La conversación comenzó con una disquisición acerca de la nueva derecha norteamericana que tanto gusta por acá. Ese fue el preludio para preguntarnos si fue acertado o no capturar al guerrillero Rodrigo Granda, del comité internacional de las FARC, en tierra de Chávez y traérselo a Cúcuta. Algunos dijeron que sí, otros dijimos que no, y al final la conclusión fue que seguramente el incidente no pasará a mayores y que, como cada cierto tiempo, un par de F-16 del ejército venezolano terminarán sobrevolando la zona rural de Tibú, espantando gallinas y haciendo estragos en algunos caseríos.
De la propuesta de Serpa de armar una coalición de oposición para enfrentar a Uribe no hablamos. De pronto fue porque se trata de un refrito o tal vez porque cuesta trabajo entender cómo si Horacio acaba de dejar de ser parte del gobierno ahora le da por criticar a su ex jefe. Claro que pensándolo bien, debió ser que a esas alturas el whiskey ya estaba empezando a ser soberano y a mandarnos a otros tópicos. Probablemente fue por eso que el amor y los Tsunamis se apoderaron de la conversación.
Sobre el primero de esos dos temas nadie parecía tener mucho qué decir, hasta que a alguien se le ocurrió hacer el paralelo con el segundo. Algunos encontraron bastantes coincidencias mientras que otros nos limitamos a sonreír. Unos minutos después no pude evitar involucrar nuevamente la política en la conversación y empezaron las opiniones sobre si el Tsunami colombiano es la reelección y sobre si algunas relaciones entre políticos, como Samper y Pastrana, necesitarían de una sentida serenata de amor para recomponerse.
El tiempo se fue rápido, era jueves y había que madrugar. Caminé hasta mi casa y como estoy estrenando un iPod que me regalé de navidad, cuando llegué en lugar de dormir empecé a deleitarme con el sonido del grupo cubano ORICHAS. En esas estaba cuando decidí desempolvar el manuscrito de una novela que estaba escribiendo hace algunos años y que tenía abandonada: "El infierno de mis días sin Alejandra" se llama. La tenía en un cajón que casi nunca abro. La cogí, la miré, y rápidamente llamó mi atención un capítulo con el que entendí que debía terminar esta columna volviendo a la política. Aquí va:
"Una niña de ocho años en el colegio: le han encargado hacer una forma cualquiera en plastilina. Ella mira la caja dentro de la cual largas barras de diferentes colores incitan al arte. Abre la caja. Saca todas las barras. Les quita el papel celofán que las recubre. Las junta, las mezcla. Al principio la plastilina es fría. Y dura. Se empiezan a juntar los colores. Se entrelazan y funden unos con otros. Al cabo de un rato, una colorida bola cambia de forma en sus manos. Más tarde, los colores se tornan en uno solo. Hay homogeneidad.
La misma niña hecha mujer, 15 años después, escribiendo: Nuestra sociedad no es una. Son varias. Como barras de plastilina de distintos colores. Se mezclan todas ellas con el paso del tiempo, con la guerra, con el dolor. Y sólo en un momento de plena unidad, habrá manera de ponernos todos de acuerdo. La sociedad colombiana es una bola de plastilina que comienza a mezclarse. Es fría… y dura. Y habrá que esperar a que nuestras vidas y luchas sigan su curso y se moldeen, a que cambien, a que desaparezcan, a que sean reemplazadas por muchas más, para que algún día seamos un mismo cuerpo social, con identidad, sin clases ni estratificaciones. Ese día seremos, plastilínicamente hablando, del mismo color".
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