21 febrero 2004

El acuerdo político: ¿tacada a tres bandas?

Colombia ha sido siempre tierra de acuerdos políticos. Basta recordar que la de hoy es una sociedad hija del Frente Nacional. Es más, para no ir tan lejos, cada uno de los últimos cuatro presidentes tuvo su propio experimento: Virgilio Barco trató de cuajar el “Acuerdo de la Casa de Nariño”, Gaviria plasmó su pacto en la Constitución del 91, Samper propuso su “Acuerdo de la Casa Republicana” y en época de Pastrana unas comisiones interinstitucionales buscaron consensos de reforma constitucional. Por eso no es extraño que Uribe haya firmado esta semana una carta de intención, como la han denominado algunos, para hacer un gran acuerdo nacional. Caben sin embargo un par de preguntas. ¿Para qué necesita el presidente el acuerdo si tiene el 80% de popularidad? ¿Acaso semejante apoyo no le alcanza para gobernar sin transar? Buscando la respuesta aparecen dos teorías. La primera, producto de la politología, puede llamarse la “Teoría del corazón grande”. Consiste en que el presidente es un hombre de Estado consciente de que los acuerdos son parte esencial de la política y de que quien no tiene la capacidad de dar, políticamente hablando, tampoco tiene la de gobernar. Por eso, a pesar de la popularidad, el gobierno en un acto de grandeza y patriotismo convoca a las fuerzas políticas a un gran acuerdo nacional para legislar sobre una agenda común y así sacarnos, de la mano del Congreso admirable, de la horrible noche.

La segunda teoría, producto de la Realpolitik, puede llamarse la “Teoría de las tres bandas”. Parte de la base de que, como se dice en buen paisa, “una cosa es la que piensa el burro y otra el que lo está enjalmando” y consiste en que el acuerdo político es una tacada a tres bandas propia de un profesional de las carambolas, que tendría ídem número de efectos políticos: el primero, que acabaría con la oposición. El segundo, que dejaría sin piso a Samper. Y el tercero, que 'uribizaría' casi definitivamente el conservatismo. La explicación es sencilla.

El primer efecto: la idea era acabar con la oposición poniéndole una camiseta uribista al liberalismo y al Polo democrático. Al fin y al cabo estos grupos cobraron duro su victoria contra el presidente y el referendo. La cosa, sin embargo, salió a medias porque los liberales firmaron el acuerdo pero el Polo se abstuvo. Y así, aunque se formalizó el baile entre el gobierno y el Partido liberal para esta legislatura y se oficializó el ya público distanciamiento entre los liberales y el Polo, Petro, Navarro y compañía seguirán siendo piedras en el zapato de Uribe.

El segundo efecto: con el partido liberal en el bolsillo el gobierno le serruchó el piso a Samper que tenía el encargo del oficialismo de buscar el acuerdo humanitario. ¿Pero por qué la pelea? Porque el gobierno buscó al expresidente para que le cuadrara la votación del CNE a favor del referendo y la cosa no se dio. Uribe, acostumbrado a no perder, se molestó. Entonces Fabio Echeverri se despachó contra los expresidentes, y Samper que no es manco, ripostó hablando de los negocios de los amigos de Uribe. Ahí fue Troya. El comisionado Restrepo se vino lanza en ristre contra Samper y López dejando de paso el acuerdo humanitario convertido en una simple ilusión. Y así están hoy las cosas: de un lado Samper y López enarbolando la bandera del canje y del otro el gobierno y sus amigos enranchados en que no se saldrán con la suya.

El tercer efecto: con el acuerdo político el uribismo dio otro paso para absorber al partido conservador. Este abrazo entre el gobierno y el conservatismo es cada vez más fuerte. Desde que se posesionó el presidente la colaboración y la identidad ideológica han sido de tal magnitud, que a mitad de semana parlamentarios conservadores le pidieron a Fernando Londoño Hoyos que ejerza otra vez de político y se vuelva el jefe de su partido. Londoño ni siquiera lo pensó. Inmediatamente dijo que sí y pidió una reunión en los próximos días con el pleno del directorio azul para ver cómo pintan las cosas.

Por último, hay quienes opinan que con el acuerdo el gobierno busca también aceitar la reelección. Que con semejante consenso en torno a los temas esenciales del Estado basta con presentar el proyecto acompañado de las firmas recogidas en la cliclovía, para que la iniciativa no tenga ningún problema. Sin embargo, lo más probable es que la cosa no sea así. Porque si la Teoría de las tres bandas resulta cierta, el acuerdo político terminará siendo una bomba de tiempo en las manos del gobierno. Como los afectados no se van a quedar quietos, el Polo se dedicará a hacer oposición, López y Samper se jugarán a fondo en favor del acuerdo humanitario y Pastrana no permitirá que Londoño se apodere de su partido. Cada quien moverá sus fichas en el tablero de la política para defender lo suyo con pies y manos. Y cuando se suelte la propuesta de la reelección en el Congreso todo el mundo puede llegar a pensar que detrás del acuerdo con el gobierno, lo que había era una jugada maestra propia de un gran tahúr de la política. Entonces los torpedos tendrán un sólo objetivo: Uribe. El pacto político será la primera víctima. Y la siguiente será la reelección.

La burbuja "pinchada"

un par de semanas, en su artículo titulado “Colombia: la reivindicación de la legitimidad” publicado en El País de Madrid, España, el presidente Uribe escribió que aquí no hay una guerra sino una amenaza terrorista financiada por el narcotráfico. Este planteamiento, recurrente en Uribe, ha sido la base de toda la acción de su gobierno. Sobre él se han edificado tanto las políticas internas –desde la de seguridad democrática hasta la de hacienda pública– como la política exterior. Basta recordar que las relaciones con el vecindario, con el gran hermano y hasta con la vieja y la nueva Europa, para usar la diferenciación que inventó Rumsfeld, se basan en el mismo postulado: aquí no hay guerra ni conflicto social; sólo hay terrorismo.

La frase suena bien. Es más, cala fuerte, especialmente en un escenario de polarización como el de estos días en que los “Halcones” (para seguir con la terminología política contemporánea) hacen y deshacen a su antojo en el mundo entero. Sin embargo, hay un problema: que no es cierta. Por más bonita que suene y por más efectiva que sea en materia de popularidad, la afirmación simplemente no corresponde a la realidad. Porque la verdad, monda y lironda, es que en Colombia sí hay un conflicto social que se ha expresado desde hace muchos años, muy lamentablemente, a través de la intolerancia ideológica y el alzamiento armado. Muchos han sido los intentos por acabar con él por la vía netamente militar. Pero precisamente por su componente político, arraigado en la sociedad por las heridas propias de la confrontación, es que hasta este momento ninguno ha resultado exitoso.

Fuera de la teoría de que no hay guerra sino terrorismo puro y simple, se ha generado otra que consiste en que en Colombia ‘el bien’ está ganando sobre ‘el mal’. Y la verdad es que aunque se ha golpeado a la guerrilla, fuertemente si se quiere, el repliegue táctico de la subversión es evidente. La calma en el frente de batalla se debe más a la estrategia del enemigo de hacerse invisible que a los éxitos militares. Por eso no es sólo calma lo que se respira, sino calma chicha. O dicho de otro modo, una cosa es ir ganando porque se está ganando y otra distinta es creer que se está ganando por tener un contrincante escondido.

No obstante, a pesar de la diferencia entre la realidad y estos planteamientos oficiales, a todo señor todo honor: Uribe ha logrado generar una ola de optimismo que ha reactivado nuestra vida en varios campos. Desde el económico, en el que ha habido un crecimiento importante del PIB, hasta el de seguridad, en el que la gente simplemente tiene la sensación de estar más segura. Esto es bueno y digno de aplauso. Nadie lo puede negar. Pero como parte de un planteamiento inexacto, ha tenido dos consecuencias muy graves. La primera es que ha generado para el Presidente una inmensa popularidad, hoy supuestamente cercana al 80%, que a la larga terminará siendo pura fantasía. Esto, porque se basa en lo que se quiere y no en lo que se tiene, o mejor, en las esperanzas y no en las realidades. Y la segunda, quizá más grave, es que nos ha puesto a muchos a vivir en una burbuja que nos ha alejado de lo que en realidad está sucediendo. ¿Y qué es lo que en realidad está sucediendo? Que la guerrilla sigue activa y tiene un inmenso poder de daño. Que los paramilitares están, por mucha desmovilización que se quiera, vivitos y coleando y también disparando. Que no existe una política de Estado para resolver el problema de los secuestrados. Que el país está quebrado y por eso mismo arrodillado. Que el gabinete no representa nada políticamente. Que sólo los ex presidentes están haciendo política. Que la oposición es débil. Que nos están llenando de impuestos. Que para Europa apenas existimos. Pero sobre todo, que nos seguimos matando.

La terrorífica incursión guerrillera en Neiva, que terminó en el secuestro de 4 personas y en la destitución de un general y la cúpula local del DAS, fue un aguijonazo que nos dejó esa burbuja pinchada. El propio presidente cayó en cuenta de esto y por eso rodaron las cabezas que rodaron. El problema es que esa reacción no fue la ideal. Porque ahora bastará con que la guerrilla le meta otro gol a un general para que éste sea retirado de las filas. Y eso no es justo con un ejército que día tras día le pone la cara y el pecho a una de las peores situaciones de orden público del mundo. Ojalá desde el Ejecutivo se mire con más detenimiento esta situación y de ser necesario se reconsidere la decisión de darle la baja a este miembro de las Fuerzas Armadas. Es dudoso que eso suceda porque Uribe a veces se casa con posiciones de principio que raramente son políticas, y que por lo tanto, le quitan capacidad de maniobra. Aún así, de la tragedia de Neiva hay que sacar lecciones. Una puede ser que, a pesar de las caravanas por las carreteras y del optimismo, no podemos perder de vista que, desafortunadamente, estamos en un país en guerra. Y otra, de pronto más importante, que en la política, como en la vida, actuar pensando simplemente con el deseo puede llevar a una tranquilidad temporal, que de pronto despierta entusiasmos, pero que tarde o temprano termina estrellándose contra la realidad.

15 febrero 2004

Política made in Colombia

semana todo el mundo hizo política colombiana por fuera del país: Uribe se lanzó a conquistar Europa. Pastrana lo acompañó. El parlamento europeo se dividió por cuenta nuestra. Berlusconi nos puso a comer pavo. Piedad Córdoba visitó a Koffi Annan. Ahora anda buscando al Dalai Lama. ¿Para qué? Nuestro embajador en México, Luis Ignacio Guzmán, se despachó contra el excanciller Fernández de Soto. El exmarido de Ingrid Betancur se hizo sentir con sus declaraciones en Le Monde. El canciller francés pidió excusas. Baltasar Garzón judicializó a Castaño. Y hasta el papa estuvo en la jugada. Se terció un carriel paisa y nos bendijo en español.

Todo el revuelo se dio por la idea del presidente de ponerle la cara, de una vez por todas, a quienes lo consideran un señor de la guerra y nada más. El de Uribe es un gesto valeroso que pretende mostrar las bondades de lo que ha sido hasta ahora el cuatrenio de la mano firme y el corazón grande. El problema es que los europeos, que han conocido el dolor de la confrontación más que nosotros, no se tranzan por el lenguaje coloquial y las promesas de unos tractores. Es decir, allí no hay Consejo comunitario que valga. Por eso el presidente, consciente de esto, decidió viajar de la mano de Pastrana, considerado en el viejo continente un hombre que le dio una oportunidad inmensa a la paz. Pero aún con Andrés las cosas no salieron tan bien como se esperaban. Es que no es fácil vender en Europa el argumento de que en Colombia existen problemas sociales que nada tienen que ver con la violencia. O el de que aquí no hay guerra sino actos de terror puros y simples. Por eso el viaje terminó siendo toda una montaña rusa diplomática. El presidente resultó hablando de Hitler, de que su lucha sólo acabará cuando “el creador” le quite la vida y hasta mandando callar a los periodistas cuando le preguntaron por su reelección.

Mientras tanto en el país las cosas siguieron su curso. Los uribistas se reunieron con Fabio Echeverri para impulsar la reelección. La idea es presentar un proyecto de reforma constitucional con la firma de todos los congresistas amigos del presidente para que, de entrada, el trámite legislativo esté aceitado en la Cámara y en el Senado. Y hay un plan B. Si por alguna razón la cosa no sale bien, entonces se volverá a presentar el proyecto pero esta vez mediante la iniciativa popular. Se trata es de materializar el 80% de popularidad y pasar de la encuesta a la firma y luego de la firma al voto. Pero a esta dinámica le pueden salir dos toros muy bravos que los uribistas tendrán que saber lidiar. El primero, que el Polo democrático y Piedad se vuelvan a jugar a fondo como lo hicieron con el referendo. El Polo ya anunció que no le jala al acuerdo nacional propuesto por el presidente a principios del año. Y puede que Piedad ya no presida el liberalismo, pero sin duda mantiene una inmensa influencia que en cualquier momento la puede volver a lanzar al estrellato. Si esta fórmula “PP” (Polo – Piedad) se vuelve a activar, el uribismo puede volver a morder el polvo.

El segundo toro que puede salirle a la iniciativa es que por ponerse a jugar con fuego, la reelección termine siendo aprobada pero con intervalo de un período presidencial. De hecho, esta es la fórmula que más les gusta a los conservadores. Y son ellos quienes tienen la bancada más ordenada y disciplinada del Congreso, y quienes, en buena parte, han sostenido la popularidad del presidente. Si esto ocurre, a los uribistas les habrá salido el tiro por la culata. Porque le habrán hecho un favor a Gaviria, a Samper y a Pastrana, y habrán dejado al presidente Uribe en fuera de juego por mínimo cuatro años.

Con este panorama la política está como para alquilar balcón. Y eso que aún no conocemos el efecto que tendrá a nivel local la disparada de Kerry en las primarias de Estados Unidos. Porque algún efecto tendrá. Al fin y al cabo Bush, como Uribe, quiere reelegirse. Y al fin y al cabo a Uribe le irá mejor con Bush que con Kerry. Habrá que ver. Por lo pronto, al embajador William Word le suena bastante eso de la reelección. La de Uribe. O por lo menos eso dijo. ¿Será que también le suena lo del partido uribista?

08 febrero 2004

Del 2004 para el 2006

En política hay momentos que definen el futuro. Se trata de puntos de quiebre que determinan el éxito o el fracaso a largo plazo. Esta semana el país fue testigo de dos de esos momentos. El primero, a nivel nacional, que consistió en la decisión del uribismo de armar un partido propio y conseguir la reelección presidencial. Y el segundo, a nivel local, que consistió en que el Polo democrático logró la mayoría absoluta en el Concejo para sacar adelante su programa de gobierno en Bogotá. Estos hechos abren el partidor de una carrera ideológica para el 2006. En ella los contendores son la nueva derecha, que quiere reelegir a Uribe, y la izquierda democrática, que quiere repetir a nivel nacional lo que Lucho consiguió a nivel local. Se inició para ambos grupos un proceso político bastante complejo en el que, si no miden bien lo que hacen, la cosa les puede salir mal a ellos y al país.

Luego de que Noemí planteó el tema en abstracto, Fabio Echeverri se dejó venir con la idea concreta de la reelección. Y la polémica se calentó. Se oyeron argumentos a favor y en contra. Por ejemplo, que una buena gestión de gobierno no se puede completar en cuatro años. O que no se puede legitimar la participación en política de los funcionarios ni la utilización electoral del erario público como sucedió en la campaña por el referendo. Todas estas voces tienen algo de razón. A pesar del debate público, hasta ahora todo está en el terreno de lo teórico y todavía no hay propuestas concretas. Sin embargo, como van las cosas, el gobierno puede terminar metiendo en el acuerdo nacional con las fuerzas políticas su iniciativa particular de reelección. Y eso sería un gran error. Una cosa es que haya gente en Palacio con ganas de repetir. Eso es legítimo como planteamiento político. Pero cosa distinta es que la reelección se incluya como punto clave del acuerdo entre partidos para sacar adelante el país. Esto último no es democrático y equivale a meter gato por liebre. Unir el destino de toda la sociedad al éxito de las aspiraciones electorales del uribismo es cerrar de plano las puertas de la discusión. A todo el mundo le iría mejor si se independizan los temas. Porque ya se demostró que Uribe no es invencible. Y si nuevamente le fallan los cálculos y se embolata la reelección, es mejor que la derrota sea sólo para él y no para todo el país.

Por otro lado, en el tema bogotano la coalición del Concejo le abrió una autopista al tránsito de las iniciativas del nuevo alcalde. Esto no puede ser un cheque en blanco para que Lucho haga y deshaga. Por el contrario, según el nuevo presidente del cabildo distrital, Bruno Díaz, habrá un control político verdadero. Hay dos garantías de que esto será así: la primera es que en el grupo mayoritario quedaron los conservadores, los liberales oficialistas y algunos independientes. Eso asegura un balance de poder bueno para la ciudad e incluso bueno para el alcalde. Y la segunda es que el Polo democrático no es un partido cohesionado sino la suma de varios grupos que tienen diferencias y deben llegar a consensos. De la manera como se comporte la coalición en el concejo dependerá en buena parte la gestión de Lucho. Y de la gestión de Lucho dependerá en buena parte el éxito del Polo en los años por venir.

Mientras todo esto ocurre los partidos tradicionales hacen su propio juego. Los conservadores quieren estar con Uribe pero no ser parte de su nuevo partido. También tienen algunas reservas frente a la reelección inmediata. Y los liberales no logran unirse. Ante esa situación, paradójicamente, ambas colectividades empiezan a mirar hacia sus expresidentes. El conservatismo quiere a Andrés Pastrana como jefe. Y el liberalismo espera lo mismo de Gaviria. Ellos, por lo pronto, no toman la decisión de lanzarse nuevamente a la política. Pero lo harán. La gran pregunta es si para ese momento la reelección presidencial será ya una realidad. Porque de ser así, es probable que no sólo Uribe quiera repetir. Y entonces se moverá mucho la política. Es que, como son las cosas en Colombia, la próxima campaña presidencial puede terminar siendo, quién lo creyera, una batalla entre ex presidentes.