Hace unos meses me topé en un almacén con un disco de canciones para niños. Una de ellas era la de Mambrú, soldado que se fue a la guerra y no volvió. Pues el jueves pasado, oyendo la entrevista que le hizo La W a Aníbal Fernández, candidato al concejo de Bogotá, sobre por qué en su concepto el Partido Conservador debe apoyar a Enrique Peñalosa a la Alcaldía, esa canción se me vino a la cabeza. Voy a tratar de explicar por qué, aunque no prometo tener éxito pues, incluso en este oficio en el que semanalmente se buscan los términos más variados para decir las cosas, hay ocasiones como esta, en las que la vergüenza y la tristeza hacen de esa labor algo difícil.
Hablo de vergüenza porque, quienes tenemos origen conservador y somos bogotanos, no podemos sentir cosa distinta frente a la manera en que el entrevistado destrozó todos los postulados de la lealtad partidista y hasta olvidó la historia. Para él no hay Partido Conservador en Bogotá porque “las mejores cosas toman tiempo”. Como si el Partido Conservador no fuera una organización política centenaria que ha dado mil batallas, de toda índole, en la historia patria.
Olvidó el candidato que Bogotá le debe mucho a alcaldes conservadores como Manuel Briceño Pardo, Carlos Albán Holguín o Andrés Pastrana. También que el conservatismo tuvo batalladores que, solitarios, dieron la pelea hasta el final. Entre ellos están Juan Diego Jaramillo, gladiador incansable; Carlos Morenos De Caro, a quien le faltó poco; William Vinasco, colega periodista, y Miguel Ricaurte. Son conservadores a los que les ha sobrado lo que hoy tanto le falta al partido.
Dijo también el entrevistado que acompañará al precandidato Diego Arango hasta la consulta interna, pero desde ya lo descalifica y le tiene reemplazo en otras toldas. ¿Qué tipo de lealtad es esa, por Dios? Y, como si fuera poco, desconoció la existencia de muchos bogotanos que orgullosos saldríamos a dar la batalla por la alcaldía hoy en día, si existiera un mínimo deseo institucional de volver al poder en Bogotá por la puerta grande.
La tristeza en este caso es por partida doble. Primero por el conservatismo, porque duele que se hable como lo hizo el entrevistado. La falta de vocación de poder le ha hecho mucho daño a las nuevas generaciones y qué mejor botón para la muestra. Y segundo, por la campaña. Es lamentable ver a los mismos candidatos de siempre discutiendo lo mismo: si se expropiará el campo de polo del Country Club o si Transmilenio pasará por la séptima, mientras la ciudad se asfixia en desplazados y los desplazados se asfixian en indiferencia. Nada es nuevo. Se quiere construir el futuro de Bogotá con glorias del pasado.
Es posible que el entrevistado esté pagando la primiparada de acercarse por primera vez a la actividad pública. Señor, bienvenido a la política. Pero que el Partido Conservador tenga cuidado. Enrique Peñalosa es candidato respetable, pero su real aspiración era ser senador y se quemó. Por eso hoy, derrotado, busca reencaucharse en la vida nacional a través de la alcaldía.
Si el conservatismo cometiera semejante disparate habría que cantarle la canción de Mambrú: qué dolor, qué dolor, qué pena. Mambrú se fue a la guerra, no sé si volverá. Aunque, pensándolo bien, hay una diferencia grande: que Mambrú se fue a la guerra, no volvió, pero por lo menos dio la pelea.
Hablo de vergüenza porque, quienes tenemos origen conservador y somos bogotanos, no podemos sentir cosa distinta frente a la manera en que el entrevistado destrozó todos los postulados de la lealtad partidista y hasta olvidó la historia. Para él no hay Partido Conservador en Bogotá porque “las mejores cosas toman tiempo”. Como si el Partido Conservador no fuera una organización política centenaria que ha dado mil batallas, de toda índole, en la historia patria.
Olvidó el candidato que Bogotá le debe mucho a alcaldes conservadores como Manuel Briceño Pardo, Carlos Albán Holguín o Andrés Pastrana. También que el conservatismo tuvo batalladores que, solitarios, dieron la pelea hasta el final. Entre ellos están Juan Diego Jaramillo, gladiador incansable; Carlos Morenos De Caro, a quien le faltó poco; William Vinasco, colega periodista, y Miguel Ricaurte. Son conservadores a los que les ha sobrado lo que hoy tanto le falta al partido.
Dijo también el entrevistado que acompañará al precandidato Diego Arango hasta la consulta interna, pero desde ya lo descalifica y le tiene reemplazo en otras toldas. ¿Qué tipo de lealtad es esa, por Dios? Y, como si fuera poco, desconoció la existencia de muchos bogotanos que orgullosos saldríamos a dar la batalla por la alcaldía hoy en día, si existiera un mínimo deseo institucional de volver al poder en Bogotá por la puerta grande.
La tristeza en este caso es por partida doble. Primero por el conservatismo, porque duele que se hable como lo hizo el entrevistado. La falta de vocación de poder le ha hecho mucho daño a las nuevas generaciones y qué mejor botón para la muestra. Y segundo, por la campaña. Es lamentable ver a los mismos candidatos de siempre discutiendo lo mismo: si se expropiará el campo de polo del Country Club o si Transmilenio pasará por la séptima, mientras la ciudad se asfixia en desplazados y los desplazados se asfixian en indiferencia. Nada es nuevo. Se quiere construir el futuro de Bogotá con glorias del pasado.
Es posible que el entrevistado esté pagando la primiparada de acercarse por primera vez a la actividad pública. Señor, bienvenido a la política. Pero que el Partido Conservador tenga cuidado. Enrique Peñalosa es candidato respetable, pero su real aspiración era ser senador y se quemó. Por eso hoy, derrotado, busca reencaucharse en la vida nacional a través de la alcaldía.
Si el conservatismo cometiera semejante disparate habría que cantarle la canción de Mambrú: qué dolor, qué dolor, qué pena. Mambrú se fue a la guerra, no sé si volverá. Aunque, pensándolo bien, hay una diferencia grande: que Mambrú se fue a la guerra, no volvió, pero por lo menos dio la pelea.
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