01 octubre 2005

Ojo pues...

Se acerca la sentencia de la Corte constitucional sobre la reelección y aunque se ha pedido prudencia en todos los frentes, algunos siguen abogando por la “resistencia civil” frente a una decisión que impida que el presidente Uribe repita.

Por eso nunca como ahora encuentro tan pertinente un pedazo de historia centroamericana, que, ya verán, habla por si mismo. Resulta que el 25 de mayo de 1993, el entonces presidente de Guatemala Jorge Antonio Serrano Elías, apoyado por varios amigos, derogó parte de la constitución, disolvió el Congreso, la Corte Suprema de justicia y asumió poderes legislativos.

La Corte constitucional guatemalteca, ese mismo día, decidió intervenir en el asunto. Según la constitución, el fin de la Corte era guardar el orden institucional y a juicio de los magistrados, esa norma bastaba para que ellos tomaran cartas en el asunto. Por eso sacaron una sentencia diciendo que el presidente no podía hacer nada de lo que hizo y que, por lo tanto, esas medidas quedaban sin efecto.

Bueno, pues el presidente Serrano y sus amigos decidieron pasarse por la faja la sentencia y hacer como si nada. En términos nuestros, decidieron hacer “resistencia civil” contra la decisión, según ellos, porque iba en contra de lo que “el pueblo” quería.

Bueno, pues lo que siguió es hoy uno de los mayores hitos del constitucionalismo contemporáneo. El 31 de mayo, seis días después de que comenzara la “resistencia civil”, la Corte dijo que como el presidente Serrano seguía como si nada, le ordenaba a los ministros de gobierno y defensa que hicieran cumplir la sentencia. Esto, en la práctica, fue un llamado a los poderes civil y militar para que hicieran respetar la institucionalidad.

Pues el ejército guatemalteco, en un comunicado digno de admirar, dijo que acataba la orden y que haría respetar la Constitución. Claro, al presidente Serrano y sus amigos se les enredó la cosa. El mandatario entendió el mensaje y renunció. Pero entonces “el Vice” asumió el poder. Obvio, al ratico él también vio que el desacato no era un chiste y del mismo modo también se fue.

Pero la Corte no paró ahí. El 4 de junio, semana y media después de que comenzara la “resistencia civil”, dijo que como el país estaba volviendo a la normalidad, ahora había que ver quién sería presidente. Que Serrano ya no podía por ser el autor del golpe y que “el Vice” tampoco por ser su cómplice. Y que como la constitución decía ante ese vacío que el Congreso debía escoger un nuevo presidente, pues que los legisladores tenían 24 horas para eso. Ramiro de León Carpio fue entonces escogido y gobernó hasta enero de 1996.

¿Moraleja? Ojo pues con eso de llamar a la “resistencia civil”. A nadie, y menos a una Corte constitucional que tiene el deber de hacerse respetar, le gusta que desde el gobierno, el congreso o la calle, le hagan cosquillitas en mala parte.

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