Algo pasa en Palacio. A pesar de que sus súbditos lo alaban como al emperador que estrenaba traje invisible, Uribe está asustado. Algo lo atormenta; lo desvela. Y no es precisamente que se haya dado cuenta que ese traje en realidad no existe. Tampoco es la situación de pobreza del país. Y menos lo preocupa la suerte de sus amigos expulsados de sus listas. Hay algo más… Algo que al parecer no maneja. ¿Qué será?
La respuesta se encuentra en su propia historia. Uribe sabe que ganó las elecciones montado en el tema de la paz y de la guerra y que a pesar de su popularidad, ahí está su talón de Aquiles. Por eso no duerme bien. Por eso está, como dicen los americanos, “going dirty”. Es decir, haciendo política sucia. Descalificando a sus oponentes, y sobre todo, tratando de que la paz no sea un tema de campaña.
El episodio de Rafael Pardo es una clara ejecutoria de esa política. Desde que Pardo volvió al Partido liberal el presidente lo fichó. Y ahora pretendió de un sólo tiro matar tres pájaros: Pasarle la cuenta de cobro, golpear al liberalismo y hacerle saber al país que él es el único candidato autorizado a hablar de paz.
Para ejecutar su plan, Uribe aplica la estrategia de la mujer que aunque no lo es, a veces lo parece. La de la doble cara. Cuando le conviene habla como presidente y su equipo se muestra como un serio grupo de funcionarios. Quien se opone a él se opone a la institucionalidad. Quien no comulga con su manera de entender el conflicto se convierte en subversivo. Y quién, como Pardo, propone salidas distintas, es un traidor de la Patria.
Otras veces, sin embargo, Uribe echa mano de su condición de candidato y Palacio se transforma en un cuartel de campaña. El grupo de funcionarios muta en un equipo de pregoneros que, desde sus puestos descalifican, acusan y hieren. Los organismos de seguridad del Estado se convierten en organismos de seguridad del Uribismo. El Alto comisionado para la paz se vuelve Alto comisionado para la guerra.
Uribe, sin embargo, está midiendo mal. Primero porque los candidatos ya saben que no desafían al hombre sino al Estado y aún así siguen ahí. Segundo porque conocen la falta de garantías e incluso bajo estas circunstancias darán la pelea. Tercero porque el procurador ya le puso el ojo encima al asunto. Y cuarto porque le guste o no al Presidente, el tema de la paz no puede quedarse por fuera del debate.
La razón de esto último es doble. Por un lado los colombianos tenemos derecho a que no haya temas vedados. El intercambio humanitario, los paramilitares, la guerrilla, el narcotráfico, son tópicos que deben debatirse porque son los que nos afectan diariamente. Por otro lado, los candidatos tienen el deber de encontrar fórmulas para lograr todo lo que el gobierno no ha podido hacer y no por eso pueden terminar señalados por un Presidente que tira la piedra y esconde la mano.
Pues así está la campaña. ¿Y ahora quién podrá defendernos? Los medios de comunicación. Son los únicos que pueden evitar que Uribe utilice el argumento de la institucionalidad para esconder sus debilidades como candidato. Y sólo ellos pueden lograr que la mano dura que no ganó la guerra se le aplique ahora a la oposición.
No hay comentarios:
Publicar un comentario