La posición de Uribe frente al intercambio humanitario había sido clara desde que lo eligieron: No rotundo. El presidente, consecuente, incluso perdió amigos suyos en intentos de rescate que terminaron en tragedia. Pero al acercarse las elecciones, esa coherencia se ha ido perdiendo y el gobierno ha comenzado a revolver el río para ver qué pesca.
¿Cómo puede ser posible que a medida que se van acercando las elecciones comience Uribe a abrirse más y más a la posibilidad de un intercambio humanitario y a ir dejando de lado las exigencias que siempre mantuvo? Las explicaciones son todas electorales y se resumen en dos.
La primera es que así puede ayudar a mantener la ilusión. Los resultados de la política de seguridad son más mediáticos que reales y su supuesto éxito radica en que se han logrado crear burbujas dentro de las cuales las clases más favorecidas se sienten seguras; van a sus fincas escoltados por la fuerza pública o se mueven en zonas donde los paramilitares, que muchos han financiado, han creado una paz ficticia a punta de miedo.
Como por fuera de esas burbujas todo está igual o peor que antes y el gobierno lo sabe, la nueva postura es útil. Ahí, donde se siente y padece la guerra en toda su magnitud, donde se ve la realidad del asunto, hay que hablar de paz para atrapar votos.
La segunda explicación es que con el cambio de postura el presidente manda el mensaje de que el corazón grande sí existe. La impresión que se pretende dar es que Uribe es un presidente que ya no solamente reparte mercados, da dinero y ayudas e inaugura obras sino que ahora, además de todo eso, le extiende la mano a los secuestrados.
Se podría tratar de justificar esta actitud diciendo que Colombia es un país en el que la guerra juega un papel electoral y se podrían mencionar los casos de Andrés Pastrana y del propio Uribe, que ganaron por sus posturas frente al tema. Pero esos ejemplos no sirven porque ni Pastrana ni Uribe eran presidentes antes de que los eligieran ni venían implementando una política de Estado propia frente al asunto.
Ahora, sin embargo, la cosa es distinta. Uribe es presidente y candidato también y mientras como presidente juega a que ni habla ni hace el acuerdo, como candidato dice que con todo gusto. El problema es que en semejante vaivén de posiciones a los secuestrados se les pasan los días en el monte y se les va la vida minuto a minuto entre la manigua.
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