23 octubre 2004

¿Demo... qué?

Fue en la Grecia antigua donde se presentaron las manifestaciones democráticas que después de siglos desembocaron en el sistema democrático constitucional que se supone ideal. Dentro de los ires y venires históricos de ese largo lapso están la propia decadencia griega, el surgimiento de Roma, el hundimiento del imperio, las invasiones bárbaras, la edad media, el renacimiento, la conformación de los Estados y las guerras mundiales que a la postre desembocaron en un orden mundial considerado hoy en día el embrión del globalizado mundo contemporáneo. Casi nada…

En la mitad de ese tejemaneje histórico quedaron en la lona los intentos por reemplazar la democracia. Nada funcionó y tal vez por eso es que hoy en día la teoría política ya no busca cambiar el sistema sino matizarlo para que sea más justo y equitativo. La democracia en el siglo XXI tiene tanto prestigio, es a tal punto protagonista de novela, que hasta se exporta. Para no ir más lejos, si la guerra de Irak no es un ejercicio para exportar democracia a cambio de petróleo, ¿entonces qué es?

Situando el tema en Colombia, mientras que muchos consideran al país como la democracia más antigua de Latinoamérica otros la ven como uno de los ejemplos más imperfectos de este sistema en el mundo. Y es posible que ambos grupos tengan razón. Los primeros por su visión histórica relativamente acertada (aunque para muchos de ellos el golpe de Estado de Rojas Pinilla fue un pecado venial y no un rompimiento del orden constitucional).Y los segundos porque ven la democracia colombiana como algo muy lindo en la teoría pero horrible en la práctica.

Eso de que tenemos la democracia más antigua de Latinoamérica es válido. Y aunque en tierra de ciegos el tuerto es rey, la teoría encuentra refuerzo en los ejercicios de participación democrática del siglo XX. Sin embargo, el cuento de que somos una democracia a media marcha también es real. No sólo por el nivel de miseria y desigualdad que se ve en cada esquina, sino por el desorden institucional y por la facilidad con que el gobierno rompe el equilibrio entre las ramas del poder público.

Para la muestra el botón de la aprobación el jueves pasado de la iniciativa de reelección de Uribe. El debate fue democrático y ganó la mayoría. Pero demostró que por más reformas que se le hayan hecho al sistema electoral para generar decisiones representativas y de bancada no se ha avanzado un ápice y que lo que el ejecutivo ha puesto de moda es la feria de los puestos y de las prebendas para hacer política.

Lo triste del episodio, más allá de si se está o no de acuerdo con la iniciativa, es la efectividad de la cruzada del gobierno para cuadrar los votos. Aunque el proyecto en primera vuelta fue aprobado con 18 votos, ahora pasó con 24. ¿Las razones? Algunos miembros de la comisión cambiaron de posición y suplentes de representantes que anteriormente habían votado negativamente ahora lo hicieron positivamente.

Esa explicación, válida desde el punto de vista de los números, resulta desastrosa desde el punto de vista de la democracia. Primero porque muestra que hay congresistas que prefieren el pájaro en mano de su patrimonio político personal al ciento volando de un orden constitucional serio y sin nombre propio. Y segundo porque es evidente que en Colombia no hay una coherencia política de posiciones ideológicas sino un simple juego de intereses electorales coyunturales.

Lo menos que se le puede pedir a una democracia seria es que los congresistas no cambien de posición dependiendo de qué les den y que los miembros de una lista tengan la misma postura frente a un tema de semejante trascendencia. Este es el mínimo acto de fidelidad de un partido con sus electores. Sin embargo, con el debate del jueves quedó claro que en Colombia eso es pura teoría. Lamentablemente en el país muchos han olvidado que en materia democrática pasa lo que con la mujer del César pero al revés: que no sólo hay que parecerlo, sino también serlo.

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