El primero es la carta firmada por los candidatos demócratas en la que se critican varios puntos de la gestión de Uribe y se le pide que cumpla con las recomendaciones de las Naciones Unidas sobre derechos humanos. Más allá de su contenido, que le cae a todos los actores del conflicto por igual, este mensaje es un hecho político mayúsculo. No sólo es un espaldarazo a la ONU en su momento más bajo, sino también un campanazo a la manera en que Colombia está actuando en el tema de la guerra.
Como la popularidad de Uribe se apoya en la seguridad, es fácil adivinar que esta es una clara advertencia. Si en los Estados Unidos el gobierno cambia de partido, que es lo que se ve venir, las evaluaciones sobre nuestro país se harán con un criterio distinto. Es cierto que los recursos del Plan Colombia no se afectarán como anunció Washington. Pero eso no quiere decir nada porque lo que se viene es una visión menos militarista en las relaciones bilaterales y eso sí quiere decir mucho.
Por lo anterior los amigos del gobierno en Colombia deben estar rezando para que los demócratas pierdan las elecciones. Pero sus esperanzas pueden ser en vano porque así gane Bush, también habrá cambios. Washington está picado con el manejo del proceso de paz y la prueba es la fuerte declaración del embajador Wood a la visita de Mancuso y compañía al Congreso. Si a eso se le suma que el tema tiene su componente de droga y extradición, parecería que de todos modos, como dice el vallenato, “un fuerte nubarrón se alza en el cielo”.
Lo anterior está estrechamente relacionado al segundo hecho que repercutirá en nuestro país. Se trata de la Convención del partido demócrata en Boston. Lo que se vivió en ese escenario no fue una simple reunión partidista para nominar un candidato, sino un replanteamiento de toda la política contemporánea a nivel global. Fue, ni más ni menos, una nueva repartida de cartas que sin duda marcará definitivamente la tendencia del péndulo político durante los próximos años.
Lo anterior se evidenció en los discursos. Principalmente en el del expresidente Bill Clinton, quien comparó las ideologías gringas de una forma que se puede aplicar a la Colombia de hoy. Según él, aunque toda la nación libra una guerra contra un enemigo fuerte, algunos para triunfar quieren una sociedad unida mientas que otros necesitan una sociedad dividida. Y mientras que para los mismos la política fiscal debe basarse en la equidad, para los otros debe discriminarse generando acumulación de riqueza y por lo tanto desigualdad.
Clinton fue la estrella de la convención hasta que John Kerry, signatario de la carta que le llegó a Uribe, hizo su aparición. No sólo se presentó ante la sociedad americana como candidato, sino que se dirigió al mundo entero. Pero no lo hizo apelando a las heridas del pueblo americano, sino que pronunció palabras con una carga de valores democráticos que hace tiempo no se veía. Fue un hombre de estado que habló, respiró y vivió política de la más grande. Y su mensaje fue claro: Help is on the way, aquí va la ayuda que el mundo necesita.
El éxito de una gestión de gobierno basada en emociones que arrancan aplausos no dura cuatro años. Especialmente si mientras tanto se pelea una guerra. Bush, que ha pasado de héroe a villano en pocos meses, lo sabe y por eso va a timonear duro en su campaña. Ese mismo mensaje lo está oyendo Uribe quien se está debilitando en las encuestas y por eso se está reforzando como candidato. Todos saben que llegó Kerry a la arena y que con él viene una nueva política. Una que tiene planteamientos para el mundo entero y que puede darle un rumbo nuevo a la vida en el planeta.
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