09 diciembre 2006

Drama y derecho


Se habla mucho de inocentes y culpables, de jueces y acusados, de indagatorias y de cárcel. Es como si cada colombiano fuera un penalista. Pero nadie habla del hombre. Del que se enfrenta al juez, independientemente de su acción y de su culpabilidad. Y yo quiero hablar de lo que está pasando, pero desde ese punto de vista.


Se habla mucho de inocentes y culpables, de jueces y acusados, de indagatorias y de cárcel. Es como si cada colombiano fuera un penalista. Pero nadie habla del hombre. Del que se enfrenta al juez, independientemente de su acción y de su culpabilidad. Y yo quiero hablar de lo que está pasando, pero desde ese punto de vista.

Álvaro Araujo me cae bien. Tan sólo una vez tuve la oportunidad de hablar con él algunos minutos. Ojalá eso de que se repartió la votación del Cesar apoyado en el ejército de Jorge 40 no sea cierto. Aunque no me ha gustado su defensa pública y creo que ha cometido errores graves antes los medios que han perjudicado a su hermana canciller, ojalá la verdad esté de su lado.

A Mauricio Pimiento lo he saludado algunas veces y me cae bien. Otra vez, ojalá eso de que acordó con los paras y con Araujo repartirse electoralmente las tierras del vallenato a punta de miedo sea, como dicen por allá, un embuste. No sé más de él. Por eso no puedo decir más.

Me gusta la manera en que Jorge Noguera da la cara y más la manera en que da la pelea. Como gallo fino en gallera samaria. Es frentero y no oculta que le duele lo que le ha pasado. Rebate en la prensa una a una las pruebas de cargo. Pasa al ataque cuando cree que le toca. Es desafiante y, por lo visto, sabe muchas cosas que harán temblar la arena política.

No puedo dar más nombres porque los demás son casos menos sonados y que conozco menos. Pero sí puedo decir que me aterra el drama humano del proceso penal, aún más si se tienen todos los ojos del país encima y se hacen apuestas, fuerza de asiento y hasta encuestas sobre las decisiones de jueces y magistrados. Es como si el linchamiento moral fuera connatural a la justicia. Algo que no debe ser, pero que es.

Lamentablemente el escrutinio público es así. Vil y despiadado. Y más en un país en que el peor de los males es la envidia. Siempre nos dicen que los colombianos tenemos un alto índice de felicidad y yo creo que es verdad, porque nos alegramos mucho del mal ajeno. De hecho, en un examen de conciencia caeríamos en cuenta de que tenemos la tendencia a dolernos porque le vaya mal a alguien que nos agrada y a alegrarnos de que le vaya igual a alguien que no.

Quienes sean inocentes tienen de su lado la fuerza que les da la injusticia. Es un motor que nunca se detiene. Se hace más duro el calvario pero siempre más soportable porque se sueña siempre con un final feliz que cojea, pero que llega.

Basta decir que el hombre es el hombre y el proceso es el proceso. Y por eso, quienes sean culpables deberán pagar por sus faltas y prolongarán su drama personal que, eventualmente y con la ayuda del tiempo, superarán.

Menos mal al frente de todo esto están la Corte y el derecho. Sí, el derecho. Porque procura siempre que todo esté en su lugar; porque así esté de por medio el drama terrible del proceso penal, manda e impera. Porque trata de que al final y, por encima de esas consideraciones puramente humanas, surja la verdad y haya justicia.

No hay comentarios: