26 mayo 2007

La estrategia de Uribe

Se han oído voces diciendo que hay que perdonar a todo el mundo, con una amnistía general. Otras han pedido una ley de punto final para los políticos, porque, se dice, sólo actuaron conforme a la realidad de sus regiones. El Presidente, sin embargo, le salió al paso a todos. Habló ayer y dejó sobre la mesa un plan para sacar al país del caos.
El planteamiento, desde el punto de vista macro, consiste en convertir la crisis actual en una oportunidad para la paz. Por eso, dentro del contexto general del planteamiento, hay iniciativas distintas para paramilitares, parapolíticos y guerrilleros. En general, las ideas son valiosas y tienen, sin duda, la gran voluntad de alcanzar la reconciliación. Sin embargo, algunas de ellas son mucho más complejas de aplicar que otras y por eso es necesario analizarlas independientemente.
Los paramilitares están entregados. Mejor dicho, ya entraron en un proceso, aparentemente sin reversa, que está caminando. La vía ha sido la Ley de Justicia y Paz. Al fin y al cabo, este marco jurídico fue hecho a la medida para ese grupo ilegal, así permita que se aplique a otros. Esta es la solución ideal frente a los ‘paras’, parece, pero veo difícil que lo sea también para parapolíticos y, mucho más, para la guerrilla.
En el caso de los parapolíticos, el planteamiento es la excarcelación a cambio de la verdad. Como idea no es mala. Sin embargo, se pone sobre el tapete la interrupción de los procesos judiciales y, por lo tanto, el sacrificio del impulso que hasta ahora lleva la Justicia. La pregunta que surge, entonces, es si el precio de la paz es, en algo, la impunidad. Y la respuesta es que de otra manera esa paz no se lograría. Mejor dicho, con tantos daños que causa la guerra es imposible que haya una paz perfecta. El que haya una muerte política para los implicados, en algo compensa la cosa.
Respecto de la guerrilla, creo que todo es distinto y mucho más complicado. A pesar de la sensación general de seguridad fruto de la política del Gobierno en esta materia, la guerrilla parece no estar derrotada. Esto lleva a que las concesiones y los actos de buena voluntad puedan no tener la respuesta esperada. Una excarcelación de guerrilleros presos, como la que dijo el Gobierno que hará, es algo difícil políticamente y sin duda muestra voluntad del Presidente. Pero la experiencia indica que, si no se negocia, si se realiza un acto unilateral, podemos estar en el umbral de una nueva frustración. Ojalá no fuera así. Ojalá esta vez se lograra el intercambio humanitario como prolegómeno de un proceso de paz.
Si todo funciona podría llegarse a buen puerto. Pero echo de menos alguna salida para los miembros de la fuerza pública involucrados en paramilitarismo. No parece lógico, dentro del esquema planteado por Uribe, que se les deje por fuera de este plan. Al fin y al cabo, ni son paras puros, ni son parapolíticos ni tampoco son guerrilleros. ¿Entonces? ¿Cuál es la iniciativa para ellos?

19 mayo 2007

Semana movida

Esta semana hubo tres hechos políticos que revolcaron todos los avisperos. El primero fue la declaración de Mancuso ante la justicia, en la que habló de lo divino y lo humano. El segundo fue la noticia de que, desde hace más de dos años, las autoridades venían pinchando los teléfonos de políticos, periodistas y empresarios. Y el tercero, la propuesta pública del gobierno de liberar guerrilleros de las Farc a fin de facilitar el intercambio humanitario.
Mancuso divulgó que el paramilitarismo era una política de Estado, denunció pagos de empresas y acusó al vicepresidente de haberle propuesto la creación de un bloque para Bogotá. Sin embargo, los testimonios del comandante tienen que tener algún otro tipo de soporte para poder gozar de credibilidad. Porque, hasta ahora, sólo hay certeza de algo que no es reprochable sino digno de aplauso: que, ante la crisis en la que estaba el país durante el gobierno de Samper, Juan Manuel Santos le propuso un plan integral de paz que, hoy se ve, habría cambiado la historia del país.
Habrá que ver con qué se vienen los demás comandantes que, pareciera, no están dispuestos a seguir callados. Es probable que Jorge 40 siga con el ventilador y resulte manchada mucha más de la dirigencia política de los departamentos de la costa. En el caso de El Alemán, muchos políticos antioqueños ya están temblando. Y así pasará con cada comandante y con cada región.
Respecto de la pinchada de teléfonos, hay que darle crédito al gobierno por haber destapado la olla como lo hizo. Pero esto no puede quedarse ahí. Es importante que se sepa quién y por orden de quién se grabó. También, que se conozca la lista de las personas a las que les hicieron las grabaciones. Esas personas tienen derecho a saber que las grabaron y a que se les devuelvan las grabaciones de sus conversaciones. Es difícil devolverle a alguien la intimidad rota, pero esta es una manera de empezar a hacer justicia.
Sobre la iniciativa del gobierno de liberar guerrilleros, hay que decir varias cosas. Lo primero es que quedó claro que Yolanda Pulecio, la mamá de Ingid, tenía razón. Dijo que la experiencia muestra que, sin negociación previa, la voluntad de Uribe no basta y que la liberación de los guerrilleros no llevaría a las Farc a liberar a los secuestrados. Y, preciso, las Farc dijeron que no. Uribe ha dicho que insistirá en el recate militar y me parece algo propio de su carácter decidido. Pero, mirando la experiencia hasta ahora, es fácil adivinar ni el rescate tendrá éxito, ni las Farc cambiarán de posición.
El policía John Frank Pinchao se les escapó a las Farc después de nueve años de cautiverio y lo que contó es aterrador. Esta es una prueba más de la necesidad de hacer el intercambio cuanto antes. Con las experiencias de las iniciativas frustradas, con el conocimiento del comportamiento de las partes en conflicto en estas situaciones, con Francia estrenando un nuevo presidente decidido a jugarse el todo por el todo en esta materia, el terreno está abonado para negociar el intercambio.
El acuerdo humanitario sería bueno por las víctimas, que volverían a sus casas. Por el país, porque volvería a tener esperanza. Y por la paz, porque podría ser el principio de un proceso de reconciliación serio y con vocación de éxito. Además valdría la pena que el momento nacional tuviera un ingrediente amable y distinto del de la parapolítica. Y cuál mejor que el de la libertad.

12 mayo 2007

El derecho a la verdad

Esta fue una de las semanas con más hechos políticos desde que empezó el año. Dentro del mar de acontecimientos cabe resaltar, sobre todo, dos. El primero es la metida de pata del vicepresidente Santos quien, la iba embarrando como nunca. Salió a decir que las relaciones con Estados Unidos deberían ser revisadas si no nos ayudan y esto cayó muy mal. Ya teníamos suficiente con Gore y Pelosi en contra como para rematar ahora con semejante chambonada. Por ponerse a hablar más de la cuenta, le pegó una innecesaria pedrada en el ojo a los americanos.
Como si fuera poco, en su afán mediático, Santos causó también una tormenta en el congreso. Dijo que estaba seguro de que la tercera parte de los parlamentarios terminará pagando cárcel por enredos con los paras. Claro, se le iba embolatando la coalición de gobierno y pues le tocó recular y aguantarse un regaño presidencial.
Pero esto último no es sólo una chambonada vicepresidencial sino que del episodio surgen preguntas. ¿Qué información tiene el vicepresidente realmente sobre los congresistas? ¿Es información que interesa a la justicia? Ojo, porque las consecuencias políticas de la declaración no pueden ser un obstáculo y muchos menos un pretexto para que esa información no llegue a manos de los jueces.
El segundo hecho para resaltar esta semana es la declaración de Mancuso a Un Pasquín (www.unpasquin.com). Dijo que hay mucha gente queriendo que no cuente cómo se dio el amarre pecaminoso entre los paras y la sociedad. La conclusión, entonces, es tremenda: la clase dirigente de Colombia le tiene miedo a la verdad.
Es temor de esos colombianos que un día decidieron amancebarse con los paras, se contrapone al derecho de muchos otros a conocer la verdad. Son gentes que tienen derecho a una verdad como individuos y como cuerpo colectivo. Cada víctima tiene derecho a saber qué fue lo que afectó su vida, qué le causó daño y cuáles fueron los hechos reales que determinaron su menoscabo actual.
También como sociedad, Colombia tiene derecho a la verdad porque es algo que determina su historia. Hay derecho a saber que hay un conflicto armado y cuáles fueron sus causas. A que no se nos diga lo contrario como si fuéramos estúpidos, a saber quiénes financiaron los primeros guerrilleros hace cincuenta años, quiénes siguieron en la guerra desde los escritorios de las ciudades y quiénes apoyaron a los paras de hoy. Derecho a la verdad colectiva histórica se llama eso.
Pero la verdad no es sólo para el pasado sino también para el futuro. Porque de ahí surgirán responsabilidades que, necesariamente, juegan hacia adelante. El país tiene derecho a saber si quienes se presentan ante él como candidatos han estado bebiendo del mismo caldo que los paramilitares.
Mancuso hablará ante los tribunales esta semana. Ojalá diga todas esas verdades que, aparentemente, tantos quieren que calle. Existe la posibilidad de que, finalmente, se honre el derecho a la verdad individual y colectiva. Pero también la de que la entrevista de Mancuso sea un simple aviso para que, de alguna manera, los poderoso terminen ayudándoles a los paras a resolver su situación personal. Ojalá que no.