30 mayo 2004

La política se muere sin los santos óleos

Los episodios de la registradora y el contralor defendiéndose de las acusaciones de presiones a congresistas reeleccionistas, a finales de semana, son síntomas alarmantes de una grave enfermedad. Se trata de un padecimiento que, lentamente, está matando la política. De una infección feroz, atroz, que no se generó espontáneamente, que no provino de un animal extraño, que no llegó en barco de tierras lejanas. Ese virus que carcome y daña, que sustrae de la cosa pública todo el contenido, que echa por la borda todo su fondo, que destroza al estado, se llama Reelección.

Desde que el presidente puso en marcha su iniciativa para repetir, el país cambió para mal. Esto, pues el tema se tomó todos los aspectos de la vida colombiana. El optimismo que había creado Uribe con su manera ágil y espontánea de gobernar fue reemplazado por el desconcierto que hoy genera su irascibilidad y por la incertidumbre sobre lo que pueda pasar. La reelección, en palabras de Neruda, “todo lo llena”. Y las consecuencias se están viendo y se están sufriendo. El virus ha llegado a todos los rincones de la sociedad produciendo efectos nefastos como la agudización de la polarización, la parálisis de la gestión pública, el daño a la política de seguridad democrática y la desinstitucionalización del Estado.

Que la polarización se agudizó no tiene discusión. Ya no sólo el que opine diferente al gobierno es visto con desconfianza por algunos uribistas, sino que se le puede llamar terrorista impunemente como lo hizo senador Clopatofsky con Héctor Elí Rojas o como lo hicieron algunos funcionarios de la embajada de España con manifestantes en la estación madrileña de Atocha. Por otro lado, desde el punto de vista del ejercicio de gobernar ya nada existe. No hay planteamientos serios sobre las políticas públicas, de nada valen los argumentos económicos y hasta las relaciones exteriores han perdido su importancia. El gobierno no gobierna, el legislativo no legisla, la sociedad no debate. Sólo existe la pregunta sobre qué pasará. No hay nicho en el Estado ni en la calle en que la apuesta reelectoral no esté jugando un papel fundamentalmente negativo.

La política de seguridad democrática, que siempre fue la joya de la corona, ha sufrido un tremendo daño con el tema. Primero, porque se ha personalizado al extremo. Ha pasado de ser una política de gobierno a ser una política electoral. Se ha politizado y por esta razón se está quedando sin esencia. Y segundo, porque al ser la niña bonita de mostrar debería ya haber arrojado resultados reales. ¿Y dónde están esos resultados? ¿En las caravanas de fin de semana? ¿En el lenguaje guerrerista? ¿En las pulseras de Colombia que adornan las muñecas de los patriotas en los bares?

Por último, otra víctima es la propia institucionalidad. No sólo los partidos, el ejecutivo y el legislativo están en su momento más bajo y dando su peor ejemplo como instituciones democráticas, sino que ahora la euforia reeleccionista metió en la pelea a la Registraduría y a la Contraloría. Los congresistas se quejaron frente al presidente, como un niño de preescolar ante su papá, y arrancó la pugna del Estado contra el Estado. No es una pelea por posiciones ideológicas, no hay política grande de por medio, no hay planteamientos que estén siendo estudiados. Sólo hay ganas de repetir porque sí. O mejor, sólo hay pura y simple debilidad humana frente al embrujo y la seducción del poder.

El virus de la reelección avanza semana a semana frente a quienes hacen fuerza para un lado y quienes la hacen para otro. Y el problema es precisamente ese: que avanza. Y mientras tanto todo se paraliza. La vida del Estado se desvanece en la expectativa. La política se está muriendo en Colombia y no hay nadie que, aunque sea por lástima, esté en capacidad de ponerle los santos óleos.

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