Todo fue político y todo hizo mover bastante al país. Sin embargo, el hecho de mayor relevancia no sólo presente sino futura, lo protagonizó una Colombia desconocida y condenada al ostracismo desde hace más de seis siglos; una nación sin voz que dijo “aquí estoy” y que emergió desde puntos remotos para mostrarse y hacerse oír. Esa parte del pueblo colombiano es la comunidad indígena.
La concentración llamada “Minga por la vida, la justicia, la alegría, la autonomía y la libertad de movilización”, reunió a casi 60 mil indígenas de más de 90 cabildos de los departamentos de Cauca, Nariño y Putumayo, que caminaron desde Santander de Quilichao en el departamento del Cauca, hasta Cali.
El primer motivo de la caminata fue oponerse a las reformas de la constitución de 1991 que tanto le gustan al gobierno. ¿Pero oponerse por qué? Porque en ese texto los indios lograron por primera vez en la historia patria alcanzar un status siempre merecido pero siempre olvidado. En Colombia existían leyes que asemejaba a los indios a los menores de edad, lo que afectaba sus derechos civiles y políticos. Era la época de la discriminación oficial, los días del Apartheid indígena que gracias a la última constituyente dejó de existir y que, por lo menos en la teoría, llevó a una situación distinta.
El segundo motivo de la marcha fue protestar contra acciones cometidas en desarrollo de la política de seguridad democrática. Los pobladores de los cabildos no han sido ajenos a los ataques de los alzados ni a la respuesta de la autoridad. ¿Cuántos indios han sido secuestrados? ¿Cuántos han caído en las detenciones masivas?
El tercer motivo de protesta es el TLC. Para los indios, el pueblo tiene que tener una participación directa en las decisiones del tratado, para lo cual se ha hablado incluso de someter a referendo el texto que finalmente sea negociado. Esto, pues las comunidades tienen una relación particular con la tierra y consideran que algunos puntos simplemente no pueden ser negociados.
Cuando se anunció la marcha al gobierno no le gustó. Claro, a ningún gobierno le gustan las marchas. Pero a este menos. Por eso el presidente dijo que la caminata no le olía bien, que tenía contenido político y que podría ser aprovechada por los terroristas para hacer de las suyas. ¿Contenido político? Pero claro. Protestar por el cambio de constitución es político. Y no hay nada de malo en que lo sea. Por otro lado, la marcha demostró que el fetiche del terrorismo volvió a ser una excusa en contra de la protesta social y que al final no pasó nada malo. Por el contrario, la marcha indígena fue el ejemplo perfecto de que una cosa es protestar, otra es oponerse, y una tercera es usar las armas para eso. Los indios, a pesar de sus diferencias ente si y con nosotros, nos dieron un ejemplo de convivencia solidaria y de unión.
Pero no solamente nos dieron eso, sino también algo más: un campanazo. Porque acaso contagiados por los ejemplos que otras comunidades indígenas han dado en distintas partes del continente, nuestros indios, nuestros hermanos, se hicieron sentir. La diferencia es que aquí lo hicieron para llamar la atención sobre algunas cosas. Es decir, se trató sólo de un aviso. Pero si no se atiende el problema indígena, si se sigue considerando que los integrantes de esas comunidades son algo marginal en la sociedad, si se les sigue considerando ciudadanos de tercera, puede haber muchas sorpresas. Basta mirar hacia Bolivia, Perú o Ecuador para entender el mensaje.
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