01 julio 2006

Importante decisión


Se dice que la justicia cojea pero llega. Yo en lo personal creo que la injusticia es más común que la justicia y que, la mayoría de las veces, lo justo es excepcional. Pero creo también que hay momentos en los que la justicia se impone en contra de todo y entonces el equilibrio se reestablece. Se hace el milagro y lo que debe ser, es. Eso pasa en las relaciones humanas y, cómo no, también en la política.

Si bien en algunas situaciones el derecho no interviene, como es el caso de ciertas relaciones humanas, en otras sí. Es lo que ocurre cuando un tribunal hace justicia a pesar de las presiones y las situaciones. La herramienta en este caso sí es el derecho. Y cuando funciona, cuando esto ocurre, las sociedades retoman el rumbo.

Esto último es precisamente lo que ocurrió hace dos días en Estados Unidos. Los jueces dijeron que los tribunales militares de justicia creados por Bush para juzgar a los “combatientes ilegales” no se ajustaban al derecho y que se estaban rompiendo las normas internacionales. Con esto le dio una estocada a una de las principales armas del gobierno americano contra el terrorismo, pero a su vez, hizo justicia.

Desde los ataques de las Torres gemelas y el surgimiento del “Patriot act” el gobierno gringo se estaba pasando el derecho por la faja tanto en la teoría como en la práctica. En la teoría porque sacó normas totalmente contrarias a la ley internacional y a los principios jurídicos aceptados por todos los pueblos. Y en la práctica porque intrigó, le hizo el quite a la ONU, manipuló pruebas y hasta mintió para invadir Afganistán e Irak.

Pero si actuó mal a la hora de preparar sus políticas bélicas internacionales, también lo hizo a la hora de ejecutarlas. El mejor ejemplo es el campo de Guantánamo, en el que se ha institucionalizado una carrera por la muerte. Los prisioneros se sienten muertos en vida y entonces tratan de suicidarse para estar muertos de verdad. Sus captores, por el contrario, tratan de mantenerlos vivos para que sigan siendo muertos vivientes.

¿Muertos vivientes? Sí. Porque no de otra manera puede concebirse a un prisionero al que se lo detiene, no se le acusa formalmente, se le guarda por años y se le niega todo amparo jurídico y todo derecho. Es como si a un grupo de individuos los devolvieran en el tiempo y los metieran en épocas en las que era normal estar sometido a los designios del gobernante de turno. Eso fue lo que se implantó en Estados Unidos y eso, precisamente, es lo que puede estar por desaparecer.

Son muchos los juristas americanos recordados y respetados. Y en un país en dónde la división entre política y justicia es tan gris, que una luz brille un poco hace que surja la esperanza. Esta decisión judicial es el camino para que los prisioneros reclamen sus derechos y sean castigados si son culpables o liberados e indemnizados si son inocentes.

Mientras tanto en Colombia nos asustamos con el monstruo que creamos. Garavito, el asesino de niños, puede quedar libre. Y nosotros nos rasgamos las vestiduras como si no fuéramos los que nos inventamos las leyes y códigos que tienen a nuestro Jack el destripador de menores con la posibilidad de dejar la cárcel y volver a las calles. ¿Qué hacer? ¿Inventarnos nuestro propio Guantánamo?

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