Me volví amigo de Fernando Londoño cuando en segundo año de carrera me dictó derecho constitucional en la Javeriana. Coincidió ese año con el del cambio de Constitución. La clase versó siempre sobre lo absurdo que para el profesor resultaba la constituyente, a pesar de haber sido él candidato. Al final la mayoría de mis condiscípulos quedaron con la sensación de que, en efecto, el texto final era un adefesio.
Años después me correspondió la dura tarea de enseñar constitucional a los alumnos de tercer año, recién desempacados de las manos de Fernando. El proceso empezamos a llamarlo entre colegas “Deslondoñización”, pues llegaban los estudiantes odiando la Constitución de 91 con mucha pasión y poca argumentación. Afortunadamente al final, lográbamos cambiar su visión del derecho, de la constitución y del país.
Mi amistad con Fernando se hizo mayor pues, no solamente conocí su tierra que desde entonces adoro, sino que además en un momento adverso me tendió la mano. Eso, no obstante, no cambió mi visión de las cosas. Y por eso al ver cómo hace algunos días mi profesor y amigo criticó fuertemente la Constitución en un escrito, se me hizo agua la boca al ver que, nuevamente y esta vez por escrito, podía volver a disentir de él.
Dice Fernando que la Constitución del 91 nació de la falacia de que la del 86 era mala. Eso no es así. Nunca fue mala. Sólo que se quedó chiquita. Bajo su mandato la exclusión era la reina y la excepción la regla. Por eso había que reformarla. Acepto el argumento sí, de que no había que hacer una nueva. Pero se hizo una nueva y punto.
El ex ministro escribe que “la Constitución del 91 no tiene línea de pensamiento ni estructura de ninguna especie”. Lo de la estructura medio se lo acepto y le digo que es una de las consecuencias del consenso. Su extensión se debe, sin más, a la desconfianza del constituyente en el legislador. Pero su línea de pensamiento es preciosa y clara como el agua pura de la Sierra Nevada. Surge del constitucionalismo alemán de posguerra, de su incursión en la España posterior a Franco y de lo que es Colombia: una hermosa y rica mezcla de culturas, razas, etnias y pasiones.
“Hoy, quince años después, cualquier cosa buena que pasa se imputa a la Constitución”, dice Fernando. Seguramente porque la tutela ha mostrado su eficacia. De pronto porque el Estado Social, a veces, se hace realidad. De hecho, ha aguantado tanto la constitución, que hasta la reelección se la sacaron con forceps y sigue ahí, dando batalla.
Londoño llama a la Constitución del 91 “La bastarda criatura que nos rige”. Qué horror. Yo, si hubiera de imaginármela humana, pensaría en una morena de quince años inspirando la letra de algún vallenato junto al Guatapurí. Cerraría los ojos y la vería como García Márquez describió a Fermina Daza. Tan nuestra. Tan Colombiana: “…con el uniforme de rayas azules, las medias con ligas hasta las rodillas, los botines masculinos de cordones cruzados, y, una sola trenza gruesa con un lazo en el extremo que le colgaba en la espalda hasta la cintura. Caminaba con una altivez natural, la cabeza erguida, la vista inmóvil, el paso rápido, la nariz afilada, con la cartera de los libros apretada con los brazos en cruz contra el pecho, y con un modo de andar de venada que la hacía parecer inmune a la gravedad”.
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