28 mayo 2005

¿Perestroika azul?

viernes Carlos Holguín Sardi dejó entrever que el candidato del Partido conservador a la presidencia sería Álvaro Uribe y que sólo si se caía la reelección esa colectividad pensaría en tener candidato propio. Aunque desde el punto de vista práctico la idea tiene sentido, desde el punto de vista democrático eso es algo que, a toda costa, se debe evitar.

El Partido conservador le debe mucho a Carlos Holguín. El asumió la presidencia con la colectividad moribunda y en lugar de ponerle los santos óleos para verla morir, la resucitó. Esto lo hizo con lo que tenía a la mano y lo hizo bien. Apeló a la doctrina y se subió en la ola ideológica del momento. Así pudo aliarse con el gobierno y oxigenar el partido.

Ese matrimonio no fue un simple contrato burocrático sino un verdadero acuerdo programático sobre la base de una línea de acción conjunta. Con el uribismo mandando el partido conservador se metió, desde el punto de vista ideológico y fáctico, en el poder.

Hasta ahí todo bien. Pero la cosa dejó de tener sentido cuando al presidente le dio por la reelección. En este momento el conservatismo, fiel a sus postulados, ha debido salir a defender la institucionalidad. Esa era la oportunidad de oro para demostrarle a los críticos y a los incrédulos que sí hay valores democráticos y sociales qué conservar. Pero no. Los azules prefirieron quedarse con los puestos y botaron por la borda su doctrina.

Y la cosa no paró ahí. Para justificar su posición, el conservatismo decidió sacrificar su vocación de poder. La pregunta que se hicieron los conservadores fue ¿para qué candidato propio si ahí está Uribe? Y no fueron capaces de contestarse. Ni en la historia, ni en la conciencia, ni en la teoría política pudieron ver la respuesta que saltaba ante sus ojos: que un partido necesita un candidato de la casa por principio, por dignidad y por el simple hecho de que su esencia le impone la obligación democrática de buscar el poder en cabeza propia.

Holguín insiste en que apoyar a Uribe es lo coherente. Pero su planteamiento se basa solamente en la ficción de la seguridad democrática. Como si en el tema de la guerra se agotara toda la doctrina; como si defender las instituciones no fuera una obligación de su colectividad; como si soñar con un país mejor fuera pura palabrería; como si disentir no fuera un derecho cuyo ejercicio hay que defender a cualquier precio.

Para Colombia los partidos son importantes porque, aquí como en todo el mundo, son el motor de la democracia. Pero están mal y tienen que organizarse. El Polo, nuevo en la lucha, está empezando. El liberalismo lo entendió y por eso tendrá jefe único y candidato elegido por consulta popular. Y el conservatismo, para no quedarse atrás, debería seguir el ejemplo con un sacudón; con una perestroika azul que lo modernice. De otra manera es difícil que pueda responderle a una sociedad cansada de los muertos y ávida de institucionalidad, de valores, de democracia y de justicia.

20 mayo 2005

La pócima venenosa

El jueves pasado el presidente se vino lanza en ristre, duro y parejo, contra los críticos de su gobierno. No quedó títere con cabeza. Tampoco dio nombres propios, pero desde expresidentes hasta exalcaldes de Bogotá, pasando por senadores, representantes, periodistas y medios de oposición, fueron blanco de sus palabras.

Algunos creen que a Uribe se le fueron las luces otra vez y que por eso se volvió a descontrolar. Que arrancó a hablar de sus logros y por la emoción, resultó lanzando dardos a diestra y siniestra. Otros, por el contrario, dicen que la cosa fue intencional y que con su discurso arrancó la campaña. Yo creo que en ambas teorías puede haber algo de razón.

La política es un juego de estrategia en el que hay que medir el qué, el cómo y el cuándo. Si se habla hay que pensar qué se dice, cómo se dice y cuándo se dice. Si se actúa, igual. Este es un arte en el que, incluso el silencio, debe ser pertinente. Por eso es cierto que aunque a Uribe se le vuela la piedra, y generalmente cuando le pasa se equivoca, también es cierto que es un buen político y que sus gritos enardecidos pudieron haber estado, en buena medida, calculados.

La razón es simple. La semana arrancó con unas encuestas en las que se mostraba un decaimiento de su popularidad y del reconocimiento de sus logros. Esto, que para un presidente es normal, para un candidato es muy grave. Y como Uribe antes que presidente es candidato, entendió que tenía que hacer un acto de campaña y no uno de gobierno. ¿Y qué mejor que despacharse un discurso veintejuliero lleno de referencias al terrorismo ante los soldaditos mutilados?

Se me puede argumentar en contra diciendo que el decaimiento en las encuestas realmente fue menor. Pero hay que tener en cuenta algo que los asesores de Palacio saben, que no le cuentan a todo el mundo y que es muy grave para las aspiraciones presidenciales-presidenciales: que aunque quienes están desaprobando la gestión son una minoría, son una minoría calificada entre la que cada vez hay más de la clase dirigente del país.

Dicho esto de otra manera, las encuestas muestran que quienes están contra Uribe no son muchos, pero que son machos y que son los que mandan. Esta es la verdadera preocupación y por eso el presidente está recurriendo a un viejo truco de la política bastante peligroso: la combinación de propaganda, polarización y populismo.

El problema es que la mezcla de estos tres factores acaba siendo siempre una pócima venenosa, aún más cuando se prepara desde el poder. ¿Por qué? Porque su costo es muy grande para la democracia. Es posible que con esta fórmula el candidato, en este caso el presidente, se mantenga en el poder y hasta salga reelegido. Pero a la gente le va mal. Los electores terminan siempre engañados, dolidos y divididos. Y el pueblo de Colombia ya está cansado de ser siempre el que paga los platos rotos.

14 mayo 2005

Flaco, cansado, ojeroso y sin ilusiones

No hay nada más parecido a la música popular que la política colombiana. Cada vez que aparece una canción pegajosa, el hit suena, se oye, se busca, y luego se olvida. La historia de nuestra política está llena de ejemplos así. Cada rato surgen movimientos, líderes, caciques, que cual golondrina tratan de hacer verano, pero que al final, luego de sonar, ganar y ser oídos, terminan en el olvido.

Estos hits pasajeros siempre han sido caudillistas. La Anapo fue fuerte mientras el general Rojas estuvo en la pomada del poder. Lo mismo el Nuevo Liberalismo con Galán y Salvación Nacional con Álvaro Gómez. Como la Lambada o el Carrapicho, sonaron, tuvieron éxito y luego, desaparecieron. Y por eso no se necesita una bola de cristal para adivinar qué le va a pasar al partido uribista que con tanto bombo y tanto platillo encabeza la lista de éxitos de esta semana.

La idea de aglutinar al uribismo en un partido no es nueva. ¿Quién no se acuerda de ese experimento llamado Nuevo Partido? O mejor, ¿quién se acuerda? Desde que el presidente asumió los uribistas no han hecho más que tratar de unirse y lo único que han logrado es dividirse. ¿Y por qué? Porque en el corazón del uribismo reina la envidia. Todos quieren ser caciques y todos quieren de ese ponqué la mejor tajada.

Uribe es presidente por una coyuntura particular de orden público que se presentó antes de la elección. Desde entonces buena parte de la clase política ha estado con él sólo porque tiene el poder, que a pesar del bombo de la seguridad democrática, es el de la nómina oficial.

Este nuevo ensayo de unión nació muerto. Vienen las elecciones y hay que hacer listas, pero nuevamente cada quién jala para su lado. Juan Manuel Santos quiere liderar la orquesta pero Vargas Lleras dice que el de los votos es él. Por eso, con pasión de gavilán y con razón, se opone a que le impongan un jefe. Por otro lado el partido conservador, que renunció a tener candidato propio (¡qué vergüenza!), hace lo mismo.

Con semejante despelote es comprensible que algunos se alejen. Rafael Pardo, serio, coherente, anunció que no bailaría ese sonsonete. Mientras tanto, el liberalismo avanza a paso firme. Juan Fernando Cristo, su presidente, le quitó ese olor a izquierda rencorosa fruto de la unión de Piedad Córdoba y Gómez Méndez y lo está convirtiendo verdadera opción. Además, hace oposición. Cada vez que Sabas o Santos defienden a Uribe, o que Holguín Sardi defiende el conservatismo, Cristo se bate como un león.

Mientras tanto no se sabe si habrá reelección, pero sí que sin ella el uribismo habrá sido flor de un solo día. Claro que si la Corte da luz verde la cosa será a otro precio. Porque entonces Uribe saldrá a medirse en las urnas y pasará una de dos cosas. Ganará y habrá más de lo mismo, o perderá y entonces, como pasó con el referendo y como dice la canción, el uribismo terminará “flaco, cansado, ojeroso y sin ilusiones”.

07 mayo 2005

Enredo mundial

La política mundial anda bastante enredada. El cinco de mayo hubo elecciones en el Reino Unido y otra vez ganaron los laboristas. Tony Blair, a pesar de haber sobreaguado con dificultado los dos últimos años, se llevó un triunfo que lo mandó a los libros de historia.

La victoria, sin embargo, no se le debe a Blair. Sus errores y mentiras lo tuvieron en la cuerda floja. Pero Blair sacó un as de la manga: su ministro de finanzas, Grodon Brown, el político más popular de Gran Bretaña. Juntos recorrieron el país dando cuenta de sus logros económicos. La cosa dio resultado pero dejó a Blair emproblemado. Su liderazgo está roto y es ahora el propio Brown el que lo tiene en la mira dentro de su partido.

Mientas tanto las aguas se movían duro en la Europa continental. En España el gobierno socialista se consolidó al cumplir hace un par de semanas un año en el poder. En su discurso de conmemoración Zapatero hizo un recuento sintetizando en una frase sus logros: "cuidar la economía, defender principios y establecer nuevos derechos sociales y ciudadanos". El Partido Popular reaccionó. Sacó un violento video sobre la manipulación socialista del 11-M y está haciendo una dura oposición. Por eso las cosas se van a poner muy buenas en la política de la Madre Patria.

Más al norte, los franceses se preparan para votar la constitución europea el 29 de este mes ante la mirada asustada de sus compañeros de continente. Cuando de apoyar popularmente las causas comunes se trata, la Republique pone a temblar a sus vecinos. En 1945 dio al traste con la Comunidad europea de defensa y luego, en 1992, casi hunde el tratado de Maastricht que le dio piso al Euro. Por eso ahora, con el referendo de la Eurocarta a la vuelta de la esquina, el fantasma de del “no” ya comenzó a rondar la mente de todos.

En el centro de Europa la cosa no está mejor. Alemania tiene cinco millones de desempleados y el gobierno de socialistas y ecologistas (rojo-verde), encabezado por Gerhard Schröder, parece tener los días contados. La unión de democristianos y socialcristianos (CDU-CSU) se va haciendo Land tras Land con el poder regional. Mientras tanto Schröder se defiende como puede. Se reconcilia con Bush, echa discursos y acaba de firmar con Putin un acuerdo para explotar conjuntamente el gas en Rusia. ¿Un tratado ruso-alemán? Europa, cautelosa, mira y recuerda.

En Italia también se cuecen habas. Berlusconi parece malabarista de semáforo bogotano. Ha tenido que ser firme en su acusación a los americanos de haber matado al agente Nicola Calipari en Bagdad y al mismo tiempo ha tenido que mantener sus tropas en Irak. Negocia con la derecha y se suaviza con la izquierda. Ya le prendió una vela a Dios y otra al diablo y por eso es probable que del golpe no lo salve ni la bendición de Benedicto 16.

Mientras tanto en los Estados Unidos las mujeres sacan la cara. La señora de Bush se burla de él en público (es la única en el mundo que puede hacerlo sin correr peligro) y Hillary y Condolezza sueñan con ser candidatas presidenciales. First ladies first. Y mientas tanto, en Colombia, todo sigue igual. La gente cada día más pobre, la guerra cada día más cruel, no hay partidos, no hay política y todavía, a estas alturas, seguimos sin saber si habrá reelección.