26 agosto 2006

De Castaño a oscuro


Quienes pensaron que el proceso de paz con los paras estaba de un cacho deben ahora rascándose la cabeza. Si bien hace ocho días el presidente le dio un buen timonazo al encarcelar a los jefes de las AUC para que le pusieran seriedad al asunto y para generar credibilidad, la declaración de testigos del asesinato de Carlos Castaño por parte de su hermano parece estar enredándolo todo.

Sobre la muerte de Castaño fue más lo que se rumoró que lo que realmente se conoció o comprobó. El mismo Mancuso alcanzó a plantear la posibilidad de que se trataba de una cortina de humo para tapar su posible viaje a Estados Unidos a negociar y desaparecer del mundo paramilitar. Luego se le dio por muerto porque sí. Incluso sus amigas Eleonora y Rocío lo lloraron en televisión nacional. Pero el asunto nunca se miró desde la óptica judicial que, hoy en día, es la que lo tiene enredado.

Para la justicia el rumor y la política no pueden ser criterios de determinación por ser subjetivos. La ciencia penal es objetiva. De manera que o hay prueba de la muerte de Castaño o Castaño no está muerto sino desaparecido. Como dicen los abogados litigantes, lo que no existe en el proceso no existe en la vida. La obligación del fiscal es investigar y encontrar la verdad y la línea de investigación apunta a que fue Vicente Castaño quien ideó el crimen. Por eso tiene buscarlo sin preguntar y ponerlo a declarar.

Claro, acá es donde entra la complicación. Para Castaño no es tan fácil salir a decir ahora que cual acribilló a su hermano. Y menos que lo hizo por temor de que él le entregara a los Estados Unidos las rutas del narcotráfico, como se supone que pasó. Sin embargo, le va a tocar poner la cara y contar qué tuvo que ver con eso o, en su defecto, seguir huyendo con el consiguiente perjuicio para el proceso de paz.

Es acá dónde se verá para qué sirve la ley de justicia y paz, que en realidad es una ley de carácter político y no judicial. Esta norma puede ser vista a la vez como obstáculo y facilitadota del proceso de paz. Lo primero porque no faltará quién invoque el reino de la ley y el argumento de la impunidad para cortarle el cuello al proceso. Y lo segundo porque si los jefes paras, y en este caso Castaño, quieren encontrar una salida, les tocará acogerse a su texto y declarar.

Monoleche, quien se supone fue el gatillero en este homicidio, se entregó a la justicia hace unas horas y esa puede ser la clave para empezar a esclarecer el asunto. Porque la teoría de que Don Berna y Mancuso prepararon el asesinato de Castaño y luego obligaron a su hermano Vicente a ejecutarlo so pena de que le pasaría lo mismo, me parece ingenua. Las amenazas entre tigres no terminan sin mordiscos mutuos. Por eso no creo que haya sido así.

El proceso de paz está enredado y es posible que se enrede más. ¿Cómo destrabarlo? La respuesta está en la política. Porque en el arte de poder las decisiones siempre llegan a una instancia en la que la conveniencia general le gana a la norma. Por eso es que de los pactos de paz surgen las constituciones. Y en nuestro caso, esa puede terminar siendo la salida para que la paz finalmente se consolide. Porque de otro modo, las cosas en el proceso pueden seguir pasando de Castaño a oscuro.

18 agosto 2006

Gol de Uribe


La decisión presidencial de ponerle la mano a los jefes paras cogió por sorpresa a muchos. Cuando el país venía acostumbrado a que Mancuso y compañía se pasearan libres por el país teniendo órdenes de captura y hasta peticiones de extradición, que el gobierno haya decidido que deben estar en la cárcel es un verdadero acierto. Este cabezazo de Uribe tiene implicaciones en la sociedad, en la manera en que se percibe al país desde el exterior y hasta en el futuro del proceso de paz con la guerrilla.

Lo primero que hay que aclarar es que el presidente pudo tomar la decisión de que los jefes paras se fueran presos porque mediaban órdenes de captura contra ellos. No es que un presidente pueda elegir a quien encarcelar y a quien no. Lo que pasa es que, en este caso y por una ley especial, el presidente había podido suspender esas órdenes y lo que hizo simplemente fue volver a dejarlas en vigor.

Aclarado lo anterior, hay que analizar las consecuencias frente a la sociedad. Muchos colombianos veían que con los paras había más corazón grande que mano fuerte. Pero ahora la percepción cambia y se genera la de que acá no hay preferencias a la hora de aplicar la ley. Es un buen mensaje y por lo tanto con esto en gobierno sale ganando.

Las implicaciones también son positivas frente a la llamada “Comunidad internacional”, que en realidad equivale a los países europeos. Para ellos Uribe da un giro en su tratamiento a los paras. Ya no los deja por ahí rondando, haciendo y deshaciendo, sino que los mete en cintura. Se le da más claridad al proceso de paz y sobre todo, más seriedad.

Para el resto de la “comunidad internacional”, es decir, para los Estados Unidos, también se trata de un paso adelante. Ellos quieren a los paras en las cortes gringas y por eso prefieren verlos en cárceles colombianas que en sus fincas de Córdoba y Urabá. Tenerlos presos es el primer paso para que se los manden.

Y finalmente deben verse las implicaciones del carcelazo en el próximo proceso de paz con la guerrilla. La subversión ya sabe que si se compromete con Uribe a que pagará cárcel, terminarán pagando cárcel. Es decir, cualquiera sea el resultado del tire y afloje en la negociación con las Farc, lo que se acuerde, terminará siendo realidad.

Sí: gol de Uribe. Golazo. Pero queda en el aire el tema de la extradición que es el más difícil de abordar y el que mayores dolores de cabeza puede dar en el proceso con los paras y la guerrilla. Lo importante es que la extradición no se convierta en el as mágico en la manga del gobierno ni en la espada de Damocles sobre el cuello de los grupos ilegales que estén negociando.

¿Cómo manejar este tema? Vinculando al gobierno americano a la negociación como parte activa de ella. Que ponga y exponga, que tire y afloje, pero que se juegue en la mesa. Porque de otra manera y con la bendita seguridad jurídica tan débil de este país, o se le mete el diente al asunto con seriedad y con su doliente americano o seguiremos matándonos y tratando de acordar cosas cuyo cumplimiento, al final, realmente no depende de nosotros.

12 agosto 2006

El perro que muerde callado


Uno de los éxitos más grandes del cantautor cubano Faustino Oramas es “Cuidado con el perro que muerde callado”. La advertencia surge del adagio de que perro que ladra no muerde. Y es cierta. Porque una cosa es no pararle bolas a ladridos y aullidos cotidianos y otra distinta es gestar situaciones límite, en las cuales, se quiera o no y por más calladito que se sea, se va a terminar con un mordisco.

La cosa puede aplicarse a la reciente condena de los 144 militares que se apropiaron de los 40 mil millones de pesos que se encontraron en el 2003. Nadie discute que las decisiones judiciales deban cumplirse. Esa es la justicia. Pero en una sociedad civilizada las penas antes que nada deben ser resocializadoras y no ejemplarizantes ni vengativas. Y lo de imponerles a los soldados una pena igual y en muchos casos superior a la que se han impuesto a guerrilleros, paramilitares y delincuentes comunes, es verdaderamente escandaloso.

Desde el punto de vista jurídico, las teorías son varias. Que si se trataba de un tesoro, de una guaca, que si era dinero de la guerrilla, que si no lo era, en fin. Pero decir que era dinero del Estado colombiano y en ese hecho basar la condena es absurdo. No quiere decir que no haya delito. Pero ahí no hay peculado nunca.

Por otro lado, hay que tener en cuenta los factores sociales y culturales propios de la situación colombiana. Se trata de soldados que no entendían la diferencia entre un peso y un dólar. Es decir, su nivel de formación determinó en mucho su acción y eso es algo que hay que achacarle al Estado. Si se formara a los soldados de una manera integral seguramente todo habría sido distinto. Y se le suma el hecho de que estamos en una guerra salvaje y esos muchachos estaban poniéndole el pecho a las balas de las FARC, la pena ha debido ser distinta.

Lo anterior permite decir con claridad que la condena no es justa. No encaja en las proporciones que deben ser, de acuerdo a los valores jurídicos y al contexto en el que se presentaron los hechos. Me da la impresión de que en este caso volvimos a estar frente a un episodio de justicia mediática. El juez pensó más en las cámaras de televisión y menos en el deber ser de las cosas. Algo que pasa seguido y que desdice que la administración de justicia.

Este es un país en el que un muchacho en un pueblo alejado de un centro urbano se gradúa de bachiller con esfuerzo y luego, ante la falta de oportunidades y de trabajo, tiene tres opciones. O se regala para al ejército, o se mete a la guerrilla o se va donde los paras. Por eso los soldados condenados salieron del juicio y dijeron que más les habría valido entrar a la guerrilla o a las filas de las AUC que haberse dedicado a  defender la institucionalidad.

Cierto, los soldados cometieron un error, pero los están sometiendo a una situación límite, que si no se corrige, puede llevar a que terminen en las filas de la subversión o en las de los paras. Mejor dicho, por cuenta del espectáculo, pueden terminar como el perro de Faustino Oramas: mordiendo callados. Cuidado.

05 agosto 2006

Cuestión de pandebono


Me invitaron a ser jurado en el concurso de periodismo Alfonso Bonilla Aragón en Cali. Llegué hace un par de horas y me lancé a la calle. Caminar esta ciudad me gusta. Subí hasta la capilla de San Antonio a exorcizar viejos demonios. Está linda. Al salir, las escaleras me invitaron a sentarme en ellas y mirar la ciudad desde el cielo. Entendí que era un buen momento para escribir. Abrí mi computador y comencé esta columna.

Esta mañana explotó un carro bomba en El Vallado. Cuatro policías y un civil muertos. Es la bienvenida de la guerrilla al presidente que se posesiona el lunes, me dice doña Lola, una señora que vende champús por acá. Eso me hace reconcordar la posesión de Uribe cuando los rockets caseros alcanzaron a rozar Palacio. Y empiezo a ver que no pueden pasar otros cuatro años sin que las cosas se solucionen.

El presidente tiene adelante varios retos en materia de paz. El primero es el acuerdo humanitario. Mucho se ha hablado de él y ya es hora de concretarlo. Se equivocan los que piensan que es una debilidad del Estado. Incluso aquellos que creen que todavía puede solucionarse todo a punta de plomo deben entender su importancia. Al fin y al cabo y aunque suene paradójico, los actos humanitarios son parte de la guerra.

Los errores cometidos sobre este tema deberán ser tenidos en cuenta en esta nueva etapa. Deberán establecerse canales de comunicación que permitan definir las condiciones para el intercambio. La comunidad internacional será clave en esto. En Colombia la dinámica de la guerra ha cerrado las puertas. Pero otros países podrán reabrirlas prestando su diplomacia e incluso su territorio para los acercamientos.

El segundo gran reto de Uribe es que el intercambio no se convierta en el único objetivo ni en el único logro. Porque lo que realmente se necesita es la paz. Es cierto que el proceso puede ser largo pues las posiciones a conciliar son bastante opuestas. Además, están los temas del perdón, el olvido, la reparación, la extradición, etc, que son tan complejos. Pero no por su dificultad se puede perder de vista el objetivo final.

El tercer gran reto es la reconciliación entre los bandos del conflicto. Me refiero a los Estados Unidos, el Estado, los Paramilitares y la guerrilla. Si alguno se queda por fuera, el resultado estará pegado con babas. Además, sólo con la participación de todos se podrá abarcar con seriedad el tema fuerte y pesado del narcotráfico.

El desafío entonces no es pequeño. Pero Uribe tiene un gran capital político para gastar y parece estar dispuesto a jugarse. Y es comprensible. Al fin y al cabo ya pasó a la historia como el presidente de la reelección y el de la seguridad democrática. Ahora le falta ser también el presidente de la paz.

Cae la tarde en Cali. Termino mi columna. “Huele a caña, tabaco y brea”. Doña Lola me sirve otro champús. “P’a que no nos olvide”, me dice. Y yo le digo que no la olvido. Me despido. Y empiezo a pensar que tengo hambre y que, paradójicamente, ese problema se soluciona como se solucionaría nuestra guerra. Porque al fin y al cabo los grandes problemas sí pueden tener soluciones simples. Y como dice la canción, esto es cuestión de pandebono.