30 diciembre 2004

2004: lo bueno, lo malo y lo feo

Por ser esta la última columna del año decidí romper algunas reglas que al escribir siempre trato de imponerme. Una es la de nunca hablar en primera persona (esa la acabo de destrozar). Otra es la de, por puro pudor, no echarle flores a este semanario, pero es que se las merece y mucho. Y una tercera es la de no hablar de colegas periodistas por más que metan la pata o den papaya. La excepción la hago ahora simplemente porque, ay Dios, cómo no hacerla.

Termina otro año convulsionado para nuestro pobre “paisito” (estos son tiempos de diminutivos) y vale la pena mencionar algunas de las cosas buenas, malas y feas de la política del 2004. Arranquemos:

DEL GOBIERNO
Lo bueno: Que ha logrado mantener cierto optimismo entre la gente.
Lo malo: Que le quedó inmensamente grande la legislatura.
Lo feo: El intercambio no humanitario: el de puestos por votos.

DE ALVARO URIBE
Lo bueno: Que todavía trabaja, trabaja y trabaja.
Lo malo: Que dejó de ser presidente para volverse candidato.
Lo feo: El “Pijama Party” de “Julián” en el Tequendama.

DE LOS MEDIOS
Lo bueno: El Siglo, Soho y El Espectador.
Lo malo: Que pocos se atreven a decir lo que en realidad piensan del gobierno.
Lo feo: La defensa de María Teresa Ronderos a Gómez Buendía en la W: lo dejó en ridículo, dio una imagen distorsionada de la redacción de SEMANA que no tenía velas en ese entierro y mostró que hay “dueños de la moral” que se creen intocables.

DE LOS URIBISTAS
Lo bueno: Las ganas de ser diferentes a los demás.
Lo malo: Que son totalmente iguales a los demás.
Lo feo: Que cada vez que tratan de unirse hacen el oso. ¿No hay cama p’a tanta gente? ¿O será que no hay gente p’a tanta cama?

DEL PARTIDO LIBERAL
Lo bueno: El valor de ponerle el pecho a la aplanadora.
Lo malo: La patria nueva de Turbay.
Lo feo: El activismo político-judicial de algunos de sus miembros.

DEL PARTIDO CONSERVADOR
Lo bueno: Que no todos se entregaron.
Lo malo: Que muchos se entregaron.
Lo feo: Que tres años antes de las elecciones renunció a tener candidato propio.

DEL POLO DEMOCRÁTICO
Lo bueno: Que demostró que para que Bogotá funcione no se requiere hacer show.
Lo malo: Que todavía le falta consolidarse como partido.
Lo feo: Que no ha dejado de ser un salpicón ideológico.

DEL CONGRESO
Lo bueno: Rafael Pardo.
Lo malo: La genuflexión de la mayoría.
Lo feo: La reelección…

“y mi ñapa…:”

DEL 2004
Lo bueno: Que se acabó.
Lo malo: Que muchos se fueron.
Lo feo: “Muy delicioso, deliciosísimo, muy delicioso”. ¡Qué horror!

Feliz 2005.

11 diciembre 2004

¿Corte de franela?

La política es un arte en el cual el resultado muchas veces se siente pero no siempre se ve. Como la música. En el juego del poder, sin embargo, no sólo se hilvanan emociones y sensaciones sino también hechos. Y por eso las decisiones de un gobernante, al contrario de las del intérprete o las del compositor, pueden mandar a una nación directo al cielo o al infierno. El mejor ejemplo es Colombia.

La extradición de Rodríguez Orejuela se llevó toda la atención de estos días. Sin embargo, lo fundamental para la política es y seguirá siendo la aprobación de la reelección. De hecho, el pacto entre Gobierno y Congreso para aprobarla dejó sobre el tapete varios aspectos que merecen una reflexión: el primero es el trueque en el que primó el interés personal. El presidente puso por delante sus ganas de quedarse y los congresistas las suyas de oxigenarse con burocracia. Todos con un mismo interés: el poder. ¿Y el poder para qué? Elemental mi querido Watson: el poder para poder.

El segundo hecho de reflexión es la figura misma de la reelección. Se trata de algo no sólo ajeno a nuestra tradición política sino también a nuestro universo jurídico. Esta es una institución que, como van las cosas, terminará convertida en la fuente de un terrible autoritarismo, especialmente ahora que el gobierno dejó ahogar el estatuto de la oposición. Increíblemente el ejecutivo utilizó su varita mágica para que se aprobara la reelección pero a la hora de salvar el estatuto que le daba garantías a sus opositores, la guardó. ¿Por qué?

Por otra parte, es evidente que la reelección ha generado una mutación genética en la actividad del gobierno. Todos los actos del presidente se convirtieron en los de un candidato, lo que ha llevado a que la información oficial se vuelva propaganda. Cuando esto le ocurre a un presidente sale a dar bandazos dependiendo de qué le indiquen las encuestas. Y para la muestra un par de botones: la nochecita de Julián en el Tequendama con francachela y comilona y el indulto gratis a 23 guerrilleros de las FARC hace 15 días. No es que el presidente esté mostrando el corazón grande. Lo que pasa es que está haciendo política, que es otra cosa.

El tercer elemento de reflexión es que el congreso tiene un poder constituyente derivado sometido a ciertos límites, que aunque no estén expresamente establecidos, son reales. Algunos sostienen que esto no es así porque en la Constitución dice que la Corte debe revisar exclusivamente la forma de los actos legislativos. Sin embargo, se olvidan que a la constitución la envuelve un conjunto de valores que son límites tácitos de reforma y que el Congreso no se puede brincar.

Vale un ejemplo: ¿Si el Congreso establece la pena de muerte la Corte debe aceptarla aún si el trámite se siguió al pie de la letra? Claro que no. ¿Por qué? Porque la interpretación constitucional debe apuntar siempre al respeto de los derechos humanos y el Congreso no puede desaparecer de un pupitrazo pasional toda la filosofía de vida del Estado social.

Por todo esto la Corte constitucional debe mirar no sólo la forma sino también el contenido de la reforma. Al mejor estilo del filósofo de Buga “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Y una cosa es que el Congreso reforme la constitución y la deje maquillada, más bonita o más fea, y otra cosa es que se le chupe el alma.

De nada valió la oposición ante el embrujo del poder. Al Partido liberal y al Polo no les alcanzó la fuerza para trancar la aplanadora. Por su parte, el partido conservador fue inferior a su compromiso de luchar por preservar lo esencial. Afortunadamente ahora llega el terreno de lo judicial y es el turno al bate de los magistrados. ¿Habrá Corte de franela?

20 noviembre 2004

Lo que viene es guayacán

En materias climática y política el país vive dos realidades totalmente distintas. Mientras que en el primer tema las lluvias no dan tregua y causan estragos, en el segundo se vive un duro verano. Medio país está ahogado por el desborde de las aguas de los ríos. Y mientras tanto la cosa pública está estática, seca, llena de pequeñeces. De los temas grandes de la política se ha caído en lo minúsculo. Ya no se habla del rumbo del país ni de sus destinos como nación, sino de la minucia. Ya no importa si habrá con qué financiar el año que llega, si más colombianos morirán en la guerra, sino que todo es propaganda. El tema ahora es si los guerrilleros arrepentidos pasan un par de noches en una suite del Hotel Tequendama por cuenta de la chequera presidencial.

Ante las inclemencias de la naturaleza hace falta el sol que evapore las aguas. Y a este paso es probable que toque esperar bastante. Por su parte, frente al verano político, hace falta algo que refresque el árido ambiente, pero al contrario de lo que ocurre con el clima, para que eso suceda no habrá que esperar mucho más. El viernes pasado volvió a Colombia Andrés Pastrana y los efectos de su regreso se sentirán fuertemente, principalmente en tres frentes.

El primero es en la situación del partido conservador. Esta colectividad está dividida entre quienes siguen decididamente a Pastrana y quienes han caído rendidos ante los coqueteos burocráticos de Uribe. Estos últimos le vienen bailando al presidente al ritmo que él les ponga. Uribe ya los midió y sabe que se tranzan por poco, incluso ahora que la popularidad del primer mandatario se desinfla, lo que supondría que las acciones de los conservadores uribistas deberían estar subiendo como espuma.

Pastrana reunirá a sus amigos y el efecto será uno sólo: los conservadores díscolos, esos que andan de la mano del gobierno celebrándole todas las gracias, deberán elegir entre quedarse en la fiesta ajena o cerrar filas en torno a su jefe natural. Lo deben estar pensando bien y lo ideal es que así sea, pues de tomar una decisión errada correrán el riesgo de permanecer en un barco que lentamente, y así termine el invierno, terminará haciendo agua tarde o temprano.

El segundo escenario en el que se verá el impacto por el regreso de Pastrana es el de la reelección. A la iniciativa le falta el último debate en la plenaria de la cámara de representantes y Andrés siempre ha dicho que no le jala el cambio de reglas a mitad de juego. Y como la mayoría la tiene el gobierno gracias a la participación conservadora en su bancada, el abrazo de Pastrana a sus copartidarios puede quemar el proyecto de reelección en la puerta del horno.

De no ocurrir lo anterior, todavía faltaría que la Corte Constitucional se pronunciara sobre la constitucionalidad de la reforma. Aunque la Corte no tiene fama de dejarse aceitar fácilmente por el gobierno (remember el referendo), la verdad es que “uno es macho pero ayudado”. Es decir, es probable que la simple presencia del expresidente en Colombia ayude a crear un mejor ambiente para que la Corte detenga los impulsos reformistas que pretenden devolvernos a la Constitución de 1886, con reelección inmediata incluida.

Por último está el escenario en que a la reelección le vaya bien en la Corte. Entonces habrá campaña presidencial con Uribe liderando la continuidad y los demás el cambio. Andrés jugará como líder de oposición. Es probable que avale a algún candidato conservador y que aglutine en torno a su nombre a algunos liberales. El Polo de pronto se acuerda que en la elección de Garzón a la alcaldía aprendió que la unión hace la fuerza y se suma a la causa antiuribista. Si todo esto llega a ocurrir se verá en Colombia algo muy interesante.

Es cierto que estamos aún lejos de las próximas elecciones presidenciales. Pero no sólo la campaña ya la empezó el presidente, sino que en la vida no hay plazo que no se cumpla. Además, en la política a veces suceden cosas que llevan a que se vuelva a barajar. La llegada de Andrés, que nadie lo dude, es una de esas cosas. Por eso, como dicen en la Costa, “agárrate loro viejo, que lo que viene es guayacán”.

13 noviembre 2004

Menudo contraste

Desde hace un par de semanas un hombre nacido en Egipto y al que sus padres llamaron Mohamed Abdel Rauf al-Qudwa al-Huseini agonizaba en un hospital de las afueras de París. Se trata del mismo hombre que sobrevivió a varios atentados contra su vida y hasta a la caída de un avión. Ese mismo que el 11 de noviembre pasado murió a los 75 años habiendo hecho historia en el mundo entero con el nombre de Yaser Arafat.

Luego de su muerte todos los analistas del conflicto palestino-israelí han hecho sus propias cábalas. Algunos sostienen que al pueblo palestino le sirve más un Arafat muerto y convertido en leyenda que un Arafat vivo simbolizando la resistencia. La teoría se apoya en dos hechos. El primero es la reciente actitud benévola del primer ministro de Israel, Ariel Sharon, hacia los palestinos. Y el segundo es que la dirigencia palestina que reemplazará a Arafat inspira suficiente respeto a las facciones armadas y al pueblo como para mantener bajo su mando a todos los palestinos.

Ambos elementos tienen sus contradicciones. El primero porque una cosa es una actitud y otra diferente un hecho. Y hasta ahora de actitudes de parte de Sharon se ha visto mucho, pero de hechos poco. En cuanto al segundo elemento, hay que tener en cuenta que Arafat siempre fue un hombre carismático y combativo de esos cuya vida tiene sentido en la medida en que exista el conflicto. Ahí radicó siempre su capacidad de congregación y por eso hay muchas dudas de que los nuevos líderes puedan mantener la unidad.

Esas dudas no son infundadas. Ruhi Fatuh, el hoy presidente de la Autoridad Nacional Palestina y quien deberá ejercer el cargo hasta la celebración de elecciones, era un verdadero “don nadie” en la política palestina. Sin embargo, de la noche a la mañana se convirtió en el sucesor legal de Arafat, cuando en marzo fue elegido presidente del Parlamento. No obstante es un hombre que se opuso muchas veces al líder desaparecido.

Quien tampoco la tendrá fácil es Mahmud Abbas, mejor conocido por su alias, Abú Mazen, recién elegido presidente del Comité Ejecutivo de la OLP. Sus malentendidos con Arafat lo llevaron a que renunciara al cargo de primer ministro en 2003. Además, es un hombre que ya ha tratado varias veces con los israelíes y que tiene fama en Jerusalén de no ceder fácilmente.

El caso del Primer Ministro Ahmed Qurei es también bastante particular. Fue uno de los hombres más cercanos a Arafat y de su mayor confianza, al punto de que en la práctica lo reemplazó varias veces cuando el líder fallecido estaba incapacitado. Qurei cuenta con la confianza de Israel, lo que lo convierte en el candidato ideal para reemplazar a su jefe. Sin embargo, le falta algo que le sobraba a Arafat y que es el sustento de todo político: el apoyo popular.

Estos hombres tienen en sus manos el futuro inmediato de Palestina hasta que se escoja un nuevo líder popular. Desde el punto de vista político, es probable que con la muerte de Arafat y la elección de un sucesor, se pase del liderazgo militar al liderazgo político, lo que constituye el comienzo de una vida democrática al interior de cualquier nación. Si esto ocurre, se habrá puesto la primera piedra de algo más sólido y menos sometido a los ires y venires de una guerra que ha dejado muchas cicatrices.

Mientras se enterraba a Arafat, el ejército norteamericano invadía la ciudad iraquí de Faluya. Aunque los americanos encontraron alguna resistencia y sufrieron varias bajas, consiguieron penetrar hasta el centro de la ciudad. Sin embargo no lograron el objetivo de capturar al clérigo chiíta Múqtada al Sáder que ahora se encuentra en algún otro punto de ese país, lo que hace suponer que la larga noche seguirá siendo negra en el país de ex dictador Saddam Hussein.

En Colombia la vida también seguía su curso. Carlos Holguín reconocía en la W Radio FM que el miércoles hubo un desayuno con la bancada conservadora para conversar de política. Al parecer, lo que en realidad se buscó fue meter en cintura a los conservadores que al mejor estilo de la famosa monita andaban retrecheros porque no quisieron darles la dirección del Instituto de Seguros Sociales. Menudo contraste. Una semana de pura y simple alta política en nuestro país. ¿No?

06 noviembre 2004

¿Un nuevo Bush?

A pesar de que el mundo entero tenía los dedos cruzados esperando que lo que parecía imposible desde el punto de vista lógico no sucediera en el campo político, de nada sirvió. Bush ganó y ganó bien. Y con esta victoria quedaron borradas definitivamente las dudas de su primera elección. Si bien en 2000 Bush perdió en las urnas y fue elegido presidente por los tribunales, esta vez sacó más votos y fue escogido por el pueblo.

Lo que hay que preguntarse ahora es ¿qué va a pasar? Podría pensarse que nada va a cambiar: que la guerra va a seguir igual en Iraq y en Colombia, y que todo va a seguir igual en el mundo. Sin embargo, el olfato de la política indica que la cosa puede variar; claro, no tanto porque no se pueda repetir en estos cuatro años de reinado mundial lo que hizo Bush en los primeros cuatro, porque en el juego del poder todo es posible desde el punto de vista fáctico, sino porque incluso el ala más recalcitrante de la derecha norteamericana entiende que, o se le da un timonazo a la política del universo o simplemente “apague y vámonos”.

Por lo anterior es que pueden esperarse muchos cambios del gobierno americano. Como bien lo dijo el propio Bush, se ganó un capital político y ahora le corresponde gastarlo. ¿Cómo? Fundamentalmente de dos maneras. La primera es cambiando la política (politics) y la segunda cambiando de políticas (policy). De ambas se va a ver mucho, no tanto en el tema interno, pues Bush tiene un plan para su país que seguirá al pie de la letra, sino hacia el exterior, pues ahí es donde está su Talón de Aquiles.

En el Medio Oriente la perspectiva de acción tiene que ser otra. Habrá un envolvimiento mayor de las tropas inglesas en el conflicto iraquí y un esfuerzo gringo descomunal en el plano de la diplomacia para lograr que baje la presión política por su guerra preventiva. Puede esperarse también una participación de algún organismo como la OTAN y unas elecciones de las cuales va a depender en buena parte la estabilidad de la región. Paradójicamente las elecciones presidenciales de Iraq serán para los iraquíes lo que las de Estados Unidos fueron para los americanos: una fuente de legitimidad política de sus respectivos gobiernos.

En el caso de Israel y Palestina es probable que con Arafat fuera de la escena y Sharon empujando hacia posiciones más laxas, Bush impulse decisivamente un proceso que permita avanzar hacia una convivencia pacífica. Puede venir el problema de dónde enterrar al líder histórico de la OLP, pero si el incidente se supera de alguna manera, habrá quedado sembrada la semilla de una nueva oportunidad de paz y será una nueva generación de judíos y palestinos los que se encarguen de volver realidad ese sueño.

El futuro del continente americano también sufrirá cambios. Con Uruguay estrenando presidente marca “Lulla Da Silva” todo es incierto para los Estados Unidos, que se concentrarán en Colombia para salvar la región. La política (policy) sobre nuestro país no va a cambiar. Seguirán llegando soldados y seguirá llegando plata para combatir a la guerrilla. ¿Entonces? El cambio estará en que Uribe habrá dejado de ser el aliado natural de Bush porque, entre otras cosas, estará muy diezmado por lo difícil que es lidiar con el potro brioso y adolescente que es nuestra sociedad.

Es probable que el Presidente sea buen domador de potros y buen administrador de fincas, pero es evidente que Colombia no es El Ubérrimo y que no todos los departamentos son Córdoba. Además, mucha gente ya parece haber entendido, entre esos Bush, que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. O dicho de otro modo, que una cosa es gobernar un país lleno de dificultades como el nuestro y otra bien diferente es pararse cada sábado frente a un grupo de gente necesitada y decirle a una señora de sombrero de la tercera fila: “¿que usted necesita una vaca? Ministro apunte y el lunes hágale llegar una vaca a la señora.”

30 octubre 2004

Billetera mata galán

Tres hechos de esta semana le harían agua la boca a cualquier analista que tuviera que escribir de política. El primero es el destape de cartas del expresidente Gaviria frente a la reelección de Uribe, el segundo es la iniciativa de incorporar los paras al ejercito regular y el tercero es la propuesta del gobierno de liberar 15 guerrilleros a cambio de secuestrados como preámbulo de un acuerdo humanitario. Sin embargo, todos esos tópicos son peso pluma frente al tema de las elecciones del próximo martes en los Estado Unidos. Esto, porque a la larga (e incluso a la corta), todo lo que pase en el mundo de ahora en adelante dependerá en mayor o menor medida de lo que ocurra en esa gesta electoral.

Hay quienes opinan que independientemente de quién gane a Colombia le irá igual. Esta teoría es respetable pues la dinámica de la influencia americana sobre el país parece propia de cerebros que vienen desde los tiempos del segundo período presidencial de Bill Clinton. Basta recordar que fue durante la administración de este demócrata aficionado a los tabacos que se gestó el Plan Colombia. De allí surgieron los postulados que Bush siguió tanto en cooperación como en materia militar. Y Uribe heredó una política estadounidense frente al país que simplemente desarrolló con más ahínco dada su empatía con el presidente americano.

A pesar de lo anterior no se puede olvidar que la del próximo 2 de noviembre es una elección muy particular. Aunque en Washington exista una vía de acción muy concreta sobre el país, los americanos no elegirán esta vez simplemente el nombre de un nuevo timonel. Muy al contrario, lo que está sobre el tapete es una manera especifica de ver y entender el mundo, y bajo esta perspectiva, quienes creen que el resultado sí puede afectar a Colombia de manera mayor también pueden tener razón.

La concepción republicana del mundo de hoy se basa en la concepción del poder total y carece de una clara visión de estado. Es como si el pensamiento se mantuviera estático frente la capacidad innovadora de la mente humana. Los ejemplos sobran y para la muestra el par de botones de la investigación con células madre y el calificativo de "liberal" con el que Bush pretende descalificar a Kerry.

Por el contrario, la perspectiva demócrata es más abierta y tolerante y tiene como base la libertad. Claro, teniendo en cuenta que en los Estados unidos en materia de política y de libertad solo cuenta lo que se ubique del centro hacia la derecha.

Hay otra concepción de todo esto que no se apoya en hipótesis de teoría política sino en esa ley de la vida de que el que manda manda aunque mande mal y que el que pone la plata hace las reglas. Esto, que suena fuerte es, ante todo, realista. Basta ver la cruzada contra el terrorismo en la que se metió al mundo a punta de dólares para entender la cosa.

Ante esto hay quienes quieren mirar hacia Europa pensando que allí la historia permite una mayor comprensión de nuestra realidad. Que a los europeos de algo les tiene que haber servido la experiencia de tanto dolor y sufrimiento. Y claro que la apuesta es valida e incluso acertada desde la teoría. Pero los términos del mundo de hoy tienen que ver más con el poder que con el derecho y en términos de poder la realidad es sólo una y se llama Estados Unidos. Además, no se puede ser ingenuo y pasar por alto el hecho de que en la política contemporánea también se aplica la frase esa que a algunos molesta y a otros encanta y que consiste en que, nos guste o no, billetera mata galán.

23 octubre 2004

¿Demo... qué?

Fue en la Grecia antigua donde se presentaron las manifestaciones democráticas que después de siglos desembocaron en el sistema democrático constitucional que se supone ideal. Dentro de los ires y venires históricos de ese largo lapso están la propia decadencia griega, el surgimiento de Roma, el hundimiento del imperio, las invasiones bárbaras, la edad media, el renacimiento, la conformación de los Estados y las guerras mundiales que a la postre desembocaron en un orden mundial considerado hoy en día el embrión del globalizado mundo contemporáneo. Casi nada…

En la mitad de ese tejemaneje histórico quedaron en la lona los intentos por reemplazar la democracia. Nada funcionó y tal vez por eso es que hoy en día la teoría política ya no busca cambiar el sistema sino matizarlo para que sea más justo y equitativo. La democracia en el siglo XXI tiene tanto prestigio, es a tal punto protagonista de novela, que hasta se exporta. Para no ir más lejos, si la guerra de Irak no es un ejercicio para exportar democracia a cambio de petróleo, ¿entonces qué es?

Situando el tema en Colombia, mientras que muchos consideran al país como la democracia más antigua de Latinoamérica otros la ven como uno de los ejemplos más imperfectos de este sistema en el mundo. Y es posible que ambos grupos tengan razón. Los primeros por su visión histórica relativamente acertada (aunque para muchos de ellos el golpe de Estado de Rojas Pinilla fue un pecado venial y no un rompimiento del orden constitucional).Y los segundos porque ven la democracia colombiana como algo muy lindo en la teoría pero horrible en la práctica.

Eso de que tenemos la democracia más antigua de Latinoamérica es válido. Y aunque en tierra de ciegos el tuerto es rey, la teoría encuentra refuerzo en los ejercicios de participación democrática del siglo XX. Sin embargo, el cuento de que somos una democracia a media marcha también es real. No sólo por el nivel de miseria y desigualdad que se ve en cada esquina, sino por el desorden institucional y por la facilidad con que el gobierno rompe el equilibrio entre las ramas del poder público.

Para la muestra el botón de la aprobación el jueves pasado de la iniciativa de reelección de Uribe. El debate fue democrático y ganó la mayoría. Pero demostró que por más reformas que se le hayan hecho al sistema electoral para generar decisiones representativas y de bancada no se ha avanzado un ápice y que lo que el ejecutivo ha puesto de moda es la feria de los puestos y de las prebendas para hacer política.

Lo triste del episodio, más allá de si se está o no de acuerdo con la iniciativa, es la efectividad de la cruzada del gobierno para cuadrar los votos. Aunque el proyecto en primera vuelta fue aprobado con 18 votos, ahora pasó con 24. ¿Las razones? Algunos miembros de la comisión cambiaron de posición y suplentes de representantes que anteriormente habían votado negativamente ahora lo hicieron positivamente.

Esa explicación, válida desde el punto de vista de los números, resulta desastrosa desde el punto de vista de la democracia. Primero porque muestra que hay congresistas que prefieren el pájaro en mano de su patrimonio político personal al ciento volando de un orden constitucional serio y sin nombre propio. Y segundo porque es evidente que en Colombia no hay una coherencia política de posiciones ideológicas sino un simple juego de intereses electorales coyunturales.

Lo menos que se le puede pedir a una democracia seria es que los congresistas no cambien de posición dependiendo de qué les den y que los miembros de una lista tengan la misma postura frente a un tema de semejante trascendencia. Este es el mínimo acto de fidelidad de un partido con sus electores. Sin embargo, con el debate del jueves quedó claro que en Colombia eso es pura teoría. Lamentablemente en el país muchos han olvidado que en materia democrática pasa lo que con la mujer del César pero al revés: que no sólo hay que parecerlo, sino también serlo.

16 octubre 2004

Cuenta regresiva

Algunas semanas el análisis político debe recaer sobre un hecho individual que marca la vida pública en un momento específico. Esto sucede, por ejemplo, cuando una declaración presidencial tiene implicaciones en la dinámica democrática. El prototipo más claro es la zafada de Uribe en Miami contra el Eme y la tormenta que causó. En casos como este la declaración misma hace la política y por eso, frente al analista, se convierte en el objeto obligatorio de su análisis.

Otras veces la cosa es distinta. Cuando la política se pluraliza, en términos gramaticales, no es ya un solo hecho sino varios los que hay que analizar. El ejemplo claro es un gobierno tratando de que le aprueben una reforma tributaria y otra pensional mientras impulsa la reforma constitucional de su reelección. De repente ese gobierno se encuentra con que su bancada, al mejor estilo de La Monita, anda retrechera. ¿Y por qué? Porque está esperando su CVY (¿Cómo Voy Yo ahí?). En estos casos el ejercicio para el analista es más complejo porque el centro de atención es el efecto de múltiples variables sobre un mismo panorama.

Pero como la política tiene varias dimensiones, en otros casos el análisis debe darse sobre la situación general del momento. Es decir, sobre la coyuntura. El mejor ejemplo es la contienda electoral de los Estados Unidos. Nadie puede entender en qué andan Bush y Kerry hoy en día, sin tener una imagen clara de lo que está pasando internamente a nivel ideológico en ese país y a nivel geopolítico en el resto del mundo. Y cuando el ejercicio circunscribe a un país como el nuestro, los resultados son apasionantes. No sólo porque en Colombia todo es apasionante. Sino porque especialmente lo es la política.

El momento nacional de hoy es puramente transicional. Es parte de un proceso que se supone debe llevar al país a buen puerto. Las vías para llegar a ese destino las trazaron los candidatos en la campaña presidencial y la gente decidió que Uribe fuera el timonel. El problema es que no hay camino sin espinas y por eso, dentro de la pericia de todo buen capitán, tiene que estar el don de la maniobra. Sin embargo, por no maniobrar correctamente, la Colombia de hoy se está pareciendo cada vez más al Titanic.

Antes de zarpar, todo el mundo andaba feliz. Las banderas iban y venían, el ánimo era perfecto, el país se embarcaba en la aventura de la mano firme y el corazón grande. Las clases altas del barco, felices, oían su música, se tomaban sus vinos, bailaban y se alistaban para el viaje. Las clases medias confiaban en que sus ahorros los llevarían lejos, en que podrían darse sus gustos y en que podrían pasear en sus carros otra vez. Las clases bajas le apostaban a un buen viaje, apretados pero contentos, con la frente en alto y con la esperanza intacta.

Hoy, dos años después, el barco tambalea. Las clases altas han perdido la confianza en su timonel y lo ven como un gobernante pequeño y rabioso que piensa más en cómo quedarse en el poder que en gobernar. Las clases medias no logran entender en qué momento sus ahorros terminaron pagando tantos impuestos que suben, suben y suben. Y las clases bajas tienen hambre. Tienen mucha hambre.

El péndulo de la política se está devolviendo. Lo curioso es que no lo está haciendo con la velocidad uniforme y constante que enseña la física simple, sino con la rapidez de las vueltas de clasificación de las carreras de Juan Pablo Montoya. En Colombia parece que los acontecimientos estuvieran generando una nueva realidad; parece que estuviéramos en una cuenta regresiva hacia un destino que, Dios quiera, no sea el del Titanic.

09 octubre 2004

El efecto bumerán

Se dice que los australianos son los maestros del boomerang. Se supone que este artefacto tal y como se conoce usualmente, bien tiradito vuela y vuelve. Como tantas cosas. Menos gente sabe que los argentinos también dominan este deporte. Sin embargo, lo que nadie sabía es que en Colombia algunos tuvieran también esta afición, y menos que el propio presidente fuera su mejor exponente. Eso sí, con un detallito: que cuando Uribe lanza su boomerang verbal lo hace siempre para golpear a alguien y generalmente la cosa se devuelve y le da a él mismo en la cabeza.

Esto es precisamente lo que le pasó al insistir en que presentaría pruebas contundentes de que el M-19 le estaba cumpliendo un negocio a los narcos cuando se tomó el Palacio de Justicia. Uribe se equivocó de cabo a rabo porque las pruebas que presentó en realidad no dicen nada y porque alborotó un avispero que lo está picando y manchó el único ejemplo de paz real que Colombia tiene para mostrar.

Pero más allá de eso Uribe demostró que realmente algo le está pasando. Algunos creen que como es candidato se la pasa en campaña. Esto puede ser cierto pero no puede ser lo único. Por eso, para tratar de entender qué es lo que le está sucediendo al presidente, vale la pena analizar cuáles fueron sus errores y por qué pudo haberlos cometido.

El primero fue romper una regla de oro que sólo políticos muy hábiles se pueden brincar y que consiste en que, como dicen los gringos, la política termina en dónde empieza el mar. Una cosa es hacer política en el país, en dónde la ropa sucia se queda en casa, y otra es hacerla en el exterior. Allí los golpes dejan mal parado a todo el estado. Uribe no parece entender que por fuera de Colombia él no representa sólo a sus amigos sino a todos los colombianos.

El segundo error es que el presidente nunca ha entendido el poder del silencio. Por el contrario, ha institucionalizado un lenguaje con un aire entre general y profesor de colegio. En este nuevo léxico Colombia ya no es el país sino “la patria” y los periodistas en Palacio no son reporteros sino “muchachos”. Frente a ellos el presidente ya no da declaraciones sino que sienta cátedra y en los consejos comunitarios (versión colombiana del “Aló Presidente” de Hugo Chávez) el séquito obedece y con el corazón grande lleno de temor reverencial contesta siempre “sí presidente”.

El tercer error es que Uribe pretendió deslegitimar la oposición untándola de coca. De esa manera la polarización tendría un matiz distinto al enfrentar la campaña y la pelea ya no sería sólo entre buenos y malos, como en épocas de referendo, sino entre exguerrilleros seminarcos y gente de bien. Mal tema para un colombiano en los Estados Unidos y peor para un presidente en ejercicio.

El cuarto error es que Uribe tiene memoria selectiva. En la campaña anterior dijo que no le gustaba la reelección porque el gobierno podía ponerse a buscarla. Y ahora de presidente no sólo sí le gusta sino que puso al gobierno a buscarla. También se le olvidó que cuando fue senador propuso que el Congreso aprobara un segundo indulto para los miembros del M-19 que incluyera los delitos cometidos en el holocausto del Palacio de Justicia y que en eso tuvo éxito porque de ahí salió la ley de indulto que hoy aborrece.

Uribe no es australiano ni parece australiano. Tampoco es argentino aunque en ciertas cosas sí lo parece. Uribe es un colombiano aficionado a la política, a los caballos y más recientemente al boomerang. Claro que en esta última actividad va a tener que replantearse. Porque a este paso y con el bajón en las encuestas, antes de un año, el presidente puede haberse hecho él mismo un daño tan grande que cuando se apruebe la reelección, de pronto ahí sí tiene memoria y se acuerda que existe el sabio dicho popular de que, en la vida, en realidad, nadie sabe para quién trabaja.

02 octubre 2004

El poder del silencio

Luego de ver al presidente hablándole a un grupo de colombianos en Estados Unidos esta semana, es imposible no evocar el día en que derrotó a Horacio Serpa. Esa noche Uribe hizo planteamientos de Estado de manera razonada y tranquila, sin triunfalismos y sin agravios. Pero el contenido y la forma de ese discurso fueron flor de un sólo día.

Desde el día de su posesión el tono amable de Uribe fue adquiriendo cierto tufillo arrogante que se empezó a adornar con tozudas decisiones: estado de conmoción interior, impuesto de Seguridad Democrática, “Zonas especiales de rehabilitación”, Red de informantes y las recompensas para quien venda información.

Y del hecho se volvió al dicho. El presidente le pidió a la ONU cascos azules para enfrentar a la guerrilla. Obviamente la respuesta fue negativa. Pero Uribe, que no está acostumbrado a que le digan que no, empezó a buscarle la comba al palo. En Davos, Suiza, dijo que Colombia tenía una situación mucho peor que la de Irak y pidió una coalición militar internacional para combatir el terrorismo y el narcotráfico. Al final, lógicamente, nada pasó. ¿Pero qué tal si el epicentro de las noticias mundiales no fuera Falluyah sino Pereira? ¿O que Barrancabermeja le pertenecería hoy a los soldados que se asolean en Basora?

En septiembre de 2002 Uirbe dijo que las ONG eran patrocinadoras del terrorismo y al poco tiempo repitió la dosis. Sólo que esta vez anunció que investigaría unas 1300 ONG que actúan en el país. Después viajó a Europa. Allí quiso colgarle un carriel al papa y con la mayor ligereza hizo referencias a Hitler. Un tiempo después, ya en Colombia, llamó a una emisora para controvertir al senador Hector Elí Rojas en vivo, pero se le voló la piedra y terminó diciéndole mañoso. Tuvo que pedir perdón.

Cuando la Corte Constitucional tumbó el estatuto antiterrorista el presidente dejó ver su descontento aunque de manera más parca. Se pensó entonces que la cosa había cambiado. Sin embargo, Uribe volvió a mostrar su necesidad de ganar a toda costa cuando se lanzó a buscar la nulidad de la sentencian en un round que también va a perder.

El jueves de la semana pasada Uribe demostró que sigue siendo ligero al hablar. Frente al grupo de compatriotas dijo todo lo que un presidente no debe decir. Luego de saludar al Jet Set criollo que considera a Miami la ciudad más importante de Colombia, arremetió contra quienes piensan que en el país se están negociando cosas con los paramilitares de manera secreta. El escenario no fue el mejor y las palabras menos. En pocas frases el presidente descalificó el proceso de paz con el M-19 que terminó con la constitución de 1991 y creó un nexo entre el entonces grupo guerrillero y los narcotraficantes cuyas pruebas nadie ha podido encontrar. El primer mandatario alborotó innecesariamente un avispero que ha debido dejar quieto.

El pasado es pasado y aunque se debe aprender de la experiencia siempre es mejor no desenterrarlo. Especialmente si las susceptibilidades de ayer pueden convertirse en heridas de hoy. Además, siempre es mejor pensar antes de hablar, porque si no, al mejor estilo de las películas gringas de policías, lo que uno diga puede ser luego utilizado en su contra.

Se dice que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Y Uribe debería entender el poder del silencio. Dicho de otro modo, a estas alturas, el presidente ya debería saber que muchas veces, en la política como en la vida, es mejor no perder la oportunidad de quedarse uno callado.

24 septiembre 2004

Azul claro

Inciblemente el partido conservador es hoy en día una ficha clave de la política en Colombia. ¿Quién lo iba a creer? El partido derrotado que no tuvo candidato propio en las pasadas elecciones presidenciales y que en los comicios locales apenas asomó la nariz en Bogotá, es hoy la niña consentida del gobierno. ¿Pero por qué?

Las razones son varias. La primera es que ideológicamente existe una afinidad entre los que mandan en la colectividad azul de hoy y el presidente Uribe. Las posturas del gobierno son de una derecha pura y simple, y eso les gusta a los dirigentes godos actuales. Sin embargo, lo que para algunos parece lógico, en realidad obedece a un desconocimiento doctrinario profundo. Dicho de otro modo, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Una cosa es un conservador consciente de la necesidad del aggiornamento ideológico permanente para conservar elementos esenciales de la convivencia pacífica y el desarrollo humano y otra cosa es un conservador que le rinde culto a la tradición porque sí, en franca contravía de la realidad. O dicho de otro modo, el conservador que no hace reingeniería política cada día, que no se revisa cotidianamente, termina convertido en un conservador del ayer.

La segunda razón es la coyuntura electoral. Alvaro Uribe quiere seguir siendo presidente y por eso necesita del partido azul. Tiene que lograr cambiar la constitución y luego que los conservadores apoyen su candidatura. Lo primero está a punto de lograrlo, aunque la última palabra la tiene la Corte Constitucional. Y lo segundo, puede pasar, aunque la decisión final la tiene la convención conservadora.

Como en política no hay almuerzo gratis, el partido conservador ha querido cobrar su apoyo en el congreso al proyecto uribista. Sin embargo ha puesto un precio bajito. Las ofertas han ido y venido, las pipetas de oxígeno de las nóminas públicas han bombeado, pero al final nada ha pasado. Esto por una simple razón: porque los conservadores se han entregado tentados por lentejas que, en muchos casos, ni siquiera existen. Quién lo iba a imaginar, el partido de Caro y Ospina se ha dejado tratar como el burro hambriento que sigue la zanahoria que cuelga del palo de un jinete sonriente.

Lo anterior ha llegado a extremos inimaginables. Inexplicablemente el hoy presidente de ese partido, Carlos Holguín Sardi, ha preferido declinar su aspiración presidencial de siempre para apoyar la reelección de Uribe. Es decir, el conservatismo oficialista no sólo avala sin pudor el cambio de reglas en mitad de juego, sino que prefiere la seguridad de los puestos de mando medio a la incertidumbre del resultado de la lucha electoral. Así se ha hipotecado la esencia de la lucha democrática de un partido que en la historia patria ha perdido varias veces, pero que siempre ha dado la pelea.

Sin embargo, las voces contra esta postura oficial del conservatismo están creciendo. Hay congresistas y dirigentes que ven la posibilidad de aprovechar la situación actual de la política para hacer planteamientos que rompan el hechizo y muestren vías distintas a las que presenta la polarización. Esto es comprensible si se entiende que se puede hacer una política que no busque únicamente contrarrestar los efectos de la popularidad del presidente, es decir que no sea de simple contención, sino que presente alternativas para lograr las cosas.

Es deseable y bueno para nuestra democracia que algo así se dé en Colombia. De hecho, esta es una de las pocas posibilidades para que las cartas de la política se vuelvan a barajar y para acabar de una vez por todas se termine con la razón de Estado del siglo XXI de que quien no es amigo es enemigo. Si esto sucediera cambiaría la política. Y ojalá suceda. Porque de lo contrario, la cosa seguirá igual y la contienda terminará siendo entre uribistas y no uribistas. Y ahí puede que gane alguno las elecciones, es cierto. Pero al final, otra vez, habrá perdido el país.

18 septiembre 2004

El campanazo

Escoger un solo tema de los últimos siete días para el análisis político implica dejar de lado otros que también hicieron noticia en este campo. Porque ah semana movida la pasada. La cosa empezó con Samper y su idea de hacer una colación antiuribista y terminó con la formalización de la candidatura presidencial de Peñalosa. Y en la mitad, como en botica, hubo de todo: el conservatismo se deleitó con su plato de lentejas, el procurador peló el cobre en el fallo contra Fernando Londoño, el gobierno anunció que pensar tendrá IVA y el director del DANE dejó su butaca porque en Palacio lo querían amordazar.

Todo fue político y todo hizo mover bastante al país. Sin embargo, el hecho de mayor relevancia no sólo presente sino futura, lo protagonizó una Colombia desconocida y condenada al ostracismo desde hace más de seis siglos; una nación sin voz que dijo “aquí estoy” y que emergió desde puntos remotos para mostrarse y hacerse oír. Esa parte del pueblo colombiano es la comunidad indígena.

La concentración llamada “Minga por la vida, la justicia, la alegría, la autonomía y la libertad de movilización”, reunió a casi 60 mil indígenas de más de 90 cabildos de los departamentos de Cauca, Nariño y Putumayo, que caminaron desde Santander de Quilichao en el departamento del Cauca, hasta Cali.

El primer motivo de la caminata fue oponerse a las reformas de la constitución de 1991 que tanto le gustan al gobierno. ¿Pero oponerse por qué? Porque en ese texto los indios lograron por primera vez en la historia patria alcanzar un status siempre merecido pero siempre olvidado. En Colombia existían leyes que asemejaba a los indios a los menores de edad, lo que afectaba sus derechos civiles y políticos. Era la época de la discriminación oficial, los días del Apartheid indígena que gracias a la última constituyente dejó de existir y que, por lo menos en la teoría, llevó a una situación distinta.

El segundo motivo de la marcha fue protestar contra acciones cometidas en desarrollo de la política de seguridad democrática. Los pobladores de los cabildos no han sido ajenos a los ataques de los alzados ni a la respuesta de la autoridad. ¿Cuántos indios han sido secuestrados? ¿Cuántos han caído en las detenciones masivas?

El tercer motivo de protesta es el TLC. Para los indios, el pueblo tiene que tener una participación directa en las decisiones del tratado, para lo cual se ha hablado incluso de someter a referendo el texto que finalmente sea negociado. Esto, pues las comunidades tienen una relación particular con la tierra y consideran que algunos puntos simplemente no pueden ser negociados.

Cuando se anunció la marcha al gobierno no le gustó. Claro, a ningún gobierno le gustan las marchas. Pero a este menos. Por eso el presidente dijo que la caminata no le olía bien, que tenía contenido político y que podría ser aprovechada por los terroristas para hacer de las suyas. ¿Contenido político? Pero claro. Protestar por el cambio de constitución es político. Y no hay nada de malo en que lo sea. Por otro lado, la marcha demostró que el fetiche del terrorismo volvió a ser una excusa en contra de la protesta social y que al final no pasó nada malo. Por el contrario, la marcha indígena fue el ejemplo perfecto de que una cosa es protestar, otra es oponerse, y una tercera es usar las armas para eso. Los indios, a pesar de sus diferencias ente si y con nosotros, nos dieron un ejemplo de convivencia solidaria y de unión.

Pero no solamente nos dieron eso, sino también algo más: un campanazo. Porque acaso contagiados por los ejemplos que otras comunidades indígenas han dado en distintas partes del continente, nuestros indios, nuestros hermanos, se hicieron sentir. La diferencia es que aquí lo hicieron para llamar la atención sobre algunas cosas. Es decir, se trató sólo de un aviso. Pero si no se atiende el problema indígena, si se sigue considerando que los integrantes de esas comunidades son algo marginal en la sociedad, si se les sigue considerando ciudadanos de tercera, puede haber muchas sorpresas. Basta mirar hacia Bolivia, Perú o Ecuador para entender el mensaje.

11 septiembre 2004

Huracanes

Los huracanes fueron los protagonistas de esta semana. Frances, un fenómeno natural poderoso, azotó durante unas treinta horas el estado americano de La Florida y arrasó con lo que encontró a su paso. Eso sí, dejó intactas las maquinas escrutadoras que en noviembre volverán a definir la elección presidencial gringa. Luego llegó Iván que remató la cosa. Aunque un poco menos fuerte, también pegó duro e incluso alcanzó a sentirse en Colombia. En la costa atlántica cayó agua por montones.

Hay otros huracanes que andan soplando fuerte. El primero es el huracán Piedad. Este es un fenómeno complejo, que por momentos castiga pero que después desaparece. Cada cierto tiempo entra en escena, hace ruido y luego se esconde. En realidad es el coletazo de otros fenómenos que también dejan destrucción a su paso. Piedad venía tratando de tiempo atrás de expulsar de su partido a 47 congresistas que andan de gancho con el gobierno. Empujó y empujó pero se quedó con los crespos hechos. Al final el liberalismo sólo le sacó tarjeta amarilla a los indisciplinados y apenas si resultaron mojaditos.

Otro huracán que silva a lo lejos es Horacio. Este fenómeno ha embestido un par de veces el país anteriormente pero en ambas ocasiones ha terminado estrellado contra el mismísimo aire luego de algunas manoletinas de diestros meteorólogos. Ole… La primera vez alcanzó a meter miedo pero al final no llegó. Y la segunda se diluyó antes de tocar las costas que pensaba alcanzar. Se supone que ahora viene recargado. Habrá que ver, porque a este paso puede terminar convertido en aguacero primaveral de esos que ponen bonitas las flores de mayo.

Ernesto es el nombre de otro huracán de estos días. Este sopla fuerte y con ganas. De hecho, frente a este, los dos anteriores son chubascos mañaneros. Con gran astucia Ernesto anda haciendo política, cerrando heridas, enfilando baterías hacia donde toca. No se trata de un ventarrón, no hay que equivocarse, sino de un fenómeno que tiene fuerza. Y si al final pasa la reelección, no hay duda de que tendrá mucho que ver en el juego del país.

El huracán Andrés también anuncia su presencia. Fenómeno este con capacidad de hacer muchas cosas. Bastó que dejara oír su voz para que el partido conservador temblara. Y también para que el gobierno se pusiera alerta y activara el toma y dame burocrático. Si este huracán pega, como parece que pegará, lo hará fuerte. Y entonces habrá una nueva política que se ubicará en la mitad de tanta polarización.

Entre tanto viento natural que viene y va, hay uno que se ha creado artificialmente. No tiene nombre de mujer y tampoco de hombre, pero sí una dinámica que puede, como los que tienen nombre de mujer o de hombre, mover el país. Se trata del aire reeleccionista. Su pecado está en que no consiste en algo estructurado y reflexionado a la luz del derecho del Estado, sino en un capricho coyuntural. Y un país puede tener toda clase de gobiernos: de izquierda, de derecha, fuertes, débiles, pero no puede pensar en vivir a punta de caprichos coyunturales.

En su manifestación más reciente este viento frío dejó viva la opción de que los alcaldes y los gobernadores hagan política y aspiren no sólo a ser reelegidos sino también a ser presidentes. Un huracán con un aire muy gringo este. Y hasta válido en algunas circunstancias. Sólo que en Colombia el mayor empleador es el sector público y en él los jefes son los presidentes, los gobernadores y los alcaldes. Así, esta iniciativa deja de ser un planteamiento de Estado y se convierte en el umbral de una gran fiesta política de francachela y comilona.

¿Más huracanes? Claro que los hay. Pero habrá que esperar a que empiecen a soplar para ver qué tan fuertes son. Por lo pronto, basta con los de esta semana, Francés e Iván, que bastante hicieron ya mover las cosas.

04 septiembre 2004

El nuevo chispero

La Corte constitucional tumbó el estatuto antiterrorista y con su decisión desató la ira de muchos. Al conocer la noticia el gobierno reviró duro. Como siempre que la Corte echa abajo una norma que se ha anunciado como milagrosa, el presidente dijo que acata la decisión pero que no la comparte. Esta es una fórmula para dejar a la Corte con el pecado y sin el género. Pero el que entiende de política sabe una cosa: que el pecado en realidad lo cometió el congreso que hizo la norma pasándose por la faja la constitución sólo para complacer al presidente.

El gobierno, sin embargo, no fue el que más duro habló. Otros amigos del estatuto (Q.E.P.D) se rasgaron las vestiduras. Algunos personalizaron la cosa y dijeron que los magistrados parecían vivir en un país en el que nunca ha habido una bomba; quienes opinan así no sólo le echan leña a un fuego que lejos de ser político es judicial, sino que acentúan la polarización y muestran un profundo desconocimiento sobre temas básicos del Estado.

Pero si la decisión entristeció a algunos, también complació a otros. El problema es que muchos de los que aplaudieron el fallo lo consideran una medalla olímpica de oro en la lucha contra las políticas del presidente. Pero pensar así es ganar con doping porque el planteamiento convierte a los magistrados en héroes de oposición y los desvirtúa como jueces. Y la verdad es que aunque héroes sí son, pues están defendiendo la Constitución de unos ataques nunca antes vistos, oposición no hay porque la decisión es el fruto de la función judicial de control constitucional bien ejercida y no de la política.

Según el presidente de la Corte la sentencia se funda en la violación del proceso legislativo. Siendo esto así, los argumentos de los uribistas quedan por el suelo porque el fallo nada tiene que ver con el fondo del asunto. Esto es lógico porque hay dudas sobre la capacidad de la Corte para estudiar el fondo de un acto legislativo y porque basta que existan vicios de forma para que no haya que mirar el contenido. Economía procesal se llama esto.

El gobierno, sin embargo, también tiene su dosis de responsabilidad. La presión sobre el Congreso es desmedida. Esto ha llevado a que todo se haga de afán y con mayorías escasas o de papel. Incluso, en ocasiones, el descaro ha sido el rey y por eso no es raro que haya sucedido lo que sucedió.

Y hay algo más. Aunque en materia legislativa, como en todo, más vale maña que fuerza, la maña al gobierno no le sirvió con los magistrados. La Corte, por el contrario, dio muestras de no dejarse llevar por el síndrome de Vicente que corre para donde va la gente y menos por el de Yidis y Teodolindo cuya explicación sobra. Tampoco se dejó meter en escenarios hipotéticos a punta de propaganda, encuestas y cifras salidas del sombrero de un mago. Esto es bueno. Esto es muy bueno. De hecho esto es magnífico porque indica que en Colombia sí queda conciencia para decidir en derecho.

El gobierno ha dicho que le pidió a la Corte que revise la sentencia. Qué raro porque el procedimiento ante la Corte es judicial, está reglado, lo ampara el debido proceso y en él no existe recurso alguno para eso. De hecho el efecto de la sentencia es el de la cosa juzgada, es decir, el de la fijeza de la decisión a perpetuidad. Tal vez lo que pasa es que el gobierno todavía no se acostumbra a que le digan que no. Y esto sí es muy grave porque en la política pasa como en el amor, que para ganar, primero hay que saber perder.

En oportunidades anteriores hemos visto al gobierno dar patadas de ahogado que no han surtido efecto. Basta recordar la batalla de Uribe pidiendo que se reformara el umbral electoral cuando perdió el referendo. Al final se llevó dos derrotas en una. Ahora parece que anda en las mismas y que le puede ir igual. Porque la Corte no sólo falló bien sino que salvó a Colombia de la vergüenza de exhibir con orgullo ante el mundo un catálogo de violaciones al derecho internacional. Por eso si el presidente sigue insistiendo, seguro, nuevamente, quedará viendo un chispero.

28 agosto 2004

La metamorfosis

La propuesta del expresidente López sobre el sistema de gobierno parlamentario está de moda otra vez. Eso está bien pues finalmente es a punta de propuestas y hechos que se hace la política. Pero en temas como este se requiere saber del tema y, aunque López entiende lo que dice, otros no mucho. Y como en esto no se puede ser ligero, es necesario aclarar en qué consiste el tan mencionado sistema y por qué está otra vez sobre el tapete.

Lo primero es que hay una diferencia entre el parlamentarismo y el sistema parlamentario. En esta materia los “ismos” expresan demasía. Es decir, el presidencialismo es un exceso de sistema parlamentario, mientras que el presidencialismo es el sistema presidencial exagerado. El problema de Colombia es el presidencialismo y la solución que se propone es el sistema parlamentario.

El sistema parlamentario puro tiene unas características. La primera es que el pueblo elige los congresistas y ellos escogen el gobierno. En el caso de Colombia, Uribe encabezaría una lista al Congreso y si esa lista gana, los parlamentarios lo elegirían a él Primer ministro. El luego armaría su gabinete con miembros de su lista.

La segunda característica es que en ese sistema el poder ejecutivo es dual. Es decir, las funciones de Jefe de Estado, que representa al país ante el exterior, y la del Jefe de Gobierno, que se encarga de los asuntos internos, están en cabeza de personas diferentes. Uribe presidiría el gobierno y otra persona representaría al país frente al mundo.

Y la tercera característica es que el gobierno y el congreso se controlan mutuamente. Si el gobierno pierde el apoyo del congreso, puede citar a elecciones nuevamente. Pero a su vez los congresistas pueden vetar a los ministros y le pueden quitar el apoyo al gobierno. De esta manera suceden dos cosas fundamentales para la democracia. La primera es que para elegir un gobierno el Congreso tiene que ponerse de acuerdo y la segunda es que las diferencias entre uno y otro siempre las resolverá el pueblo mediante el voto.

El sistema parlamentario tiene varias ventajas. Hace fuertes los partidos pues deben unirse para crear listas sólidas y también despersonaliza el poder. Además, crea un esquema gobierno – oposición en el que quienes disienten siempre tienen garantías.

Este sistema, como el presidencial, puede tener varias variaciones. Existe incluso un sistema mixto, medio parlamentario medio presidencial, en el que el pueblo escoge un presidente que es jefe de Estado y el Congreso un primer ministro que es jefe de gobierno. Ese es el caso de Francia y de pronto ese sería el modelo ideal para Colombia.

¿Pero por qué se propone nuevamente ahora este sistema? La respuesta es que en él la reelección es algo natural y como Uribe anda con la obsesión de repetir, pues el tema cae como anillo al dedo. Pero hay algo más. Cuando López habla los políticos se acomodan. Y el liberalismo vio aquí la oportunidad de tacar a dos bandas. Al proponer una constituyente para cambiar de sistema se congracia con el expresidente y además se le atraviesa a Uribe.

Claro que hay otra tesis y es que el partido liberal ha comenzado a dar signos de un fuerte uribismo y que todo este alboroto es el comienzo de un lento deslizamiento hacia el gobierno. Mejor dicho, una especie de operación Yidis-Teodolindo pero a lo Turbay.

Esta teoría puede tener algo de cierta. Al fin y al cabo los signos están ahí y para la muestra un botón: los liberales están mirando la constitución como algo que se puede cambiar dependiendo de las necesidades personales del momento y, evidentemente, no hay nada más uribista que esto. Por eso a lo mejor el partido liberal en unos meses se olvida de su propuesta y termina con Uribe de candidato presidencial. En realidad, pronto sabremos si ya comenzó esa metamorfosis.

14 agosto 2004

El enredo del corbatín

Hace un par de semanas, en el programa del Canal Caracol Hablando claro con la prensa, el subdirector de Relaciones Internacionales del diario madrileño El País, Miguel Ángel Bastenier, comparó la actividad de los expresidentes en España y en Colombia. El periodista explicó que para él es extraño que mientras en la Madre Patria quienes dejan el poder pasan al ostracismo, en Colombia adquieren una influencia política mayor a la que tuvieron a lo largo de su mandato.

Bastenier tiene razón. Los ex en España desaparecen de la vida pública y se dedican a la privada. Salen de las páginas de los periódicos y entran en las de las revistas de “cotilleo”. Su imagen política queda en la historia y acaso se les vuelve a tener en cuenta para las convenciones de su partido o para alguna conmemoración continental.

En nuestro país pasa todo lo contrario. Cuando los inquilinos de la Casa de Nariño finalmente se trastean, compran la acción de un club virtual que tiene una influencia política mayúscula y un peso específico propio. En términos taurinos, cuando en España un gobernante deja el poder se corta la coleta, mientras que en Colombia toma la alternativa. O para hablar de deportes, ahora que empezaron los Olímpicos, los ex presidentes allá cuelgan los guayos mientras que aquí arrancan a tratar de batear siempre de jonrón.

El fenómeno tiene una sencilla explicación. En España el sistema de gobierno es parlamentario, lo que supone unos partidos organizados y una despersonalización del poder. Allí gobiernan los partidos representados por su jefe y no el jefe representando su partido. Aquí en Colombia, por el contrario, hicimos una adaptación criolla del sistema presidencial gringo y le dimos prioridad a la persona por encima del grupo político. Por eso, precisamente, somos el país de los “ismos”: uribismo, pastranismo, lopismo, etc…

El problema de esta personalización es que se come los partidos y destroza la verdadera democracia. Para la muestra un par de botones: en la situación actual, el uribismo, conformado por el ex samperismo (el propio Uribe es ex samperista), por el gavirismo y por algo del pastranismo, ha terminado engulléndose al Partido Conservador. Mientras tanto, el antiuribismo, en donde están el lopismo, el samperismo y otra parte del pastranismo, ha terminado tragándose al Partido Liberal.

Ante esta realidad, un viejo “ismo” de corbatín de pepas ha decidido renovar la patria. El turbayismo, encabezado por su mismísimo jefe en persona, quiere convertir todo el liberalismo en uribismo, para que el Presidente se vuelva un trofeo del Partido Liberal. Esa es una tacada a varias bandas propia de un experimentado tahúr de la política. Sin embargo la cosa no es fácil. Porque aunque alguna vez Turbay unió a su partido y tiene similitudes con Uribe (cómo no comparar el estatuto de seguridad con el estatuto antiterrorista), los liberales oficialistas de hoy no se van a dejar hacer ese masaje sin patalear.

El reeleccionismo de Turbay es para el Partido Liberal lo que el antirreeleccionismo de Pastrana es para el Conservador: un claro factor de división. La semana pasada los liberales quedaron más divididos que nunca. Turbay soltó la bomba de la reelección y Piedad Córdoba ripostó en nombre de la Dirección liberal. Los miembros de la Dirección la desautorizaron, pero también rechazaron la iniciativa turbayista. Piedad se quedó sola y se acercó otra vez a Gómez Méndez. Y ahora ambos van a hacer política mirando un poco más a la izquierda.

Con esta situación no es raro que desde España nos miren con extrañeza. Y eso que Bastenier también es colombiano. Lo que pasa es que hay que haber vivido mucho el país, hay que haber comido mucha arepa con mantequilla y sal, hay que haber probado las mieles del poder y sobre todo hay que haber padecido el rigor de la bendita política criolla, para no sorprenderse; por ejemplo, para no terminar de leer este artículo rascándose uno la cabeza y pensando “qué tipos estos; qué vaina tan enredada”.

07 agosto 2004

El bloque uribista: ¿flor de un par de días?

La coalición de gobierno se está resquebrajando. Lo que parecía un bloque parlamentario sólido y disciplinado está dando muestras de fragilidad. De hecho, varios son lo síntomas que evidencian que si la cosa sigue como va, la unión uribista podría convertirse en flor de un par de días.

El gobierno y sus parlamentarios han tratado varias veces de ponerse de acuerdo. Pero siempre lo han hecho a medias.¿Quién recuerda eso del Nuevo Partido? Se trató de una iniciativa para agrupar bajo un mismo paraguas al uribismo. La cosa fracasó y ese experimento terminó siendo un ejemplo mayúsculo de inmadurez política. Luego vino la feria electoral de finales del año pasado que barajó nuevamente la política. Eso obligó a que los amigos del gobierno se fijaran menos en la estética y más en el contenido y de ahí surgió coalición de gobierno que hoy manda en el país.

Esa fuerza parlamentaria ha demostrado en ocasiones ser una verdadera aplanadora. Eso se evidenció en los debates de la iniciativa de reelección presidencial. Pero a veces se percibe que la unión se está diluyendo. Para la muestra el botón de sus derrotas en el Congreso. Contra varios pronósticos los uribistas perdieron la segunda vicepresidencia del senado y la presidencia de la Comisión primera de esa misma corporación. ¿Qué pasó? Que el gobierno no funcionó. ¿Culpa de quién? De Sabas Pretelt, que es el ministro de la política, y del mismo Uribe que es quien le da a su ministro las herramientas para actuar.

Pero más diciente es la derrota la semana pasada de Consuelo Caldas, la candidata del gobierno a la Corte Constitucional. Algunos senadores dijeron en público que ella era la preferida del presidente para el puesto y eso bastó para que no la eligieran. Para los congresistas esa fue una oportunidad para mandar el mensaje de que si bien hay un grupo uribista que es fuerte, el presidente no las tiene todas consigo.

Uribe recibió el mensaje. Por eso esta semana invitó a comer pandeyucas a más de 130 congresistas y les pidió que en materia tributaria, de pensiones, de salud y de justicia, votaran conjuntamente. Esos son los temas más importantes de gobierno, exceptuando la reelección, que para el gobierno es el tema más importante. Los parlamentarios dijeron que sí, como siempre, pero es fácil que a la hora de la verdad digan que no, como últimamente. ¿Por qué? Porque en la vida no hay plazo que no se cumpla y está llegando el momento de volver a poner sobre la mesa la reelección. Y si los congresistas empiezan a hacerse escasos, sus acciones subirán como espuma.

En este tire y afloje dos grupos van a salir favorecidos. El primero es el Polo democrático (¿habrá que incluir aquí desde ya al oficialismo liberal?) que al haber demostrado ser la única oposición real, saldrá fortalecido ante el debilitamiento del gobierno. Y el segundo es el pastranismo, que diga lo que se diga, ha demostrado estar vivito y coleando.

Con sus recientes declaraciones Andrés Pastrana le abrió una grieta al conservatismo que apoya al presidente. Y no es descartable que este efecto también esté incidiendo en la debilidad de la coalición.

Con todo lo anterior la bendita reelección puede terminar empantanándose. Si esto pasa, el presidente tendría por delante más de un año para terminar su período, y ante la nueva derrota, se vería en la necesidad de replantear el gobierno. Uribe dejaría de ser candidato y volvería a ser presidente. Y entonces habría que replantear el esquema de gobierno y sucedería algo maravilloso: el gobierno de los uribistas se volvería el gobierno de los colombianos. Habría consenso y un solo proyecto de país. ¿Quién puede decir que eso no sería interesante?

31 julio 2004

El nuevo jugador

En lo que va corrido del año pocas semanas habían tenido tanta política como la pasada. La procuraduría le pidió a la Corte Constitucional que tumbara el estatuto antiterrorista, los paramilitares echaron discursos en el Congreso, todo el mundo opinó sobre el tema y los conservadores se reunieron para prenderle una vela a Pastrana y otra a Uribe. Sin embargo, lo que más puede afectar la vida nacional no sucedió en el país sino en los Estados Unidos y se trata de dos hechos que anuncian un cambio en las relaciones con los americanos.

El primero es la carta firmada por los candidatos demócratas en la que se critican varios puntos de la gestión de Uribe y se le pide que cumpla con las recomendaciones de las Naciones Unidas sobre derechos humanos. Más allá de su contenido, que le cae a todos los actores del conflicto por igual, este mensaje es un hecho político mayúsculo. No sólo es un espaldarazo a la ONU en su momento más bajo, sino también un campanazo a la manera en que Colombia está actuando en el tema de la guerra.

Como la popularidad de Uribe se apoya en la seguridad, es fácil adivinar que esta es una clara advertencia. Si en los Estados Unidos el gobierno cambia de partido, que es lo que se ve venir, las evaluaciones sobre nuestro país se harán con un criterio distinto. Es cierto que los recursos del Plan Colombia no se afectarán como anunció Washington. Pero eso no quiere decir nada porque lo que se viene es una visión menos militarista en las relaciones bilaterales y eso sí quiere decir mucho.

Por lo anterior los amigos del gobierno en Colombia deben estar rezando para que los demócratas pierdan las elecciones. Pero sus esperanzas pueden ser en vano porque así gane Bush, también habrá cambios. Washington está picado con el manejo del proceso de paz y la prueba es la fuerte declaración del embajador Wood a la visita de Mancuso y compañía al Congreso. Si a eso se le suma que el tema tiene su componente de droga y extradición, parecería que de todos modos, como dice el vallenato, “un fuerte nubarrón se alza en el cielo”.

Lo anterior está estrechamente relacionado al segundo hecho que repercutirá en nuestro país. Se trata de la Convención del partido demócrata en Boston. Lo que se vivió en ese escenario no fue una simple reunión partidista para nominar un candidato, sino un replanteamiento de toda la política contemporánea a nivel global. Fue, ni más ni menos, una nueva repartida de cartas que sin duda marcará definitivamente la tendencia del péndulo político durante los próximos años.

Lo anterior se evidenció en los discursos. Principalmente en el del expresidente Bill Clinton, quien comparó las ideologías gringas de una forma que se puede aplicar a la Colombia de hoy. Según él, aunque toda la nación libra una guerra contra un enemigo fuerte, algunos para triunfar quieren una sociedad unida mientas que otros necesitan una sociedad dividida. Y mientras que para los mismos la política fiscal debe basarse en la equidad, para los otros debe discriminarse generando acumulación de riqueza y por lo tanto desigualdad.

Clinton fue la estrella de la convención hasta que John Kerry, signatario de la carta que le llegó a Uribe, hizo su aparición. No sólo se presentó ante la sociedad americana como candidato, sino que se dirigió al mundo entero. Pero no lo hizo apelando a las heridas del pueblo americano, sino que pronunció palabras con una carga de valores democráticos que hace tiempo no se veía. Fue un hombre de estado que habló, respiró y vivió política de la más grande. Y su mensaje fue claro: Help is on the way, aquí va la ayuda que el mundo necesita.

El éxito de una gestión de gobierno basada en emociones que arrancan aplausos no dura cuatro años. Especialmente si mientras tanto se pelea una guerra. Bush, que ha pasado de héroe a villano en pocos meses, lo sabe y por eso va a timonear duro en su campaña. Ese mismo mensaje lo está oyendo Uribe quien se está debilitando en las encuestas y por eso se está reforzando como candidato. Todos saben que llegó Kerry a la arena y que con él viene una nueva política. Una que tiene planteamientos para el mundo entero y que puede darle un rumbo nuevo a la vida en el planeta.

24 julio 2004

Mano a mano

No hay duda de que la entrevista de Andrés Pastrana en este semanario es el hecho más importante de la política en lo que va corrido del año. No sólo por lo que significa que el antecesor de Uribe se pronuncie sobre la gestión de gobierno luego de un silencio prolongado, sino porque esas declaraciones marcan una pauta para quienes, ante la polarización de la sociedad, no encuentran opción distinta que la del silencio.

Colombia se ha venido convertido en un país sin matices en el que al mejor estilo gringo o se está con Uribe o se está contra él. Pero con la entrevista Pastrana mostró que sí puede haber reflexión y que una cosa es apoyar al gobierno y otra distinta es girarle un cheque en blanco para que haga y deshaga. Andrés, como se dice en la política criolla, tiró línea. Y si acá hay buenos entendedores, que como las brujas que las hay las hay, entonces la política en Colombia se va a poner muy buena.

Hasta ahora la única reacción al timonazo de Uribe a la derecha había sido la totalmente opuesta. Es decir, ante lo blanco, lo negro. Y cuando se llega a ese punto pasan tres cosas nocivas para una democracia. La primera es que al gobernante de turno se empieza a sentir indispensable y le entra una necesidad personal irresistible de reelegirse. Si está permitida la reelección, se juega por ella. Eso es lo que está haciendo Bush. Y si no está permitida, entonces se lanza a reformar la constitución para lograr quedarse más tiempo. Los ejemplos son Fujimori, Chávez y ahora el propio Uribe.

Lo segundo es que el país se divide entre buenos y malos. Para los unos ellos son los buenos y los malos son los otros. Y para los otros la cosa es igual pero al revés. Sin embargo, quien esté en el poder siempre va a esgrimir el argumento de que hay que estar con la institucionalidad. El problema es que en ese momento, independientemente de quién piense qué, opinar en contra de la oficialidad, hacer oposición, se convierte en algo subversivo.

Lo tercero es que la comunidad internacional se alinea y entra a jugar en el terreno local. Las potencias del mundo empiezan a utilizar al país polarizado para fortalecer sus posiciones geopolíticas. El amigo se convierte en aliado y en la ficha de una guerra de posiciones en la que tampoco hay punto medio.

Esas tres cosas ocurren hoy en día con Colombia. Pero con sus planteamientos Pastrana mostró que puede haber una política distinta. Fue uribista en lo esencial y discrepó en la forma. Para él el presidente hace bien muchas cosas pero se equivoca en ponerle nombre propio a la reelección y en la manera de lograr su aprobación. Por otro lado, Andrés ve el peligro de la polarización y entiende que el mundo está jalonado por intereses ajenos a lo local.

El presidente Uribe entendió que Pastrana es un peso pesado y por eso le mostró los dientes como lo hizo. Pero se equivocó porque mandó el hígado como punta de lanza y cometió dos errores. El primero es que terminó dándole la razón pues dejó ver que, en efecto, en Colombia hacer oposición puede ser un suicidio político. Y el segundo es que no midió que el Andrés de hoy no es el mismo de ayer y que este tiene la experiencia de la soledad después del poder, las ganas y la capacidad para hacer mucha política.

Uribe, al mejor estilo de José Alfredo Jiménez, le dejó claro a Pastrana que “la distancia entre los dos es cada día más grande”. Y por eso Andrés ahora deberá aceptar el reto y pasar del dicho al hecho. ¿Cómo? Es probable que lo haga alineando sus fichas para ajustar las cargas. Es decir, haciendo política. Entonces veremos nuevamente a un expresidente Pastrana en la arena de la cosa pública y ese es un espectáculo que desde hace tiempo se echa de menos. Las cartas en la política colombiana se volverán a barajar. Qué bueno, porque habrá un mano a mano en el que, sin duda, el gran beneficiado terminará siendo el país.

17 julio 2004

Los versos del capitán

Neruda cumplió 100 años de haber nacido y aquí se habló casi exclusivamente de sus poemas de amor. Es cierto que fue el poeta del corazón, pero también fue el de la política. Quizá sus letras en este último arte no llegan con tanta facilidad al espíritu como las que inspiraron sus musas, pero sí son parte de la historia de nuestro continente. Porque más allá del afecto el poeta trascendió las fronteras de su país políticamente. Con la misma facilidad con que podía escribir los versos más tristes una noche, evocó ardientemente la “América Insurrecta”. Y así como soltó el “carne, carne mía, mujer que amé y perdí”, disparó su “Pero si armas tus huestes Norteamérica… saldremos del surco para que la semilla golpee como un puño colombiano”.

El presidente Uribe recita los versos de amor de Neruda con gran conocimiento. Y como él mismo confiesa, eso se le oye a uno mejor con dos aguardientes en la cabeza. Pero el presidente no se los toma. Por el contrario, en lo consejos comunitarios se le ve siempre minucioso y trabajador. Algunos lo critican. Lo tildan de ser un hombre de micropolítica. Pero se equivocan. Porque basta mirar la iniciativa de la reelección para entender que Uribe sí sabe qué quiere. Y eso no es política pequeña. El primer mandatario no es un micropolítico sino un microadministrador.

El psiquiatra Kerry J. Sulkowicz, experto en administración, escribe en la revista Fast Company que “los microadministradores quieren siempre mantener el control, y delegarlo los pone ansiosos. Creen que sus habilidades no tienen comparación. Aunque esos jefes pueden darle una buena imagen a la actividad administrativa, su inseguridad opaca el desarrollo de sus empleados y en últimas es desmoralizante y mala para sus negocios”.

A Uribe no le es fácil delegar. Menos ahora que sin Fernando Londoño lleva casi un año con todo el trabajo al hombro. Ese no es el único problema. En los pasados 15 días Uribe ha entendido que Pedro Juan Moreno va en serio por la cabeza de varios funcionarios. Ya cayeron José Roberto Arango, el secretario Alberto Velásquez y se dice que le está llegando el turno a Fabio Echeverri. Pedro Juan ha hecho la oposición que no han hecho los partidos y está mostrando que en el gobierno no todo es color de rosa.

Uribe ha capoteado la cosa con éxito como si se tratara de movimientos normales en su equipo de trabajo. Mientras tanto, en Venezuela, se fajó. Trató a Chávez como a un gran amigo, firmó una carta de intención para construir un poliducto y soltó la perla de que ojalá los españoles no nos mandaran los tanques de guerra sino algo más útil. Esto último lo hizo porque sabe que con la llegada de Zapatero a la Moncloa el negocio se dañó. Pero lo importante es que dio el muletazo en Caracas que es donde mayor preocupación había.

Cuando Uribe deja de lado el espectáculo es un gran presidente. Maneja las crisis y muestra visión. Pero cuando lo agarra el bicho de la microadministración, a pesar de que se ve bien, le va mal. Está perfecto que el presidente siga evocando el sentimiento de Neruda dejando de lado su ideología que, al fin y al cabo, se quedó hace rato del Transmilenio de la historia. Pero ojalá que así como recuerda el amor de los marineros que besan y se van, también eche mano de los sueños de libertad y dignidad del poeta porque esos no caducan ni pierden vigencia.

Cuando Neruda recibió el Nóbel de literatura habló sin ideologías. Ahí no sólo fue un gran poeta sino también un gran político. Después de narrar brevemente algo de su tortuoso camino hacia el exilio, comentó: “De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común".