? ¿Tiene derecho el presidente a tener un ‘man de la cámara’?

En las más prestigiosas universidades privadas del país, donde el Uribismo, sueñan algunos, debería imperar como expresión de la estratificación política, la oposición está que hierve. Y es que es simple: a los estudiantes no les pueden meter los dedos a la boca. Ellos no se dejan “tramar” con manoletinas verbales. Cuestionan, hablan, gritan, gracias a Dios. Algunos me pidieron que hoy fuera su voz. Claro. Con mucho gusto.

Ojalá los interrogantes los resuelva alguien. Y ojalá ningún estudiante se pierda. Ojalá también que luego no nos digan que es que se cayó por un barranco y que los animales del Parque Nacional lo desmembraron al punto de dejarlo irreconocibles. Una última pregunta: ¿’El man de la cámara’ es un man del DAS?

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Alguien que me había criticado por afirmar que a Jaime Gómez lo mataron me escribió:: “Acabo de leer la noticia de que los tres médicos forenses dictaminaron que la muerte de Jaime Gómez sí fue asesinato, debido a tres golpes en la cabeza. Con esto, le pido excusas por mis correos anteriores sobre el tema y espero que María Isabel Rueda también se retracte”. Gracias al corresponsal por su valor y su caballerosidad.

07 mayo 2006

Sin más qué aregar


Alen Specter es un senador republicano que representa al estado de Pennsilvania hace 26 años en los Estados Unidos. Según el Washington Post es uno de los políticos más independientes y moderados. Ejerce como presidente del Comité Judicial del Congreso. Toma nota de sus reuniones. Vino a Colombia y habló con Álvaro Uribe.

En la reunión tocaron el tema de la emigración hacia Estados Unidos que, a la postre, se vuelve ilegal. Fue precisamente ahí donde Uribe planteó la posibilidad de implantarle microchips los colombianos para controlarlos en los Estados Unidos. Para saber dónde están, cogerlos y deportarlos.

Aunque en Palacio dijeron que nunca se discutió esa posibilidad, el propio presidente, ante las notas del el senador Specter, tuvo que dar la cara. Aceptó que se tocó el tema y ante la insistencia sobre si el gobierno aceptaría la implantación de esos microchips, el presidente se limitó a contestar como lo hace cuando quiere responder sin responder: “no tengo nada más que agregar”, dijo.

Surgen varias preguntas: ¿El presidente de puede validamente aceptar que a sus compatriotas les exijan que se deje inyectar un chip para controlarlos? ¿Se le daría el mismo tratamiento a todo trabajador extranjero temporal? Mejor dicho, ¿a los trabajadores franceses, ingleses, japoneses, etc, se les implantaría el mismo chip?

¿El presidente francés o el primer ministro inglés aceptarían eso para sus compatriotas? ¿Se utilizaría el microchip para todos los cargos? ¿A un alto ejecutivo le aplicarían la inyección o solamente a los obreros y trabajadores de puestos menores? ¿Qué respondería Uribe a estos interrogantes? ¿Otra vez que no tiene nada que agregar?

Ya es suficientemente grave que se discuta la obligación de la implantación del chip para efectos de control. Atenta contra varios derechos. Es degradante de la persona humana; de su dignidad. Pero aún más lo es que un presidente lo considere una opción válida para sus nacionales. ¿No será mejor dedicarse a arreglar el país para que los colombianos no se tengan que ir o para que les dé ganas de volver?

La tecnología está para ayudar a la humanidad. Pero esa ayuda debe estar enfocada hacia la libertad y el bien común. El chip se usará masivamente algún día para guardar datos personales y de salud, como una historia médica. Lo inconcebible es que desde el gobierno se piense en su utilización para vigilancia y control en otro país, como amablemente lo discutieron el moderado senador Specter y nuestro presidente candidato.

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El dos de mayo Uribe llegó a la Universidad de los Andes y le fue mal. Algunos estudiantes lo recibieron con rechiflas y cantos de protesta. Los manifestantes descubrieron a un sujeto protegido por escolta oficial filmándolos clandestinamente. Hacía parte de la comitiva presidencial. Luego desapareció. ¿Para qué era esa filmación? Varios alumnos han manifestado su temor. Primero ante sus decanos. También ante la prensa. Como dirían por ahí, “no tengo más que agregar”.