25 abril 2004

El gobierno coqueto

La política es el arte del poder. Sin embargo, en una democracia, ese arte muchas veces se comparte para alcanzar objetivos comunes de gobierno. España acaba de darnos un gran ejemplo. José Luis Rodríguez Zapatero conformó un Ejecutivo en el que están, además de su partido, los nacionalistas catalanes, Izquierda Unida, la Chunta Aragonesista, el Bloque Nacionalista Gallego y Coalición Canaria. Esta unión de voluntades políticas ha generado una mayoría que ha cerrado filas en torno a un objetivo común de gobierno en la Madre Patria.

En Colombia la cosa es un poco distinta. La sociedad de hoy es hija del más grande pacto entre partidos que haya conocido la historia criolla: el Frente Nacional. Desde que se cerraron los acuerdos que lo gestaron, conservadores y liberales han sido siempre dueños absolutos del poder y siempre se han repartido el Estado. Por eso, hablar hoy en el país de alianzas políticas, en las que se comparte la gestión de gobierno, es un pecado. El mal uso de las coaliciones llevó a que desde hace ya años se macartizara el tema y por lo tanto la política toda.

Quien más duro ha hablado en contra de la repartición de puestos para hacer política es el propio Uribe. Desde la campaña les declaró la guerra a la “corrupción y a la politiquería”, al punto de que recién elegido se inventó un referendo para combatirlas. Siempre juró que no cambiaría cargos burocráticos por apoyos. Y la verdad es que en buena parte mantuvo su palabra, pues solamente el servicio diplomático fue puesto al servicio de la clase política. En esto no hay nada de malo. Al fin y al cabo, cada torero torea con su cuadrilla y el poder es para ejercerlo.

Sin embargo, ahora que el Presidente se lanzó sin pudor alguno a buscar la reelección con nombre propio, han surgido dos problemas. El primero es que, por más vueltas que se le quiera dar al asunto, el congresista que vote por la reelección de Uribe y tenga un pariente colocado en el exterior, tiene un conflicto de intereses. Y el segundo es que el Presidente ha empezado a hacer, en materia burocrática, todo aquello que dijo que no haría.

Abiertamente y sin ningún pudor, el Ministro del Interior les ha ofrecido a los conservadores una gran tajada del ponqué del Estado. A la orden están varios ministerios, la Procuraduría, la Registraduría y hasta la Fiscalía que, para información del Ministro, es un organismo judicial y no un órgano de control. De la noche a la mañana el Gobierno se convirtió en un llamativo movimiento político que ofrece puestos a cambio de votos. Y ojo: no para apoyar un proyecto de Estado, como podría serlo la reelección sin nombre propio, sino para impulsar una política personal de carácter electoral.

Los conservadores, por su parte, han oído el ofrecimiento y a algunos se les ha hecho agua la boca. Y con razón. ¿A qué político no le va a gustar semejante volumen de coquetería burocrática? Sin embargo, el conservatismo es un partido con muchos matices. Por eso a algunos de sus miembros la ‘picada de ojo’ gubernamental les ha olido mal. La carta que el ex presidente Pastrana le envió a Carlos Holguín Sardi la semana pasada, en la que rechaza la reelección inmediata, es una muestra clara de esto. Para Andrés, primero están las instituciones y luego los personalismos. Además, la misiva pone de presente que el debate, tal y como está planteado, polariza el país y estigmatiza a quienes se oponen a él.

¿Qué va a pasar? Algunos conservadores van a apoyar el proyecto de reelección y otros no. La responsabilidad de la unidad de ese partido está ahora en manos de su presidente, el senador Holguín Sardi. Del manejo que él le dé a la situación, dependerá su futuro y el de su colectividad. Es probable que apoyar al Gobierno y aceptar el ofrecimiento burocrático pueda ser bueno en términos de votos. Incluso, también en términos de imagen. Pero esa actitud puede resquebrajar la débil unidad azul y llevar a que parte del conservatismo termine haciendo equipo con la oposición.

El Gobierno salió de frente a hacer política y el Procurador ya tomó nota y anunció investigaciones. Con esto, habrá que ver qué actitud toman los ministros. Lo ideal, incluso para Uribe, sería que le bajaran el tono a la campaña. Porque por más popular que sea el Presidente, ni siquiera él se escapa de que se le compare con la mujer del César. Al fin y al cabo es el Primer Mandatario. Y también debe no sólo serlo, sino parecerlo.

19 abril 2004

El bis de Uribe: lo bueno, lo malo y lo feo

El anuncio del ministro del interior de que el gobierno apoya la reelección presidencial no sorprendió a nadie. Lo que sí sorprendió es la reacción que generó el discurso de Sabas. Porque más allá de lo bueno, lo malo y lo feo de que Uribe repita, quienes saben de política, con buen tino, no se le quieren medir a la cosa.

La iniciativa de la reelección tiene cosas buenas. En primer término, ayuda a que se discutan temas importantes como el sistema de gobierno. De pronto llegamos a la conclusión de que López tiene razón en su propuesta sobre un sistema parlamentario que nos saque del hueco profundo del presidencialismo extremo. Si lográramos institucionalizar ese sistema, así sea con adaptaciones, la cosecha de bondades sería amplia. Para mencionar algunas, el balance de poder sería una realidad, se reactivarían los partidos y se fortalecería la democracia.

Lo malo de la iniciativa de reelección es que llega en un pésimo momento. No sólo es supremamente prematura pues faltan todavía dos años de gobierno, es decir, el tiempo en el que se deben medir realmente los resultados de la gestión presidencial, sino que contamina inmensamente la legislatura. El proyecto de reelección es un misil que hace blanco en el ambiente político del congreso y que interfiere con el estudio de proyectos tan importantes como el de alternatividad y del Estatuto antiterrorista.

Fuera de eso, se ha pensado que para poner a punto el país para la reelección se debe simplemente cambiar la constitución. Esa es una tremenda ingenuidad. Colombia tiene un sistema jurídico que descansa en el principio fundamental de que los funcionarios públicos no pueden intervenir en política. Sobre ese postulado se ha estructurado todo el engranaje jurídico. Incluso se han organizado jurisdicciones especiales para evitar y castigar esa práctica. Por eso, de aprobarse la reelección, habría que modificar toda la reglamentación de la función pública en lo administrativo y lo fiscal. Incluso cambiarían las funciones de la Procuraduría y de la Contraloría, porque los funcionarios podrían legítimamente hacer política, utilizar sus puestos para esto e incluso echarle mano al presupuesto para lograr objetivos electorales.

Lo feo de la iniciativa de reelección es que es personalizada. Una cosa es que el gobierno haga un planteamiento constitucional y político sobre la necesidad de una gestión presidencial más larga. Esto es válido como tema de discusión. Pero otra cosa es que un candidato presidencial diga “si me eligen no buscaré la reelección porque no me parece buena” y una vez elegido y luego de probar las mieles del poder diga “ahora que me eligieron sí quiero la reelección porque ahora sí me parece buena”. Eso es lo que ha pasado con este gobierno y lo que, simplemente, no tiene presentación.

Es cierto que si se reelige a Uribe seguiría la presión militar contra la subversión y que las caravanas por las carreteras seguirían siendo una fiesta nacional. Es probable que esto lleve a que el clima de optimismo dure un poco más y a que el crecimiento económico se mantenga por algunos meses. Pero ese planteamiento no puede ser el único argumento para lanzarnos a la reelección, especialmente si se tiene en cuenta que cualquier candidato presidencial va a tener que hacer referencia a estos temas en campaña.

La reelección presidencial en abstracto puede ser buena pero en este momento de la historia de Colombia no es conveniente. Aprobarla sin que se deje por lo menos un período entre una y otra elección, puede traer consecuencias bastante desfavorables. Una es el caos institucional. Jurídicamente y políticamente no estamos preparados para semejante cosa. Otra es la estigmatización. Si quienes no apoyaron el referendo fueron muchas veces considerados “terroristas” quienes se opongan a la reelección pueden terminar siendo perseguidos, especialmente ahora que el estatuto antiterrorista permite obrar primero y preguntar después. Y hay más. Con la reelección también es posible que la micropolítica siga reemplazando la visión de Estado, que sigamos teniendo “gabinetico” y no gabinete, que le sigamos dando la espalda a las Naciones Unidas y a Europa, y sobre todo, que sigamos hipnotizados por la ilusión. Eso, simplemente, no puede ser bueno para el país.

11 abril 2004

Vámonos para Iraq

El pasado 2 de abril, el periódico Financial Times anunció que los presidentes Uribe y Bush se habían puesto de acuerdo para mandar un pelotón de soldados colombianos a Iraq. Sin embargo, el Gobierno Nacional desmintió inmediatamente la noticia.

Se dijo que la guerra de Iraq no es nuestra guerra, que ya tenemos suficiente con lo que pasa en el país como para irnos a combatir por fuera, que con la violencia propia basta y sobra. Hay otros argumentos que no dio el Gobierno: que la cosa por las tierras de Saddam no está nada fácil y que no se puede exponer a nuestros soldados a la ira de los Fedayines.

También, que no hay plata. Que si escasamente nuestros impuestos alcanzan para pagar informantes que llevan a que el ejército y la policía se disparen entre ellos, no se puede ni siquiera pensar en mandar y mantener un pelotón militar colombiano en Bagdad.

Todos esos argumentos pueden ser ciertos. Sin embargo, la verdad es que el mismo Gobierno, con sus dichos y con sus hechos, ha dado varias razones para pensar que lo ideal sería hacer presencia militar en Iraq. Estas razones son, por una parte, de similitud. Bush y Uribe son muy parecidos. Ambos tienen su guerra contra “el mal” y creen realmente estarla ganando, su popularidad descansa en el lenguaje que utilizan, así como en la fuerza; ambos se apoyan en los medios de comunicación que les hacen coro y hasta tienen una manera parecida de decir algunas cosas: Bush tiene frases como “hoy es mañana”, mientras que para Uribe las noches de un día son un día más. Y, como si esto fuera poco, su momento político actual es idéntico: los dos están en campaña porque ambos quieren que los reelijan.

También hay razones de historia reciente. Una es que Uribe juega en las grandes ligas de la política mundial: habla en el Parlamento Europeo, visita al Papa y modifica la lista internacional de grupos terroristas. Incluso, hace propuestas audaces.

Basta recordar que llevaba cuatro meses de gobierno cuando le pidió a Estados Unidos que mandara al país una fuerza internacional similar a la que hoy se bate en Iraq. Luego pidió que le mandaran a nuestro ejército las armas que sobraran de la invasión. Las armas no han llegado porque la invasión no ha terminado. Y una razón más de simple lógica. Cuando comenzó el bombardeo a Iraq, Uribe apoyó incondicionalmente a Bush en contra de lo que más de medio mundo quería. Nos lanzamos de cabeza a la cruzada en “favor de la libertad”, aunque de paso nos hayamos pasado por la faja a las Naciones Unidas.

Otros argumentos a favor de la presencia militar criolla en el Golfo son de simple estrategia política internacional. Si se mandan tropas al Golfo, haremos parte del selecto grupo en el que están, entre otros, Tailandia, Ucrania, Bulgaria, Estonia y El Salvador. Es más, hoy en día existe una oportunidad de oro para hacer parte activa de la coalición. España fue un país abanderado de la invasión a Iraq, pero con el cambio de gobierno en la Madre Patria, la cosa cambió. En dos meses los soldados españoles se retirarán de la zona de conflicto para volver a Europa. ¿No sería bueno llenar el vacío que dejan los españoles con tropas nuestras? Así reemplazaríamos a quienes hoy los americanos tildan de tibios y cobardes. Al fin y al cabo, vamos a tener tanques de guerra españoles de mitad del siglo pasado y sin duda con ellos podemos cumplir la misión.

¿Cómo se concretaría en la práctica la presencia en Iraq? Hay varias posibilidades. La primera es hacer un reclutamiento especial para esta importante misión. Podrían seleccionarse algunos soldados profesionales para lanzarlos a las calles de Fallujah. Una vez allí, sin duda se acomodarían a las condiciones del terreno y de la guerra irregular. Una segunda posibilidad sería complementar el grupo con soldados bachilleres y soldados regulares reclutados en los pueblos colombianos.

Con tanto desempleo, ¿por qué no? Una tercera posibilidad sería unir la política de reinserción con la política internacional. Se podría incluir en el grupo a paramilitares y guerrilleros reinsertados que se sumarían a las filas.

Incluso, se les podría ofrecer el perdón y el olvido que tanto quieren si logran volver con vida de esta aventura por el Medio Oriente.

Claro que hay otra posibilidad. Consiste en reconocer que haber apoyado la iniciativa de Bush de invadir Iraq fue un acto de inmensa ligereza política. ¿Que se hizo porque era difícil no hacerlo? Para cualquiera, decirle no a los Estados Unidos es muy difícil. Sin embargo, jugar en las grandes ligas de la política no consiste en dejarse arrastrar hacia aventuras de incierto final. Cosa que puede aplicarse en todos los temas, desde el de la guerra hasta el de la extradición.

La reflexión interna de un gobierno, de un Estado, no es sólo sana sino necesaria. Y para ser un gran jugador en el orden mundial, muchas veces, hay que ser fuerte, pararse y simplemente decir que no.

02 abril 2004

El Congreso: ¿lo mejor del festival de teatro?

Bogotá está de fiesta nuevamente por el Festival de teatro. Por estos días, cada dos años, el arte de las tablas se toma la ciudad. Dramaturgos de todo el mundo inundan sus calles y teatros, y deleitan a quienes tienen la suerte de conseguir entradas para los espectáculos. Gentes de varias regiones vienen a para ver las funciones. Es una época de alegría en la que lo artístico rompe las rutinas y el espíritu se toma lo cotidiano. El invitado de honor es España. Desde la Madre Patria nos visitan artistas de primer orden: Mariana Pineda (Sara Baras) y su balet de seducción flamenca; Miriam Méndez y su baile andaluz; el Zarza Teatre con sus Dioses y Bestias, y el magnífico Bebo Valdés que con sus acordes de piano fabrica el sonido sobre el que el cantaor flamenco Diego ‘El Cigala’ deja escurrir su voz gitana.

Dentro del espectro artístico y cultural del Festival existe una obra que no aparece en el programa oficial. Se trata de una puesta en escena que puede llegar a ser tan triste y aburrida como el peor de los dramas o tan divertida y alegre como la mejor comedia; que tiene desde “extras” que pasan desapercibidos y cumplen funciones “de relleno”, hasta personajes de primera línea que con sus actuaciones marcan y dejan huella. En este tablado hay de todo como en botica: títeres, titiriteros, marionetas de papel y muñecas de trapo; soldados de plomo, prestidigitadores, magos, tahúres y ventrílocuos; Allí interactúan mentes lúcidas, otras menos lúcidas, algunas oscuras y otras incluso lúgubres. Es un escenario en el que se discute, se debate y se le fija un marco de acción al país. Incluso, se supone que allí se resuelven varios de sus problemas, aunque la verdad sea dicha, en muchos casos se crean otros peores. Me refiero al Congreso Nacional.

A mitad de semana tuvo lugar en el Congreso una obra de teatro muy sonada. Se trató del hundimiento del proyecto reglamentario del estatuto antiterrorista. La bancada uribista, la misma encargada de sacar adelante la reelección, no funcionó en las comisiones primeras de Cámara y Senado y al proyecto no le alcanzaron los votos. Entonces comenzó la función. Aparecieron los prestidigitadores y los magos que dijeron “abra cadabra, patas de cabra” y le echaron polvitos mágicos al proyecto para revivirlo. Luego vinieron los tahúres que también hicieron lo suyo. Sacaron de sus mangas las normas de procedimiento para repetir la discusión. Y como la próxima semana termina con resurrección, todos a la vez, decidieron adelantársele un poco a Jesús y revivieron el proyecto.

Luego intervinieron los ventrílocuos. El ministro de gobierno adoptó la misma postura del ‘sí o sí’ que su antecesor en épocas del referendo. Para él, el proyecto está vivo o está vivo. Esto es normal pues él era el encargado de liderar los ejércitos uribistas en la gesta parlamentaria y tenía la responsabilidad del éxito. Y falló. Como falló en la elección del Defensor del pueblo. Y ante la catástrofe, el jefe mayor intervino e invitó a sus tropas a tomar café. El presidente es hombre prudente y les dijo que había que "conciliar el ánimo de urgencia, con el ánimo del consenso”. Pero su secretario general, Alberto Velásquez, cometió el error de “echarle el pato” a los congresistas y hacerse el loco con la responsabilidad de Sabas. Los parlamentarios dijeron que no pagarían platos rotos ajenos, reviraron y ahí sí no hubo magia que valiera. Los ejércitos rompieron filas y cada soldadito de plomo cogió para su lado. Buen espectáculo.

La situación ahora está, desde el punto de vista artístico, maravillosa. Los conservadores, furiosos, están que se van y se van y se van y no se han ido. Pastrana guarda silencio sin caer en el error de dejarse carear por Fernando Londoño quien no desaprovecha oportunidad para ponerle el cascabel al gato. A los liberales oficialistas, el gobierno les está “haciendo ojitos” y ellos se están dejando coquetear. ¿Matrimonio a la vista? Los gaviristas, cautelosos, hablan con uno, hablan con el otro, pero su jefe sigue mudo. Y mientras tanto el Festival de teatro va entrando en su segunda semana, haciendo reír a muchos.

Sin duda la puesta en escena que ha hecho el Congreso esta semana es una de las mejores obras del Festival. Y pensar que aún no se ha empezado a estudiar la reelección…