24 septiembre 2004

Azul claro

Inciblemente el partido conservador es hoy en día una ficha clave de la política en Colombia. ¿Quién lo iba a creer? El partido derrotado que no tuvo candidato propio en las pasadas elecciones presidenciales y que en los comicios locales apenas asomó la nariz en Bogotá, es hoy la niña consentida del gobierno. ¿Pero por qué?

Las razones son varias. La primera es que ideológicamente existe una afinidad entre los que mandan en la colectividad azul de hoy y el presidente Uribe. Las posturas del gobierno son de una derecha pura y simple, y eso les gusta a los dirigentes godos actuales. Sin embargo, lo que para algunos parece lógico, en realidad obedece a un desconocimiento doctrinario profundo. Dicho de otro modo, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Una cosa es un conservador consciente de la necesidad del aggiornamento ideológico permanente para conservar elementos esenciales de la convivencia pacífica y el desarrollo humano y otra cosa es un conservador que le rinde culto a la tradición porque sí, en franca contravía de la realidad. O dicho de otro modo, el conservador que no hace reingeniería política cada día, que no se revisa cotidianamente, termina convertido en un conservador del ayer.

La segunda razón es la coyuntura electoral. Alvaro Uribe quiere seguir siendo presidente y por eso necesita del partido azul. Tiene que lograr cambiar la constitución y luego que los conservadores apoyen su candidatura. Lo primero está a punto de lograrlo, aunque la última palabra la tiene la Corte Constitucional. Y lo segundo, puede pasar, aunque la decisión final la tiene la convención conservadora.

Como en política no hay almuerzo gratis, el partido conservador ha querido cobrar su apoyo en el congreso al proyecto uribista. Sin embargo ha puesto un precio bajito. Las ofertas han ido y venido, las pipetas de oxígeno de las nóminas públicas han bombeado, pero al final nada ha pasado. Esto por una simple razón: porque los conservadores se han entregado tentados por lentejas que, en muchos casos, ni siquiera existen. Quién lo iba a imaginar, el partido de Caro y Ospina se ha dejado tratar como el burro hambriento que sigue la zanahoria que cuelga del palo de un jinete sonriente.

Lo anterior ha llegado a extremos inimaginables. Inexplicablemente el hoy presidente de ese partido, Carlos Holguín Sardi, ha preferido declinar su aspiración presidencial de siempre para apoyar la reelección de Uribe. Es decir, el conservatismo oficialista no sólo avala sin pudor el cambio de reglas en mitad de juego, sino que prefiere la seguridad de los puestos de mando medio a la incertidumbre del resultado de la lucha electoral. Así se ha hipotecado la esencia de la lucha democrática de un partido que en la historia patria ha perdido varias veces, pero que siempre ha dado la pelea.

Sin embargo, las voces contra esta postura oficial del conservatismo están creciendo. Hay congresistas y dirigentes que ven la posibilidad de aprovechar la situación actual de la política para hacer planteamientos que rompan el hechizo y muestren vías distintas a las que presenta la polarización. Esto es comprensible si se entiende que se puede hacer una política que no busque únicamente contrarrestar los efectos de la popularidad del presidente, es decir que no sea de simple contención, sino que presente alternativas para lograr las cosas.

Es deseable y bueno para nuestra democracia que algo así se dé en Colombia. De hecho, esta es una de las pocas posibilidades para que las cartas de la política se vuelvan a barajar y para acabar de una vez por todas se termine con la razón de Estado del siglo XXI de que quien no es amigo es enemigo. Si esto sucediera cambiaría la política. Y ojalá suceda. Porque de lo contrario, la cosa seguirá igual y la contienda terminará siendo entre uribistas y no uribistas. Y ahí puede que gane alguno las elecciones, es cierto. Pero al final, otra vez, habrá perdido el país.

18 septiembre 2004

El campanazo

Escoger un solo tema de los últimos siete días para el análisis político implica dejar de lado otros que también hicieron noticia en este campo. Porque ah semana movida la pasada. La cosa empezó con Samper y su idea de hacer una colación antiuribista y terminó con la formalización de la candidatura presidencial de Peñalosa. Y en la mitad, como en botica, hubo de todo: el conservatismo se deleitó con su plato de lentejas, el procurador peló el cobre en el fallo contra Fernando Londoño, el gobierno anunció que pensar tendrá IVA y el director del DANE dejó su butaca porque en Palacio lo querían amordazar.

Todo fue político y todo hizo mover bastante al país. Sin embargo, el hecho de mayor relevancia no sólo presente sino futura, lo protagonizó una Colombia desconocida y condenada al ostracismo desde hace más de seis siglos; una nación sin voz que dijo “aquí estoy” y que emergió desde puntos remotos para mostrarse y hacerse oír. Esa parte del pueblo colombiano es la comunidad indígena.

La concentración llamada “Minga por la vida, la justicia, la alegría, la autonomía y la libertad de movilización”, reunió a casi 60 mil indígenas de más de 90 cabildos de los departamentos de Cauca, Nariño y Putumayo, que caminaron desde Santander de Quilichao en el departamento del Cauca, hasta Cali.

El primer motivo de la caminata fue oponerse a las reformas de la constitución de 1991 que tanto le gustan al gobierno. ¿Pero oponerse por qué? Porque en ese texto los indios lograron por primera vez en la historia patria alcanzar un status siempre merecido pero siempre olvidado. En Colombia existían leyes que asemejaba a los indios a los menores de edad, lo que afectaba sus derechos civiles y políticos. Era la época de la discriminación oficial, los días del Apartheid indígena que gracias a la última constituyente dejó de existir y que, por lo menos en la teoría, llevó a una situación distinta.

El segundo motivo de la marcha fue protestar contra acciones cometidas en desarrollo de la política de seguridad democrática. Los pobladores de los cabildos no han sido ajenos a los ataques de los alzados ni a la respuesta de la autoridad. ¿Cuántos indios han sido secuestrados? ¿Cuántos han caído en las detenciones masivas?

El tercer motivo de protesta es el TLC. Para los indios, el pueblo tiene que tener una participación directa en las decisiones del tratado, para lo cual se ha hablado incluso de someter a referendo el texto que finalmente sea negociado. Esto, pues las comunidades tienen una relación particular con la tierra y consideran que algunos puntos simplemente no pueden ser negociados.

Cuando se anunció la marcha al gobierno no le gustó. Claro, a ningún gobierno le gustan las marchas. Pero a este menos. Por eso el presidente dijo que la caminata no le olía bien, que tenía contenido político y que podría ser aprovechada por los terroristas para hacer de las suyas. ¿Contenido político? Pero claro. Protestar por el cambio de constitución es político. Y no hay nada de malo en que lo sea. Por otro lado, la marcha demostró que el fetiche del terrorismo volvió a ser una excusa en contra de la protesta social y que al final no pasó nada malo. Por el contrario, la marcha indígena fue el ejemplo perfecto de que una cosa es protestar, otra es oponerse, y una tercera es usar las armas para eso. Los indios, a pesar de sus diferencias ente si y con nosotros, nos dieron un ejemplo de convivencia solidaria y de unión.

Pero no solamente nos dieron eso, sino también algo más: un campanazo. Porque acaso contagiados por los ejemplos que otras comunidades indígenas han dado en distintas partes del continente, nuestros indios, nuestros hermanos, se hicieron sentir. La diferencia es que aquí lo hicieron para llamar la atención sobre algunas cosas. Es decir, se trató sólo de un aviso. Pero si no se atiende el problema indígena, si se sigue considerando que los integrantes de esas comunidades son algo marginal en la sociedad, si se les sigue considerando ciudadanos de tercera, puede haber muchas sorpresas. Basta mirar hacia Bolivia, Perú o Ecuador para entender el mensaje.

11 septiembre 2004

Huracanes

Los huracanes fueron los protagonistas de esta semana. Frances, un fenómeno natural poderoso, azotó durante unas treinta horas el estado americano de La Florida y arrasó con lo que encontró a su paso. Eso sí, dejó intactas las maquinas escrutadoras que en noviembre volverán a definir la elección presidencial gringa. Luego llegó Iván que remató la cosa. Aunque un poco menos fuerte, también pegó duro e incluso alcanzó a sentirse en Colombia. En la costa atlántica cayó agua por montones.

Hay otros huracanes que andan soplando fuerte. El primero es el huracán Piedad. Este es un fenómeno complejo, que por momentos castiga pero que después desaparece. Cada cierto tiempo entra en escena, hace ruido y luego se esconde. En realidad es el coletazo de otros fenómenos que también dejan destrucción a su paso. Piedad venía tratando de tiempo atrás de expulsar de su partido a 47 congresistas que andan de gancho con el gobierno. Empujó y empujó pero se quedó con los crespos hechos. Al final el liberalismo sólo le sacó tarjeta amarilla a los indisciplinados y apenas si resultaron mojaditos.

Otro huracán que silva a lo lejos es Horacio. Este fenómeno ha embestido un par de veces el país anteriormente pero en ambas ocasiones ha terminado estrellado contra el mismísimo aire luego de algunas manoletinas de diestros meteorólogos. Ole… La primera vez alcanzó a meter miedo pero al final no llegó. Y la segunda se diluyó antes de tocar las costas que pensaba alcanzar. Se supone que ahora viene recargado. Habrá que ver, porque a este paso puede terminar convertido en aguacero primaveral de esos que ponen bonitas las flores de mayo.

Ernesto es el nombre de otro huracán de estos días. Este sopla fuerte y con ganas. De hecho, frente a este, los dos anteriores son chubascos mañaneros. Con gran astucia Ernesto anda haciendo política, cerrando heridas, enfilando baterías hacia donde toca. No se trata de un ventarrón, no hay que equivocarse, sino de un fenómeno que tiene fuerza. Y si al final pasa la reelección, no hay duda de que tendrá mucho que ver en el juego del país.

El huracán Andrés también anuncia su presencia. Fenómeno este con capacidad de hacer muchas cosas. Bastó que dejara oír su voz para que el partido conservador temblara. Y también para que el gobierno se pusiera alerta y activara el toma y dame burocrático. Si este huracán pega, como parece que pegará, lo hará fuerte. Y entonces habrá una nueva política que se ubicará en la mitad de tanta polarización.

Entre tanto viento natural que viene y va, hay uno que se ha creado artificialmente. No tiene nombre de mujer y tampoco de hombre, pero sí una dinámica que puede, como los que tienen nombre de mujer o de hombre, mover el país. Se trata del aire reeleccionista. Su pecado está en que no consiste en algo estructurado y reflexionado a la luz del derecho del Estado, sino en un capricho coyuntural. Y un país puede tener toda clase de gobiernos: de izquierda, de derecha, fuertes, débiles, pero no puede pensar en vivir a punta de caprichos coyunturales.

En su manifestación más reciente este viento frío dejó viva la opción de que los alcaldes y los gobernadores hagan política y aspiren no sólo a ser reelegidos sino también a ser presidentes. Un huracán con un aire muy gringo este. Y hasta válido en algunas circunstancias. Sólo que en Colombia el mayor empleador es el sector público y en él los jefes son los presidentes, los gobernadores y los alcaldes. Así, esta iniciativa deja de ser un planteamiento de Estado y se convierte en el umbral de una gran fiesta política de francachela y comilona.

¿Más huracanes? Claro que los hay. Pero habrá que esperar a que empiecen a soplar para ver qué tan fuertes son. Por lo pronto, basta con los de esta semana, Francés e Iván, que bastante hicieron ya mover las cosas.

04 septiembre 2004

El nuevo chispero

La Corte constitucional tumbó el estatuto antiterrorista y con su decisión desató la ira de muchos. Al conocer la noticia el gobierno reviró duro. Como siempre que la Corte echa abajo una norma que se ha anunciado como milagrosa, el presidente dijo que acata la decisión pero que no la comparte. Esta es una fórmula para dejar a la Corte con el pecado y sin el género. Pero el que entiende de política sabe una cosa: que el pecado en realidad lo cometió el congreso que hizo la norma pasándose por la faja la constitución sólo para complacer al presidente.

El gobierno, sin embargo, no fue el que más duro habló. Otros amigos del estatuto (Q.E.P.D) se rasgaron las vestiduras. Algunos personalizaron la cosa y dijeron que los magistrados parecían vivir en un país en el que nunca ha habido una bomba; quienes opinan así no sólo le echan leña a un fuego que lejos de ser político es judicial, sino que acentúan la polarización y muestran un profundo desconocimiento sobre temas básicos del Estado.

Pero si la decisión entristeció a algunos, también complació a otros. El problema es que muchos de los que aplaudieron el fallo lo consideran una medalla olímpica de oro en la lucha contra las políticas del presidente. Pero pensar así es ganar con doping porque el planteamiento convierte a los magistrados en héroes de oposición y los desvirtúa como jueces. Y la verdad es que aunque héroes sí son, pues están defendiendo la Constitución de unos ataques nunca antes vistos, oposición no hay porque la decisión es el fruto de la función judicial de control constitucional bien ejercida y no de la política.

Según el presidente de la Corte la sentencia se funda en la violación del proceso legislativo. Siendo esto así, los argumentos de los uribistas quedan por el suelo porque el fallo nada tiene que ver con el fondo del asunto. Esto es lógico porque hay dudas sobre la capacidad de la Corte para estudiar el fondo de un acto legislativo y porque basta que existan vicios de forma para que no haya que mirar el contenido. Economía procesal se llama esto.

El gobierno, sin embargo, también tiene su dosis de responsabilidad. La presión sobre el Congreso es desmedida. Esto ha llevado a que todo se haga de afán y con mayorías escasas o de papel. Incluso, en ocasiones, el descaro ha sido el rey y por eso no es raro que haya sucedido lo que sucedió.

Y hay algo más. Aunque en materia legislativa, como en todo, más vale maña que fuerza, la maña al gobierno no le sirvió con los magistrados. La Corte, por el contrario, dio muestras de no dejarse llevar por el síndrome de Vicente que corre para donde va la gente y menos por el de Yidis y Teodolindo cuya explicación sobra. Tampoco se dejó meter en escenarios hipotéticos a punta de propaganda, encuestas y cifras salidas del sombrero de un mago. Esto es bueno. Esto es muy bueno. De hecho esto es magnífico porque indica que en Colombia sí queda conciencia para decidir en derecho.

El gobierno ha dicho que le pidió a la Corte que revise la sentencia. Qué raro porque el procedimiento ante la Corte es judicial, está reglado, lo ampara el debido proceso y en él no existe recurso alguno para eso. De hecho el efecto de la sentencia es el de la cosa juzgada, es decir, el de la fijeza de la decisión a perpetuidad. Tal vez lo que pasa es que el gobierno todavía no se acostumbra a que le digan que no. Y esto sí es muy grave porque en la política pasa como en el amor, que para ganar, primero hay que saber perder.

En oportunidades anteriores hemos visto al gobierno dar patadas de ahogado que no han surtido efecto. Basta recordar la batalla de Uribe pidiendo que se reformara el umbral electoral cuando perdió el referendo. Al final se llevó dos derrotas en una. Ahora parece que anda en las mismas y que le puede ir igual. Porque la Corte no sólo falló bien sino que salvó a Colombia de la vergüenza de exhibir con orgullo ante el mundo un catálogo de violaciones al derecho internacional. Por eso si el presidente sigue insistiendo, seguro, nuevamente, quedará viendo un chispero.