No terminábamos de salir del asombro por la participación de miembros del ejército en los atentados dinamiteros previos a la posesión presidencial, cuando nos desayunamos con la noticia de que un contrabando de videos terminó siendo otro “positivo” de la Fuerza pública. Qué horror. Lo que se creía era excepcional se está volviendo, como por arte de magia, el pan nuestro de cada día.
La guerrilla, los paras, el narcotráfico, la delincuencia común, son todos problemas sobre cuyo combate la fuerza pública muestra, a diario, resultados positivos. Lamentablemente, pasada la euforia e impuestas las medallas, de algún lugar está saliendo una verdad totalmente desagradable: son triunfos falsos; manipulados.
En la práctica, los positivos son viejos amigos de los organismos de seguridad. Se trata de operaciones exitosas fruto de los esfuerzos propios de las instituciones. Claro, el éxito depende, en muchos casos, de la ayuda de la delincuencia. Y esto es normal pues la delación, de hecho, es el alimento principal de la investigación. Lo grave es que, en Colombia, se ha pasado del éxito de verdad, al éxito de mentira.
Una cosa es que la Fuerza pública interactúe con la delincuencia para asestar golpes cuando se ha cometido o se va a cometer un delito. Pero otra cosa distinta es que las instituciones suplanten a los violentos y generen ellas mismas los hechos ilegales, para meter goles y ganar aplausos. Estos falsos positivos traen varias consecuencias realmente desfavorables.
La primera consecuencia es que, como pasa con cualquier mentiroso, la confianza colapsa. Después de la mentira puede estar la casta mujer del César en misa, pero él creerá que está en un motel. Mejor dicho: ¿Quién va a creer que, en realidad, el próximo camión bomba encontrado y desactivado sea de la guerrilla y no de una brigada que quiera sacar pecho?
Y más. En el caso de la Fuerza pública la mentira envía un mensaje equivocado a amigos y enemigos: el de que no hay capacidad real de ganar. Es como si se anunciara que, ante la imposibilidad de lograr aciertos, hay que inventárselos.
Y todavía más. El falso positivo opaca el esfuerzo de quienes en realidad se juegan a diario la vida para defendernos. Es un irrespeto para ellos. Si ahora resulta que los guerrilleros muertos y caídos en combates son en realidad campesinos a los que algunos soldados vistieron de camuflado antes de asesinarlos con un tiro de gracia ¿en dónde queda el honor de quienes de verdad se dan plomo y ponen el pecho por nosotros?
Casi ocho millones de colombianos le apostaron a que, si las cosas se siguen haciendo como se están haciendo, vamos a terminar viviendo en paz. Y todos nos metemos mensualmente la mano al bolsillo para pagar por esa apuesta. Por eso el gobierno, que tanto esfuerzo ha hecho y tanta credibilidad tiene, debe jalarle duro las orejas a las Fuerzas. Debe hacerle entender a todos que los falsos positivos no son triunfos. Que son derrotas. Y sobre todo, que en la guerra como en la vida, lo que por agua viene, por agua se va.