Aún recuerdo el chorro de epítetos y amenazas que inundaban mi correo electrónico cuando apenas hace meses escribía que no vivíamos en una democracia sino en una paracocracia. Cuando, como lo hacían otros, firmaba artículos en los que hablaba fuerte contra Uribe y le reclamaba que su equipo político navegara en las aguas turbias del paramilitarismo. Como a muchos colegas periodistas , lectores furibundos me insultaban, me maldecían e incluso me agredían físicamente en lugares públicos.
Hoy que cambiaron las cosas, cuando el Estado paramilitar tiembla de miedo ante los jueces, hoy que los congresistas miran para el otro lado cuando se esculca en sus caudales electorales, cuando quienes hicieron del miedo una política para hacer proselitismo pagan escondedero a peso, son otras voces las que se oyen y leen.
El problema es que, aunque esas otras voces dicen cosas distintas, aunque ya es otro el cantar, todas expresan lo mismo que las anteriores: odio, rencor y hasta sed de venganza. Y por eso desde aquí las rechazo con la misma vehemencia que con la que repelía los ataques previos. ¿La razón? Tampoco son fruto de la reflexión, carecen de análisis y están viciadas por la pasión.
La realidad nos da la razón a quienes entonces hablábamos como lo hacíamos. Hasta hace poco, incluso, se decía que la imagen del presidente iba en una caída en picada. Hoy nos dicen que la barrena se detuvo. Y yo creo que es verdad porque los colombianos, tan afines a los caudillos, en el caso de Uribe separaramos al mandatario de su gobierno. Consideramos que una cosa es el hombre, y otra distinta, lo que institucionalmente hace. Para unos Uribe no gobierna bien, pero madruga y eso basta. Así no pueda, trata. Y si algo le sale mal no es por haber tomado decisiones erradas sino porque su labor es muy difícil y no todo puede salir siempre bien.
Esto, sin embargo, no es malo. En una crisis tan terrible como la que vive el país, de hecho, es positivo. Al fin y al cabo, con todo el estamento derrumbándose por haberse untado de paramilitarismo hasta la médula, que el presidente siga fuerte en su imagen le da algo de solidez a las instituciones. No es que no estemos preparados para afrontar una crisis en la cual el presidente falte. Pero siempre es mejor que las crisis no toquen al timonel, a fin de que pueda maniobrar y corregir el rumbo.
Vale la pena decirlo más claro: mientras el escándalo no toque al presidente Uribe, hay que rodearlo en lo institucional. Eso sí, disintiendo cuando toque en lo político, apoyando a la Corte en sus actuaciones y decisiones, defendiéndola de los ataques malintencionados, llamando a que se siga con las investigaciones, haciendo fuerza para que nadie termine siendo intocable.
No se puede apostar a que se derrumbe la institucionalidad para que cambie el gobierno. Van apenas cuatro meses y es mucho lo que falta. Además, Pacho Santos es el vicepresidente y no está preparado para ser presidente. Por eso hay que celebrar que, a pesar de que sus peones, caballos y alfiles van cayendo uno a uno, Uribe sigue al frente. Claro, otro sería el cantar si la predicción de Alvarito Araujo se cumpliera. ¿Se acuerdan? Esa de que primero irían por él, luego por la Conchi y luego por Uribe. Eso fue antes de su indagatoria. Claro, Dios quiera que todo pare ahí.
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