16 octubre 2004

Cuenta regresiva

Algunas semanas el análisis político debe recaer sobre un hecho individual que marca la vida pública en un momento específico. Esto sucede, por ejemplo, cuando una declaración presidencial tiene implicaciones en la dinámica democrática. El prototipo más claro es la zafada de Uribe en Miami contra el Eme y la tormenta que causó. En casos como este la declaración misma hace la política y por eso, frente al analista, se convierte en el objeto obligatorio de su análisis.

Otras veces la cosa es distinta. Cuando la política se pluraliza, en términos gramaticales, no es ya un solo hecho sino varios los que hay que analizar. El ejemplo claro es un gobierno tratando de que le aprueben una reforma tributaria y otra pensional mientras impulsa la reforma constitucional de su reelección. De repente ese gobierno se encuentra con que su bancada, al mejor estilo de La Monita, anda retrechera. ¿Y por qué? Porque está esperando su CVY (¿Cómo Voy Yo ahí?). En estos casos el ejercicio para el analista es más complejo porque el centro de atención es el efecto de múltiples variables sobre un mismo panorama.

Pero como la política tiene varias dimensiones, en otros casos el análisis debe darse sobre la situación general del momento. Es decir, sobre la coyuntura. El mejor ejemplo es la contienda electoral de los Estados Unidos. Nadie puede entender en qué andan Bush y Kerry hoy en día, sin tener una imagen clara de lo que está pasando internamente a nivel ideológico en ese país y a nivel geopolítico en el resto del mundo. Y cuando el ejercicio circunscribe a un país como el nuestro, los resultados son apasionantes. No sólo porque en Colombia todo es apasionante. Sino porque especialmente lo es la política.

El momento nacional de hoy es puramente transicional. Es parte de un proceso que se supone debe llevar al país a buen puerto. Las vías para llegar a ese destino las trazaron los candidatos en la campaña presidencial y la gente decidió que Uribe fuera el timonel. El problema es que no hay camino sin espinas y por eso, dentro de la pericia de todo buen capitán, tiene que estar el don de la maniobra. Sin embargo, por no maniobrar correctamente, la Colombia de hoy se está pareciendo cada vez más al Titanic.

Antes de zarpar, todo el mundo andaba feliz. Las banderas iban y venían, el ánimo era perfecto, el país se embarcaba en la aventura de la mano firme y el corazón grande. Las clases altas del barco, felices, oían su música, se tomaban sus vinos, bailaban y se alistaban para el viaje. Las clases medias confiaban en que sus ahorros los llevarían lejos, en que podrían darse sus gustos y en que podrían pasear en sus carros otra vez. Las clases bajas le apostaban a un buen viaje, apretados pero contentos, con la frente en alto y con la esperanza intacta.

Hoy, dos años después, el barco tambalea. Las clases altas han perdido la confianza en su timonel y lo ven como un gobernante pequeño y rabioso que piensa más en cómo quedarse en el poder que en gobernar. Las clases medias no logran entender en qué momento sus ahorros terminaron pagando tantos impuestos que suben, suben y suben. Y las clases bajas tienen hambre. Tienen mucha hambre.

El péndulo de la política se está devolviendo. Lo curioso es que no lo está haciendo con la velocidad uniforme y constante que enseña la física simple, sino con la rapidez de las vueltas de clasificación de las carreras de Juan Pablo Montoya. En Colombia parece que los acontecimientos estuvieran generando una nueva realidad; parece que estuviéramos en una cuenta regresiva hacia un destino que, Dios quiera, no sea el del Titanic.

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