23 septiembre 2006

Positivos negativos


No terminábamos de salir del asombro por la participación de miembros del ejército en los atentados dinamiteros previos a la posesión presidencial, cuando nos desayunamos con la noticia de que un contrabando de videos terminó siendo otro “positivo” de la Fuerza pública. Qué horror. Lo que se creía era excepcional se está volviendo, como por arte de magia, el pan nuestro de cada día.

La guerrilla, los paras, el narcotráfico, la delincuencia común, son todos problemas sobre cuyo combate la fuerza pública muestra, a diario, resultados positivos. Lamentablemente, pasada la euforia e impuestas las medallas, de algún lugar está saliendo una verdad totalmente desagradable: son triunfos falsos; manipulados. 

En la práctica, los positivos son viejos amigos de los organismos de seguridad. Se trata de operaciones exitosas fruto de los esfuerzos propios de las instituciones. Claro, el éxito depende, en muchos casos, de la ayuda de la delincuencia. Y esto es normal pues la delación, de hecho, es el alimento principal de la investigación. Lo grave es que, en Colombia, se ha pasado del éxito de verdad, al éxito de mentira.

Una cosa es que la Fuerza pública interactúe con la delincuencia para asestar golpes cuando se ha cometido o se va a cometer un delito. Pero otra cosa distinta es que las instituciones suplanten a los violentos y generen ellas mismas los hechos ilegales, para meter goles y ganar aplausos. Estos falsos positivos traen varias consecuencias realmente desfavorables.

La primera consecuencia es que, como pasa con cualquier mentiroso, la confianza colapsa. Después de la mentira puede estar la casta mujer del César en misa, pero él creerá que está en un motel. Mejor dicho: ¿Quién va a creer que, en realidad, el próximo camión bomba encontrado y desactivado sea de la guerrilla y no de una brigada que quiera sacar pecho?

Y más. En el caso de la Fuerza pública la mentira envía un mensaje equivocado a amigos y enemigos: el de que no hay capacidad real de ganar. Es como si se anunciara que, ante la imposibilidad de lograr aciertos, hay que inventárselos.

Y todavía más. El falso positivo opaca el esfuerzo de quienes en realidad se juegan a diario la vida para defendernos. Es un irrespeto para ellos. Si ahora resulta que los guerrilleros muertos y caídos en combates son en realidad campesinos a los que algunos soldados vistieron de camuflado antes de asesinarlos con un tiro de gracia ¿en dónde queda el honor de quienes de verdad se dan plomo y ponen el pecho por nosotros?

Casi ocho millones de colombianos le apostaron a que, si las cosas se siguen haciendo como se están haciendo, vamos a terminar viviendo en paz. Y todos nos metemos mensualmente la mano al bolsillo para pagar por esa apuesta. Por eso el gobierno, que tanto esfuerzo ha hecho y tanta credibilidad tiene, debe jalarle duro las orejas a las Fuerzas. Debe hacerle entender a todos que los falsos positivos no son triunfos. Que son derrotas. Y sobre todo, que en la guerra como en la vida, lo que por agua viene, por agua se va.

16 septiembre 2006

Abra Cadabra


Aunque muchas no lo reconozcan, todas las agencias de seguridad del mundo han echado mano en algún momento de la parapsicología. Incluso, algunas de las más respetadas tienen todo un departamento para el estudio de fenómenos poco explicables. En la investigación criminal se utiliza en varios países. Y claro, en Colombia, en dónde  se vende cuanta pócima rara para “amarrar al ser amado” y “hacer regresar al padre del hijo en 48 horas”, pues no podíamos quedarnos atrás.

Lo importante es determinar cómo se utiliza esta “ciencia”. Porque existe una diferencia grande entre usarla para las investigaciones y usarla en procesos en los que se toman decisiones. Cuando estos dos puntos se mezclan y la investigación paranormal lleva a la decisión supuestamente objetiva, esa objetividad colapsa. Y entonces, Dios mío vénganos en tu reino, porque se deja el futuro de las personas y de las instituciones en manos de cualquier encantador.

Existen ciertas investigaciones en las que el error, que es la regla general en la parapsicología, puede tener lugar sin mayores consecuencias. Esto puede pasar, por ejemplo, en la búsqueda de personas u objetos perdidos. Se dice que el avión caído en el que murió el ministro Juan Luis Londoño apareció así. Vaya uno a saber, pero si en un caso de estos la adivinación falla, pues simplemente no se encuentra lo que se busca y habrá que seguir buscando. ¿Cuántos adivinos no deben haber jurado saber en dónde está Ingrid Betancur?

Pero hay otros casos en los que la cosa puede ser más compleja y la baraja no es realmente la mejor consejera. Por ejemplo, cuando se acusa a alguien en virtud de conclusiones a las que se ha llegado por estos fenómenos. ¿Cómo desmentir una creencia mística si precisamente quien la tiene se puede dar el lujo de mantenerla por no existir prueba que la contraríe?

Es el caso de las supuestas desavenencias y enredos en la Fiscalía. Ahí pasan dos cosas. La primera es que, quien crea a ojo cerrado en el parapsicólogo que supuestamente las encontró, no dejará de hacerlo. Es más, es posible que lo consulte con regularidad y para otros asuntos. Y la segunda cosa que sucede es que, si por alguna casualidad el adivino cierta, termina volviéndose indispensable, lo cual es grave en todas las instituciones.

Las envidias y rencillas entre funcionarios del Estado no pueden salir a la luz pública por cuenta de una bola de cristal. Tampoco los casos investigados pueden terminar en manos de los jueces por cuenta de la clarividencia.

Afortunadamente el fiscal y el vicefiscal son una dupla de garantía en objetividad y buen criterio. Entienden que la parapsicología puede ser una herramienta en la investigación, pero saben que no se trata de un oficio que pueda oficialmente hacer parte del engranaje de la Fiscalía. Menos mal. Porque ¿se imaginan ustedes lo que habría sido esto hace unos años cuando para regalarle a algún enemigo político una orden de captura el Fiscal General sólo necesitaba fabricar un par de indicios graves?

09 septiembre 2006

Bombazos de mala suerte


Muy desafortunado eso de que algunos militares hayan estado involucrados en la ola de terrorismo previa a la posesión presidencial. Claro, que se trate de miembros de la Fuerza Pública es un horror. Que haya habido muertos, también. Pero que sea precisamente en este momento en el que semejante barbaridad sale a la luz pública, es un verdadero baldado de agua fría para los militares, para el ejecutivo y para el país.

Para el ejército la cosa no podía llegar en peor momento. La institución se venía apenas recuperando de varios escándalos. Basta recordar el de los soldados torturados en sus entrenamientos, quemados y abusados sexualmente, dizque para formarlos mejor. Tampoco está lejos el recuerdo de la masacre de Jamundí, en la que quince militares andan verdaderamente enredados acusados de ser autores materiales e intelectuales y que la justicia está mirando con lupa.

Como si fuera poco, en el plano puramente militar, el Plan Patriota no ha sido lo que se esperaba. Es verdad que el esfuerzo ha sido grande pero no así sus resultados. Muchos dentro de las Fuerzas, conscientes de esta situación, han tratado de hacer las cosas bien. Han puesto la cara y han procurado corregir los errores. Juan Manuel Santos le ha dado un aire nuevo a toda la fuerza como ministro de defensa. Por eso que nos desayunemos ahora con que en los bombazos estuvieron involucrados varios de sus miembros, es para los militares un gancho al hígado.

El gobierno nacional también acusa el golpe. Se ha hecho un esfuerzo grande por depurar la fuerza, por profesionalizarla, por inyectarle modernidad. El presupuesto nacional ha sido ilimitado para atender sus necesidades. La naturaleza misma de su función requiere plata inmediata. Además, políticamente, la seguridad democrática es el soporte del gobierno. Entonces, que a esta hora del paseo sean militares los de los bombazos presidenciales, cae mal, mal, mal en Palacio.

Y hay más. La noticia llega en un momento en el que los procesos de paz parecen estar andando. Con los paras son muchos los obstáculos que se han vencido. Hoy están a buen recaudo de las autoridades y comienzan a aparecer los cadáveres de sus primeras víctimas. Hay una percepción de justicia y reparación, que antes era un sueño. Esto, a pesar del bochornoso recibimiento de pan y circo que el comandante zonal de policía le dio a Jorge 40 hace algunos días y por la cual la Procuraduría puso el grito en el cielo.

En el caso de la guerrilla, el proceso comienza a avanzar. La prioridad está puesta en el Acuerdo Humanitario, que parece estar más cerca que antes. Por eso, la implicación de Fuerza pública en los atentados, por lo menos, enreda un poco las cosas en este punto. Y un enredo en este tema toma tiempo en arreglarse. Y sí, desafortunadamente tiempo es lo que no tienen los secuestrados que esperan en la selva desde hace años.

Por todo lo anterior las noticias de militares participando en los atentados de agosto, son bombazos de mala suerte para el país. Afortunadamente los implicados son la excepción en la Fuerza. Eso sí, mucho daño le hacen a quienes en ella se juegan día a día la vida, por asegurar la tranquilidad de los colombianos. Ojalá se impongan penas y correctivos verdaderamente aleccionadores.