14 agosto 2004

El enredo del corbatín

Hace un par de semanas, en el programa del Canal Caracol Hablando claro con la prensa, el subdirector de Relaciones Internacionales del diario madrileño El País, Miguel Ángel Bastenier, comparó la actividad de los expresidentes en España y en Colombia. El periodista explicó que para él es extraño que mientras en la Madre Patria quienes dejan el poder pasan al ostracismo, en Colombia adquieren una influencia política mayor a la que tuvieron a lo largo de su mandato.

Bastenier tiene razón. Los ex en España desaparecen de la vida pública y se dedican a la privada. Salen de las páginas de los periódicos y entran en las de las revistas de “cotilleo”. Su imagen política queda en la historia y acaso se les vuelve a tener en cuenta para las convenciones de su partido o para alguna conmemoración continental.

En nuestro país pasa todo lo contrario. Cuando los inquilinos de la Casa de Nariño finalmente se trastean, compran la acción de un club virtual que tiene una influencia política mayúscula y un peso específico propio. En términos taurinos, cuando en España un gobernante deja el poder se corta la coleta, mientras que en Colombia toma la alternativa. O para hablar de deportes, ahora que empezaron los Olímpicos, los ex presidentes allá cuelgan los guayos mientras que aquí arrancan a tratar de batear siempre de jonrón.

El fenómeno tiene una sencilla explicación. En España el sistema de gobierno es parlamentario, lo que supone unos partidos organizados y una despersonalización del poder. Allí gobiernan los partidos representados por su jefe y no el jefe representando su partido. Aquí en Colombia, por el contrario, hicimos una adaptación criolla del sistema presidencial gringo y le dimos prioridad a la persona por encima del grupo político. Por eso, precisamente, somos el país de los “ismos”: uribismo, pastranismo, lopismo, etc…

El problema de esta personalización es que se come los partidos y destroza la verdadera democracia. Para la muestra un par de botones: en la situación actual, el uribismo, conformado por el ex samperismo (el propio Uribe es ex samperista), por el gavirismo y por algo del pastranismo, ha terminado engulléndose al Partido Conservador. Mientras tanto, el antiuribismo, en donde están el lopismo, el samperismo y otra parte del pastranismo, ha terminado tragándose al Partido Liberal.

Ante esta realidad, un viejo “ismo” de corbatín de pepas ha decidido renovar la patria. El turbayismo, encabezado por su mismísimo jefe en persona, quiere convertir todo el liberalismo en uribismo, para que el Presidente se vuelva un trofeo del Partido Liberal. Esa es una tacada a varias bandas propia de un experimentado tahúr de la política. Sin embargo la cosa no es fácil. Porque aunque alguna vez Turbay unió a su partido y tiene similitudes con Uribe (cómo no comparar el estatuto de seguridad con el estatuto antiterrorista), los liberales oficialistas de hoy no se van a dejar hacer ese masaje sin patalear.

El reeleccionismo de Turbay es para el Partido Liberal lo que el antirreeleccionismo de Pastrana es para el Conservador: un claro factor de división. La semana pasada los liberales quedaron más divididos que nunca. Turbay soltó la bomba de la reelección y Piedad Córdoba ripostó en nombre de la Dirección liberal. Los miembros de la Dirección la desautorizaron, pero también rechazaron la iniciativa turbayista. Piedad se quedó sola y se acercó otra vez a Gómez Méndez. Y ahora ambos van a hacer política mirando un poco más a la izquierda.

Con esta situación no es raro que desde España nos miren con extrañeza. Y eso que Bastenier también es colombiano. Lo que pasa es que hay que haber vivido mucho el país, hay que haber comido mucha arepa con mantequilla y sal, hay que haber probado las mieles del poder y sobre todo hay que haber padecido el rigor de la bendita política criolla, para no sorprenderse; por ejemplo, para no terminar de leer este artículo rascándose uno la cabeza y pensando “qué tipos estos; qué vaina tan enredada”.

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