03 diciembre 2005

Sin trapo rojo

Tal vez la última elección presidencial en la que al Partido liberal le sirvió eso de agitar el trapo rojo fue aquella en la que ganó Virgilio Barco. El contrincante fue Álvaro Gómez y todos los fantasmas del sectarismo, propios de las épocas anteriores al Frente Nacional, fueron invocados para darle a Barco una amplísima victoria.

Desde entonces los presidentes han llegado a Palacio en virtud de factores diferentes del partidista. Gaviria ganó impulsado por el sentimiento que despertó el magnicidio de Galán, Samper, antes de los escándalos, porque representaba la democracia social, Pastrana por ser esperanza de paz y Uribe por ser esperanza de guerra.

Por lo anterior es que a muchos les sorprende que el expresidente Alfonso López, a sus años, se juegue para que el liberal vuelva a ser un partido de mayorías. Sin embargo, nadie debería rasgarse las vestiduras. Si algo está haciendo López es tener en cuenta los factores que, como está la política, se deben entender con prioridad.

Con el nuevo sistema electoral, lo importante son los partidos. No se trata de un llamado al sectarismo sino del uso del sentido común en la política. Las colectividades tradicionales tienen que echar mano de lo que está a su alcance para fortalecerse. Lo que pasa es que lo han hecho de manera muy diferente. Mientras el Partido conservador acudió al trueque de las genuflexiones por los puestos, el Partido liberal está acudiendo a la batalla electoral.

Esta elección de los liberales de dar la pelea en las urnas es un acierto. Sin embargo, su éxito se puede ver empañado por quienes ponen sus aspiraciones personales por encima de lo que más conviene al partido. El ejemplo más claro es Horacio Serpa. En él confluyen dos condiciones muy particulares: lo tiene todo para ganar la consulta interna del partido, pero también para perder la presidencia. Seguramente barrerá a sus oponentes en la elección interna del liberalismo, pero como hace cuatro años, Uribe lo molerá en la urnas.

Por eso la apuesta liberal debería ser otra. Con la fuerza que tiene, Serpa debería encabezar la lista del partido al Senado. Eso aseguraría un bloque parlamentario que le permitiría al liberalismo consolidarse. Por otro lado, la carta a la presidencia debería ser César Gaviria, uno de los pocos que en la Colombia extrema de hoy se atreve a cantarle la tabla al presidente Uribe. Su visión del Estado es amplia y no local y es la antítesis de la política al detal. Con él el liberalismo tendría una oportunidad de reconquistar la presidencia.

Lo anterior es el resultado del análisis frío. Pero la política, en la práctica, es todo menos fría. Por eso es muy probable que Serpa gane la candidatura y que al final no llegue a la segunda vuelta. En ese momento el liberalismo terminará apoyando a quien se enfrente a Uribe en definitiva. Como ahí todos se unirán contra el presidente, el resultado puede ser sorpresivo. Serpa derrotado se volverá a retirar para siempre, volverá a ser embajador y a los cuatro años querrá repetir como candidato. No lo logrará. ¿Por qué? Elemental: porque para ese momento el candidato será César Gaviria.

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