El anuncio del presidente de su voluntad de crear una zona de encuentro para llevar a cabo el Acuerdo humanitario es una buena noticia. Es un primer paso para que los secuestrados vuelvan a sus casas. Pero este es un país en el que las circunstancias, muchas veces, son esclavas de las palabras. Y por eso hay que estar atentos, para que del dicho al hecho, esta vez, no haya tanto trecho.
Afortunadamente la decisión política por parte del gobierno está tomada. Esto es lo más importantes porque, como dice el viejo adagio americano, cuando hay voluntad, hay manera de hacer las cosas (When there’sa wil, there’s a way). Pero esa manera de hacer las cosas no llega sola ni aparece por arte de magia. Hay que buscarla, toca inventársela. Y para eso se necesita insistencia, perseverancia y hasta terquedad.
En esta tarea aparecerán varios obstáculos que habrá que vencer. El primero es el de la desconfianza. Ninguna de las partes confía en la otra ni un poquito. Ambas sienten que les van a hacer conejo y en la guerra el conejo significa muerte. Por eso se requieren instituciones y personas de mutua confianza que posibiliten los acercamientos. En este punto es donde la comunidad internacional puede jugar un papel trascendental.
El segundo obstáculo implica darse cuenta de que no ganar, no significa necesariamente perder. Si se parte de la base de que tiene que haber vencedores y vencidos no se llega a ningún lado. De hecho, no puede haber acuerdos sin concesiones porque todo compromiso implica necesariamente ceder algo. Lo importante es entonces no sentir que, en la negociación, se tranza el ego. Porque cuando esto ocurre, el interés mutuo se deja de lado, lo reemplaza el personalismo y todo se daña.
El recuerdo puede ser el tercer gran obstáculo. El mal manejo que se le dio a la zona de despeje en el Caguán dejó un sabor amargo en la boca de todo el mundo y uno peor en la memoria. Sin embargo, toda experiencia, por más dura que sea, es aleccionadora. Y aprendida la lección debe echarse mano de lo positivo para avanzar y no de lo negativo para no hacerlo. Mejor dicho, las malas experiencias del Caguán no pueden convertirse en una excusa para hacerle el quite al intercambio.
El lenguaje también puede jugar en contra y convertirse en otro obstáculo del proceso. Si bien la política se hace en los medios de comunicación, en este caso la prudencia es la mejor consejera. Debería existir una sola voz autorizada del gobierno en todo lo que tenga que ver con la zona de encuentro. Si no lo es el alto comisionado, entonces que lo sea el ministro del interior. De lo contrario el tema del intercambio, que para los políticos es una vitrina sin igual, puede terminar yéndose al abismo por celos entre los demás funcionarios.
Si se logran vencer estos obstáculos, seguro se llega a buen puerto. Si se lograra el intercambio posteriormente se puede pensar en la reconciliación. Eso no es fácil, cierto, pero tampoco es tan difícil. Porque Uribe ya no tiene que demostrarle a nadie que es un hombre decidido y que él es el que manda en materia de guerra. Falta sólo que demuestre, como lo está empezando a hacer, que también es un hombre decidido y que él es el que manda en materia de paz.