28 enero 2006

¿Embarrenado?


Entrar en barrena, según el diccionario, es un término de aviación que significa “Empezar a descender verticalmente y en giro, por faltar, deliberadamente o por accidente, la velocidad mínima indispensable para sostenerse en el aire”. Lógicamente, semejante definición me llevó a pensar de inmediato en el presidente Uribe.

En quince días Uribe bajó 10 puntos porcentuales en la intención de voto. ¿Quién lo iba a creer? Bueno, pues he ahí el agua tibia. ¿Cómo no iba a pasar esto con tantos desaciertos?

Este fenómeno tiene responsables concretos y el primero es el propio Uribe. No sólo se estrelló de frente contra una realidad que él mismo se ha empeñado muchas veces en no ver, sino que esa misma realidad está alcanzando a los ciudadanos que están despertando del sueño en que los tenían. Se están dando cuenta que sí hay guerra, pobreza y una separación grande entre los diferentes estamentos de la sociedad.

Otro responsable es el Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo. Es cierto que en la mayoría de momentos recibe órdenes. Pero como también actúa como el parrillero del presidente por cuenta propia, sus yerros repercuten en aquél.

El comisionado dispara verbalmente contra quienes incomodan al gobierno por sus posiciones, poniendo en la picota pública a quienes cometen el error fatal de no estar de acuerdo con él. Se le olvida que existen una responsabilidad y una ética públicas que deben imperar cuando se tiene el poder.

El otro responsable es Juan Manuel Santos. Pareciera no recordar que una campaña presidencial es un tinglado en el que si se da papaya, se paga. En 15 días ha dejado al presidente en posiciones muy vulnerables que han sido aprovechadas al máximo por la oposición. Es probable que su conducta no sea intencional. Pero también es probable que vuelva a cometer errores que sigan afectando al gobierno.

Frente a este panorama, los asesores de Palacio, que no son ningunos bobos, entraron en pánico. Por eso tomaron la decisión de dejar al presidente quieto en primera y aplazar su lanzamiento como candidato. Con esto lo sacan del debate público, que es donde falla, y lo mantienen en los medios, que es donde acierta.

Esta actitud tiene varios problemas. El primero es que en el juego de la política es difícil borrar los errores, especialmente si se está en el poder. El segundo es que se está viendo que el presidente está asustado y esto lo hace una presa más fácil. Y el tercero es que eso de esconder al candidato para mostrar solamente al mandatario no puede durar mucho. 

Lo que está por ver es si el bajonazo de Uribe en la encuesta es coyuntural o si empezó a descender verticalmente y en giro, por faltarle, deliberadamente o por accidente, la velocidad mínima indispensable para sostenerse. Porque para muchos el presidente imbatible, el de los índices inalcanzables, ya entró en barrena. Habrá que ver si tienen razón.

21 enero 2006

¿Y ahora quién podrá defenernos?


Algo pasa en Palacio. A pesar de que sus súbditos lo alaban como al emperador que estrenaba traje invisible, Uribe está asustado. Algo lo atormenta; lo desvela. Y no es precisamente que se haya dado cuenta que ese traje en realidad no existe. Tampoco es la situación de pobreza del país. Y menos lo preocupa la suerte de sus amigos expulsados de sus listas. Hay algo más… Algo que al parecer no maneja. ¿Qué será?

La respuesta se encuentra en su propia historia. Uribe sabe que ganó las elecciones montado en el tema de la paz y de la guerra y que a pesar de su popularidad, ahí está su talón de Aquiles. Por eso no duerme bien. Por eso está, como dicen los americanos, “going dirty”. Es decir, haciendo política sucia. Descalificando a sus oponentes, y sobre todo, tratando de que la paz no sea un tema de campaña.

El episodio de Rafael Pardo es una clara ejecutoria de esa política. Desde que Pardo volvió al Partido liberal el presidente lo fichó. Y ahora pretendió de un sólo tiro matar tres pájaros: Pasarle la cuenta de cobro, golpear al liberalismo y hacerle saber al país que él es el único candidato autorizado a hablar de paz.

Para ejecutar su plan, Uribe aplica la estrategia de la mujer que aunque no lo es, a veces lo parece. La de la doble cara. Cuando le conviene habla como presidente y su equipo se muestra como un serio grupo de funcionarios. Quien se opone a él se opone a la institucionalidad. Quien no comulga con su manera de entender el conflicto se convierte en subversivo. Y quién, como Pardo, propone salidas distintas, es un traidor de la Patria.

Otras veces, sin embargo, Uribe echa mano de su condición de candidato y Palacio se transforma en un cuartel de campaña. El grupo de funcionarios muta en un equipo de pregoneros que, desde sus puestos descalifican, acusan y hieren. Los organismos de seguridad del Estado se convierten en organismos de seguridad del Uribismo. El Alto comisionado para la paz se vuelve Alto comisionado para la guerra.

Uribe, sin embargo, está midiendo mal. Primero porque los candidatos ya saben que no desafían al hombre sino al Estado y aún así siguen ahí. Segundo porque conocen la falta de garantías e incluso bajo estas circunstancias darán la pelea. Tercero porque el procurador ya le puso el ojo encima al asunto. Y cuarto porque le guste o no al Presidente, el tema de la paz no puede quedarse por fuera del debate.

La razón de esto último es doble. Por un lado los colombianos tenemos derecho a que no haya temas vedados. El intercambio humanitario, los paramilitares, la guerrilla, el narcotráfico, son tópicos que deben debatirse porque son los que nos afectan diariamente. Por otro lado, los candidatos tienen el deber de encontrar fórmulas para lograr todo lo que el gobierno no ha podido hacer y no por eso pueden terminar señalados por un Presidente que tira la piedra y esconde la mano.

Pues así está la campaña. ¿Y ahora quién podrá defendernos? Los medios de comunicación. Son los únicos que pueden evitar que Uribe utilice el argumento de la institucionalidad para esconder sus debilidades como candidato. Y sólo ellos pueden lograr que la mano dura que no ganó la guerra se le aplique ahora a la oposición.

14 enero 2006

Cabeza sin Piedad


Es cierto que el Voto preferente acabó con la importancia del puesto que ocupan los nombres en las listas al Congreso. Al contrario de lo que ocurría antes, ahora se puede votar por cualquier renglón. Sin embargo, no menos cierto es que encabezar la lista de un partido determinado es una especie de premio que sigue siendo importante. Todo eso lo sabe Piedad Córdoba y por eso tiene la piedra afuera.

La molestia se debe a que ella aspiraba a encabezar la lista oficial del Partido Liberal al Senado pero César Gaviria, jefe de la colectividad, prefirió a Cecilia López. Ante los hechos, Piedad tuvo que agachar la cabeza. Claro, no sin antes soltar una pulla: "Causa descontento y desconfianza que no se decida de manera democrática la conformación de las listas" fue lo que dijo. Traducción: “Carajo, me da rabia porque me quitaron el puesto. He debido ser yo la cabeza de lista.”

Desde el punto de vista político, que es el que le interesa a Gaviria, esta fue una buena jugada. El expresidente mató varios pájaros de un solo tiro. Le puso oficio a Cecilia, quien andaba en una precandidatura legítima pero sin rumbo, quedó con un precandidato menos en qué pensar y tiene un primer renglón que no genera desconfianza ni polariza. Además sigue con Piedad a bordo.

Lo anterior no quiere decir, sin embargo, que Cecilia haya sido la mejor opción. Cualquiera de los otros precandidatos habría sido mejor cabeza de lista. En especial Serpa. Si lo que se busca es revivir el liberalismo él era el hombre. Sin embargo, Horacio prefirió pasar a la historia de otra manera.

Para Cecilia, en cambio, la cosa es muy buena. El puesto en la lista y la manera en que llegó a él la pueden realmente llevar al Congreso. Sin duda Gaviria ya comenzó en reordenamiento en las bases del partido para conseguir votos a fin de que su renglón no se vaya a quemar.

Piedad, por su parte, no se rinde. Ella sabe que en estricto derecho se había ganado el puesto en la lista pero también que de nada sirve llorar sobre la leche derramada. Por eso es que está altiva y combativa y buscará su curul como sea. Tiene un par de ventajas: no pretende hacer malabarismos ideológicos ni se asusta.

Por otro lado, también Piedad sabe que en las urnas puede estar su revancha. Me refiero al gusto personal de verificar el error anunciado. Si Piedad saca más votos que Cecilia, seguro mirará a Gaviria y le recordará siempre que si ella hubiera encabezado, al Partido le habría podido ir mejor. Será un momento en el que Piedad atacará sin piedad. Claro que para eso ocurra hay que esperar a ver qué pasa.

***

- Me gusta ver a Alfonso López en la plaza pública.

- No me gusta ver a Juan Manuel Santos y Germán Vargas peleando por puestos y listas cuando podrían estar junto a los precandidatos liberales buscando la presidencia.

07 enero 2006

Aisha, Yorly y Mary Jane


Es la primera semana de enero. Prendo el televisor y veo que la guerrilla está cercando el Putumayo. Cambio de canal y aparecen unos soldados americanos llegando a una casa iraquí. Sigo mirando. Los soldados le gritan a los habitantes de la casa que salgan. Un hombre abre la puerta y levanta las manos. Luego siguen su esposa y sus hijos: un pequeño de unos 5 años que alza sus brazos imitando a su padre y dos niñas. Una de escasos 13 años y Aisha de 7, que camina mirando fijamente al soldado que le apunta.

Los soldados les ordenan que se arrodillen con las manos sobre la cabeza. Aisha se queda de pie. Su padre, sin embargo, cuyas rodillas ya reposan en la arena, le ordena en su propio dialecto árabe que lo haga. La niña entonces se arrodilla y comienza a llorar. Siente miedo. Sin embargo, su llanto es por algo que a su corta edad nunca había sentido: indignación. La señal de televisión vuelve a los estudios de la CNN en Atlanta.

Mary Jane nació Atchison, un pueblo del estado de Kansas. Creció en la granja de sus padres y fue al colegio público en el que además de estudiar matemáticas aprendió a falsificar su tarjeta de identidad para alterar su edad y poder comprar cerveza. A los 18 años ingresó al ejército y a los 19 viajó a liberar al mundo del terrorismo. Antes de viajar pensó si debía llevar su tarjeta de identidad falsa porque no sabe si en Irak también tenga que tener 21 años para poder comprar cerveza.

Yorly tiene 7 años. Como Aisha. Nació en Ciudad Bolívar y cuida a sus hermanas mientras su mamá trabaja por las noches. Los fines de semana le echa llave al cuarto para que nadie salga y coge bus hasta un parque del norte en el que “hay luces y mucha gente y también hay gringos”. Allá pide plata porque no puede vender pulseritas de Colombia. Ese es un negocio para los mayores. Ella sabe que para que le den monedas a algunos hay que decirles “doctor”. También que “los que hablan raro son los gringos” y a ellos hay que decirles “mister”. A veces llega la policía y Yorly corre. Cuando eso pasa, llora porque ella también siente miedo.

Apago el televisor y decido salir de mi casa. Quiero ir a ese parque donde “hay luces y mucha gente y también hay gringos”. Camino pensando en que en el 2006 habrá mucha política. Entonces recuerdo cuando eligieron a Uribe porque ganaría la guerra. También cuando empezando el 2003 le pidió a Bush que mandara a Colombia tropas como las de Irak. Y luego, cuando de un momento a otro le dio por decir que en Colombia no hay ningún conflicto armado.

Sigo caminando y pensando. Veo que la política es algo muy raro: reeligieron a Bush y en el mundo todo está igual o peor. Y aquí quieren reelegir a Uribe cuando después de cuatro años los secuestrados siguen cautivos o están muertos, el país sigue dividido y nos seguimos odiando y matando. Entonces empiezo a sentirme indignado como Aisha; y me dan ganas de tomarme una cerveza como a Mary Jane; y siento el aire frío de la noche bogotana que me golpea como a Yorly. De un momento a otro, como todas ellas, empiezo a sentir miedo yo también.

04 enero 2006

Paracocracia


El fenómeno paramilitar tiene causas sociales específicas. Como el guerrillero. La diferencia es que al primero lo abrazó la clase dirigente del país, mientras que al segundo no. Esto trajo dos consecuencias. La primera es que no hubo revolución ni la habrá. Y la segunda es que el paramilitarismo creció sin control y hoy la sociedad está siendo víctima de su propio invento.

Lo que surgió como una respuesta de finqueros y hacendados al peligro guerrillero se convirtió, de la noche a la mañana, en un símbolo de estatus. Tener ejército propio, estar de cuerdo con ello, participar en reuniones armadas, tratar de legalizar el fenómeno con el argumento de la seguridad, se convirtió en el pan de cada día. De repente ya no se trató más de defenderse sino de enriquecerse. Y de ahí, de hacerse elegir.

Por lo anterior a nadie puede parecerle raro que la política esté llena de paramilitarismo y que del estigma de la narcodemocracia hayamos pasado al de la paracocracia. Y aunque desde algún punto de vista el fenómeno pueda verse como algo natural dada la incapacidad del Estado de responder, nada justifica que ese mismo Estado se haya dejado permear de una manera tan intensa.

Los valores sociales deben estar presentes a la hora de tomar partido, especialmente cuando de elegir y ser elegido se trata. Una cosa es que hacer política en un determinado departamento sea imposible sin cruzarse con los paras. Pero otra distinta es comulgar con ellos o ponerlos a conseguir votos a punta de fusil.

La ética pública, la del Estado, tampoco puede esconderse. Debería haber estado siempre por delante. ¿Pero si ocurre lo que está ocurriendo qué se puede hacer? Mejor dicho, si ya el Estado está untado hasta el cuello, ¿cómo actuar?

La respuesta no puede ser la que se está dando. Hacer como si la cosa no fuera con uno y mirar como escoria a quienes hasta los señalamientos eran tratados como héroes es un error. Y no me refiero a que sea algo equivocado en términos políticos o electorales. Es equivocado en términos de responsabilidad pública. Tratar de sacudirse de los efectos de un problema real es no aceptar que se trata de un mal de la sociedad y es permitir que el problema siga y se profundice.

Los ejemplos se están viendo día a día. Los señalamientos desde las listas a candidatos de otras listas, los rumores de amistades y cercanías, son el pan de cada día. La guerra entre políticos parece una guerra entre mandos medios de carteles con la picota pública como escenario. Y al final, todo igual. El fenómeno no cesa sino que se matiza.

Mientras no se genere en el Estado y en la sociedad un proceso de aceptación de responsabilidad colectiva frente al paramilitarismo, no se podrá avanzar en su solución. Mientras no se resuelvan las causas que lo generaron, el fenómeno persistirá de una manera o de otra.

El paramilitarismo es un problema político. Como el guerrillero. Y por eso para ambos, la solución es la misma: la política.