04 julio 2004

El tango a ritmo de pasodoble

Esta semana dos hechos distintos reunieron al país en torno a causas comunes. El primero fue puramente político y tuvo lugar en el Salón rojo del Hotel Tequendama. El segundo fue deportivo y tuvo lugar en el estadio Palogrande de Manizales. En ambos eventos, sin distingo de colores, los colombianos se unieron a una sola voz. En el del hotel para exaltar la vida de Alfonso López Michelsen, uno de los hombres más importantes del país. Y en el del estadio para ver al Once Caldas coronarse campeón de la Copa Libertadores de América.

En el homenaje a López estuvo representada toda la nación. Gentes de todas nuestras razas, de todos nuestros pueblos llegaron hasta el Tequendama. El gobierno del Mandato claro cumplía 30 años y el exmandatario 91. En el recinto se respiró, se vivió, se saboreó una sola cosa: política. Porque el miércoles López, fiel a su tradición, hizo política. Política de esa que se hacía en los tiempos de Lleras y Ospina; de la que levantaba de sus sillas a los espectadores en las barras del Congreso. De esa que hacía latir los corazones de quienes seguían los debates por radio.

El exmandatario atendió atentamente a quienes lo precedieron en el uso de la palabra. Luego se levantó y se despachó un discurso improvisado en el que hizo gala de todo su repertorio intelectual. Recordó el pasado y sustentó sus posiciones del presente. Habló de su equipo de gobierno y de sus políticas públicas. Hizo planteamientos de derecho constitucional, defendió su propuesta de implantar un régimen parlamentario, atacó el sofisma de la guerra al terrorismo y no tuvo pelos en la lengua para reclamarle al gobierno un acuerdo humanitario.

López habló sobre el Estado y la libertad con una visión que desde hace rato se venía echando de menos. Lo hizo de una manera que no puede caer en saco roto. Impartió una lección de vida, de pasado, de presente y de futuro que debe ser tenida en cuenta por quienes hoy en día toman las decisiones en la vida pública.

Pero si en el Salón rojo hubo política de la buena, en el Palogrande hubo fútbol del mejor. Allí el Once Caldas derrotó al Boca Juniors y se convirtió en el segundo equipo colombiano en coronarse campeón de la Copa libertadores. Los jugadores criollos hicieron que, por noventa minutos, Manizales fuera la capital del país. La ciudad de la cultura, de la feria, de los hombres trabajadores y las mujeres sinceras y llenas de inteligencia, fue el escenario de un verdadero momento de gloria.

Colombia entera se volvió hincha del Once Caldas la semana pasada. No es difícil adivinar que hasta los seguidores del Pereira, que vitoreaban al Boca por la rivalidad entre los equipos cafeteros, en el fondo tenían el corazón en Manizales. Porque cómo no tenerlo. Porque cómo no estar con el equipo blanco, con los cafetales, con la torre del cable, con el paisaje de los nevados imponentes visto desde los cerros de la Alhambra. Ellos fueron los artífices y los testigos silenciosos de esta alegría de todo el país.

La copa para el Once es la copa para Colombia. Este es un gran paso no sólo en nuestra historia deportiva sino en nuestra historia patria. Porque lo del jueves por la noche fue más que deporte. Fue más que fútbol. Fue el equipo modesto contra el encopetado invencible. Fue una vez más Colombia entera contra la tradición. Fueron Aguadas, Belarcázar, Chinchiná, Río Sucio, Villa María contra Buenos Aires. Fue la magia en cada jugada. Fue la voz de todos en cada atajada y en cada gol.

Cómo negarlo, cómo no decirlo, esta vez fue el tango a ritmo de pasodoble: “Mi Manizales querido, cuando yo te vuelva a ver… no habrá más penas ni olvido”.

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