25 noviembre 2005

El conejo azul

La semana pasada hice referencia a la consulta popular del Partido Conservador para decidir si tiene candidato propio y recibí unos mensajes en los que se me pedía aclarar por qué ese mecanismo me parece una farsa y por qué creo que ese partido carece de vocación de poder. Veo que lo que se me hizo obvio no lo es para muchos y por eso reitero lo dicho agregando que el análisis parte de la teoría política, de la realidad nacional y de la ley.

De la teoría política porque, desde que se inventaron que la lucha por el poder se podía estudiar científicamente, los politólogos, una vez más, descubrieron el agua tibia: que la democracia se potencializa a través de los partidos cuyo objetivo es llegar al cargo de mayor decisión en el Estado. Es lo que se llama vocación de poder.

Los partidos buscan el poder con uno de sus miembros o con una coalición, dependiendo de la realidad en un momento dado. Y la realidad en este momento es que el país está destrozado y necesita opciones. Crece el desplazamiento, se aumenta la desigualdad y la supuesta seguridad tiene que ver más con las sensaciones y menos con las situaciones. Frente a estos desafíos el conservatismo está paralizado y con la consulta la única opción que presenta es la de “conservar” el statu quo de miseria económica y política.

Ante la ley la situación no es mejor. La Constitución establece que los estatutos de los partidos son su legislación y los del conservatismo disponen que, en la consulta popular, se debe preguntar “si el partido desea tener candidato propio o candidato de coalición”. Sin embargo, en el tarjetón se preguntará sólo si el partido quiere un candidato de alianza y no si quiere un candidato propio. Por lo tanto la pregunta está incompleta e induce al error.

Lo anterior no es especulación. Ahí están los libros, las cifras y el tarjetón para demostrarlo. Y eso sin tener en cuenta el punto de vista político. Porque si se tiene en cuenta, es obvio que se inventaron la consulta para legitimar una decisión ya tomada. Se quiere que los conservadores se vayan con Uribe porque eso les asegura burocracia. Por eso se amañó la redacción de la pregunta y se incluyó en el tarjetón una leyenda, que al final parece se tuvo que suprimir por puro pudor, que decía: “Si quiere apoyar a Álvaro Uribe Vélez, marque SI”. ¡Qué horror!

Como si fuera poco, se ha promovido la consulta pidiendo que se vote por Uribe. ¿Quién paga la pauta? ¿El directorio conservador? ¿El Estado? Y dos perlas más: la primera, en la consulta puede participar cualquiera así no pertenezca al partido. Y la segunda, uno puede votar varias veces tan sólo cambiando de puesto de votación. Muy democrático.

El conservatismo perdió su vocación de poder, no le responde al país, promueve una consulta ilegal y se burla de la democracia. La dirigencia azul no puede seguir “poniéndole conejo” a su electorado, hipotecando el partido y metiendo la mentira de que sólo habrá futuro dentro del bolsillo del Presidente. ¿En dónde están acaso las autoridades electorales? ¿Quién es el encargado en la Colombia de Uribe de controlar este tipo de cosas?

19 noviembre 2005

Democracia de verdad

La política es, por excelencia, un escenario de confrontación en el que la palabra es la punta de lanza. Claro, a veces la cosa se va a las manos como sucede en muchos países asiáticos, o a las balas, como pasa en Colombia. Pero esas son excepciones. La mayoría de las veces la lucha se gesta con ideas en los parlamentos o en los medios y el debate, por más que se caliente, se dirime en las urnas en términos democráticos.

En la política la polarización es un fenómeno natural. La realidad es que, entre grupos opuestos, a mayor distancia ideológica, el debate se va a extremos. Sin embargo, esto no implica que la política no pueda ser un punto de encuentro a favor de los pueblos. El mejor ejemplo es Alemania. Luego de más de dos meses de negociaciones, los partidos mayoritarios de ese país, férreos opositores entre si, firmaron ayer viernes un “Contrato de coalición” para gobernar conjuntamente.

El llamado Koalitionsvertrag es un ejemplo de civilización para muchos. Para Colombia en particular, la lección de democracia cae como anillo al dedo. Parte de la enseñanza es para el gobierno de Uribe y consiste en que las coaliciones no pueden basarse en acuerdos burocráticos para granjearse apoyo parlamentario. Lo primero a la hora de hacer un pacto político debe ser el país y no, como ha sucedido en Colombia, las aspiraciones personales.

Por otro lado la lección también es para los partidos políticos. En Alemania, por más pequeños que sean, por más insignificantes que puedan parecer frente a los grupos mayoritarios, todos se juegan en las urnas y con base en los resultados es que se sientan en la mesa de negociación. En Colombia, con contadas excepciones, es distinto.

El ejemplo es el Partido Conservador que le teme a las urnas y se arrodilló para colincharse del bus uribista. Para legitimarse quiere hacer una consulta popular a la carrera, mecanismo que no es más que una puesta en escena mediática y bufa para que sus dirigentes puedan sonreír ante las cámaras y tratar así de explicar lo inexplicable: que el partido moribundo carece de vocación de poder. Ojalá alguien con dos dedos de frente y uno de valentía se revelara contra semejante comedia.

Finalmente, la lección también es para el Estado como estructura. Alemania llevaba dos meses con un gobierno de papel y la posibilidad de que ese tiempo se extendiera más. Sin embargo, todo marchó en el engranaje estatal mientras se resolvían las cosas. Funcionaron los ministerios, las dependencias despacharon a pleno vapor y nada se detuvo a pesar de la zozobra. Una prueba de que el Estado es siempre más importante que el gobierno y de que sí es posible poner “la patria por encima de los partidos”.

Se me puede contradecir con el viejo argumento de que estamos en Cundinamarca y no en Dinamarca. Es cierto. Pero precisamente por eso es que hay que aprender la lección. Para que algún día Cundinamarca pueda ser como Dinamarca y para que esta democracia que tanto queremos y por eso tanto aporreamos, sea una democracia de verdad verdad.

05 noviembre 2005

Del dicho al hecho

En Colombia la violencia siempre ha estado unida a la política. El fenómeno es casi inherente a nuestra democracia. El recuento de asesinatos políticos va desde el de Sucre, hasta el de Álvaro Gómez, pasando por los de Uribe Uribe, Gaitán, Galán, Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro. Si algo ha habido en la política colombiana, es crimen e intimidación.

La lista de desconocidos caídos en la confrontación es mayor. En ella están los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, todos los que han sido víctimas y victimarios. Al fin y al cabo, todos son colombianos y el conflicto es, esencialmente, político.

La violencia ha influido electoralmente de dos maneras. La primera es con su materialización. Cuando las balas ha cambiado el panorama político y han llevado a que se elija más con el corazón que con la razón. El ejemplo es la campaña de 1989. En ella cayeron Pizarro, Jaramillo Ossa y Galán. El sentimiento y la frustración llevaron finalmente a Gaviria a la presidencia.

La segunda forma de influencia electoral de la violencia es la de la decisión de enfrentar el problema de una manera determinada. También hay ejemplos. Uno es el de Andrés Pastrana, quien se la jugó por la paz negociada en plena campaña e inclinó la balanza a su favor. Y otro es el de Álvaro Uribe, quien también en campaña se montó sobre la ola de la guerra total y remontó las encuestas hasta que ganó.

En la gesta electoral que se avecina la cosa parece ser más compleja pues parecieran estar surgiendo nuevos fenómenos. Uno es la influencia paramilitar en el congreso. Aunque en algunos casos puede trazarse una línea clara entre congresistas y paras, en otros no. La situación es tal, que paramilitares conocidos más por su alias que por su nombre están apareciendo en renglones de listas al Congreso. Hacer política contra ellos será un suicidio.

Otro fenómeno es la supuesta infiltración paramilitar en el estamento Estatal. Si las denuncias y escándalos de los últimos días resultan ciertos, estaríamos ante la paramilitarización del Estado. Así, no sólo hacer política sería imposible, sino que pensar y opinar distinto de una determinada línea para-oficial lo pondría a uno en la mira.

Por eso es tan importante la intención reciente del gobierno de enfrentar el problema. Gobernar en Colombia consiste en tratar de generar un desarrollo social y económico que permita la igualdad de condiciones sociales y el progreso general de la sociedad. Pero para eso se debe descontaminar la política del mal reciente que la aqueja.

Hay que celebrar la intención de limpiar la campaña. Pero la doble condición de presidente y candidato de Uribe le imponen la tarea de no quedarse en la retórica. No basta con darle la orden al general Castro de capturar a lo paramilitares que dentro del proceso de paz hagan política. Hay que pasar del dicho al hecho y mostrar resultados para que, en estas elecciones, puedan sobrevivir los candidatos, la política y la democracia.