07 octubre 2006

Hacer las paces


En épocas de campaña electoral fui el primero en escribir que, con Uribe en Palacio, todo seguiría igual. Fui especialmente drástico a la hora de analizar lo que sería el futuro del proceso de paz con las FARC. Pero me quivoqué, o por lo menos eso muestran los hechos. Porque no han pasado ni siqueira dos meses desde que el presidente se posesionó, y ya tenemos el acuerdo humanitario a la vuelta de la esquina.

Es cierto que mucho falta por definir y que las cosas, en estos temas, se enredan en los detalles. Basta ver las trabas que se han generado por cuenta de la ambigüedad de las declaraciones del ministro de defensa. Pero también hay que aceptar que el intercambio parace haberse puesto sobre rieles como un tren que ya no para. Ojalá sea así. Porque es algo que el país, y sobre todo quienes están padeciendo el drama del secuestro en carne propia, se merecen.

Después hay que hacer las paces. Es la única manera en que, sin vencedores ni vencidos, se puede empezar a pensar en cerrar las heridas. Uribe puede lograrlo si no se deja picar la lengua por nosotros los periodistas (nuestro trabajo es picarle la lengua a la gente) y si no se sale de la ropa frente a los hechos. Hasta ahora lo ha hecho muy bien, dejando por escrito las posisiones del gobierno, y remitiéndosnos a los textos. Pero el futuro depende de que se camine al mismo ritmo y con el mismo libreto en adelante.

Hacer las paces es duro. Pero nunca más que la guerra. Los sacrificios serán grandes, pues implican la generación de condiciones de igualdad que, necesariamente, pasan por la pérdida de varios privilegios que, a fuerza de costumbre, están arraigados en nuestra cultura.  Cuando Colombia deje de ser un monumento a la desigualdad, cuando la inequidad deje de estar institucionalizada a través de la estratificación social, podremos empezar a hablar de una paz real.
Luego de conversar y ponernos de acuerdo, tendrá que haber un nuevo pacto sobre las reglas básicas de convivencia. Es decir, una constituyente que permita barajar y volver a repartir. 

Muchos se oponen, pero Uribe ya entendió que no hay otro camino. Porque si no hemos podido meter en cintura por la fuerza a tanta gente y hemos decidido hacerlo negociando, pues no hay más remedio. Además, es la oportunidad de reformar temas que quedaron tan mal en la Constitución de 1991, como el ordenamiento territorial y la inclusión de la Fiscalía en la rama judicial, entre varios otros.

Uribe debe hacer la paz por todos nosotros. Además, así empieza a contar con recursos para ir atendiendo otro asuntico que tiene pendiente y que es el de la frontera con Venezuela. Ahora que Chávez se la pasa de compras por los mercados de armas de Rusia y el Oriente, y ahora que se le metió al rancho a Bush, los americanos van a querer que Colombia no se quede sin tropas disponibles por si toca mostrar los dientes. Pero ese es otro tema, del cual, hablaremos otro día. Por ahora, creo que la cosa es clara: vale la pena hacer las paces.

No hay comentarios: