Las razones son varias. La primera es que ideológicamente existe una afinidad entre los que mandan en la colectividad azul de hoy y el presidente Uribe. Las posturas del gobierno son de una derecha pura y simple, y eso les gusta a los dirigentes godos actuales. Sin embargo, lo que para algunos parece lógico, en realidad obedece a un desconocimiento doctrinario profundo. Dicho de otro modo, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Una cosa es un conservador consciente de la necesidad del aggiornamento ideológico permanente para conservar elementos esenciales de la convivencia pacífica y el desarrollo humano y otra cosa es un conservador que le rinde culto a la tradición porque sí, en franca contravía de la realidad. O dicho de otro modo, el conservador que no hace reingeniería política cada día, que no se revisa cotidianamente, termina convertido en un conservador del ayer.
La segunda razón es la coyuntura electoral. Alvaro Uribe quiere seguir siendo presidente y por eso necesita del partido azul. Tiene que lograr cambiar la constitución y luego que los conservadores apoyen su candidatura. Lo primero está a punto de lograrlo, aunque la última palabra la tiene la Corte Constitucional. Y lo segundo, puede pasar, aunque la decisión final la tiene la convención conservadora.
Como en política no hay almuerzo gratis, el partido conservador ha querido cobrar su apoyo en el congreso al proyecto uribista. Sin embargo ha puesto un precio bajito. Las ofertas han ido y venido, las pipetas de oxígeno de las nóminas públicas han bombeado, pero al final nada ha pasado. Esto por una simple razón: porque los conservadores se han entregado tentados por lentejas que, en muchos casos, ni siquiera existen. Quién lo iba a imaginar, el partido de Caro y Ospina se ha dejado tratar como el burro hambriento que sigue la zanahoria que cuelga del palo de un jinete sonriente.
Lo anterior ha llegado a extremos inimaginables. Inexplicablemente el hoy presidente de ese partido, Carlos Holguín Sardi, ha preferido declinar su aspiración presidencial de siempre para apoyar la reelección de Uribe. Es decir, el conservatismo oficialista no sólo avala sin pudor el cambio de reglas en mitad de juego, sino que prefiere la seguridad de los puestos de mando medio a la incertidumbre del resultado de la lucha electoral. Así se ha hipotecado la esencia de la lucha democrática de un partido que en la historia patria ha perdido varias veces, pero que siempre ha dado la pelea.
Sin embargo, las voces contra esta postura oficial del conservatismo están creciendo. Hay congresistas y dirigentes que ven la posibilidad de aprovechar la situación actual de la política para hacer planteamientos que rompan el hechizo y muestren vías distintas a las que presenta la polarización. Esto es comprensible si se entiende que se puede hacer una política que no busque únicamente contrarrestar los efectos de la popularidad del presidente, es decir que no sea de simple contención, sino que presente alternativas para lograr las cosas.
Es deseable y bueno para nuestra democracia que algo así se dé en Colombia. De hecho, esta es una de las pocas posibilidades para que las cartas de la política se vuelvan a barajar y para acabar de una vez por todas se termine con la razón de Estado del siglo XXI de que quien no es amigo es enemigo. Si esto sucediera cambiaría la política. Y ojalá suceda. Porque de lo contrario, la cosa seguirá igual y la contienda terminará siendo entre uribistas y no uribistas. Y ahí puede que gane alguno las elecciones, es cierto. Pero al final, otra vez, habrá perdido el país.