30 diciembre 2005

El Nuevo Centro

Este es el último análisis del año y es el momento en que los columnistas hacemos balances, resúmenes, damos premios y tiramos tomates. Las páginas están llenas de “Lo mejor de 2005”, “Los más destacados del año”, etc. Sin embargo, me voy a alejar de semejante tentación. La verdad es que si alguien se merece algún premio, son los lectores que, nuevamente, nos han aguantado pacientemente enfrentándose día a día a una realidad que, a pesar de tanta tinta utilizada, no cambia.

A lo largo de estos doce meses, algunos de ellos me han preguntado muchas cosas. He tratado de contestar siempre, pero hay una pregunta que se repite y a la cuál no he dado aún respuesta: ¿Usted es de izquierda o de derecha? Voy a aprovechar el final de año para dejar sentado el planteamiento que la responde.

En Colombia los partidos están divorciados de las ideologías y lo que aquí se entiende por conservatismo o liberalismo nada tiene que ver con lo que ocurre en el mundo. Este divorcio generó dos cosas nefastas. La primera es que el caudillismo se apoderó de la política y la segunda es que las colectividades se convirtieron en máquinas electorales que no responden a las necesidades de los ciudadanos.

Ante esa realidad, mientras no se den procesos que generen un aggiornamento de las ideas políticas locales al mundo contemporáneo, no vale la pena hacer ningún tipo de esfuerzo partidista. Dicho de otro modo, mientras conservadores y liberales sigan pensando como se pensaba hace un siglo, nuestros partidos seguirán teniendo una talla menos que nuestra sociedad.

En el mundo complejo de hoy, hay realidades producto de la madurez de la humanidad. Una primera es el Estado social, que parte de la realidad de la desigualdad y promueve la igualdad material. Otra es la necesidad de proteger la dignidad de la persona humana y evitar que el individuo se convierta en un medio del Estado. Y una tercera: La base de la sociedad es la libertad, que impone la necesidad de que las posturas no sean totales. En Colombia, sin embargo, algunos siguen pensando que estas son máximas ideológicas. Pero están equivocados. Se trata del simple desarrollo humano.

Con lo anterior claro, el siguiente paso es tratar de tener una postura frente a cada tema particular. Por ejemplo, no toda interrupción de un embarazo debe ser un delito. Una unión homosexual no daña la sociedad mientras que una adopción sí puede hacerlo. Cualquier política antidroga tiene componentes económicos y de salud pública. No se pueden imponer los valores por la fuerza, especialmente a grupos culturalmente diversos. La religión es una opción para todos, menos para el Estado. Los conflictos se solucionan hablando. La libertad implica una responsabilidad personal y colectiva.

Las posiciones totales no son para los tiempos actuales en los que la diversidad se ha impuesto como parte de la condición humana. Menos aún en Colombia, en donde esa diversidad hace parte de la riqueza nacional. Culturalmente nos expresamos de mil formas. Políticamente, lástima, nos expresamos de manera muy anacrónica. Sin embargo, interpretar la realidad en cada caso es una opción. Muestra que no todo es blanco o negro. Muestra que hay un centro. Un nuevo centro. Feliz 2006.

23 diciembre 2005

¿Por qué va a perder Uribe?

Desde que las encuestas entraron al mundo de la política todo cambió. Los resultados que antes se veían al final de los conteos empezaron a ser relativamente predecibles aplicando técnicas matemáticas y porcentajes. Pero ojo: estos sondeos no sólo fallan a veces, sino que en algunos casos generan dinámicas que pueden llevar a quien vaya encabezando las preferencias a una derrota. Esto es, precisamente, lo que tiene preocupado a Álvaro Uribe.

Existen un fenómeno que, en el caso del presidente, lo puede dejar sin un nuevo cuatrenio y que consiste en que cuando un candidato tiene unos porcentajes muy altos en las encuestas, las variaciones que se presentan en las cifras son siempre hacia abajo. Cuando esto sucede, el candidato entra en una carrera contra el tiempo. Ejemplos se han visto aquí y afuera.

El ejemplo local por excelencia fue la elección del propio Uribe. Horacio Serpa, quien parecía imbatible, terminó mordiendo el polvo por este fenómeno. Luego vino la elección por la Alcaldía de Bogotá. Juan Lozano tenía todo a su favor cuando Lucho empezó a quitarle puntos. Al final, Lozano rezaba para que llegara el día de las elecciones. Pero se demoró. Su variación porcentual fue siempre fue hacia abajo y terminó derrotado.

El mejor ejemplo externo es el de la reciente elección en Alemania. Las encuestas indicaban que Angela Merckel destrozaría a Gerhard Schröder y al final su porcentaje empezó a bajar a tal velocidad, que una semana más de campaña la habría derrotado.

Lo anterior en el plano de las elecciones presidenciales que se avecinan tiene una connotación muy importante. Uribe lleva cuatro años en campaña con todos los recursos a su disposición y tiene el 70% de preferencia. Sin embargo, ninguno de sus contendores ha empezado a hacer campaña. Cuando comiencen sus porcentajes empezarán a subir y el de Uribe, a bajar. Será una carrera contra reloj.

El tiempo no alcanza para que Uribe baje tanto como para que alguien lo sobrepase. Además, el porcentaje restante se dividirá entre varios aspirantes. Pero ese mismo tiempo sí va a alcanzar para reducir la votación del presidente a menos del 50%. Si esto sucede, terminará perdiendo por una sencilla razón: tendrá que enfrentarse en segunda vuelta a quien quede de segundo y ese candidato, sin importar su nombre, unirá en torno a él al país que no quiere que haya segunda parte de la película uribista.

Bueno, tolo lo anterior es un análisis que no incluye la influencia que el tema de la paz y de la guerra tiene en la política colombiana. Porque si se le agrega ese componente que, dicho sea de paso es el que puso a Pastrana y a Uribe en Palacio, la cosa puede resultar aún peor.

La paradoja es que la batalla electoral de Uribe no será por quedar de primero, sino de ganar con el porcentaje necesario. Una batalla contra los números, como lo fue la del referendo. Lo dijeron entonces los medios: “A pesar de sacar más votos a favor, el presidente, molesto, se tomó unas gotas y dijo: ‘Lina, vámonos ya que esta vaina se perdió’".

17 diciembre 2005

El llanero solitario

En Colombia lo inusual, a fuerza de repetirse, termina pareciéndonos normal. Hay un gran ejemplo histórico. En buena parte del siglo pasado lo normal fue vivir en Estado de sitio que, por definición, era un estado de excepción. Y hay otro gran ejemplo actual. La sociedad se acostumbró tanto a los paramilitares, que en muchos casos se les considera algo simplemente normal.

Acostumbrarse a las situaciones excepcionales lleva a que, muchas veces, se descalifique a quien se atreve a llamar la atención sobre el hecho. Es precisamente lo que le ocurrió al expresidente César Gaviria al denunciar que hay listas uribistas al Congreso plagadas de paramilitares que aspiran a una curul.

Gaviria, uno de los pocos frenteros de los pesos pesados de la política actual, no ha tenido pelos en la lengua para hacer esta denuncia. Y le han llovido rayos y centellas. Lo grave es que esa lluvia no ha llegado desde las gargantas de los jefes políticos de las listas señaladas, que serían los naturalmente llamados a hacerlas. Han llegado desde el curubito del propio gobierno, en cabeza del vicepresidente.

¿Por qué sale el vicepresidente, un funcionario del Estado, a intervenir en un tema que es esencialmente político? El no está legitimado. Al fin y al cabo no se ha inscrito formalmente como candidato a nada. ¿Entonces?

Por otro lado, si ya es raro y sospechoso que Santos salga a defender a Uribe, más lo es la manera en que lo hace: descalificando en términos electorales el llamado de atención del jefe del liberalismo. Es probable que Gaviria al hacer la denuncia tenga una intención política. Pero es que no sólo tiene derecho a tenerla sino que su trabajo consiste en hacer política y evitar que se la hagan en contra a su partido, sobre todo, a punta ilegalidades.

Adicionalmente, hay que decir que la postura trasciende lo electoral. No es sólo grave en términos de votos para lo opositores de Uribe que el paramilitarismo incluya sus hombres en las listas que apoyan al presidente, sino que lo es para el país en términos de civilización. Esto, así a muchos les parezca normal o algo propio de nuestra política o nuestra cultura.

Gaviria ha puesto el dedo en la llaga gritando a los cuatro vientos que hay paras en listas uribistas y que el presidente debería tener una postura pública frente al tema y muy pocos lo han apoyado en el debate. ¿En dónde están los candidatos a la presidencia respaldando la evidente realidad de lo denunciado? ¿En dónde los medios o la sociedad?

El expresidente liberal, como parte de la oposición, se ha convertido en un llanero solitario en la lucha política de los grandes temas. Ha tenido la fuerza y la valentía para enfrentar el dedo juzgador del uribismo y cargar con la respectiva cuota de impopularidad. Mejor dicho, es el único que está actuando como verdadero candidato a la presidencia, sin serlo.

10 diciembre 2005

Vaivén humanitario

Los políticos, así sean presidentes, hacen política. Eso no tiene nada de inusual. Por eso a nadie le puede parecer raro que el presidente Uribe haya hecho política desde que se posesionó y más ahora que se volvió candidato. Pero, en palabras del filósofo de Buga, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Sí, porque una cosa es que cada acto del gobierno de Uribe tenga una intención electoral y otra muy diferente es que la política frente al secuestro se acomode a las malas para lograr réditos en las urnas.

La posición de Uribe frente al intercambio humanitario había sido clara desde que lo eligieron: No rotundo. El presidente, consecuente, incluso perdió amigos suyos en intentos de rescate que terminaron en tragedia. Pero al acercarse las elecciones, esa coherencia se ha ido perdiendo y el gobierno ha comenzado a revolver el río para ver qué pesca.

¿Cómo puede ser posible que a medida que se van acercando las elecciones comience Uribe a abrirse más y más a la posibilidad de un intercambio humanitario y a ir dejando de lado las exigencias que siempre mantuvo? Las explicaciones son todas electorales y se resumen en dos.

La primera es que así puede ayudar a mantener la ilusión. Los resultados de la política de seguridad son más mediáticos que reales y su supuesto éxito radica en que se han logrado crear burbujas dentro de las cuales las clases más favorecidas se sienten seguras; van a sus fincas escoltados por la fuerza pública o se mueven en zonas donde los paramilitares, que muchos han financiado, han creado una paz ficticia a punta de miedo.

Como por fuera de esas burbujas todo está igual o peor que antes y el gobierno lo sabe, la nueva postura es útil. Ahí, donde se siente y padece la guerra en toda su magnitud, donde se ve la realidad del asunto, hay que hablar de paz para atrapar votos.

La segunda explicación es que con el cambio de postura el presidente manda el mensaje de que el corazón grande sí existe. La impresión que se pretende dar es que Uribe es un presidente que ya no solamente reparte mercados, da dinero y ayudas e inaugura obras sino que ahora, además de todo eso, le extiende la mano a los secuestrados.

Se podría tratar de justificar esta actitud diciendo que Colombia es un país en el que la guerra juega un papel electoral y se podrían mencionar los casos de Andrés Pastrana y del propio Uribe, que ganaron por sus posturas frente al tema. Pero esos ejemplos no sirven porque ni Pastrana ni Uribe eran presidentes antes de que los eligieran ni venían implementando una política de Estado propia frente al asunto.

Ahora, sin embargo, la cosa es distinta. Uribe es presidente y candidato también y mientras como presidente juega a que ni habla ni hace el acuerdo, como candidato dice que con todo gusto. El problema es que en semejante vaivén de posiciones a los secuestrados se les pasan los días en el monte y se les va la vida minuto a minuto entre la manigua.

03 diciembre 2005

Sin trapo rojo

Tal vez la última elección presidencial en la que al Partido liberal le sirvió eso de agitar el trapo rojo fue aquella en la que ganó Virgilio Barco. El contrincante fue Álvaro Gómez y todos los fantasmas del sectarismo, propios de las épocas anteriores al Frente Nacional, fueron invocados para darle a Barco una amplísima victoria.

Desde entonces los presidentes han llegado a Palacio en virtud de factores diferentes del partidista. Gaviria ganó impulsado por el sentimiento que despertó el magnicidio de Galán, Samper, antes de los escándalos, porque representaba la democracia social, Pastrana por ser esperanza de paz y Uribe por ser esperanza de guerra.

Por lo anterior es que a muchos les sorprende que el expresidente Alfonso López, a sus años, se juegue para que el liberal vuelva a ser un partido de mayorías. Sin embargo, nadie debería rasgarse las vestiduras. Si algo está haciendo López es tener en cuenta los factores que, como está la política, se deben entender con prioridad.

Con el nuevo sistema electoral, lo importante son los partidos. No se trata de un llamado al sectarismo sino del uso del sentido común en la política. Las colectividades tradicionales tienen que echar mano de lo que está a su alcance para fortalecerse. Lo que pasa es que lo han hecho de manera muy diferente. Mientras el Partido conservador acudió al trueque de las genuflexiones por los puestos, el Partido liberal está acudiendo a la batalla electoral.

Esta elección de los liberales de dar la pelea en las urnas es un acierto. Sin embargo, su éxito se puede ver empañado por quienes ponen sus aspiraciones personales por encima de lo que más conviene al partido. El ejemplo más claro es Horacio Serpa. En él confluyen dos condiciones muy particulares: lo tiene todo para ganar la consulta interna del partido, pero también para perder la presidencia. Seguramente barrerá a sus oponentes en la elección interna del liberalismo, pero como hace cuatro años, Uribe lo molerá en la urnas.

Por eso la apuesta liberal debería ser otra. Con la fuerza que tiene, Serpa debería encabezar la lista del partido al Senado. Eso aseguraría un bloque parlamentario que le permitiría al liberalismo consolidarse. Por otro lado, la carta a la presidencia debería ser César Gaviria, uno de los pocos que en la Colombia extrema de hoy se atreve a cantarle la tabla al presidente Uribe. Su visión del Estado es amplia y no local y es la antítesis de la política al detal. Con él el liberalismo tendría una oportunidad de reconquistar la presidencia.

Lo anterior es el resultado del análisis frío. Pero la política, en la práctica, es todo menos fría. Por eso es muy probable que Serpa gane la candidatura y que al final no llegue a la segunda vuelta. En ese momento el liberalismo terminará apoyando a quien se enfrente a Uribe en definitiva. Como ahí todos se unirán contra el presidente, el resultado puede ser sorpresivo. Serpa derrotado se volverá a retirar para siempre, volverá a ser embajador y a los cuatro años querrá repetir como candidato. No lo logrará. ¿Por qué? Elemental: porque para ese momento el candidato será César Gaviria.