30 octubre 2004

Billetera mata galán

Tres hechos de esta semana le harían agua la boca a cualquier analista que tuviera que escribir de política. El primero es el destape de cartas del expresidente Gaviria frente a la reelección de Uribe, el segundo es la iniciativa de incorporar los paras al ejercito regular y el tercero es la propuesta del gobierno de liberar 15 guerrilleros a cambio de secuestrados como preámbulo de un acuerdo humanitario. Sin embargo, todos esos tópicos son peso pluma frente al tema de las elecciones del próximo martes en los Estado Unidos. Esto, porque a la larga (e incluso a la corta), todo lo que pase en el mundo de ahora en adelante dependerá en mayor o menor medida de lo que ocurra en esa gesta electoral.

Hay quienes opinan que independientemente de quién gane a Colombia le irá igual. Esta teoría es respetable pues la dinámica de la influencia americana sobre el país parece propia de cerebros que vienen desde los tiempos del segundo período presidencial de Bill Clinton. Basta recordar que fue durante la administración de este demócrata aficionado a los tabacos que se gestó el Plan Colombia. De allí surgieron los postulados que Bush siguió tanto en cooperación como en materia militar. Y Uribe heredó una política estadounidense frente al país que simplemente desarrolló con más ahínco dada su empatía con el presidente americano.

A pesar de lo anterior no se puede olvidar que la del próximo 2 de noviembre es una elección muy particular. Aunque en Washington exista una vía de acción muy concreta sobre el país, los americanos no elegirán esta vez simplemente el nombre de un nuevo timonel. Muy al contrario, lo que está sobre el tapete es una manera especifica de ver y entender el mundo, y bajo esta perspectiva, quienes creen que el resultado sí puede afectar a Colombia de manera mayor también pueden tener razón.

La concepción republicana del mundo de hoy se basa en la concepción del poder total y carece de una clara visión de estado. Es como si el pensamiento se mantuviera estático frente la capacidad innovadora de la mente humana. Los ejemplos sobran y para la muestra el par de botones de la investigación con células madre y el calificativo de "liberal" con el que Bush pretende descalificar a Kerry.

Por el contrario, la perspectiva demócrata es más abierta y tolerante y tiene como base la libertad. Claro, teniendo en cuenta que en los Estados unidos en materia de política y de libertad solo cuenta lo que se ubique del centro hacia la derecha.

Hay otra concepción de todo esto que no se apoya en hipótesis de teoría política sino en esa ley de la vida de que el que manda manda aunque mande mal y que el que pone la plata hace las reglas. Esto, que suena fuerte es, ante todo, realista. Basta ver la cruzada contra el terrorismo en la que se metió al mundo a punta de dólares para entender la cosa.

Ante esto hay quienes quieren mirar hacia Europa pensando que allí la historia permite una mayor comprensión de nuestra realidad. Que a los europeos de algo les tiene que haber servido la experiencia de tanto dolor y sufrimiento. Y claro que la apuesta es valida e incluso acertada desde la teoría. Pero los términos del mundo de hoy tienen que ver más con el poder que con el derecho y en términos de poder la realidad es sólo una y se llama Estados Unidos. Además, no se puede ser ingenuo y pasar por alto el hecho de que en la política contemporánea también se aplica la frase esa que a algunos molesta y a otros encanta y que consiste en que, nos guste o no, billetera mata galán.

23 octubre 2004

¿Demo... qué?

Fue en la Grecia antigua donde se presentaron las manifestaciones democráticas que después de siglos desembocaron en el sistema democrático constitucional que se supone ideal. Dentro de los ires y venires históricos de ese largo lapso están la propia decadencia griega, el surgimiento de Roma, el hundimiento del imperio, las invasiones bárbaras, la edad media, el renacimiento, la conformación de los Estados y las guerras mundiales que a la postre desembocaron en un orden mundial considerado hoy en día el embrión del globalizado mundo contemporáneo. Casi nada…

En la mitad de ese tejemaneje histórico quedaron en la lona los intentos por reemplazar la democracia. Nada funcionó y tal vez por eso es que hoy en día la teoría política ya no busca cambiar el sistema sino matizarlo para que sea más justo y equitativo. La democracia en el siglo XXI tiene tanto prestigio, es a tal punto protagonista de novela, que hasta se exporta. Para no ir más lejos, si la guerra de Irak no es un ejercicio para exportar democracia a cambio de petróleo, ¿entonces qué es?

Situando el tema en Colombia, mientras que muchos consideran al país como la democracia más antigua de Latinoamérica otros la ven como uno de los ejemplos más imperfectos de este sistema en el mundo. Y es posible que ambos grupos tengan razón. Los primeros por su visión histórica relativamente acertada (aunque para muchos de ellos el golpe de Estado de Rojas Pinilla fue un pecado venial y no un rompimiento del orden constitucional).Y los segundos porque ven la democracia colombiana como algo muy lindo en la teoría pero horrible en la práctica.

Eso de que tenemos la democracia más antigua de Latinoamérica es válido. Y aunque en tierra de ciegos el tuerto es rey, la teoría encuentra refuerzo en los ejercicios de participación democrática del siglo XX. Sin embargo, el cuento de que somos una democracia a media marcha también es real. No sólo por el nivel de miseria y desigualdad que se ve en cada esquina, sino por el desorden institucional y por la facilidad con que el gobierno rompe el equilibrio entre las ramas del poder público.

Para la muestra el botón de la aprobación el jueves pasado de la iniciativa de reelección de Uribe. El debate fue democrático y ganó la mayoría. Pero demostró que por más reformas que se le hayan hecho al sistema electoral para generar decisiones representativas y de bancada no se ha avanzado un ápice y que lo que el ejecutivo ha puesto de moda es la feria de los puestos y de las prebendas para hacer política.

Lo triste del episodio, más allá de si se está o no de acuerdo con la iniciativa, es la efectividad de la cruzada del gobierno para cuadrar los votos. Aunque el proyecto en primera vuelta fue aprobado con 18 votos, ahora pasó con 24. ¿Las razones? Algunos miembros de la comisión cambiaron de posición y suplentes de representantes que anteriormente habían votado negativamente ahora lo hicieron positivamente.

Esa explicación, válida desde el punto de vista de los números, resulta desastrosa desde el punto de vista de la democracia. Primero porque muestra que hay congresistas que prefieren el pájaro en mano de su patrimonio político personal al ciento volando de un orden constitucional serio y sin nombre propio. Y segundo porque es evidente que en Colombia no hay una coherencia política de posiciones ideológicas sino un simple juego de intereses electorales coyunturales.

Lo menos que se le puede pedir a una democracia seria es que los congresistas no cambien de posición dependiendo de qué les den y que los miembros de una lista tengan la misma postura frente a un tema de semejante trascendencia. Este es el mínimo acto de fidelidad de un partido con sus electores. Sin embargo, con el debate del jueves quedó claro que en Colombia eso es pura teoría. Lamentablemente en el país muchos han olvidado que en materia democrática pasa lo que con la mujer del César pero al revés: que no sólo hay que parecerlo, sino también serlo.

16 octubre 2004

Cuenta regresiva

Algunas semanas el análisis político debe recaer sobre un hecho individual que marca la vida pública en un momento específico. Esto sucede, por ejemplo, cuando una declaración presidencial tiene implicaciones en la dinámica democrática. El prototipo más claro es la zafada de Uribe en Miami contra el Eme y la tormenta que causó. En casos como este la declaración misma hace la política y por eso, frente al analista, se convierte en el objeto obligatorio de su análisis.

Otras veces la cosa es distinta. Cuando la política se pluraliza, en términos gramaticales, no es ya un solo hecho sino varios los que hay que analizar. El ejemplo claro es un gobierno tratando de que le aprueben una reforma tributaria y otra pensional mientras impulsa la reforma constitucional de su reelección. De repente ese gobierno se encuentra con que su bancada, al mejor estilo de La Monita, anda retrechera. ¿Y por qué? Porque está esperando su CVY (¿Cómo Voy Yo ahí?). En estos casos el ejercicio para el analista es más complejo porque el centro de atención es el efecto de múltiples variables sobre un mismo panorama.

Pero como la política tiene varias dimensiones, en otros casos el análisis debe darse sobre la situación general del momento. Es decir, sobre la coyuntura. El mejor ejemplo es la contienda electoral de los Estados Unidos. Nadie puede entender en qué andan Bush y Kerry hoy en día, sin tener una imagen clara de lo que está pasando internamente a nivel ideológico en ese país y a nivel geopolítico en el resto del mundo. Y cuando el ejercicio circunscribe a un país como el nuestro, los resultados son apasionantes. No sólo porque en Colombia todo es apasionante. Sino porque especialmente lo es la política.

El momento nacional de hoy es puramente transicional. Es parte de un proceso que se supone debe llevar al país a buen puerto. Las vías para llegar a ese destino las trazaron los candidatos en la campaña presidencial y la gente decidió que Uribe fuera el timonel. El problema es que no hay camino sin espinas y por eso, dentro de la pericia de todo buen capitán, tiene que estar el don de la maniobra. Sin embargo, por no maniobrar correctamente, la Colombia de hoy se está pareciendo cada vez más al Titanic.

Antes de zarpar, todo el mundo andaba feliz. Las banderas iban y venían, el ánimo era perfecto, el país se embarcaba en la aventura de la mano firme y el corazón grande. Las clases altas del barco, felices, oían su música, se tomaban sus vinos, bailaban y se alistaban para el viaje. Las clases medias confiaban en que sus ahorros los llevarían lejos, en que podrían darse sus gustos y en que podrían pasear en sus carros otra vez. Las clases bajas le apostaban a un buen viaje, apretados pero contentos, con la frente en alto y con la esperanza intacta.

Hoy, dos años después, el barco tambalea. Las clases altas han perdido la confianza en su timonel y lo ven como un gobernante pequeño y rabioso que piensa más en cómo quedarse en el poder que en gobernar. Las clases medias no logran entender en qué momento sus ahorros terminaron pagando tantos impuestos que suben, suben y suben. Y las clases bajas tienen hambre. Tienen mucha hambre.

El péndulo de la política se está devolviendo. Lo curioso es que no lo está haciendo con la velocidad uniforme y constante que enseña la física simple, sino con la rapidez de las vueltas de clasificación de las carreras de Juan Pablo Montoya. En Colombia parece que los acontecimientos estuvieran generando una nueva realidad; parece que estuviéramos en una cuenta regresiva hacia un destino que, Dios quiera, no sea el del Titanic.

09 octubre 2004

El efecto bumerán

Se dice que los australianos son los maestros del boomerang. Se supone que este artefacto tal y como se conoce usualmente, bien tiradito vuela y vuelve. Como tantas cosas. Menos gente sabe que los argentinos también dominan este deporte. Sin embargo, lo que nadie sabía es que en Colombia algunos tuvieran también esta afición, y menos que el propio presidente fuera su mejor exponente. Eso sí, con un detallito: que cuando Uribe lanza su boomerang verbal lo hace siempre para golpear a alguien y generalmente la cosa se devuelve y le da a él mismo en la cabeza.

Esto es precisamente lo que le pasó al insistir en que presentaría pruebas contundentes de que el M-19 le estaba cumpliendo un negocio a los narcos cuando se tomó el Palacio de Justicia. Uribe se equivocó de cabo a rabo porque las pruebas que presentó en realidad no dicen nada y porque alborotó un avispero que lo está picando y manchó el único ejemplo de paz real que Colombia tiene para mostrar.

Pero más allá de eso Uribe demostró que realmente algo le está pasando. Algunos creen que como es candidato se la pasa en campaña. Esto puede ser cierto pero no puede ser lo único. Por eso, para tratar de entender qué es lo que le está sucediendo al presidente, vale la pena analizar cuáles fueron sus errores y por qué pudo haberlos cometido.

El primero fue romper una regla de oro que sólo políticos muy hábiles se pueden brincar y que consiste en que, como dicen los gringos, la política termina en dónde empieza el mar. Una cosa es hacer política en el país, en dónde la ropa sucia se queda en casa, y otra es hacerla en el exterior. Allí los golpes dejan mal parado a todo el estado. Uribe no parece entender que por fuera de Colombia él no representa sólo a sus amigos sino a todos los colombianos.

El segundo error es que el presidente nunca ha entendido el poder del silencio. Por el contrario, ha institucionalizado un lenguaje con un aire entre general y profesor de colegio. En este nuevo léxico Colombia ya no es el país sino “la patria” y los periodistas en Palacio no son reporteros sino “muchachos”. Frente a ellos el presidente ya no da declaraciones sino que sienta cátedra y en los consejos comunitarios (versión colombiana del “Aló Presidente” de Hugo Chávez) el séquito obedece y con el corazón grande lleno de temor reverencial contesta siempre “sí presidente”.

El tercer error es que Uribe pretendió deslegitimar la oposición untándola de coca. De esa manera la polarización tendría un matiz distinto al enfrentar la campaña y la pelea ya no sería sólo entre buenos y malos, como en épocas de referendo, sino entre exguerrilleros seminarcos y gente de bien. Mal tema para un colombiano en los Estados Unidos y peor para un presidente en ejercicio.

El cuarto error es que Uribe tiene memoria selectiva. En la campaña anterior dijo que no le gustaba la reelección porque el gobierno podía ponerse a buscarla. Y ahora de presidente no sólo sí le gusta sino que puso al gobierno a buscarla. También se le olvidó que cuando fue senador propuso que el Congreso aprobara un segundo indulto para los miembros del M-19 que incluyera los delitos cometidos en el holocausto del Palacio de Justicia y que en eso tuvo éxito porque de ahí salió la ley de indulto que hoy aborrece.

Uribe no es australiano ni parece australiano. Tampoco es argentino aunque en ciertas cosas sí lo parece. Uribe es un colombiano aficionado a la política, a los caballos y más recientemente al boomerang. Claro que en esta última actividad va a tener que replantearse. Porque a este paso y con el bajón en las encuestas, antes de un año, el presidente puede haberse hecho él mismo un daño tan grande que cuando se apruebe la reelección, de pronto ahí sí tiene memoria y se acuerda que existe el sabio dicho popular de que, en la vida, en realidad, nadie sabe para quién trabaja.

02 octubre 2004

El poder del silencio

Luego de ver al presidente hablándole a un grupo de colombianos en Estados Unidos esta semana, es imposible no evocar el día en que derrotó a Horacio Serpa. Esa noche Uribe hizo planteamientos de Estado de manera razonada y tranquila, sin triunfalismos y sin agravios. Pero el contenido y la forma de ese discurso fueron flor de un sólo día.

Desde el día de su posesión el tono amable de Uribe fue adquiriendo cierto tufillo arrogante que se empezó a adornar con tozudas decisiones: estado de conmoción interior, impuesto de Seguridad Democrática, “Zonas especiales de rehabilitación”, Red de informantes y las recompensas para quien venda información.

Y del hecho se volvió al dicho. El presidente le pidió a la ONU cascos azules para enfrentar a la guerrilla. Obviamente la respuesta fue negativa. Pero Uribe, que no está acostumbrado a que le digan que no, empezó a buscarle la comba al palo. En Davos, Suiza, dijo que Colombia tenía una situación mucho peor que la de Irak y pidió una coalición militar internacional para combatir el terrorismo y el narcotráfico. Al final, lógicamente, nada pasó. ¿Pero qué tal si el epicentro de las noticias mundiales no fuera Falluyah sino Pereira? ¿O que Barrancabermeja le pertenecería hoy a los soldados que se asolean en Basora?

En septiembre de 2002 Uirbe dijo que las ONG eran patrocinadoras del terrorismo y al poco tiempo repitió la dosis. Sólo que esta vez anunció que investigaría unas 1300 ONG que actúan en el país. Después viajó a Europa. Allí quiso colgarle un carriel al papa y con la mayor ligereza hizo referencias a Hitler. Un tiempo después, ya en Colombia, llamó a una emisora para controvertir al senador Hector Elí Rojas en vivo, pero se le voló la piedra y terminó diciéndole mañoso. Tuvo que pedir perdón.

Cuando la Corte Constitucional tumbó el estatuto antiterrorista el presidente dejó ver su descontento aunque de manera más parca. Se pensó entonces que la cosa había cambiado. Sin embargo, Uribe volvió a mostrar su necesidad de ganar a toda costa cuando se lanzó a buscar la nulidad de la sentencian en un round que también va a perder.

El jueves de la semana pasada Uribe demostró que sigue siendo ligero al hablar. Frente al grupo de compatriotas dijo todo lo que un presidente no debe decir. Luego de saludar al Jet Set criollo que considera a Miami la ciudad más importante de Colombia, arremetió contra quienes piensan que en el país se están negociando cosas con los paramilitares de manera secreta. El escenario no fue el mejor y las palabras menos. En pocas frases el presidente descalificó el proceso de paz con el M-19 que terminó con la constitución de 1991 y creó un nexo entre el entonces grupo guerrillero y los narcotraficantes cuyas pruebas nadie ha podido encontrar. El primer mandatario alborotó innecesariamente un avispero que ha debido dejar quieto.

El pasado es pasado y aunque se debe aprender de la experiencia siempre es mejor no desenterrarlo. Especialmente si las susceptibilidades de ayer pueden convertirse en heridas de hoy. Además, siempre es mejor pensar antes de hablar, porque si no, al mejor estilo de las películas gringas de policías, lo que uno diga puede ser luego utilizado en su contra.

Se dice que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Y Uribe debería entender el poder del silencio. Dicho de otro modo, a estas alturas, el presidente ya debería saber que muchas veces, en la política como en la vida, es mejor no perder la oportunidad de quedarse uno callado.