02 mayo 2004

Del harakiri azul al dale rojo dale

La personalización de la reelección ha dado al traste con toda la política del Estado. En el Ejecutivo ya no hay actitudes de gobierno. Allí todo, incluso la estrategia de seguridad democrática, está enfocado a que se abra el camino para que Uribe repita. En el Legislativo la cosa no es distinta. Aunque la oposición trata de parar la aplanadora del pacto electoral de uribistas y conservadores, no lo ha logrado.

Hoy sólo se habla de la reelección y todos los demás proyectos han pasado a un segundo plano. También en la Rama Judicial ronda el bicho reelectoral. Así sea de manera formal, la Corte Constitucional va a jugar un papel en el proceso cuando lo revise al final. Desde ya cada magistrado debe tener una posición. Y hasta en los organismos de control el tema está dando de qué hablar. Parece que el Procurador ya tiene en la mira al ministro de Agricultura, Carlos Gustavo Cano, quien como Sabas Pretelt, se ha descarado en público haciendo política uribista.

De esta desafortunada ola electoral que se ha tomado el aparato estatal y ha polarizado la sociedad, no saldremos bien librados. Cuando un gobernante está más interesado en su futuro que en el país, este último termina siendo un instrumento y no un fin. De esa manera pierde sentido la obra de gobierno y se desnaturaliza el ejercicio del poder. En Colombia, lentamente, eso es lo que está ocurriendo. El propio presidente Uribe lo vaticinó cuando como candidato dijo que no le gustaba la reelección porque de pronto el Gobierno podía ponerse a buscarla.

Sin embargo, hay cosas para rescatar. La polarización a la que nos ha lanzado el Primer Mandatario puede traer dos consecuencias positivas que, a la postre, pueden terminar siendo buenas para la democracia. La primera es la consolidación de unos grupos parlamentarios sólidos reunidos en torno a ideas diferentes sobre la libertad y el poder. Mejor dicho, en torno a ideologías distintas. En una sociedad que había borrado sus barreras ideológicas por cuenta de que los partidos tradicionales siempre se repartían el ponqué, esto es bueno.

La segunda consecuencia es que los partidos, que al fin y al cabo son los representantes de la sociedad en la política, se están revitalizando. Todos se han jugado a lo suyo. Tal vez el único que verdaderamente ha cometido un gran error, es el conservador. Esto porque, como el amante que se está estrenando, pensó con las ganas y no con la cabeza. Y por eso terminó enterrándose él mismo el cuchillo. Mientras que en el mundo entero los partidos políticos quieren alcanzar el poder, el Partido Conservador decidió que quiere simplemente compartirlo. Y que un partido con semejante tradición claudique dos años antes de la contienda electoral, entregue sus banderas y descarte la posibilidad de tener candidato propio es, por decir lo menos, vergonzoso.

El conservatismo habría podido hacer acuerdos a favor de la reelección pero sin hipotecar su derecho de participar en la contienda. Sin embargo, ante la posibilidad de reemplazar a Pachito o de que se cree un banco de hojas de vida conservadoras para cuando haya vacantes en la administración pública, se entregó. Lamentablemente, cuando el clima político más le favorecía, cuando su doctrina parece ser la más aceptada en el país y cuando tiene figuras que, como el propio Carlos Holguín, habrían podido hacer un buen papel en la elección presidencial, el Partido Conservador se hizo el harakiri.

Todos los demás partidos están en lo suyo. El Polo, pacientemente, le tranca al Gobierno. Y mientras tanto el Partido Liberal se mantiene firme en su compromiso de no ceder. Así desde Palacio les pongan a los congresistas liberales la carnada del servicio diplomático, el liberalismo ha sido fiel al “dale rojo dale” y se ha plantado en sus posiciones. La verdad es que hoy el Partido Liberal lidera la oposición. Y, si maneja bien el momento, puede llegar consolidarse nuevamente como alternativa de poder.

A pesar de todo lo anterior, el final del juego no está cantado. Al proyecto de reelección le falta mucho y la política se puede mover bastante todavía. Varios conservadores que rechazan la reelección están con el Gobierno por pura disciplina partidista y de pronto entienden que se están haciendo un inmenso daño. Si esto sucede, es posible que rompan la coalición burocrática y que todo se vuelva a barajar. Entonces, de pronto Uribe va a entender que antes que candidato es presidente. Y que debe concentrarse más en gobernar y menos en hacer campaña.

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