En Colombia la cosa es un poco distinta. La sociedad de hoy es hija del más grande pacto entre partidos que haya conocido la historia criolla: el Frente Nacional. Desde que se cerraron los acuerdos que lo gestaron, conservadores y liberales han sido siempre dueños absolutos del poder y siempre se han repartido el Estado. Por eso, hablar hoy en el país de alianzas políticas, en las que se comparte la gestión de gobierno, es un pecado. El mal uso de las coaliciones llevó a que desde hace ya años se macartizara el tema y por lo tanto la política toda.
Quien más duro ha hablado en contra de la repartición de puestos para hacer política es el propio Uribe. Desde la campaña les declaró la guerra a la “corrupción y a la politiquería”, al punto de que recién elegido se inventó un referendo para combatirlas. Siempre juró que no cambiaría cargos burocráticos por apoyos. Y la verdad es que en buena parte mantuvo su palabra, pues solamente el servicio diplomático fue puesto al servicio de la clase política. En esto no hay nada de malo. Al fin y al cabo, cada torero torea con su cuadrilla y el poder es para ejercerlo.
Sin embargo, ahora que el Presidente se lanzó sin pudor alguno a buscar la reelección con nombre propio, han surgido dos problemas. El primero es que, por más vueltas que se le quiera dar al asunto, el congresista que vote por la reelección de Uribe y tenga un pariente colocado en el exterior, tiene un conflicto de intereses. Y el segundo es que el Presidente ha empezado a hacer, en materia burocrática, todo aquello que dijo que no haría.
Abiertamente y sin ningún pudor, el Ministro del Interior les ha ofrecido a los conservadores una gran tajada del ponqué del Estado. A la orden están varios ministerios, la Procuraduría, la Registraduría y hasta la Fiscalía que, para información del Ministro, es un organismo judicial y no un órgano de control. De la noche a la mañana el Gobierno se convirtió en un llamativo movimiento político que ofrece puestos a cambio de votos. Y ojo: no para apoyar un proyecto de Estado, como podría serlo la reelección sin nombre propio, sino para impulsar una política personal de carácter electoral.
Los conservadores, por su parte, han oído el ofrecimiento y a algunos se les ha hecho agua la boca. Y con razón. ¿A qué político no le va a gustar semejante volumen de coquetería burocrática? Sin embargo, el conservatismo es un partido con muchos matices. Por eso a algunos de sus miembros la ‘picada de ojo’ gubernamental les ha olido mal. La carta que el ex presidente Pastrana le envió a Carlos Holguín Sardi la semana pasada, en la que rechaza la reelección inmediata, es una muestra clara de esto. Para Andrés, primero están las instituciones y luego los personalismos. Además, la misiva pone de presente que el debate, tal y como está planteado, polariza el país y estigmatiza a quienes se oponen a él.
¿Qué va a pasar? Algunos conservadores van a apoyar el proyecto de reelección y otros no. La responsabilidad de la unidad de ese partido está ahora en manos de su presidente, el senador Holguín Sardi. Del manejo que él le dé a la situación, dependerá su futuro y el de su colectividad. Es probable que apoyar al Gobierno y aceptar el ofrecimiento burocrático pueda ser bueno en términos de votos. Incluso, también en términos de imagen. Pero esa actitud puede resquebrajar la débil unidad azul y llevar a que parte del conservatismo termine haciendo equipo con la oposición.
El Gobierno salió de frente a hacer política y el Procurador ya tomó nota y anunció investigaciones. Con esto, habrá que ver qué actitud toman los ministros. Lo ideal, incluso para Uribe, sería que le bajaran el tono a la campaña. Porque por más popular que sea el Presidente, ni siquiera él se escapa de que se le compare con la mujer del César. Al fin y al cabo es el Primer Mandatario. Y también debe no sólo serlo, sino parecerlo.