02 octubre 2004

El poder del silencio

Luego de ver al presidente hablándole a un grupo de colombianos en Estados Unidos esta semana, es imposible no evocar el día en que derrotó a Horacio Serpa. Esa noche Uribe hizo planteamientos de Estado de manera razonada y tranquila, sin triunfalismos y sin agravios. Pero el contenido y la forma de ese discurso fueron flor de un sólo día.

Desde el día de su posesión el tono amable de Uribe fue adquiriendo cierto tufillo arrogante que se empezó a adornar con tozudas decisiones: estado de conmoción interior, impuesto de Seguridad Democrática, “Zonas especiales de rehabilitación”, Red de informantes y las recompensas para quien venda información.

Y del hecho se volvió al dicho. El presidente le pidió a la ONU cascos azules para enfrentar a la guerrilla. Obviamente la respuesta fue negativa. Pero Uribe, que no está acostumbrado a que le digan que no, empezó a buscarle la comba al palo. En Davos, Suiza, dijo que Colombia tenía una situación mucho peor que la de Irak y pidió una coalición militar internacional para combatir el terrorismo y el narcotráfico. Al final, lógicamente, nada pasó. ¿Pero qué tal si el epicentro de las noticias mundiales no fuera Falluyah sino Pereira? ¿O que Barrancabermeja le pertenecería hoy a los soldados que se asolean en Basora?

En septiembre de 2002 Uirbe dijo que las ONG eran patrocinadoras del terrorismo y al poco tiempo repitió la dosis. Sólo que esta vez anunció que investigaría unas 1300 ONG que actúan en el país. Después viajó a Europa. Allí quiso colgarle un carriel al papa y con la mayor ligereza hizo referencias a Hitler. Un tiempo después, ya en Colombia, llamó a una emisora para controvertir al senador Hector Elí Rojas en vivo, pero se le voló la piedra y terminó diciéndole mañoso. Tuvo que pedir perdón.

Cuando la Corte Constitucional tumbó el estatuto antiterrorista el presidente dejó ver su descontento aunque de manera más parca. Se pensó entonces que la cosa había cambiado. Sin embargo, Uribe volvió a mostrar su necesidad de ganar a toda costa cuando se lanzó a buscar la nulidad de la sentencian en un round que también va a perder.

El jueves de la semana pasada Uribe demostró que sigue siendo ligero al hablar. Frente al grupo de compatriotas dijo todo lo que un presidente no debe decir. Luego de saludar al Jet Set criollo que considera a Miami la ciudad más importante de Colombia, arremetió contra quienes piensan que en el país se están negociando cosas con los paramilitares de manera secreta. El escenario no fue el mejor y las palabras menos. En pocas frases el presidente descalificó el proceso de paz con el M-19 que terminó con la constitución de 1991 y creó un nexo entre el entonces grupo guerrillero y los narcotraficantes cuyas pruebas nadie ha podido encontrar. El primer mandatario alborotó innecesariamente un avispero que ha debido dejar quieto.

El pasado es pasado y aunque se debe aprender de la experiencia siempre es mejor no desenterrarlo. Especialmente si las susceptibilidades de ayer pueden convertirse en heridas de hoy. Además, siempre es mejor pensar antes de hablar, porque si no, al mejor estilo de las películas gringas de policías, lo que uno diga puede ser luego utilizado en su contra.

Se dice que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Y Uribe debería entender el poder del silencio. Dicho de otro modo, a estas alturas, el presidente ya debería saber que muchas veces, en la política como en la vida, es mejor no perder la oportunidad de quedarse uno callado.

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