04 noviembre 2006

Totazo con la realidad


Pareciera que el debate sobre si en Colombia hay o no un conflicto armado ha quedado superado en virtud de los hechos. Hay incluso quienes dicen que nunca debió existir. Pero como en ese planteamiento, tomado por José Obdulio Gaviria de los halcones gringos para meterle carne al discurso uribista, se basó buena parte de la estrategia de seguridad nacional del gobierno, pues había que tenerlo en cuenta. Mucho más cuando se supone que fue unos de los puntos que a Uribe le permitieron salir reelecto.

Durante el primer gobierno de Uribe los seguidores de la naciente religión se regocijaban con el tema de la seguridad democrática. Hasta en algunas universidades se pensó en lanzar cátedras sobre la materia, emulando los posgrados que, en centros de enseñanza foráneos, otorgan títulos en Seguridad Nacional. Surgieron expertos, doctrinantes y gurús.  Todo con base en el mismo planteamiento: que en el siglo XXI no puede haber violencia política, sino que cualquier expresión que pretenda subvertir el orden constitucional establecido, es terrorista.

Semejante doctrina, tan útil a la hora de justificar posiciones fuertes y muchas veces carentes de contenido, al final resulta siendo contraproducente. Primero, porque, como siempre en la vida, la realidad termina imponiéndose. Y segundo, porque no deja campo para maniobrar políticamente. Y poder y política van de la mano, así muchas veces intervengan elementos de violencia armada.

Nos desayunamos con la noticia de que nuestra guerra es real y no es contra un enemigo invisible. Sin embargo, como nos habían dicho que lo que pasaba es que el mal se quería imponer sobre el bien, pues a la postre nos embistió la realidad. Y por lo que parece, no estamos preparados para enfrentarla ni en el discurso, ni en la política.

En el discurso, porque el lenguaje de la seguridad nacional es descalificador y se parte de la base de que el contrincante no es un interlocutor válido. Ese contrincante, emtonces, va a querer siempre ganarse la interlocución a las malas y con más violencia. Por otro lado, el discurso de la doctrina de seguridad se volvió agresivo, sin necesidad. Y eso tiene un inconveniente: que aunque los epítetos y las incitaciones verbales pueden generar aplausos, también generan un reto que un enemigo difícilmente elude. Para la muestra, los botones de los últimos días.

Digo que tampoco estamos preparados en la política. Hemos cerrado las puertas y la guerra, como se concibe terrorista, no tiene por dónde cogerse para intercambiar planteamientos. Obvio, para intercambiar prisioneros. No pareciera entenderse que la humanidad ya pasó por esto y que, por lo tanto, ya aprendió de esto. Y que precisamente por eso generó herramientas  de derecho internacional  que, con nuestra doctrina de seguridad, resultan inaceptables.

Se supone a que a Uribe lo eligieron para que siguiera con lo que venía haciendo. Y sí, cierto, si algo está funcionando bien, no hay que cambiarlo. ¿Pero qué está funcionando bien en materia de guerra? El arte del gobernante está en reinventarse y cambiar lo que no funciona. En manejar las situaciones que surgen. Y acá surgió algo que no habíamos visto: la realidad. Esperemos que el presidente le meta política al asunto. Esa que en otras oportunidades y frente a otros adversarios, tanto le ha servido a él y al país.

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