14 octubre 2006

Se te fueron las luces


Hace unos años el vallenato Jorge Oñate sacó una canción que hace referencia a una mujer a la cual sus errores le resultan caros. “Se te fueron las luces”, le dice el maestro a la destinataria de su canto, a la que al final, por ponerse de ambigua, le va mal. Algo así como lo que le pasó a Juan Manuel Santos a quien, por lo menos la semana pasada, también le fue mal. Porque por ponerse de defensor de ataques que no existían, terminó enredado en el Congreso y dando la impresión errada de ser un hombre realmente desconsiderado.

Juan Manuel Galán y Cecilia López lo citaron para que aclarara qué se sabía en el ministerio de defensa sobre la participación de militares en el montaje de falsos atentados dinamiteros en los días previos a la posesión de Uribe. Es el ejercicio legítimo del control político. Santos fue, dio la cara pero hizo cosas que no ha debido hacer. La primera es que, tal vez pensando que le como ministro le corresponde defender al ejército a toda costa, trató de desviar el debate. Sacarle el cuerpo. Le fue como los toreros que torean sin torear, y que al final, terminan pinchando y descabellando para que no les metan el toro vivo a los corrales.

Lo segundo que hizo Santos y que no le salió bien fue poner a los citantes del debate como autores de un montaje del Partido Liberal para enlodar a las fuerzas armadas. Una cosa es tratar de esquivar los dardos de los opositores con manoletinas verbales, pero otra muy distinta es poner a los senadores como autores de una tima que busca dañar a la institución armada en épocas de guerra.

Y lo tercero, lo peor, diría yo, así no haya habido mayor escándalo, fue la velada mención del ministro a lo que podría estar pensando Luis Carlos Galán del comportamiento de su hijo Juan Manuel, uno de los senadores citantes. Echar mano de ese recurso no es propio de un ministro de Estado y menos de un hombre de bien como Santos. La política es un tinglado en donde los golpes son, por esencia, fuertes. Pero escoger el dardo que se lanza es, además de un arte, muy importante. Esto, pues en palabras del ministro de turismo de Panamá, Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”.

En la política, es cierto, los amores y los odios se heredan. Es algo a lo que quienes descendemos de familias dedicadas a la vida pública nos acostumbramos. Incluso es algo de lo que algunos nos enorgullecemos. Eso a pesar de que aquí  la gente golpea con lo que no debe. Ejemplos sobran: en materia de guerra con burros bomba, motosierras y cilindros de gas. Y en materia política, con órdenes de captura, procesos judiciales y  deshonra. Ojo ministro, ese es un catálogo suficientemente fuerte y atroz como para sumarle revolver el dolor de un hijo que vio caer asesinado a su padre por las balas del narcotráfico.

A Juan Manuel, el senador, mi respeto y mi saludo cariñoso por la ponderación y la medida de su comportamiento. Ejemplar y hasta envidiable. Y a Juan Manuel, el ministro, ojalá no le haya pasado lo que a la mujer a la que Jorge Oñate le canta “te creciste como el río Guatapurí”. Porque la verdad es que se le fueron las luces y debería pedir disculpas. Es algo que nada quita y mucho aporta. Al fin y al cabo, así se encarne a unas fuerzas armadas que día a día nos defienden, realmente, lo cortés no quita lo valiente.

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