28 agosto 2004

La metamorfosis

La propuesta del expresidente López sobre el sistema de gobierno parlamentario está de moda otra vez. Eso está bien pues finalmente es a punta de propuestas y hechos que se hace la política. Pero en temas como este se requiere saber del tema y, aunque López entiende lo que dice, otros no mucho. Y como en esto no se puede ser ligero, es necesario aclarar en qué consiste el tan mencionado sistema y por qué está otra vez sobre el tapete.

Lo primero es que hay una diferencia entre el parlamentarismo y el sistema parlamentario. En esta materia los “ismos” expresan demasía. Es decir, el presidencialismo es un exceso de sistema parlamentario, mientras que el presidencialismo es el sistema presidencial exagerado. El problema de Colombia es el presidencialismo y la solución que se propone es el sistema parlamentario.

El sistema parlamentario puro tiene unas características. La primera es que el pueblo elige los congresistas y ellos escogen el gobierno. En el caso de Colombia, Uribe encabezaría una lista al Congreso y si esa lista gana, los parlamentarios lo elegirían a él Primer ministro. El luego armaría su gabinete con miembros de su lista.

La segunda característica es que en ese sistema el poder ejecutivo es dual. Es decir, las funciones de Jefe de Estado, que representa al país ante el exterior, y la del Jefe de Gobierno, que se encarga de los asuntos internos, están en cabeza de personas diferentes. Uribe presidiría el gobierno y otra persona representaría al país frente al mundo.

Y la tercera característica es que el gobierno y el congreso se controlan mutuamente. Si el gobierno pierde el apoyo del congreso, puede citar a elecciones nuevamente. Pero a su vez los congresistas pueden vetar a los ministros y le pueden quitar el apoyo al gobierno. De esta manera suceden dos cosas fundamentales para la democracia. La primera es que para elegir un gobierno el Congreso tiene que ponerse de acuerdo y la segunda es que las diferencias entre uno y otro siempre las resolverá el pueblo mediante el voto.

El sistema parlamentario tiene varias ventajas. Hace fuertes los partidos pues deben unirse para crear listas sólidas y también despersonaliza el poder. Además, crea un esquema gobierno – oposición en el que quienes disienten siempre tienen garantías.

Este sistema, como el presidencial, puede tener varias variaciones. Existe incluso un sistema mixto, medio parlamentario medio presidencial, en el que el pueblo escoge un presidente que es jefe de Estado y el Congreso un primer ministro que es jefe de gobierno. Ese es el caso de Francia y de pronto ese sería el modelo ideal para Colombia.

¿Pero por qué se propone nuevamente ahora este sistema? La respuesta es que en él la reelección es algo natural y como Uribe anda con la obsesión de repetir, pues el tema cae como anillo al dedo. Pero hay algo más. Cuando López habla los políticos se acomodan. Y el liberalismo vio aquí la oportunidad de tacar a dos bandas. Al proponer una constituyente para cambiar de sistema se congracia con el expresidente y además se le atraviesa a Uribe.

Claro que hay otra tesis y es que el partido liberal ha comenzado a dar signos de un fuerte uribismo y que todo este alboroto es el comienzo de un lento deslizamiento hacia el gobierno. Mejor dicho, una especie de operación Yidis-Teodolindo pero a lo Turbay.

Esta teoría puede tener algo de cierta. Al fin y al cabo los signos están ahí y para la muestra un botón: los liberales están mirando la constitución como algo que se puede cambiar dependiendo de las necesidades personales del momento y, evidentemente, no hay nada más uribista que esto. Por eso a lo mejor el partido liberal en unos meses se olvida de su propuesta y termina con Uribe de candidato presidencial. En realidad, pronto sabremos si ya comenzó esa metamorfosis.

14 agosto 2004

El enredo del corbatín

Hace un par de semanas, en el programa del Canal Caracol Hablando claro con la prensa, el subdirector de Relaciones Internacionales del diario madrileño El País, Miguel Ángel Bastenier, comparó la actividad de los expresidentes en España y en Colombia. El periodista explicó que para él es extraño que mientras en la Madre Patria quienes dejan el poder pasan al ostracismo, en Colombia adquieren una influencia política mayor a la que tuvieron a lo largo de su mandato.

Bastenier tiene razón. Los ex en España desaparecen de la vida pública y se dedican a la privada. Salen de las páginas de los periódicos y entran en las de las revistas de “cotilleo”. Su imagen política queda en la historia y acaso se les vuelve a tener en cuenta para las convenciones de su partido o para alguna conmemoración continental.

En nuestro país pasa todo lo contrario. Cuando los inquilinos de la Casa de Nariño finalmente se trastean, compran la acción de un club virtual que tiene una influencia política mayúscula y un peso específico propio. En términos taurinos, cuando en España un gobernante deja el poder se corta la coleta, mientras que en Colombia toma la alternativa. O para hablar de deportes, ahora que empezaron los Olímpicos, los ex presidentes allá cuelgan los guayos mientras que aquí arrancan a tratar de batear siempre de jonrón.

El fenómeno tiene una sencilla explicación. En España el sistema de gobierno es parlamentario, lo que supone unos partidos organizados y una despersonalización del poder. Allí gobiernan los partidos representados por su jefe y no el jefe representando su partido. Aquí en Colombia, por el contrario, hicimos una adaptación criolla del sistema presidencial gringo y le dimos prioridad a la persona por encima del grupo político. Por eso, precisamente, somos el país de los “ismos”: uribismo, pastranismo, lopismo, etc…

El problema de esta personalización es que se come los partidos y destroza la verdadera democracia. Para la muestra un par de botones: en la situación actual, el uribismo, conformado por el ex samperismo (el propio Uribe es ex samperista), por el gavirismo y por algo del pastranismo, ha terminado engulléndose al Partido Conservador. Mientras tanto, el antiuribismo, en donde están el lopismo, el samperismo y otra parte del pastranismo, ha terminado tragándose al Partido Liberal.

Ante esta realidad, un viejo “ismo” de corbatín de pepas ha decidido renovar la patria. El turbayismo, encabezado por su mismísimo jefe en persona, quiere convertir todo el liberalismo en uribismo, para que el Presidente se vuelva un trofeo del Partido Liberal. Esa es una tacada a varias bandas propia de un experimentado tahúr de la política. Sin embargo la cosa no es fácil. Porque aunque alguna vez Turbay unió a su partido y tiene similitudes con Uribe (cómo no comparar el estatuto de seguridad con el estatuto antiterrorista), los liberales oficialistas de hoy no se van a dejar hacer ese masaje sin patalear.

El reeleccionismo de Turbay es para el Partido Liberal lo que el antirreeleccionismo de Pastrana es para el Conservador: un claro factor de división. La semana pasada los liberales quedaron más divididos que nunca. Turbay soltó la bomba de la reelección y Piedad Córdoba ripostó en nombre de la Dirección liberal. Los miembros de la Dirección la desautorizaron, pero también rechazaron la iniciativa turbayista. Piedad se quedó sola y se acercó otra vez a Gómez Méndez. Y ahora ambos van a hacer política mirando un poco más a la izquierda.

Con esta situación no es raro que desde España nos miren con extrañeza. Y eso que Bastenier también es colombiano. Lo que pasa es que hay que haber vivido mucho el país, hay que haber comido mucha arepa con mantequilla y sal, hay que haber probado las mieles del poder y sobre todo hay que haber padecido el rigor de la bendita política criolla, para no sorprenderse; por ejemplo, para no terminar de leer este artículo rascándose uno la cabeza y pensando “qué tipos estos; qué vaina tan enredada”.

07 agosto 2004

El bloque uribista: ¿flor de un par de días?

La coalición de gobierno se está resquebrajando. Lo que parecía un bloque parlamentario sólido y disciplinado está dando muestras de fragilidad. De hecho, varios son lo síntomas que evidencian que si la cosa sigue como va, la unión uribista podría convertirse en flor de un par de días.

El gobierno y sus parlamentarios han tratado varias veces de ponerse de acuerdo. Pero siempre lo han hecho a medias.¿Quién recuerda eso del Nuevo Partido? Se trató de una iniciativa para agrupar bajo un mismo paraguas al uribismo. La cosa fracasó y ese experimento terminó siendo un ejemplo mayúsculo de inmadurez política. Luego vino la feria electoral de finales del año pasado que barajó nuevamente la política. Eso obligó a que los amigos del gobierno se fijaran menos en la estética y más en el contenido y de ahí surgió coalición de gobierno que hoy manda en el país.

Esa fuerza parlamentaria ha demostrado en ocasiones ser una verdadera aplanadora. Eso se evidenció en los debates de la iniciativa de reelección presidencial. Pero a veces se percibe que la unión se está diluyendo. Para la muestra el botón de sus derrotas en el Congreso. Contra varios pronósticos los uribistas perdieron la segunda vicepresidencia del senado y la presidencia de la Comisión primera de esa misma corporación. ¿Qué pasó? Que el gobierno no funcionó. ¿Culpa de quién? De Sabas Pretelt, que es el ministro de la política, y del mismo Uribe que es quien le da a su ministro las herramientas para actuar.

Pero más diciente es la derrota la semana pasada de Consuelo Caldas, la candidata del gobierno a la Corte Constitucional. Algunos senadores dijeron en público que ella era la preferida del presidente para el puesto y eso bastó para que no la eligieran. Para los congresistas esa fue una oportunidad para mandar el mensaje de que si bien hay un grupo uribista que es fuerte, el presidente no las tiene todas consigo.

Uribe recibió el mensaje. Por eso esta semana invitó a comer pandeyucas a más de 130 congresistas y les pidió que en materia tributaria, de pensiones, de salud y de justicia, votaran conjuntamente. Esos son los temas más importantes de gobierno, exceptuando la reelección, que para el gobierno es el tema más importante. Los parlamentarios dijeron que sí, como siempre, pero es fácil que a la hora de la verdad digan que no, como últimamente. ¿Por qué? Porque en la vida no hay plazo que no se cumpla y está llegando el momento de volver a poner sobre la mesa la reelección. Y si los congresistas empiezan a hacerse escasos, sus acciones subirán como espuma.

En este tire y afloje dos grupos van a salir favorecidos. El primero es el Polo democrático (¿habrá que incluir aquí desde ya al oficialismo liberal?) que al haber demostrado ser la única oposición real, saldrá fortalecido ante el debilitamiento del gobierno. Y el segundo es el pastranismo, que diga lo que se diga, ha demostrado estar vivito y coleando.

Con sus recientes declaraciones Andrés Pastrana le abrió una grieta al conservatismo que apoya al presidente. Y no es descartable que este efecto también esté incidiendo en la debilidad de la coalición.

Con todo lo anterior la bendita reelección puede terminar empantanándose. Si esto pasa, el presidente tendría por delante más de un año para terminar su período, y ante la nueva derrota, se vería en la necesidad de replantear el gobierno. Uribe dejaría de ser candidato y volvería a ser presidente. Y entonces habría que replantear el esquema de gobierno y sucedería algo maravilloso: el gobierno de los uribistas se volvería el gobierno de los colombianos. Habría consenso y un solo proyecto de país. ¿Quién puede decir que eso no sería interesante?