09 octubre 2004

El efecto bumerán

Se dice que los australianos son los maestros del boomerang. Se supone que este artefacto tal y como se conoce usualmente, bien tiradito vuela y vuelve. Como tantas cosas. Menos gente sabe que los argentinos también dominan este deporte. Sin embargo, lo que nadie sabía es que en Colombia algunos tuvieran también esta afición, y menos que el propio presidente fuera su mejor exponente. Eso sí, con un detallito: que cuando Uribe lanza su boomerang verbal lo hace siempre para golpear a alguien y generalmente la cosa se devuelve y le da a él mismo en la cabeza.

Esto es precisamente lo que le pasó al insistir en que presentaría pruebas contundentes de que el M-19 le estaba cumpliendo un negocio a los narcos cuando se tomó el Palacio de Justicia. Uribe se equivocó de cabo a rabo porque las pruebas que presentó en realidad no dicen nada y porque alborotó un avispero que lo está picando y manchó el único ejemplo de paz real que Colombia tiene para mostrar.

Pero más allá de eso Uribe demostró que realmente algo le está pasando. Algunos creen que como es candidato se la pasa en campaña. Esto puede ser cierto pero no puede ser lo único. Por eso, para tratar de entender qué es lo que le está sucediendo al presidente, vale la pena analizar cuáles fueron sus errores y por qué pudo haberlos cometido.

El primero fue romper una regla de oro que sólo políticos muy hábiles se pueden brincar y que consiste en que, como dicen los gringos, la política termina en dónde empieza el mar. Una cosa es hacer política en el país, en dónde la ropa sucia se queda en casa, y otra es hacerla en el exterior. Allí los golpes dejan mal parado a todo el estado. Uribe no parece entender que por fuera de Colombia él no representa sólo a sus amigos sino a todos los colombianos.

El segundo error es que el presidente nunca ha entendido el poder del silencio. Por el contrario, ha institucionalizado un lenguaje con un aire entre general y profesor de colegio. En este nuevo léxico Colombia ya no es el país sino “la patria” y los periodistas en Palacio no son reporteros sino “muchachos”. Frente a ellos el presidente ya no da declaraciones sino que sienta cátedra y en los consejos comunitarios (versión colombiana del “Aló Presidente” de Hugo Chávez) el séquito obedece y con el corazón grande lleno de temor reverencial contesta siempre “sí presidente”.

El tercer error es que Uribe pretendió deslegitimar la oposición untándola de coca. De esa manera la polarización tendría un matiz distinto al enfrentar la campaña y la pelea ya no sería sólo entre buenos y malos, como en épocas de referendo, sino entre exguerrilleros seminarcos y gente de bien. Mal tema para un colombiano en los Estados Unidos y peor para un presidente en ejercicio.

El cuarto error es que Uribe tiene memoria selectiva. En la campaña anterior dijo que no le gustaba la reelección porque el gobierno podía ponerse a buscarla. Y ahora de presidente no sólo sí le gusta sino que puso al gobierno a buscarla. También se le olvidó que cuando fue senador propuso que el Congreso aprobara un segundo indulto para los miembros del M-19 que incluyera los delitos cometidos en el holocausto del Palacio de Justicia y que en eso tuvo éxito porque de ahí salió la ley de indulto que hoy aborrece.

Uribe no es australiano ni parece australiano. Tampoco es argentino aunque en ciertas cosas sí lo parece. Uribe es un colombiano aficionado a la política, a los caballos y más recientemente al boomerang. Claro que en esta última actividad va a tener que replantearse. Porque a este paso y con el bajón en las encuestas, antes de un año, el presidente puede haberse hecho él mismo un daño tan grande que cuando se apruebe la reelección, de pronto ahí sí tiene memoria y se acuerda que existe el sabio dicho popular de que, en la vida, en realidad, nadie sabe para quién trabaja.

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