La protesta social es una realidad en el mundo. Obviamente, como todo, en Colombia está llena de matices. Aquí hay protestas con sentido y otras sin sentido. Hay protestas impulsadas por los grupos armados, otras impulsadas por los sindicatos, otras, como algunas marchas campesinas, impulsadas por la necesidad y otras incluso impulsadas por la simple gana de protestar. Lo importante es entender que la protesta se legitima o deslegitima en su origen y en la manera en que se da. No es lo mismo que alguien proteste porque hace frío a que lo haga porque le van a instalar un peaje en frente de la casa. Ni es igual una protesta con arengas que una con piedras. Por otro lado, la protesta se conforma también de la respuesta del Estado. Esta puede ser de simple control y vigilancia o pasar a los hechos. Si esto ocurre, debe ser medida. En una democracia, simplemente, no se puede moler a palos a un ciudadano que ya ha caído en las manos de la policía, como lo mostraron las cámaras de Caracol Noticias la semana pasada.
Toda manifestación de inconformidad dentro del marco del Estado debe ser atendida bajo la óptica del derecho y de la política. Y ambos conceptos pueden ser guiados, además de por la cabeza, por el corazón. El mismo presidente Uribe lo entendió en su campaña cuando nos vendió la idea de su corazón grande. El problema es que ahora, dos años después de haberlo elegido, todo en Colombia descansa sobre un esquema de órdenes que se deben aceptar sin chistar. La respuesta desmedida a las protestas esta semana muestra que vivimos en el país del poder sin corazón. Y que, a este paso, y especialmente desde que el virus de la reelección con nombre propio se tomó la política, estamos convirtiéndonos en el país del poder sin razón.
Lo anterior lo han entendido algunos actores de la política que se manifestaron a lo largo de la semana. El Partido liberal decidió retirarse del acuerdo político y puso en marcha sus mecanismos internos para controlar sus filas. Unos nueve congresistas que se han desviado de los postulados del partido y han apoyado la reelección están viendo la afiliación a su colectividad comprometida. Este es un campanazo para todo lo que viene. El conservatismo, por su parte, que cuenta con instituciones internas menos fuertes, sigue luchando para unirse. Pero la verdad es que su posición frente a la reelección lo destrozó y es cuestión de tiempo antes de que su disciplina haga agua. El Polo democrático sigue probando por todos lados pero nada que logra parar la aplanadora. Y los expresidentes siguen haciendo política y aportando ideas. ¿Qué viene? Difícil preverlo. Pero algo está claro. A estas alturas del paseo es la oposición la que le está metiendo el sentimiento a la política. Y de pronto, ya se verá, la reelección termina ahogada por cuenta del exceso de mano firme y la ausencia de corazón grande.
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