30 diciembre 2004

2004: lo bueno, lo malo y lo feo

Por ser esta la última columna del año decidí romper algunas reglas que al escribir siempre trato de imponerme. Una es la de nunca hablar en primera persona (esa la acabo de destrozar). Otra es la de, por puro pudor, no echarle flores a este semanario, pero es que se las merece y mucho. Y una tercera es la de no hablar de colegas periodistas por más que metan la pata o den papaya. La excepción la hago ahora simplemente porque, ay Dios, cómo no hacerla.

Termina otro año convulsionado para nuestro pobre “paisito” (estos son tiempos de diminutivos) y vale la pena mencionar algunas de las cosas buenas, malas y feas de la política del 2004. Arranquemos:

DEL GOBIERNO
Lo bueno: Que ha logrado mantener cierto optimismo entre la gente.
Lo malo: Que le quedó inmensamente grande la legislatura.
Lo feo: El intercambio no humanitario: el de puestos por votos.

DE ALVARO URIBE
Lo bueno: Que todavía trabaja, trabaja y trabaja.
Lo malo: Que dejó de ser presidente para volverse candidato.
Lo feo: El “Pijama Party” de “Julián” en el Tequendama.

DE LOS MEDIOS
Lo bueno: El Siglo, Soho y El Espectador.
Lo malo: Que pocos se atreven a decir lo que en realidad piensan del gobierno.
Lo feo: La defensa de María Teresa Ronderos a Gómez Buendía en la W: lo dejó en ridículo, dio una imagen distorsionada de la redacción de SEMANA que no tenía velas en ese entierro y mostró que hay “dueños de la moral” que se creen intocables.

DE LOS URIBISTAS
Lo bueno: Las ganas de ser diferentes a los demás.
Lo malo: Que son totalmente iguales a los demás.
Lo feo: Que cada vez que tratan de unirse hacen el oso. ¿No hay cama p’a tanta gente? ¿O será que no hay gente p’a tanta cama?

DEL PARTIDO LIBERAL
Lo bueno: El valor de ponerle el pecho a la aplanadora.
Lo malo: La patria nueva de Turbay.
Lo feo: El activismo político-judicial de algunos de sus miembros.

DEL PARTIDO CONSERVADOR
Lo bueno: Que no todos se entregaron.
Lo malo: Que muchos se entregaron.
Lo feo: Que tres años antes de las elecciones renunció a tener candidato propio.

DEL POLO DEMOCRÁTICO
Lo bueno: Que demostró que para que Bogotá funcione no se requiere hacer show.
Lo malo: Que todavía le falta consolidarse como partido.
Lo feo: Que no ha dejado de ser un salpicón ideológico.

DEL CONGRESO
Lo bueno: Rafael Pardo.
Lo malo: La genuflexión de la mayoría.
Lo feo: La reelección…

“y mi ñapa…:”

DEL 2004
Lo bueno: Que se acabó.
Lo malo: Que muchos se fueron.
Lo feo: “Muy delicioso, deliciosísimo, muy delicioso”. ¡Qué horror!

Feliz 2005.

11 diciembre 2004

¿Corte de franela?

La política es un arte en el cual el resultado muchas veces se siente pero no siempre se ve. Como la música. En el juego del poder, sin embargo, no sólo se hilvanan emociones y sensaciones sino también hechos. Y por eso las decisiones de un gobernante, al contrario de las del intérprete o las del compositor, pueden mandar a una nación directo al cielo o al infierno. El mejor ejemplo es Colombia.

La extradición de Rodríguez Orejuela se llevó toda la atención de estos días. Sin embargo, lo fundamental para la política es y seguirá siendo la aprobación de la reelección. De hecho, el pacto entre Gobierno y Congreso para aprobarla dejó sobre el tapete varios aspectos que merecen una reflexión: el primero es el trueque en el que primó el interés personal. El presidente puso por delante sus ganas de quedarse y los congresistas las suyas de oxigenarse con burocracia. Todos con un mismo interés: el poder. ¿Y el poder para qué? Elemental mi querido Watson: el poder para poder.

El segundo hecho de reflexión es la figura misma de la reelección. Se trata de algo no sólo ajeno a nuestra tradición política sino también a nuestro universo jurídico. Esta es una institución que, como van las cosas, terminará convertida en la fuente de un terrible autoritarismo, especialmente ahora que el gobierno dejó ahogar el estatuto de la oposición. Increíblemente el ejecutivo utilizó su varita mágica para que se aprobara la reelección pero a la hora de salvar el estatuto que le daba garantías a sus opositores, la guardó. ¿Por qué?

Por otra parte, es evidente que la reelección ha generado una mutación genética en la actividad del gobierno. Todos los actos del presidente se convirtieron en los de un candidato, lo que ha llevado a que la información oficial se vuelva propaganda. Cuando esto le ocurre a un presidente sale a dar bandazos dependiendo de qué le indiquen las encuestas. Y para la muestra un par de botones: la nochecita de Julián en el Tequendama con francachela y comilona y el indulto gratis a 23 guerrilleros de las FARC hace 15 días. No es que el presidente esté mostrando el corazón grande. Lo que pasa es que está haciendo política, que es otra cosa.

El tercer elemento de reflexión es que el congreso tiene un poder constituyente derivado sometido a ciertos límites, que aunque no estén expresamente establecidos, son reales. Algunos sostienen que esto no es así porque en la Constitución dice que la Corte debe revisar exclusivamente la forma de los actos legislativos. Sin embargo, se olvidan que a la constitución la envuelve un conjunto de valores que son límites tácitos de reforma y que el Congreso no se puede brincar.

Vale un ejemplo: ¿Si el Congreso establece la pena de muerte la Corte debe aceptarla aún si el trámite se siguió al pie de la letra? Claro que no. ¿Por qué? Porque la interpretación constitucional debe apuntar siempre al respeto de los derechos humanos y el Congreso no puede desaparecer de un pupitrazo pasional toda la filosofía de vida del Estado social.

Por todo esto la Corte constitucional debe mirar no sólo la forma sino también el contenido de la reforma. Al mejor estilo del filósofo de Buga “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Y una cosa es que el Congreso reforme la constitución y la deje maquillada, más bonita o más fea, y otra cosa es que se le chupe el alma.

De nada valió la oposición ante el embrujo del poder. Al Partido liberal y al Polo no les alcanzó la fuerza para trancar la aplanadora. Por su parte, el partido conservador fue inferior a su compromiso de luchar por preservar lo esencial. Afortunadamente ahora llega el terreno de lo judicial y es el turno al bate de los magistrados. ¿Habrá Corte de franela?