04 enero 2006

Paracocracia


El fenómeno paramilitar tiene causas sociales específicas. Como el guerrillero. La diferencia es que al primero lo abrazó la clase dirigente del país, mientras que al segundo no. Esto trajo dos consecuencias. La primera es que no hubo revolución ni la habrá. Y la segunda es que el paramilitarismo creció sin control y hoy la sociedad está siendo víctima de su propio invento.

Lo que surgió como una respuesta de finqueros y hacendados al peligro guerrillero se convirtió, de la noche a la mañana, en un símbolo de estatus. Tener ejército propio, estar de cuerdo con ello, participar en reuniones armadas, tratar de legalizar el fenómeno con el argumento de la seguridad, se convirtió en el pan de cada día. De repente ya no se trató más de defenderse sino de enriquecerse. Y de ahí, de hacerse elegir.

Por lo anterior a nadie puede parecerle raro que la política esté llena de paramilitarismo y que del estigma de la narcodemocracia hayamos pasado al de la paracocracia. Y aunque desde algún punto de vista el fenómeno pueda verse como algo natural dada la incapacidad del Estado de responder, nada justifica que ese mismo Estado se haya dejado permear de una manera tan intensa.

Los valores sociales deben estar presentes a la hora de tomar partido, especialmente cuando de elegir y ser elegido se trata. Una cosa es que hacer política en un determinado departamento sea imposible sin cruzarse con los paras. Pero otra distinta es comulgar con ellos o ponerlos a conseguir votos a punta de fusil.

La ética pública, la del Estado, tampoco puede esconderse. Debería haber estado siempre por delante. ¿Pero si ocurre lo que está ocurriendo qué se puede hacer? Mejor dicho, si ya el Estado está untado hasta el cuello, ¿cómo actuar?

La respuesta no puede ser la que se está dando. Hacer como si la cosa no fuera con uno y mirar como escoria a quienes hasta los señalamientos eran tratados como héroes es un error. Y no me refiero a que sea algo equivocado en términos políticos o electorales. Es equivocado en términos de responsabilidad pública. Tratar de sacudirse de los efectos de un problema real es no aceptar que se trata de un mal de la sociedad y es permitir que el problema siga y se profundice.

Los ejemplos se están viendo día a día. Los señalamientos desde las listas a candidatos de otras listas, los rumores de amistades y cercanías, son el pan de cada día. La guerra entre políticos parece una guerra entre mandos medios de carteles con la picota pública como escenario. Y al final, todo igual. El fenómeno no cesa sino que se matiza.

Mientras no se genere en el Estado y en la sociedad un proceso de aceptación de responsabilidad colectiva frente al paramilitarismo, no se podrá avanzar en su solución. Mientras no se resuelvan las causas que lo generaron, el fenómeno persistirá de una manera o de otra.

El paramilitarismo es un problema político. Como el guerrillero. Y por eso para ambos, la solución es la misma: la política.

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