30 diciembre 2006

2007


La mayoría de columnistas y analistas se han lanzado, como en años anteriores por esta misma época, a determinar qué fue para ellos lo bueno, lo malo y lo feo del año que termina. Pero realmente los lectores, que también vivieron acá durante estos 365 días, pueden tener su propia impresión. Por eso he preferido yo, antes que hablar de lo que pasó, hablar de lo que va a pasar. Y de ahí que me lance a determinar algunas materias en las cuales, sin duda, ocurrirán ciertas cosas que no son difíciles de adivinar:

El Congreso seguirá sufriendo las consecuencias del descrédito de algunos de sus miembros untados de paramilitarismo. Lamentablemente seguirá siendo evidente que pasamos de la narcodemocracia de los 80 y 90 a la paracocracia del Siglo XXI. Los buenos congresistas llevarán el INRI de los malos. Y cada vez será menos lo de mostrar y más lo de esconder. Pobre Congreso el del nuevo año. A temblar todos los que allí llegaron a punta de meterle miedo a los electores y, como siempre en estos casos, a pagar justos por pecadores.

Los partidos seguirán desacreditados. Al Polo le tocará cumplir un mejor papel en las elecciones locales que el que cumplió hace cuatro años para así poder consolidarse. Lucho, Navarro y Carlos Gaviria tendrán que fajarse. El problema es que ninguno de los tres puede aspirar a nada, claro, si quieren aspirar a la presidencia. El conservatismo tendrá que determinar de una vez por todas quién será su jefe y sobre todo si va a repetir el espectáculo de llegar a elecciones presidenciales sin candidato propio. El Partido liberal seguirá dando la batalla y se sorprenderá cuando los periodistas empiecen a averiguar cuáles eran las relaciones entre Gómez Méndez y Giorgio Sale. El uribismo se transformará en algo muy raro. Muy raro. Muy raro.

A Uribe le va a tocar hacer un gobierno nacional si quiere atornillarse a su silla, pues en apenas cuatro meses se le desbarató el curubito con un par de alfiles llamados a indagatoria. Hará el Acuerdo humanitario y comenzará un proceso de paz. Esto oxigenará  la política y pondrá al país a pensar en algo distinto del uribismo paramilitar.

El proceso con los paras seguirá de tumbo en tumbo y sobre él siempre estará la espada de Damocles de la extradición. Al final los jefes paras saldrán beneficiados y los no jefes, saldrán perjudicados. Al primer apretón los parlamentarios untados soltarán la lengua y el espectáculo de acusaciones entre unos y otros será como para alquilar balcón.

La Corte Suprema de Justicia: Es probable que siga sufriendo injustamente uno que otro ataque, pero hará justicia y no le temblará la mano. Si arrancó un proceso de depuración de la política de la manera en que lo hizo, es difícil pensar que se eche para atrás. Seguirá llamando parlamentarios a rendir cuentas y de pronto le da por meterse con los ministros. Ahí se verá una lucha de poder en la que, sin duda, se verá quién es quién.

Y en lo personal, el 2007 será un año para hacer un alto en el camino y una evaluación. Es probable que en los dos últimos años haya habido muchos errores de percepción y hasta mucha estupidez. Pero se luchó y se pasó bueno. Como dicen en Cali por estos días, hay sangre en la arena y no es del torero. Llega un año nuevo, y con él, un nuevo día. Un feliz dos mil siete para todos desde una ciudad cualquiera del viejo continente.

23 diciembre 2006

Rodear a Uribe


Aún recuerdo el chorro de epítetos y amenazas que inundaban mi correo electrónico cuando apenas hace meses escribía que no vivíamos en una democracia sino en una paracocracia. Cuando, como lo hacían otros, firmaba artículos en los que hablaba fuerte contra Uribe y le reclamaba que su equipo político navegara en las aguas turbias del paramilitarismo. Como a muchos colegas periodistas , lectores furibundos me insultaban, me maldecían e incluso me agredían físicamente en lugares públicos.

Hoy que cambiaron las cosas, cuando el Estado paramilitar tiembla de miedo ante los jueces, hoy que los congresistas miran para el otro lado cuando se esculca en sus caudales electorales, cuando quienes hicieron del miedo una política para hacer proselitismo pagan escondedero a peso, son otras voces las que se oyen y leen.

El problema es que, aunque esas otras voces dicen cosas distintas, aunque ya es otro el cantar, todas expresan lo mismo que las anteriores: odio, rencor y hasta sed de venganza. Y por eso desde aquí las rechazo con la misma vehemencia que con la que repelía los ataques previos. ¿La razón? Tampoco son fruto de la reflexión, carecen de análisis y están viciadas por la pasión.

La realidad nos da la razón a quienes entonces hablábamos como lo hacíamos. Hasta hace poco, incluso, se decía que la imagen del presidente iba en una caída en picada. Hoy nos dicen que la barrena se detuvo. Y yo creo que es verdad porque los colombianos, tan afines a los caudillos, en el caso de Uribe separaramos al mandatario de su gobierno. Consideramos que una cosa es el hombre, y otra distinta, lo que institucionalmente hace. Para unos Uribe no gobierna bien, pero madruga y eso basta. Así no pueda, trata. Y si algo le sale mal no es por haber tomado decisiones erradas sino porque su labor es muy difícil y no todo puede salir siempre bien.

Esto, sin embargo, no es malo. En una crisis tan terrible como la que vive el país, de hecho, es positivo. Al fin y al cabo, con todo el estamento derrumbándose por haberse untado de paramilitarismo hasta la médula, que el presidente siga fuerte en su imagen le da algo de solidez a las instituciones. No es que no estemos preparados para afrontar una crisis en la cual el presidente falte. Pero siempre es mejor que las crisis no toquen al timonel, a fin de que pueda maniobrar y corregir el rumbo.

Vale la pena decirlo más claro: mientras el escándalo no toque al presidente Uribe, hay que rodearlo en lo institucional. Eso sí, disintiendo cuando toque en lo político, apoyando a la Corte en sus actuaciones y decisiones, defendiéndola de los ataques malintencionados, llamando a que se siga con las investigaciones, haciendo fuerza para que nadie termine siendo intocable.

No se puede apostar a que se derrumbe la institucionalidad para que cambie el gobierno. Van apenas cuatro meses y es mucho lo que falta. Además, Pacho Santos es el vicepresidente y no está preparado para ser presidente. Por eso hay que celebrar que, a pesar de que sus peones, caballos y alfiles van cayendo uno a uno, Uribe sigue al frente. Claro, otro sería el cantar si la predicción de Alvarito Araujo se cumpliera. ¿Se acuerdan? Esa de que primero irían por él, luego por la Conchi y luego por Uribe. Eso fue antes de su indagatoria. Claro, Dios quiera que todo pare ahí.

16 diciembre 2006

Holocausto moral


Quienes de una u otra manera ejercemos el periodismo en Colombia parecemos armados de fábrica para ver en lo que no entendemos, algo ilegal. Si al final nos equivocamos, pensamos que si bien no había algo ilegal, sí algo sospechoso. Y si otra vez los hechos nos quitan la razón, entonces, para impedir que el ego ruede por los suelos, nos tranzamos con que eso que creímos ilegal y sospechoso y no lo era, termine siendo indelicado.

Es lo que ha pasado con los cuestionamientos a la Corte Suprema de Justicia por el hecho de que italiano Giorgio Sale haya ido, supuestamente a intrigar, por casos en los que tenía algún interés. Primero nos imaginamos que de parte de los Magistrados seguramente había algo ilegal. Al darnos cuenta que nos equivocamos, lo volvimos sospechoso. Y al final, cuando las normas y los hechos nos quitaron la razón, nos quedamos en que pudo haber algo indelicado.

La verdad monda y lironda, sin embargo,  es que las líneas jurisprudenciales  nos quitaban la razón desde el comienzo. Lo que pasa es que los periodistas, cuando no sabemos derecho (lo cual es tremendamente común), lo confundimos con la moral. Y como la moral es la relación ética y particular con uno mismo, terminamos creyendo que lo que está bien o mal para nosotros, es eso: derecho. Y nos equivocamos. Por otro lado, con mediana responsabilidad periodística, el asunto se habría entendido mejor. Basta conocer el principio legal de la competencia para entender que no todos los magistrados miran todos los casos. Es importante honrar la exactitud.

Por otro lado, la política, esa maravillosa concubina de todos los colombianos, no se escapa de ningún rincón. Y lamentablemente es un arte de descrédito personal. Por eso, ¿Qué mejor para minar la credibilidad de una Corte Suprema que está castigando el amancebamiento entre políticos y paras que enlodarla? Muy raro que se le den navajazos morales a la Corte ahora que precisamente le está metiendo la mano a un Congreso que, por momentos, se juró intocable. No estoy diciendo que los periodistas o los medios estén en esas. Pero creo que muchos enemigos de la Corte sí están en esas a través de los medios.

La Corte Suprema de justicia está haciendo lo que le corresponde y lo está haciendo bien. Ponderadamente y con estudio. No tienen los magistrados la culpa de que muchos políticos hayan decidido jugar a la casita con los paras y hayan concebido y parido el Estado paramilitar que hoy tenemos. Pero sí tienen los magistrados la responsabilidad de castigar ese hecho y el país necesita que la cumplan a cabalidad.

Los periodistas, por otro lado, tenemos que averiguar e informar, pero con responsabilidad. Porque ahora que el para-congreso está teniendo que rendir cuentas y la Corte Suprema la obligación de salvar al país, los periodistas tenemos que ponernos del lado que toca. Y ese lado es el de la verdad que es el de la Corte. Hay que impedir que así como hace 20 años tuvo lugar el holocausto del Palacio de Justicia en el que eliminaron a los magistrados físicamente, ahora se dé otro holocausto judicial en el que otra vez se elimine a los magistrados, pero ahora desde el punto de vista moral.

09 diciembre 2006

Drama y derecho


Se habla mucho de inocentes y culpables, de jueces y acusados, de indagatorias y de cárcel. Es como si cada colombiano fuera un penalista. Pero nadie habla del hombre. Del que se enfrenta al juez, independientemente de su acción y de su culpabilidad. Y yo quiero hablar de lo que está pasando, pero desde ese punto de vista.


Se habla mucho de inocentes y culpables, de jueces y acusados, de indagatorias y de cárcel. Es como si cada colombiano fuera un penalista. Pero nadie habla del hombre. Del que se enfrenta al juez, independientemente de su acción y de su culpabilidad. Y yo quiero hablar de lo que está pasando, pero desde ese punto de vista.

Álvaro Araujo me cae bien. Tan sólo una vez tuve la oportunidad de hablar con él algunos minutos. Ojalá eso de que se repartió la votación del Cesar apoyado en el ejército de Jorge 40 no sea cierto. Aunque no me ha gustado su defensa pública y creo que ha cometido errores graves antes los medios que han perjudicado a su hermana canciller, ojalá la verdad esté de su lado.

A Mauricio Pimiento lo he saludado algunas veces y me cae bien. Otra vez, ojalá eso de que acordó con los paras y con Araujo repartirse electoralmente las tierras del vallenato a punta de miedo sea, como dicen por allá, un embuste. No sé más de él. Por eso no puedo decir más.

Me gusta la manera en que Jorge Noguera da la cara y más la manera en que da la pelea. Como gallo fino en gallera samaria. Es frentero y no oculta que le duele lo que le ha pasado. Rebate en la prensa una a una las pruebas de cargo. Pasa al ataque cuando cree que le toca. Es desafiante y, por lo visto, sabe muchas cosas que harán temblar la arena política.

No puedo dar más nombres porque los demás son casos menos sonados y que conozco menos. Pero sí puedo decir que me aterra el drama humano del proceso penal, aún más si se tienen todos los ojos del país encima y se hacen apuestas, fuerza de asiento y hasta encuestas sobre las decisiones de jueces y magistrados. Es como si el linchamiento moral fuera connatural a la justicia. Algo que no debe ser, pero que es.

Lamentablemente el escrutinio público es así. Vil y despiadado. Y más en un país en que el peor de los males es la envidia. Siempre nos dicen que los colombianos tenemos un alto índice de felicidad y yo creo que es verdad, porque nos alegramos mucho del mal ajeno. De hecho, en un examen de conciencia caeríamos en cuenta de que tenemos la tendencia a dolernos porque le vaya mal a alguien que nos agrada y a alegrarnos de que le vaya igual a alguien que no.

Quienes sean inocentes tienen de su lado la fuerza que les da la injusticia. Es un motor que nunca se detiene. Se hace más duro el calvario pero siempre más soportable porque se sueña siempre con un final feliz que cojea, pero que llega.

Basta decir que el hombre es el hombre y el proceso es el proceso. Y por eso, quienes sean culpables deberán pagar por sus faltas y prolongarán su drama personal que, eventualmente y con la ayuda del tiempo, superarán.

Menos mal al frente de todo esto están la Corte y el derecho. Sí, el derecho. Porque procura siempre que todo esté en su lugar; porque así esté de por medio el drama terrible del proceso penal, manda e impera. Porque trata de que al final y, por encima de esas consideraciones puramente humanas, surja la verdad y haya justicia.

02 diciembre 2006

El efecto dominó


Los líos judiciales tienen, por lo general, un efecto dominó. Cuando los delitos han sido cometidos por varias personas, con el primer responsable que cae empiezan a rodar los otros. Ese fue el caso del proceso ocho mil. Con Medina en la cárcel, lo demás se dio solo. Uno a uno fueron cayendo los responsables. Pero bueno, eso es historia patria aunque sirve para ilustrar lo que está por suceder con el nuevo escándalo de la parapolítica.

Con los primeros congresistas presos están cayendo más. Cuando de un sopetón llaman a indagatoria a seis, es porque hay mucha tela qué cortar. Por eso no es tan difícil adivinar que a los parlamentarios les irá mal. Si a estas alturas la Corte Suprema involucra a alguien no es para inhibirse así no más. Por lo menos averiguará más a profundidad antes de salir con una decisión que haga tránsito a cosa juzgada.

Es cierto que la Corte podría no privar de la libertad a los implicados mientras investiga y aún así dejarlos vinculados al proceso penal. Pero hay tres factores que permiten prever que sí los encarcelará. El primero es que si ya lo hizo con unos por lo mismo, resultaría extraño que no lo hiciera con otros. Frente a los mismos hechos, o todos en la cama, o todos en el suelo. ¿No?

El segundo factor para prever carcelazo es que los magistrados saben que cada acción suya es un mensaje para un país ávido de justicia. De hecho, la sociedad empieza a ver a la Corte como una verdadera salvadora de la patria. Porque lo es. Y el tercer factor es que en la comisión de acusaciones de la Cámara decidieron investigar a los magistrados en una maniobra más política que judicial. Se trata de un error de cálculo muy grande. Esa sí que es una pelea mal casada.

El efecto dominó tendrá consecuencias regionales. Porque hasta ahora sólo se está destapando la para-olla de algunos departamentos de la costa. Faltan otros y varios. Y ante el descalabro del proyecto en esa zona,  las culpas y las acusaciones irán y vendrán. Comenzarán entonces a desfilar por las pasarelas de las fiscalías y los juzgados muchos de los grandes cacaos de esos otros departamentos costeños que aún no han sido tocados por la Corte.

Por otro lado, muchos en el norte del país deben estarse preguntando: “Ajá… ¿y por qué todos costeños? ¿Acaso no fueron los cachacos de Antioquia los que se inventaron esta vaina?” Y entonces volverá a aparecer  el efecto dominó. Los que cantarán Tutaina Tuturumaina en la cárcel también cantarán otras cosas. Luego le ayudarán a los técnicos de la Fiscalía a desencriptar la información del computador de Don Berna. Y entonces le sacarán a Antioquia los trapos sucios al sol y veremos una fila de gente prestante haciendo fila en la Corte Suprema de Justicia.

Por último: Álvaro Uribe tiene, ante todo, la gran responsabilidad de apoyar las investigaciones sin que se le desbarate políticamente el país. Y para eso va a tener que armar un nuevo gabinete que represente ya no a los ocho millones de uribistas sino a los 42 millones de colombianos. Porque ya no le corresponde solamente salir airoso frente a la guerrilla. Ahora le corresponde también no dejar morir un país en el que la clase política decidió suicidarse. Claro que para eso tendrá que rodearse mejor. Porque con semejantes amigos ¿para qué enemigos?