31 julio 2004

El nuevo jugador

En lo que va corrido del año pocas semanas habían tenido tanta política como la pasada. La procuraduría le pidió a la Corte Constitucional que tumbara el estatuto antiterrorista, los paramilitares echaron discursos en el Congreso, todo el mundo opinó sobre el tema y los conservadores se reunieron para prenderle una vela a Pastrana y otra a Uribe. Sin embargo, lo que más puede afectar la vida nacional no sucedió en el país sino en los Estados Unidos y se trata de dos hechos que anuncian un cambio en las relaciones con los americanos.

El primero es la carta firmada por los candidatos demócratas en la que se critican varios puntos de la gestión de Uribe y se le pide que cumpla con las recomendaciones de las Naciones Unidas sobre derechos humanos. Más allá de su contenido, que le cae a todos los actores del conflicto por igual, este mensaje es un hecho político mayúsculo. No sólo es un espaldarazo a la ONU en su momento más bajo, sino también un campanazo a la manera en que Colombia está actuando en el tema de la guerra.

Como la popularidad de Uribe se apoya en la seguridad, es fácil adivinar que esta es una clara advertencia. Si en los Estados Unidos el gobierno cambia de partido, que es lo que se ve venir, las evaluaciones sobre nuestro país se harán con un criterio distinto. Es cierto que los recursos del Plan Colombia no se afectarán como anunció Washington. Pero eso no quiere decir nada porque lo que se viene es una visión menos militarista en las relaciones bilaterales y eso sí quiere decir mucho.

Por lo anterior los amigos del gobierno en Colombia deben estar rezando para que los demócratas pierdan las elecciones. Pero sus esperanzas pueden ser en vano porque así gane Bush, también habrá cambios. Washington está picado con el manejo del proceso de paz y la prueba es la fuerte declaración del embajador Wood a la visita de Mancuso y compañía al Congreso. Si a eso se le suma que el tema tiene su componente de droga y extradición, parecería que de todos modos, como dice el vallenato, “un fuerte nubarrón se alza en el cielo”.

Lo anterior está estrechamente relacionado al segundo hecho que repercutirá en nuestro país. Se trata de la Convención del partido demócrata en Boston. Lo que se vivió en ese escenario no fue una simple reunión partidista para nominar un candidato, sino un replanteamiento de toda la política contemporánea a nivel global. Fue, ni más ni menos, una nueva repartida de cartas que sin duda marcará definitivamente la tendencia del péndulo político durante los próximos años.

Lo anterior se evidenció en los discursos. Principalmente en el del expresidente Bill Clinton, quien comparó las ideologías gringas de una forma que se puede aplicar a la Colombia de hoy. Según él, aunque toda la nación libra una guerra contra un enemigo fuerte, algunos para triunfar quieren una sociedad unida mientas que otros necesitan una sociedad dividida. Y mientras que para los mismos la política fiscal debe basarse en la equidad, para los otros debe discriminarse generando acumulación de riqueza y por lo tanto desigualdad.

Clinton fue la estrella de la convención hasta que John Kerry, signatario de la carta que le llegó a Uribe, hizo su aparición. No sólo se presentó ante la sociedad americana como candidato, sino que se dirigió al mundo entero. Pero no lo hizo apelando a las heridas del pueblo americano, sino que pronunció palabras con una carga de valores democráticos que hace tiempo no se veía. Fue un hombre de estado que habló, respiró y vivió política de la más grande. Y su mensaje fue claro: Help is on the way, aquí va la ayuda que el mundo necesita.

El éxito de una gestión de gobierno basada en emociones que arrancan aplausos no dura cuatro años. Especialmente si mientras tanto se pelea una guerra. Bush, que ha pasado de héroe a villano en pocos meses, lo sabe y por eso va a timonear duro en su campaña. Ese mismo mensaje lo está oyendo Uribe quien se está debilitando en las encuestas y por eso se está reforzando como candidato. Todos saben que llegó Kerry a la arena y que con él viene una nueva política. Una que tiene planteamientos para el mundo entero y que puede darle un rumbo nuevo a la vida en el planeta.

24 julio 2004

Mano a mano

No hay duda de que la entrevista de Andrés Pastrana en este semanario es el hecho más importante de la política en lo que va corrido del año. No sólo por lo que significa que el antecesor de Uribe se pronuncie sobre la gestión de gobierno luego de un silencio prolongado, sino porque esas declaraciones marcan una pauta para quienes, ante la polarización de la sociedad, no encuentran opción distinta que la del silencio.

Colombia se ha venido convertido en un país sin matices en el que al mejor estilo gringo o se está con Uribe o se está contra él. Pero con la entrevista Pastrana mostró que sí puede haber reflexión y que una cosa es apoyar al gobierno y otra distinta es girarle un cheque en blanco para que haga y deshaga. Andrés, como se dice en la política criolla, tiró línea. Y si acá hay buenos entendedores, que como las brujas que las hay las hay, entonces la política en Colombia se va a poner muy buena.

Hasta ahora la única reacción al timonazo de Uribe a la derecha había sido la totalmente opuesta. Es decir, ante lo blanco, lo negro. Y cuando se llega a ese punto pasan tres cosas nocivas para una democracia. La primera es que al gobernante de turno se empieza a sentir indispensable y le entra una necesidad personal irresistible de reelegirse. Si está permitida la reelección, se juega por ella. Eso es lo que está haciendo Bush. Y si no está permitida, entonces se lanza a reformar la constitución para lograr quedarse más tiempo. Los ejemplos son Fujimori, Chávez y ahora el propio Uribe.

Lo segundo es que el país se divide entre buenos y malos. Para los unos ellos son los buenos y los malos son los otros. Y para los otros la cosa es igual pero al revés. Sin embargo, quien esté en el poder siempre va a esgrimir el argumento de que hay que estar con la institucionalidad. El problema es que en ese momento, independientemente de quién piense qué, opinar en contra de la oficialidad, hacer oposición, se convierte en algo subversivo.

Lo tercero es que la comunidad internacional se alinea y entra a jugar en el terreno local. Las potencias del mundo empiezan a utilizar al país polarizado para fortalecer sus posiciones geopolíticas. El amigo se convierte en aliado y en la ficha de una guerra de posiciones en la que tampoco hay punto medio.

Esas tres cosas ocurren hoy en día con Colombia. Pero con sus planteamientos Pastrana mostró que puede haber una política distinta. Fue uribista en lo esencial y discrepó en la forma. Para él el presidente hace bien muchas cosas pero se equivoca en ponerle nombre propio a la reelección y en la manera de lograr su aprobación. Por otro lado, Andrés ve el peligro de la polarización y entiende que el mundo está jalonado por intereses ajenos a lo local.

El presidente Uribe entendió que Pastrana es un peso pesado y por eso le mostró los dientes como lo hizo. Pero se equivocó porque mandó el hígado como punta de lanza y cometió dos errores. El primero es que terminó dándole la razón pues dejó ver que, en efecto, en Colombia hacer oposición puede ser un suicidio político. Y el segundo es que no midió que el Andrés de hoy no es el mismo de ayer y que este tiene la experiencia de la soledad después del poder, las ganas y la capacidad para hacer mucha política.

Uribe, al mejor estilo de José Alfredo Jiménez, le dejó claro a Pastrana que “la distancia entre los dos es cada día más grande”. Y por eso Andrés ahora deberá aceptar el reto y pasar del dicho al hecho. ¿Cómo? Es probable que lo haga alineando sus fichas para ajustar las cargas. Es decir, haciendo política. Entonces veremos nuevamente a un expresidente Pastrana en la arena de la cosa pública y ese es un espectáculo que desde hace tiempo se echa de menos. Las cartas en la política colombiana se volverán a barajar. Qué bueno, porque habrá un mano a mano en el que, sin duda, el gran beneficiado terminará siendo el país.

17 julio 2004

Los versos del capitán

Neruda cumplió 100 años de haber nacido y aquí se habló casi exclusivamente de sus poemas de amor. Es cierto que fue el poeta del corazón, pero también fue el de la política. Quizá sus letras en este último arte no llegan con tanta facilidad al espíritu como las que inspiraron sus musas, pero sí son parte de la historia de nuestro continente. Porque más allá del afecto el poeta trascendió las fronteras de su país políticamente. Con la misma facilidad con que podía escribir los versos más tristes una noche, evocó ardientemente la “América Insurrecta”. Y así como soltó el “carne, carne mía, mujer que amé y perdí”, disparó su “Pero si armas tus huestes Norteamérica… saldremos del surco para que la semilla golpee como un puño colombiano”.

El presidente Uribe recita los versos de amor de Neruda con gran conocimiento. Y como él mismo confiesa, eso se le oye a uno mejor con dos aguardientes en la cabeza. Pero el presidente no se los toma. Por el contrario, en lo consejos comunitarios se le ve siempre minucioso y trabajador. Algunos lo critican. Lo tildan de ser un hombre de micropolítica. Pero se equivocan. Porque basta mirar la iniciativa de la reelección para entender que Uribe sí sabe qué quiere. Y eso no es política pequeña. El primer mandatario no es un micropolítico sino un microadministrador.

El psiquiatra Kerry J. Sulkowicz, experto en administración, escribe en la revista Fast Company que “los microadministradores quieren siempre mantener el control, y delegarlo los pone ansiosos. Creen que sus habilidades no tienen comparación. Aunque esos jefes pueden darle una buena imagen a la actividad administrativa, su inseguridad opaca el desarrollo de sus empleados y en últimas es desmoralizante y mala para sus negocios”.

A Uribe no le es fácil delegar. Menos ahora que sin Fernando Londoño lleva casi un año con todo el trabajo al hombro. Ese no es el único problema. En los pasados 15 días Uribe ha entendido que Pedro Juan Moreno va en serio por la cabeza de varios funcionarios. Ya cayeron José Roberto Arango, el secretario Alberto Velásquez y se dice que le está llegando el turno a Fabio Echeverri. Pedro Juan ha hecho la oposición que no han hecho los partidos y está mostrando que en el gobierno no todo es color de rosa.

Uribe ha capoteado la cosa con éxito como si se tratara de movimientos normales en su equipo de trabajo. Mientras tanto, en Venezuela, se fajó. Trató a Chávez como a un gran amigo, firmó una carta de intención para construir un poliducto y soltó la perla de que ojalá los españoles no nos mandaran los tanques de guerra sino algo más útil. Esto último lo hizo porque sabe que con la llegada de Zapatero a la Moncloa el negocio se dañó. Pero lo importante es que dio el muletazo en Caracas que es donde mayor preocupación había.

Cuando Uribe deja de lado el espectáculo es un gran presidente. Maneja las crisis y muestra visión. Pero cuando lo agarra el bicho de la microadministración, a pesar de que se ve bien, le va mal. Está perfecto que el presidente siga evocando el sentimiento de Neruda dejando de lado su ideología que, al fin y al cabo, se quedó hace rato del Transmilenio de la historia. Pero ojalá que así como recuerda el amor de los marineros que besan y se van, también eche mano de los sueños de libertad y dignidad del poeta porque esos no caducan ni pierden vigencia.

Cuando Neruda recibió el Nóbel de literatura habló sin ideologías. Ahí no sólo fue un gran poeta sino también un gran político. Después de narrar brevemente algo de su tortuoso camino hacia el exilio, comentó: “De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común".

11 julio 2004

El muero en la cabeza

La situación mundial de estos días tiene una característica muy particular que parece sacada de épocas superadas. Se trata de una práctica repetida en varios países que consiste en que los gobernantes, para proteger a sus pueblos, se pasan por la faja postulados básicos de convivencia que han sido consagrados en constituciones y tratados.

Los ejemplos sobran. Estados Unidos manda la parada con la expedición de su Patriot Act y la teoría de la guerra preventiva. También está Israel con su política de desplazamiento forzada en la Franja de Gaza y con la construcción de su muro de seguridad en Cisjordania. Y Colombia no se queda atrás. Aquí tenemos nuestro estatuto antiterrorista y nuestra iniciativa por convertir el Estado en el gran hermano que todo lo ve, que todo lo juzga, que todo lo prohíbe.

No obstante, en estos momentos en que el mundo parece andar patas arriba en materia política, algunos comienzan a ponerle orden. El desmadre ha empezado a enderezarse gracias a la intervención de la rama judicial. La Corte Suprema de Estados Unidos dijo hace un par de semanas que los detenidos de la base militar de Guantánamo pueden acudir a los jueces norteamericanos para pedir que se les respete el debido proceso. Ya comenzaron las demandas y no pasará mucho tiempo antes de que los tribunales empiecen a ordenarle al gobierno de Bush que respete la ley.

En el caso de Israel la cosa es más reciente y sobre todo más contundente. La Corte internacional de Justicia de la Haya sentenció no sólo que el famoso muro en Cisjordania es ilegal y debe ser destruido, sino que obstaculiza la paz y el desarrollo social y económico de Palestina, país al cual se debe indemnizar. Es cierto que una cosa es que la Corte ordene y otra que su orden se cumpla. Pero el mensaje es muy claro: el ejercicio del poder tiene límites y traspasarlos tiene implicaciones.

En Colombia la cosa ha sido distinta. No sólo porque aquí las cortes no han intervenido todavía para moderar el poder del Estado, sino porque sufrimos de lo que los alemanes llaman Die Mauer im Kopf, es decir, “El muro en la cabeza”. Para ellos aunque el muro de Berlín es hoy sólo una cicatriz de baldosín que recorre la ciudad, en su mente todavía los divide. Y a nosotros nos pasa lo mismo. La diferencia es que nuestros muros mentales son el estrato, la desigualdad de oportunidades y más recientemente, el temor a opinar.

El primero es un fenómeno social y cultural que, afortunadamente, será vencido algún día por el desarrollo. Lo mismo pasa con el segundo. Pero el tercero es distinto porque ha sido creado con ladrillos de autocensura forjados por la polarización actual del país. Contra este muro se estrella cada día nuestra sociedad y esto nos impide hacer verdadera política, que es lo que precisamente genera ese desarrollo. Con pocas excepciones, los principales actores de nuestra dinámica social se enfrentan constantemente al dolor de su propio silencio.

La Corte constitucional, que entrará a estudiar el estatuto antiterrorista y las demás normas que estamos estrenando, no debe caer en lo mismo. Como órgano judicial no puede darse el lujo del temor a hablar. Los magistrados tienen dos opciones. La primera es jugar el juego de las razones de Estado que sacrifican la dignidad de la persona humana. Esta es una salida fácil: “¿Para dónde va Vicente? Para donde va la gente”. Pero hay una segunda y es echar mano de los ejemplos extranjeros y jugar el juego de la justicia y del derecho.

El muro en la cabeza, el del temor a hablar, es una realidad de la Colombia de hoy. Si la Corte constitucional lo derriba, si con postulados jurídicos sólidos logra romper esta barrera, habrá hecho mucho. Por lo menos, habrá abierto el camino para que el Estado pueda transitar tranquilamente por la vía de la libertad y para que vuelva el verdadero debate a la política.

04 julio 2004

El tango a ritmo de pasodoble

Esta semana dos hechos distintos reunieron al país en torno a causas comunes. El primero fue puramente político y tuvo lugar en el Salón rojo del Hotel Tequendama. El segundo fue deportivo y tuvo lugar en el estadio Palogrande de Manizales. En ambos eventos, sin distingo de colores, los colombianos se unieron a una sola voz. En el del hotel para exaltar la vida de Alfonso López Michelsen, uno de los hombres más importantes del país. Y en el del estadio para ver al Once Caldas coronarse campeón de la Copa Libertadores de América.

En el homenaje a López estuvo representada toda la nación. Gentes de todas nuestras razas, de todos nuestros pueblos llegaron hasta el Tequendama. El gobierno del Mandato claro cumplía 30 años y el exmandatario 91. En el recinto se respiró, se vivió, se saboreó una sola cosa: política. Porque el miércoles López, fiel a su tradición, hizo política. Política de esa que se hacía en los tiempos de Lleras y Ospina; de la que levantaba de sus sillas a los espectadores en las barras del Congreso. De esa que hacía latir los corazones de quienes seguían los debates por radio.

El exmandatario atendió atentamente a quienes lo precedieron en el uso de la palabra. Luego se levantó y se despachó un discurso improvisado en el que hizo gala de todo su repertorio intelectual. Recordó el pasado y sustentó sus posiciones del presente. Habló de su equipo de gobierno y de sus políticas públicas. Hizo planteamientos de derecho constitucional, defendió su propuesta de implantar un régimen parlamentario, atacó el sofisma de la guerra al terrorismo y no tuvo pelos en la lengua para reclamarle al gobierno un acuerdo humanitario.

López habló sobre el Estado y la libertad con una visión que desde hace rato se venía echando de menos. Lo hizo de una manera que no puede caer en saco roto. Impartió una lección de vida, de pasado, de presente y de futuro que debe ser tenida en cuenta por quienes hoy en día toman las decisiones en la vida pública.

Pero si en el Salón rojo hubo política de la buena, en el Palogrande hubo fútbol del mejor. Allí el Once Caldas derrotó al Boca Juniors y se convirtió en el segundo equipo colombiano en coronarse campeón de la Copa libertadores. Los jugadores criollos hicieron que, por noventa minutos, Manizales fuera la capital del país. La ciudad de la cultura, de la feria, de los hombres trabajadores y las mujeres sinceras y llenas de inteligencia, fue el escenario de un verdadero momento de gloria.

Colombia entera se volvió hincha del Once Caldas la semana pasada. No es difícil adivinar que hasta los seguidores del Pereira, que vitoreaban al Boca por la rivalidad entre los equipos cafeteros, en el fondo tenían el corazón en Manizales. Porque cómo no tenerlo. Porque cómo no estar con el equipo blanco, con los cafetales, con la torre del cable, con el paisaje de los nevados imponentes visto desde los cerros de la Alhambra. Ellos fueron los artífices y los testigos silenciosos de esta alegría de todo el país.

La copa para el Once es la copa para Colombia. Este es un gran paso no sólo en nuestra historia deportiva sino en nuestra historia patria. Porque lo del jueves por la noche fue más que deporte. Fue más que fútbol. Fue el equipo modesto contra el encopetado invencible. Fue una vez más Colombia entera contra la tradición. Fueron Aguadas, Belarcázar, Chinchiná, Río Sucio, Villa María contra Buenos Aires. Fue la magia en cada jugada. Fue la voz de todos en cada atajada y en cada gol.

Cómo negarlo, cómo no decirlo, esta vez fue el tango a ritmo de pasodoble: “Mi Manizales querido, cuando yo te vuelva a ver… no habrá más penas ni olvido”.