Muy desafortunado eso de que algunos militares hayan estado involucrados en la ola de terrorismo previa a la posesión presidencial. Claro, que se trate de miembros de la Fuerza Pública es un horror. Que haya habido muertos, también. Pero que sea precisamente en este momento en el que semejante barbaridad sale a la luz pública, es un verdadero baldado de agua fría para los militares, para el ejecutivo y para el país.
Para el ejército la cosa no podía llegar en peor momento. La institución se venía apenas recuperando de varios escándalos. Basta recordar el de los soldados torturados en sus entrenamientos, quemados y abusados sexualmente, dizque para formarlos mejor. Tampoco está lejos el recuerdo de la masacre de Jamundí, en la que quince militares andan verdaderamente enredados acusados de ser autores materiales e intelectuales y que la justicia está mirando con lupa.
Como si fuera poco, en el plano puramente militar, el Plan Patriota no ha sido lo que se esperaba. Es verdad que el esfuerzo ha sido grande pero no así sus resultados. Muchos dentro de las Fuerzas, conscientes de esta situación, han tratado de hacer las cosas bien. Han puesto la cara y han procurado corregir los errores. Juan Manuel Santos le ha dado un aire nuevo a toda la fuerza como ministro de defensa. Por eso que nos desayunemos ahora con que en los bombazos estuvieron involucrados varios de sus miembros, es para los militares un gancho al hígado.
El gobierno nacional también acusa el golpe. Se ha hecho un esfuerzo grande por depurar la fuerza, por profesionalizarla, por inyectarle modernidad. El presupuesto nacional ha sido ilimitado para atender sus necesidades. La naturaleza misma de su función requiere plata inmediata. Además, políticamente, la seguridad democrática es el soporte del gobierno. Entonces, que a esta hora del paseo sean militares los de los bombazos presidenciales, cae mal, mal, mal en Palacio.
Y hay más. La noticia llega en un momento en el que los procesos de paz parecen estar andando. Con los paras son muchos los obstáculos que se han vencido. Hoy están a buen recaudo de las autoridades y comienzan a aparecer los cadáveres de sus primeras víctimas. Hay una percepción de justicia y reparación, que antes era un sueño. Esto, a pesar del bochornoso recibimiento de pan y circo que el comandante zonal de policía le dio a Jorge 40 hace algunos días y por la cual la Procuraduría puso el grito en el cielo.
En el caso de la guerrilla, el proceso comienza a avanzar. La prioridad está puesta en el Acuerdo Humanitario, que parece estar más cerca que antes. Por eso, la implicación de Fuerza pública en los atentados, por lo menos, enreda un poco las cosas en este punto. Y un enredo en este tema toma tiempo en arreglarse. Y sí, desafortunadamente tiempo es lo que no tienen los secuestrados que esperan en la selva desde hace años.
Por todo lo anterior las noticias de militares participando en los atentados de agosto, son bombazos de mala suerte para el país. Afortunadamente los implicados son la excepción en la Fuerza. Eso sí, mucho daño le hacen a quienes en ella se juegan día a día la vida, por asegurar la tranquilidad de los colombianos. Ojalá se impongan penas y correctivos verdaderamente aleccionadores.
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