El presidente Uribe recita los versos de amor de Neruda con gran conocimiento. Y como él mismo confiesa, eso se le oye a uno mejor con dos aguardientes en la cabeza. Pero el presidente no se los toma. Por el contrario, en lo consejos comunitarios se le ve siempre minucioso y trabajador. Algunos lo critican. Lo tildan de ser un hombre de micropolítica. Pero se equivocan. Porque basta mirar la iniciativa de la reelección para entender que Uribe sí sabe qué quiere. Y eso no es política pequeña. El primer mandatario no es un micropolítico sino un microadministrador.
El psiquiatra Kerry J. Sulkowicz, experto en administración, escribe en la revista Fast Company que “los microadministradores quieren siempre mantener el control, y delegarlo los pone ansiosos. Creen que sus habilidades no tienen comparación. Aunque esos jefes pueden darle una buena imagen a la actividad administrativa, su inseguridad opaca el desarrollo de sus empleados y en últimas es desmoralizante y mala para sus negocios”.
A Uribe no le es fácil delegar. Menos ahora que sin Fernando Londoño lleva casi un año con todo el trabajo al hombro. Ese no es el único problema. En los pasados 15 días Uribe ha entendido que Pedro Juan Moreno va en serio por la cabeza de varios funcionarios. Ya cayeron José Roberto Arango, el secretario Alberto Velásquez y se dice que le está llegando el turno a Fabio Echeverri. Pedro Juan ha hecho la oposición que no han hecho los partidos y está mostrando que en el gobierno no todo es color de rosa.
Uribe ha capoteado la cosa con éxito como si se tratara de movimientos normales en su equipo de trabajo. Mientras tanto, en Venezuela, se fajó. Trató a Chávez como a un gran amigo, firmó una carta de intención para construir un poliducto y soltó la perla de que ojalá los españoles no nos mandaran los tanques de guerra sino algo más útil. Esto último lo hizo porque sabe que con la llegada de Zapatero a la Moncloa el negocio se dañó. Pero lo importante es que dio el muletazo en Caracas que es donde mayor preocupación había.
Cuando Uribe deja de lado el espectáculo es un gran presidente. Maneja las crisis y muestra visión. Pero cuando lo agarra el bicho de la microadministración, a pesar de que se ve bien, le va mal. Está perfecto que el presidente siga evocando el sentimiento de Neruda dejando de lado su ideología que, al fin y al cabo, se quedó hace rato del Transmilenio de la historia. Pero ojalá que así como recuerda el amor de los marineros que besan y se van, también eche mano de los sueños de libertad y dignidad del poeta porque esos no caducan ni pierden vigencia.
Cuando Neruda recibió el Nóbel de literatura habló sin ideologías. Ahí no sólo fue un gran poeta sino también un gran político. Después de narrar brevemente algo de su tortuoso camino hacia el exilio, comentó: “De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común".
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