Me siento a escribir y se supone que debo hablar de las nuevas mesas directivas del Congreso y del desfile del 20 de Julio. Pero decido revelarme. Todos los columnistas tocarán el tema esta semana. Por eso mejor me lanzo a hacer una reflexión, también política para cumplir con los cánones de mi oficio, pero sobre algo distinto. El miércoles me llevé la sorpresa de que estábamos en ley seca. ¿La razón? Era la víspera de la conmemoración del grito de independencia.
Muy rara la prohibición de tomar por cuenta del 20 de julio. Si al fin y al cabo se trata de una celebración. Es como si quienes imponen la medida no se imaginaran que buena parte de la historia patria, especialmente de aquellos episodios que en 1810 culminaron con la firma del acta de independencia de Santafé de Bogotá, estuvo precedida y rodeada de unos tragos.
Para no ir más lejos imaginémonos a José Acevedo y Gómez en el balcón famoso sin haberse tomado sus buenas chichas. Su discurso alentador seguramente habría carecido de fuerza. Imaginémonos también a los destinatarios de sus palabras. Claro que estaban ebrios de patriotismo. Pero seguramente uno que otro también lo estaba de alcohol.
No pretendo hacer una apología del trago y mucho menos de la embriaguez. Pero pensemos que el 20 de julio se celebra lo que fue la cuota inicial de nuestra libertad. Y si cuando Colombia clasificaba al mundial de fútbol (benditas épocas aquellas), si cuando Montoya alumbró con su sonrisa victoriosa las calles de Mónaco y si cuando la sinceridad de las caderas de Shakira golpea los corazones del mundo queremos brindar, ¿por qué impedírnoslo por decreto en el día del grito de independencia?
Yo no sé, pero creo que cuando los lanceros salvaron la patria en el Pantano de Vargas muchos brindaron con un “Salud de guerrero”. Y cuando el Once Caldas quedó campeón de la Libertadores muchos se abrazaron y soltaron en buen paisa un “Salud parcero”. Y tengo la impresión de que luego del desfile del jueves pasado Juan Manuel Santos llegó a su casa después de que el ejército le rindió honores como nuevo ministro de defensa y se tomo feliz un par de whiskies. O por lo menos eso habría hecho yo.
De manera que si bien es cierto “el exceso de alcohol es nocivo para la salud”, hace parte de nuestra cultura. Tal vez, en lugar de prohibir su venta y consumo durante las fiestas patrias deberían restringirse y mantenerse bajo control. Que la norma imponga la moderación para mantener el orden. Que se respete el perímetro por dónde habrá de pasar el desfile. Que se hagan más controles y hasta que se restrinjan las zonas de celebración. Pero que no se prive a la gente de poderse tomar un trago en un día festivo.
Llegué a mi casa el miércoles luego de mi fallido intento por tomarme unas cervezas con “mis amigos y mi gente en el lugar en donde me reúno cada noche” y al abrir la nevera afortunadamente tenía algunas “Negra Modelo” bien frías. Que rico porque yo estaba celebrando. Las abrí, las repartí, mire a mis amigos y les dije: “En estos momentos de efervescencia y calor” brindemos porque soy libre. Y me contestaron: salud parcero. Salud de guerrero.
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